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A través del follaje perenne
Soledad es la hierba De "La posesión del miedo" 1996- Leopoldo Alas
Soledad entre cosas cargadas de sentido.
Mientras hierve en el fuego la pasta o la verdura,
no merece la pena ya ni hablar por teléfono
con amigos que comparten de lejos
la misma desazón en silencio contigo,
cada cual encerrado en su propia espesura;
la renuncia, el fracaso y un recuerdo de afectos
que llenaban la vida de síntomas inciertos
en tiempos felices de vino y rosas.
Soledad es la losa sin epitafio escrito.
Soledad es la herida por la que respiramos.
Construye cada cual el nido donde puede
con materiales nobles o plebeyos
y no existe otra ley que aguardar el momento
de salir, para volver a encontrarnos
por las calles y plazas donde todo sucede;
los amores, los pactos, el alud de proyectos
que hasta ayer nos mantuvo más o menos despiertos
en aras de una idea confundida.
Soledad es la herida por la que no sangramos.
luciérnaga del sereno
El centinela que conmigo hizo guardias estos días exclamó: ¡no ha sido mala semana! De inmediato mi mirada se dirigió al cielo como si allí pudiera encontrar una explicación a las percepciones tan opuestas que tenemos y sentimos. Lo cierto es que en la batalla no piensa en mi y para acompañarme (yo a mi mismo), durante la ofensiva del enemigo, me siento un poco loco queriendo exterminar moscas tsétsé a cañonazos (Mi cerebro inserta la letra de una canción: Colecciono moscas pero no estoy loco… -Golpes Bajos-).
Weatherford describió en su libro “Tribes on the hill” (1981) el gran parecido que existía entre el Congreso de los Estados Unidos y una tribu primitiva. Cada capítulo del libro empieza describiendo una práctica tribal y de inmediato la compara con las costumbres y prácticas del Congreso. Es una idea que, con matices, hacía tiempo flotaba en la cabeza. En mi caso, evidentemente, cambiaría el Congreso americano por alguna institución tan deteriorada como elemental.
Con o sin Weatherford sigo pensando en las diferentes perspectivas que pueden llegar a alcanzar dos personas teóricamente ubicadas dentro de la misma baldosa.
Para olvidarme definitivamente del tema alzo el índice al viento. Al otro lado el barman, ese artesano del hielo y poeta del alcohol como gusta decir Patxi Troitiño, me pone uno de lo mismo. Hoy toca un OCC (Orange Chocolate Cocktail), brebaje con el que Troitiño ha ganado el campeonato de España recientemente. Sigo explicándome, whisky, chocolate de sirope y licor austríaco Mozart, vainilla, nata y para terminar aromatizaremos la cuestión con naranja, cacao y canela. Una naranja china, de la que se puede comer tanto su piel como el chocolate que lleva dentro, culmina la presentación.
Ahora yo también lo puedo decir: ¡no ha sido mala la semana!
Suena de fondo “That´ll be the day”, de Buddy Holly
Florecerán los besos sobre las barras
Tengo un amigo que se sienta junto a las barras de los bares como si acabase de hacerlo en el interior de un ovni. A su lado no es muy raro encontrar viajeros extraños, pilotos, empresarios y hasta obispos auxiliares anglicanos procedentes de Australia o Papúa Nueva Guinea. La otra noche mi amigo, seglar católico que bebe de las fuentes allí abiertas durante buena parte de la noche, recibió como un disparo en el entrecejo la pregunta de la camarera ¿qué haces esta noche? No hizo falta nada más para que todos sus poros románticos y fatales se cerraran como si la pregunta de examen por él tantas veces soñada hubiera producido el efecto tan común de dejar la mente y la mirada en blanco. Ese ábrete sésamo traducido al lenguaje de la noche produjo un efecto sorprendente que dejó el rastro de unos gigantes convertidos en molinos dentro de su cabeza. Esos instantes, entre la pregunta y la espantada, deberían ser esculpidos en un sarcófago de piedra con su correspondiente secuencia narrativa que finalizaría en mi casa, charlando tranquilamente, con el televisor apagado y la música de Sun Ra atravesando techos y paredes. Este amigo convertido en prófugo de aquel recinto, tiene mucho de obispo carnavalero y llena sus soledades con virtudes teologales y cardinales que se imagina en un mundo platónico de muñecos comprados en Maquitoys.

Soy el que camina sobre las aguas de la imaginación
La noche de reyes me llevó hacia su inmensidad, mucho más allá del lugar donde se aparcan camellos, trenes de vapor o cortesanos errantes huidos de su reino imaginario. La lluvia se convertía en cerveza muy adentro y con algunos copos de nieve, los camareros hicieron nata para los roscones. Alguien encendió la mecha y grandes llamas brotaron alrededor de los postres. A falta de leones comenzamos a atravesar el aro ardiendo obviando cualquier peligro, rugiendo y bailando sin importarnos teorías o conversación alguna. Regresamos a los instintos y en el viaje ya no dimos con esas creencias que un día, tal como dice el verso, atravesamos. Era una gran bahía con muchos secretos dentro, una ciudad legendaria con decenas de templos levantados sobre dos piernas. En los lavabos había cola y mientras esperaba miraba la boca del infierno, esa que a veces algunas películas nos presentan con música, oscuridad y seres fragmentados, extraídos del planeta tierra. Si la lava de un volcán nos hubiese cubierto en ese instante habría dejado una bonita estampa para la posteridad, representaciones momificadas de humanos inspirados en novelas y cuentos de las mil y una noches, en actitud de baile y agradable conversación. Muchas de las máscaras, a pesar del tiempo, no me resultaban del todo desconocidas. En el ensimismamiento y ante mi sorpresa se me coló justamente mi vecino, un señor, ya entrado en años, con las camisas de cuadros siempre por fuera del pantalón y sus carnes alimentadas, al menos esa noche, con roscón y habas contadas. De inmediato intenté calibrar esa mirada tan aséptica y torpe con la que, de manera rutinaria, siempre que me tropezaba con él y su perrito salchicha cerca del portal de casa, dejaba caer en el ajedrez aterciopelado que le viste amablemente. ¿Era un colono de sí mismo que había huido de la tierra prometida? ¿Raíces? ¿Familia? ¿Hectómetros de tristeza bajo esos diseños geométricos con que se disfrazaba también por dentro? Nada que, junto a su amigo y una vez ya la próstata relajada, le impidiera recargar y remover el depósito para la nueva travesía. Con la sutileza de un mago y malabarista fabricó un misil de corto alcance, petardo nuclear que lanzó a los cuatro vientos, entre mis suspiros y la música de fondo. Muy pocas cosas acabé recordando en el viaje de vuelta, prácticamente ninguna conversación terminada, algunos abrazos y reencuentros que se juntaron en mi memoria mientras evacuaba la cisterna a rebosar en un lugar no muy discreto. Allí, sin ninguna prisa y con muchísimo placer confundí la oscuridad terrena y celestial, rota solamente por algún auto al pasar y la luz encendida de una habitación a lo lejos. Mis labios automáticamente tararearon la letra de una canción:
Volaré, yo volaré
encajado en un traje blanco
yo volaré
Y flotaré, sí, flotaré
hacia el centro de un agujero negro
yo flotaré
Stephen Hawking me dijo todo esto
Stephen Hawking cayendo desde el cielo
Romperé, si, romperé
las barreras que me sujetan
yo las romperé
Quien sabe que, quien sabe ya
la velocidad del pensamiento
dónde me llevará
Stephen Hawking me dijo todo esto
Stephen Hawking cayendo desde el cielo
Con el volumen de una nova
con la tensión de un Big-Bang
estoy vivo y lo estaré
por mucho tiempo más
Stephen Hawking predijo todo esto
Stephen Hawking cayendo desde el cielo
Stephen Hawking, del álbum “La fortaleza de la soledad” –Parade – (Antonio Galvañ)

Gabriele di Matteo
de vértigo y olvido
Es fecha de cumpleaños. No el mío. La barra, a primera hora, se mostraba callada, de luto riguroso dejaba a codos y espaldas apoyarse o acariciar su frío. El lugar parecía boca de lobo y pronto, un caballero integrante de la cofradía resignada, fue al encuentro de otro. Las cosas, dijo, estaban mal y no hay como estar en el momento justo en el lugar adecuado. Entre los dos pusieron un par de ejemplos. Alguien imprimió unas hojas un buen día y así dio comienzo un imperio de libros y papeles. El siguiente ejemplo se levantaba con negocios de todo tipo, ladrillos, gasolina, máquinas recreativas, etc. Crecer como la espuma podría ser cuestión no sólo de empeño. Él estaba abajo, había caído en barrena, y por eso era optimista, en cualquier instante se iniciaría el despegue.
-¿Qué tal la cervecería?
-Pedía demasiado.
Aquel lugar parecía una triste laguna semiseca, una charca reducida en la estación más dura para los cazadores de oficios y recolectores de derrotas. Solitarios tramperos nómadas sin agricultura ni otros animales domésticos que ellos mismos atados a su bufanda. Ellos son sus perros, gatos y componen con sus palabras la pesca del día. Al otro lado del espejo un coro de esquimales comienza a caminar.




