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para borrar las huellas

Otros afligidos iban apareciendo, tanto personales como profesionales, por decirlo así; los que tenían un interés personal en el funeral de un amigo venían a pasar la noche en la marquesina de colores, a la luz brillante. Pero había otros, los profesionales de las aldeas circundantes, para quienes la muerte era como un concurso público en la poesía del duelo: venían a pie, en carros, montados en camellos. Y cada uno, cuando entraba por el portón de la casa, lanzaba un largo grito estremecido, como un orgasmo, que devolvía la aflicción a los otros doloridos, de modo que respondían desde cada rincón de la casa: lentas notas ollozantes, que crecían gradualmente hasta convertirse en un largo y sostenido trémolo de agua, que helaba la sangre y crispaba los nervios.

 

         Pg. 368 “Mountolive” L. Durrell

 

Los nativos, aquella mañana, parecían inquietos. Era lunes, tal vez fuera eso. Habrá un día en que no conozca a ese que entrena a las cuatro de la mañana por el vial, pedaleando o contando estrellas a menos tantos de temperatura. Habrá un día en que otro serán y la locura sea la misma.

Compro libros, me excedo. Faltan estanterías. Debo buscar el equilibrio. Y llegar a la nada, dejar de comprar.

Plaza Elíptica, ¿qué me deparará?

He visto Nader y Simin, una separación. Los trabajos de los actores son mayúsculos. La película es buena pero no tanto, ¿tanto como para dejar a un Bela Tarr en segunda posición en Berlín? Me gustaría que en las críticas de la película nadie hablase de Irán ni de cualquier exotismo. No lo merece.

 

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