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Yo sólo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo
El ambiente familiar, bien por su presencia bien por la ausencia, marca el final y el inicio de la nueva contabilidad temporal. La mente de cada uno puede bajar la guardia y abrir la fortaleza para que entren los bufones de una compañía extraña o echar el cerrojo al fortín donde los fantasmas cantarán hasta el amanecer, con o sin sueño de por medio. Un año más éste puede ser el último o el primero de una vida que nunca será lo suficientemente nueva como para que te miren como aquel que se cayó de un guindo. La dicha está, cuando menos, en sobrevivir los mismos que se juntaron en casa o en el bar de la esquina. Los reyes magos, puntuales a su cita, impedirán con su insistencia que esos agrupamientos se puedan repetir de manera idéntica durante mucho tiempo. Por tal motivo y mientras los ancestros vivan, reiteramos el delito de una nueva aproximación con lo imposible.
Año tras año, junto a los regalos envueltos en papel celofán, esos reyes, mientras se sacuden el polvo del camino, van dejando un poco más de soledad en la mirada de los presentes. Gracias a ella llenamos cientos de sacos con algunas palabras que no decimos y otras que se cayeron fuera del tiesto. Así iremos construyendo el año por venir, identificándonos con los fantasmas que volverán a danzar en corro, el próximo año, en el castillo hueco y solitario (¿de las corrientes de aire?) donde amansamos las fieras de la razón.
“Yo tenía la costura de una libélula en el corazón
pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro
en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.
Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos
que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.
Antes de que me tomaran por un extraño, ya que yo no era el dueño
de esa invención,
me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos
y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando
en un espacio vacío.”
"La casa Roja" El anzuelo de la libélula - J.C. Mestre

Dora García
Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer
“No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.” Y con este verso de Mestre imagino que muchos son condescendientes o rebajan el tipo de acercamiento entre iguales y familiares porque todo en esta vida es cuestión de grados. Porque en estos días unos ponen de su parte el tiempo y el cariño de un estupendo aperitivo artesano hecho con sus propias manos mientras que otros simplemente dan algo de dinero con bocados de caviar o plástico fino. Dos posturas irreconciliables que se juntan como tantas otras en estos días.

Cildo Meireles
Tu lenguaje inclinado en los recuerdos
Esta nochevieja robaron en el museo d´Orsay. “Les choristes”, de Degas, comenzó el año cambiando sino de vida al menos de lugar. No sería mala idea escribir una novela sobre la pintura en general siguiendo los robos que se producirán en los muesos durante el año. Año nuevo, novela nueva. Habría que empezar contando los entresijos del cuadro, el motivo, la inspiración, los personajes en que se basó, el mecenas, las manos por las que pasó hasta su última ubicación y con todo ello, perejil, cebolla, ajo y aceite, situar la época con sus costumbres y barbaridades bien picaditas.

Ha comenzado el año jubilar y mi espíritu, apático, sonríe hacia dentro. Allí, en el volcán que duerme para que yo viva, hago elucubraciones sobre los asuntos de mis amigos. Me invento todo para situarles en el centro del mundo durante estos días. Somos urnas cerradas que acumulamos polvo y silencio entre tanta palabra. Somos, para cada uno, lo que fuimos y a esa certeza nos aferramos para querernos. Resulta imposible palparnos en una mínima parte de nuestra extensión y hace tiempo que he renunciado a un peritaje sobre cualquier tipo de autenticidad. Esto lo dejo a las series televisivas y documentales donde se muestran las caras reversibles de la realidad. Absurda quimera. La poesía tiene más verdad que todo ello. He vuelto a ver “Síndromes and a Century”, la película de Apitchapong Weerasethakul. Es un poema biográfico que quisiera comprender de los pies a la cabeza. Una intención estéril esa de afrontar así un poema, la de querer alcanzar todo su significado. He tardado tiempo en comprenderlo. Ahora guardo imágenes evocadoras de la película en el interior. Comparo sus dimensiones con las del cuadro robado, 32 x 27, caben dentro de mi abrigo. Yo también he robado libros de ese tamaño y nadie ha dicho nada.

Syndromes and a century
Cada cuarto hora alguien compra una peluca de pájaro
Con el inicio de un nuevo año todos los periódicos anuncian, entre sus noticias, el primer nacimiento. A los treinta, ocho o a la milésima de segundo tras las doce campanadas un retoño posa con sus padres ante el fotógrafo. La fotografía escalará peldaños conforme el record vaya subiendo enteros al compararla con las de otros rincones del país, del mundo o del universo marciano. Las esquelas, sin embargo, carecen de tal cronómetro y a nadie se le ocurre imaginar quien ha sido el primer muerto del año, sus causas, consecuencias o la posible fotografía de una familia desolada en la portada.
Hubo quien hace unos días abandonó por olvido su móvil en un asiento mientras esperaba el tratamiento de quimioterapia. Hoy me entero de que acaba de morir y la sombra imaginaria de aquel ladrón que se quedó su teléfono se me representa como la de uno de esos soldados o civiles que tras la batalla roban a los muertos sus medallas, relojes o aquello que pudiera tener algo de valor. Así somos con la excusa más razonable de estar en guerra o, sencillamente, en la paz.
Albert Camus murió el 4 de Enero de 1960 en accidente de tráfico. Él no conducía sino Michel, el sobrino del editor Gallimard. Alison Bechdel, en su comic “Fun Home” dice: Se sabe que Camus le había comentado a sus amigos en varias ocasiones que morir en un accidente de tráfico era une mort imbécile. En Enero de 1960, el deportivo que conducía chocó contra un plátano, rebotó y se estrelló contra otro árbol. Evidentemente se trata de un error que, aun siendo grave, no empequeñece el contenido de la obra. El hecho de que en todos los manuales se indique el accidente de tráfico como causa de su muerte hace que la gente interprete una realidad algo diferente, o sea, la falsea para sí y la historia. Hoy en día esa mínima pero sustancial diferencia sólo tendría importancia para las aseguradoras y la familia. El muerto que se olvidó su móvil y Camus fumaban. Ambos estaban enfermos y viajaban en coche. De hecho, si el accidente no hubiera ocurrido Camus no habría tardado mucho en morir afectado por su tuberculosis y ese vicio tan fumable. Al contrario, nuestro enfermo o sus circunstancias eligieron otro camino para inri de estadísticas automovilísticas, única enciclopedia que hubiera recogido amablemente su nombre o número.
Los entierros, como las bodas, se llenan de invitados anodinos y poco respetuosos. En realidad estos eventos no deberían albergar más personas que la habitación donde se acomoda al finado o el lecho nupcial. Además no todo el mundo que siente algo por la víctima se atrevería a despedirla rodeado de una muchedumbre que no entiende lo que eso representa. Son pocas las personas que, ante estos hechos, sienten algo de verdad. Por ello yo no iría ni a mi propio funeral.

Sacadle los colores a tiras
El último brindis ha servido para dar por concluidas las vacaciones. Antes había enterrado al muerto sabiendo que tuvo vida, algo normal y que no debiera sorprenderme. El problema es la identificación y proyección que de mi vida hago sobre los muertos, algo que los vivos podrían fácilmente refrendar. Es como si asomara la cabeza desde mi futuro féretro y viese sombras, lluvia y el bar de al lado con sus completos y copas trepando hasta el gaznate de los sinsabores y el sinsentido. No sé, como alguien dijo, estoy engañando a mi cerebro. Chris Mould
Las liberaciones de la posteridad
Abro una hoja del periódico, aquella firmada por Carlos Galilea, el de los elefantes que sueñan con la música, y leo: “El problema es que la vida es un problema/ uno se echa a llorar nada más llega”. No son sus versos sino los del poeta José Luis Padrón que le sirven para iniciar la crítica sobre el disco “Taxirik ez” grabado por el mayor de los Muguruza, Javier. No continuo la lectura sino que ventilo la cabeza con las hojas hacia delante y hacia atrás. El problema nuevamente está en vivir porque, entre otras cosas y vuelvo a repetir, la vida mata. Este fin de semana el juego ha movido una ficha relativamente cerca y eso ha hecho que las personas de alrededor se sobresalten, como si aquello también pudiera ir con ellos. He rebuscado pero efectivamente no había esquela en el periódico y eso no me tranquiliza. Tampoco lo hace una madre que ve a su pequeña emparejada con un descerebrado trece años mayor que ella. Una vez medidas las fuerzas y sabiéndose a fin de cuentas acogida en casa igual que siempre, hace de su capa un sayo y del lema no hay futuro un enigma tatuado en sus caprichos y disparates. “El problema es que la vida es un problema… y uno no tarda mucho en comprender que, en ocasiones, lo mejor es asomarse a la ventana (¿del cine?) y ver la vida pasar. También se puede dar el caso, y la literatura lo recoge en algún que otro cuento, que absortos nos enamoremos perdidamente desde aquella posición fronteriza e indiscreta. Algunos lo hicieron con bellas mujeres que acudían puntuales a su cita en la ventana de enfrente. Y el problema estuvo no en envejecer sino en comprobar que un día, al bajar a la calle, aquella mujer no era sino un bello e impoluto maniquí que seguía correspondiendo como el primer día. El problema es que la vida es un problema…se mire por donde se mire.

La noche antes del futuro
He cambiado de opinión. Desde hoy mismo recomiendo asistir a todos los entierros sin pisar ningún otro templo que el bar de la esquina. Mientras se oficia la despedida de rigor con sus dragones volando alrededor del sermón uno puede acompañar, apoyado en la barra, al resto de parroquianos que un día descubrieron la otra cara del muerto llamado Mr. Hyde. Para este menester es imprescindible escalar hasta el rincón más próximo al culo de una botella cualquiera de licor. Desde allí, lenta y automáticamente se abrirá la urna del pensamiento que hasta entonces permanecía sellada. Y con una pose de evangelista polvoriento o vaquero que perdió todo su ganado al cruzar un viejo Rubicón, a no tardar, pronto descorcharemos de un golpe toda la santidad que nuestra imaginación estúpida se inventó para construir al humano que acabamos de despedir. Esto ni quita ni pone sino que añade losas o piedras al calvario por el que pasamos en nuestro discurrir. Con todo, sin nada y a pesar de las películas que hemos visto, muy pocos serán los que cambien su opinión sobre cada cual y jamás concederán una nueva oportunidad al pistolero que, cansado, se puso a trabajar en un viejo rancho olvidado del mundo. Todas las puertas que uno cierra para entrar en otra vida, al final, nuevamente me descubren que, para una gran mayoría, siempre estuvieron abiertas y una corriente fría de aire culminó lo que el tiempo dilató en exceso.
De una manera tonta, con el último trago y antes de partir, se me vino volando absurdamente el viejo título de Pemán “Poema de la Bestia y el Ángel”. La epopeya patriótica fue escrita entre 1936 y 1938 y me dio por imaginar que, a unos metros, el cura recitaba a los feligreses, de memoria, algunos de sus versos:
“El año es de porfías
y es de muerte su signo,
quieren tapar como en lejanos días
las alas puntiagudas del Maligno
los ojos de jacinto del Mesías…”

Amén
P.D. En aquel garito donde esperaba sonaba la música de Joe Louis Walker.

Soy el que camina sobre las aguas de la imaginación
La noche de reyes me llevó hacia su inmensidad, mucho más allá del lugar donde se aparcan camellos, trenes de vapor o cortesanos errantes huidos de su reino imaginario. La lluvia se convertía en cerveza muy adentro y con algunos copos de nieve, los camareros hicieron nata para los roscones. Alguien encendió la mecha y grandes llamas brotaron alrededor de los postres. A falta de leones comenzamos a atravesar el aro ardiendo obviando cualquier peligro, rugiendo y bailando sin importarnos teorías o conversación alguna. Regresamos a los instintos y en el viaje ya no dimos con esas creencias que un día, tal como dice el verso, atravesamos. Era una gran bahía con muchos secretos dentro, una ciudad legendaria con decenas de templos levantados sobre dos piernas. En los lavabos había cola y mientras esperaba miraba la boca del infierno, esa que a veces algunas películas nos presentan con música, oscuridad y seres fragmentados, extraídos del planeta tierra. Si la lava de un volcán nos hubiese cubierto en ese instante habría dejado una bonita estampa para la posteridad, representaciones momificadas de humanos inspirados en novelas y cuentos de las mil y una noches, en actitud de baile y agradable conversación. Muchas de las máscaras, a pesar del tiempo, no me resultaban del todo desconocidas. En el ensimismamiento y ante mi sorpresa se me coló justamente mi vecino, un señor, ya entrado en años, con las camisas de cuadros siempre por fuera del pantalón y sus carnes alimentadas, al menos esa noche, con roscón y habas contadas. De inmediato intenté calibrar esa mirada tan aséptica y torpe con la que, de manera rutinaria, siempre que me tropezaba con él y su perrito salchicha cerca del portal de casa, dejaba caer en el ajedrez aterciopelado que le viste amablemente. ¿Era un colono de sí mismo que había huido de la tierra prometida? ¿Raíces? ¿Familia? ¿Hectómetros de tristeza bajo esos diseños geométricos con que se disfrazaba también por dentro? Nada que, junto a su amigo y una vez ya la próstata relajada, le impidiera recargar y remover el depósito para la nueva travesía. Con la sutileza de un mago y malabarista fabricó un misil de corto alcance, petardo nuclear que lanzó a los cuatro vientos, entre mis suspiros y la música de fondo. Muy pocas cosas acabé recordando en el viaje de vuelta, prácticamente ninguna conversación terminada, algunos abrazos y reencuentros que se juntaron en mi memoria mientras evacuaba la cisterna a rebosar en un lugar no muy discreto. Allí, sin ninguna prisa y con muchísimo placer confundí la oscuridad terrena y celestial, rota solamente por algún auto al pasar y la luz encendida de una habitación a lo lejos. Mis labios automáticamente tararearon la letra de una canción:
Volaré, yo volaré
encajado en un traje blanco
yo volaré
Y flotaré, sí, flotaré
hacia el centro de un agujero negro
yo flotaré
Stephen Hawking me dijo todo esto
Stephen Hawking cayendo desde el cielo
Romperé, si, romperé
las barreras que me sujetan
yo las romperé
Quien sabe que, quien sabe ya
la velocidad del pensamiento
dónde me llevará
Stephen Hawking me dijo todo esto
Stephen Hawking cayendo desde el cielo
Con el volumen de una nova
con la tensión de un Big-Bang
estoy vivo y lo estaré
por mucho tiempo más
Stephen Hawking predijo todo esto
Stephen Hawking cayendo desde el cielo
Stephen Hawking, del álbum “La fortaleza de la soledad” –Parade – (Antonio Galvañ)

Gabriele di Matteo
Casi desnudo bajo el fuego del día
He conocido a un tipo que resucitó al tercer día. No se llamaba Jesús ni fue crucificado entre dos ladrones, sencillamente comenzó a llorar cuando el cura se dispuso a orinar bajo su rostro. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti… Lo que primero vieron sus ojos fue aquel hisopo descargando una tormenta vital. Esta es una verdad como un templo a la que acompañaré otra. La de aquel que despertó en el cementerio, dentro del ataúd y momentos antes de su entierro. Los acompañantes perdieron el hipo y el resucitado quedó tartaja para la eternidad. Vuelvo a jurar porque no es en vano, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. A mi derecha tengo una Biblia y sobre ella un revólver. Estos objetos, curiosamente, me sitúan más cerca de un jugador de baloncesto en la NBA que del último vaquero, asaltante de trenes y llanero solitario que pudo acabar su carrera en el circo junto a Buffalo Bill y Toro Sentado. En el vestuario del equipo el jugador de los Washington Wizzards, Gilbert Arenas, apuntó con su pistola a su compañero Javaris Crittenton. Gilbert es un tipo duro que come hamburguesas y utiliza los descansos de los partidos para jugar al poker on-line. Gran jefe de los vestuarios ha dicho “Soy el nuevo John Wayne”.

Lanzo un dado al aire y cabalgo sobre la frase final con la que nuestro jefe Zapatero culminó su discurso en la cumbre de Copenhague “La tierra no pertenece a nadie, solo al viento”. Esta máxima no es de él sino del gran jefe Seattle. El presidente cortó y pegó del discurso con que hace más de un siglo el indio suwamish respondió al presidente de los EEUU. La Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León prefirió plagiar sin citar un texto más amplio para su informe sobre la estación de esquí de San Glorio. Si hace unos años se sirvió de la página “El rincón del vago” ahora fueron otras como árbolesornamentales.es, cantabriajoven y una guía chilena de conservación del paisaje.
Con todos estos ingredientes podría hacer una gran morcilla “ecuménica” y contemporánea a la que sólo le faltaría la bebida favorita del vampiro, un ingrediente que ahora, al menos en Villada, no parece tan necesario como un día lo fue.
Nada es lo mismo, nada Ángel González
permanece.
Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten

El tiempo, en sombra, es insondable
Cuando mi amigo está infeliz, voy a su encuentro; cuando está feliz, espero que me encuentre
H. F. Amiel
Un día de frío como el de hoy no impide que la mente esté caliente, cerca o lejos de un café o una pipa de fumar. Podría haber añadido un cucurucho de caricias en vez de la pipa por ejemplo, o unos copos cayendo al otro lado de la ventana, con los troncos de la chimenea ardiendo, pero la musa vestida con su burka de las mil y una noches no lo ha querido así.
Al entrar en el desvío que me ha llevado al pueblo he visto a dos solitarios e intrépidos personajes desafiar a la intemperie con cierta calma y tranquilidad. Uno de ellos caminaba completamente envuelto en ropas y atropos, dejando tan sólo sus ojos lucir a modo de faros ante la ventisca. El otro, unos metros atrás, iba de igual manera, con una chinchonera sobre el verdugo y pedaleando con aparente ligereza. El primero era uno de los pocos abuelos que vive y se siente contenido en el entorno. Pertenece a él como uno de esos restos patrimoniales que siembran la provincia con siglos de identidad fugaz, llenos de niebla, bellos y evocadores a pesar del deterioro evidente. Sus arrugas marcan la condena vivida, surcos de la tierra trasladados a la frente, jardín bello, ahora ya en barbecho. El segundo era mi tío disfrazado de yihadista, zapador entre lo que el pueblo fue y es en la actualidad. Me he dado cuenta de que en su carpe diem particular, lleno de copas, puros, abrazos, salidas y entradas, siempre lleva con él la pasmosa y evidente sensación de vivir siendo una visita en un lugar de tránsito continuo. Es imposible que ese pensamiento se le vaya de la cabeza y, lejos de amargarse como un filósofo pesaroso en su rincón, se dedica a brindar cada vez más cerca del abismo donde las dos caras viven atrapadas y eternamente jóvenes, burlándose de todo.
Esas dos figuras paseando en el frío eran tan reales como imaginarias. Fantasmas muy conocidos que me siguen arropando en un crepúsculo de cristal donde ha quedado atrapado buena parte de mí, tanto ética como estéticamente.

Jan Van Eyck
“… Me gustaría hacer un film sobre los last speakers of languages…
La opinión pública se inquieta constantemente ante la desaparición o la disminución del número de ballenas o leopardos de las nieves, pero nunca escucho a nadie hablar públicamente de la desaparición de las culturas y de las lenguas humanas, y sin embargo esa desaparición acontece a un ritmo más vertiginoso que cualquier otra en la naturaleza.
Cuando rodé Donde sueñan las verdes hormigas (1984), encontré a un aborigen en un asilo de Port Augusta, al sur de Australia. Debía tener unos ochenta años. Era el último habitante de su lengua. El equipo lo apodaba “The Mute” porque no decía nada. Sencillamente, no tenía a quién hablarle; era el único y el último ser vivo en hablar su lengua. Entonaba una incesante canción para sí mismo (…) Fue a principios de los años ochenta, seguramente hoy estará ya muerto. No sabemos cuál era su lengua,. Nadie lo documentó. Y nadie podía hablar con él porque sólo él sabía hablar su lengua. La lengua no es sólo una herramienta de comunicación. Es una forma de ver el mundo, de comprenderlo y de atribuirle un sentido. Es un mundo en sí misma. Una manera de organizarse como ser humano en el interior de ese mundo. Toda esa riqueza, todas esas culturas están a punto de desaparecer. En cuanto mi proyecto, no se trataría, evidentemente, de filmar todas esas lenguas. Quizá otros cineastas vendrán a echarme una mano…”
Werner Herzog, de su entrevista con Hervé Aubron y Emmanuel Burdeau para la revista Cahiers du Cinema, Enero 2010.

Contemplar la caída de los días
Es muy raro ver a una pareja apasionarse por algo en equilibrada simbiosis. Mucho más fácil, ni que decir tiene, es verla bostezar sola o acompañada como si fueran piezas de bronce encontradas en un depósito, parte de una ofrenda al dios Pan, más muerta que viva. Pero no saquemos punta al lápiz del carpintero.
Esta mañana, cuando inicié la feliz rutina de seguir mis huellas como si el mundo no se fuera a acabar nunca, acabé bebiendo de las fuentes del quiosco, puntual a la cita. Entre los fascículos semanales con que las distribuidoras hacen su siembra por estas fechas se encontraba uno dedicado al jazz. Ahora el CD se había sustituido por el viejo vinilo, pieza de coleccionista que despliega en su imagen un montón de ventajas, fotografías e información fundamentalmente para nostálgicos que han conseguido resucitar el formato de larga duración. En el folleto lo explican muy claro, supone una gran oportunidad para los amantes del género que deseen reencontrarse con el sonido analógico de alta calidad y recuperar las antiguas ceremonias: limpiar los discos, elegir la aguja, escoger el corte, ajustar el amplificador… Justo lo que en su día suponía un lastre ahora resulta que se puede transformar en una ceremonia llena de símbolos que me llevarían, si quisiera explayarme, al extravío y al frenesí con explicaciones e interpretaciones (Una de las más importantes funciones del símbolo es la objetivación de los roles y relaciones entre individuos y grupos lo que nos llevaría a toda una mistificación del simbolismo, bla, bla, bla…). El “Kind of Blue” de Miles Davis, título legendario en la historia del jazz, encabeza una colección al que seguirá, para no ser menos, “A Love Supreme” de Coltrane.

Allí estaban los quiosqueros, él y ella, rompiendo el alba con sus quehaceres, ajustándose los papeles y ayudando a hacer de la vida una feliz rutina. Él es coleccionista de vinilos o habría que decir mejor, melómano empedernido y por tanto apasionado de melodías y sinfonías elevadoras y mecedoras del espíritu cansado, jovial y tantas veces solitario. Ella, en cambio, ha dejado de comprar libros porque no caben en casa ¿desapasionada? El espacio que deja uno lo aprovecha el otro alimentando un problema que desquicia el aire y sobretodo un hogar medianamente ordenado. Yo, evidentemente, he tomado postura a favor de él haciendo ver la fortuna que ella tiene al estar a su lado y el mal concepto de querer vivir en una casa cuando en realidad lo que debiera haber sido siempre es una discoteca muy particular con su cocina, cama, algún que otro armario a modo de joyero musical haciendo de ella la bailarina liberada de su círculo, etc.
Las ventajas de rendirse a una pasión son infinitas. Entre ellas y de manera muy evidente nuestro melómano empezó a estudiar en la escuela de idiomas puesto que su afán le obligaba a entender no sólo lo que compraba, vía internet, en China o Japón, sino para conocer al detalle esas penas que tanta alegría alcanzan en el corazón o esas alegrías que tanta pena gotean en el recuerdo al oír una vieja canción. El ideal de todo matrimonio, sin lugar a dudas, es mantener viva su pasión, etc.
Mi casa tiende a ser una biblioteca, primer objetivo y condición donde igualmente invitaré a amigos y familia para que disfruten, descansen o pasen las horas jugando, pensando y soñando. Mientras haya alguien que la siga llamando casa consideraré un fracaso mi proyecto. A fin de cuentas son libros de papel que bien pudieran ser de plomo como esos 21 volúmenes de Sacromonte o tablillas de barro cocido que un antepasado consiguió llevarse de una antigua biblioteca destruida por la incomprensión.

Libros Plúmbeos del Sacromonte, 21 volúmenes confeccionados con 233 planchas de plomo
La luz se ha retirado del espacio
Alguien dijo, me repugnan las personas que compran cuadros como inversión. Lo suscribo.
El autobús del equipo de la selección de Togo, a pesar de la escolta, fue ametrallado a su paso por Angola cuando viajaban para disputar la Copa de África. La reacción de algunos clubes europeos ha sido muy clara, exigirán el regreso de sus jugadores si Angola no puede garantizar la seguridad. Del resto de clubes y jugadores del mundo nada se supo.
El pasado 25 de Diciembre se suicidó el cantante Vic Chesnutt. Vivía postrado en una silla de ruedas desde los 18 años debido a un accidente de tráfico y en la actualidad, según dicen, estaba endeudado hasta las cejas para poder pagar su medicación. Tenía 45 años. El 1 de Enero la cantante Lhasa de Sela cogió el relevo sin necesidad ni voluntad alguna, arrastrada por un cáncer. Tenía 37 años. Esta mañana oía su voz en la radio y decía algo así: “He venido al desierto para entender tu amor”.
El título de la película estrenada sobre la vida de Gil de Biedma me gusta pero fuera de ese lugar-reclamo ofrecido, o sea, en un verso o una tarjeta de visita. El espanto y su comercio amenazan desde el cartel de presentación “El cónsul de Sodoma”.

Carles Congost
su canto perdurable
La coincidencia hace palpitar el cotidiano pasar de los días. Primeramente envié a mi agencia musical una de esas listas que se hacen al terminar el año sobre músicas del mundo. La única y sana intención era escuchar algo de lo que su voluntad escudriñadora quisiera, tras ojear la lista casi interminable de nombres y nacionalidades. Fueron varios los discos escuchados y sólo en uno coincidimos una y otra vez. Se trataba de “Lhasa” el tercer y último disco de Lhasa de Sela que suponía una declaración de principios tras los dos discos anteriores, “La llorona” (1997) y “The living road” (2003). En ellos se había deformado al seguir orientaciones ajenas aunque experimentadas de músicos y productores. Ahora el reto consistía, por tanto, en intentar ser ella misma al cien por cien. Para ello escribió, compuso y arregló todas las canciones tal como contó en diferentes entrevistas. Eligió el idioma, inglés, para sus canciones y también a los músicos dentro del sello Constellation, una especie de comuna musical que había producido, entre otros, a Vic Chesnutt.
Ayer, mientras hacía el pino junto a una de las estanterías y escuchaba la radio oí una voz embaucadora presentar sus canciones para a continuación cantarlas en medio castellano y francés. Se trataba de un concierto que Lhasa había dado en el festival de Cartagena “La mar de músicas”, en el año 2004. En ese momento no pensaba que se tratara de la misma persona puesto que lo único que había oído de ella eran canciones de su tercer disco, en inglés. Cuando acabé mis flexiones y reflexiones tecleé en el ordenador algunas palabras inconexas que mi cerebro, a falta de riego, pudo retener en aquel estado y de inmediato apareció su fotografía. Había tropezado dos veces con la misma y ahora me enteraba del fallecimiento. Caso cerrado.
De familia bohemia parece que en su vida cumplió el sueño de todo estudiante, no ir nunca al colegio y el de cualquier padre concienciado, que sus hijos no vean televisión. De aquel padre, profesor y escritor, y de aquella madre, fotógrafa, nacieron cuatro hijas en total que siguieron encarnando esa faceta nómada y artística. Con el paso de los años Lhasa fue en busca de sus hermanas a Montreal donde, al igual que médicos especialistas, se preparaban para sus futuras profesiones como payaso, funambulista y contorsionista y acróbata. Ella, respirando estos aires inició una carrera a la que algunos críticos quisieron ver demasiado comercio exótico y embaucador. Lo cierto es que, antes de morir y con este tercer disco, se acercó más así misma que nunca y de esta manera puso de acuerdo a esos críticos y a mi espíritu, dentro del círculo de las casualidades que insisten en llamar a la puerta de la rutina sin venir a cuento.

Circo de Calder

Con un hambre cruel de realidad
Un minuto de silencio por la muerte de Erich Rohmer ( ). Pero el caso es que estos días ya hice el cupo escribiendo sobre el reino de las sombras y ahora sencillamente sólo eso, un minuto y luego un tiro de gracia en la sien.

En su homenaje he visto la película de Wenders “Alicia en las ciudades”. Una road movie del año 1974. El protagonista, un reportero alemán perdido dentro de su propia vida, sólo es capaz de hacer fotografías pensando en que algo queda, nubes, espacios, lugares u objetos que nunca fueron los que se buscaron. La fotografía es una excusa para escucharse a falta de una historia que escribir. Conforme pasan los días dentro de su propio laberinto y en compañía de una niña, irá sustituyendo esa fotografía por la inspiración literaria. Pero la película no va de artistas o búsquedas de musas a no ser que así se le llame al sentido de vivir o caminar hacia el encuentro con uno mismo. Parece ser que la inspiración a Wenders le llegó de”Memphis”, una canción de Chuck Berry y “Carta breve para un lardo adiós”, un relato de Peter Hadke.
Puede que cuando acudimos a un entierro lo consideremos también un último homenaje al muerto aunque sin duda lo que hacemos es acompañar a los vivos que se sienten más solos entre la multitud. Puede que en cada muerto debiéramos buscarnos más a menudo y sin dudar un segundo hacernos el homenaje a nosotros mismos, mientras el cuerpo aguante.

Parece que algo fuera no irreal
Acabo el día con la sonrisa en la boca, que no es poco. “Las vacaciones de Monsieur Hulot”, de Jacques Tati, tiene la culpa. Una manera de colar anuncios en mi largometraje de estudios es ver películas y leer algunos comics, pocos pero seguros. Las novelas son cepos en los que fácilmente quedo atrapado y por ello, los dejo, uno sobre otro formando torres de descontrol que me miran y recuerdan ese otro camino por el que muy bien podría transitar. De una u otra manera busco la identidad, ese algo con el que mi estructura se reafirme, escritura, pintura, música o posos de café y no soy capaz de abarcar nada, salvo la risa al acabar la tarde. En este estado de gracia debería aprovechar y ponerme en contacto con mis amigos, escribir correos, preguntar al vecino por su madre a la que no veo desde hace meses, contar estrellas, soñar despierto, soñar que alguien o algo puede cambiarlo todo en un segundo. Entonces, antes de la media noche, me aferraría al miedo como si fuese una almohada y esperaría a que ese ruido dejara de sonar. Porque las imágenes podrían transformarse en una pesadilla donde aparece un loco tenista con su raqueta entre los brazos, clavada en el timbre de mi casa. Monsieur Hulot pasado de revoluciones en un mundo que no es el suyo, sin vacaciones, playa ni romanticismo. De saber eso no abriría a nadie, al contrario, me daría la vuelta para hacer un agujero en el hielo. Luego ataría mis debilidades a un yunque y las arrojaría dentro. De esa manera no vería lo que hace o piensa ese extraño gimnasta, aunque coja carrera y atraviese la puerta para lanzar un puñetazo mortal sobre el televisor ¡out! La realidad es inabarcable, empequeñece el sueño y nos hace girar, en un segundo, ciento ochenta grados con la sonrisa congelada tras la máscara.

Jacques Tati "Les vacances de Monsieur Hulot" -1953-
Si yo azotara a Dios
Hago un protocolo para acabar el día tal como lo hice ayer pero no ha dado resultado. “Mi tío”, la película de Jacques Tati, no sé si tiene la culpa. Una crítica oscarizada en forma de parodia a la sociedad tecnificada y ampulosa que no me resulta, ni mucho menos, tan relajante. A la salida del cine seguía lloviendo y mientras caminaba hacia casa me veía en cada charco como otro Monsieur Hulot, torpe guerrero que regresa a casa con el paraguas en una mano y un maletín extraño en la otra. Dentro llevaba libros desplegables de infinitas lecturas que deberían remover el pensamiento afianzando conceptos, sutilezas y fórmulas de acción local. Puede que, junto con ellos, fuera ahí también parte de mi cabeza, esa que no ha querido funcionar por miedo a las goteras, sabedora de los límites y del esfuerzo que supondría tomar la eucaristía del conocimiento, un miércoles impar, antes de que Monsieur Hulot pasease ante mis narices. Con o sin cabeza dentro del maletín las posibilidades imaginadas sobre el lugar geográfico a donde mi cerebro huyó esta tarde son infinitos, tantos como gotas de lluvia y charcos juntos.
Hoy nadie ha dado un puñetazo en el aire, sólo Hulot a la persona equivocada. Estaba junto al objetivo, en el lugar y momento oportuno.
Hulot, en la película de ayer y hoy vive en la buhardilla o en el último piso, allá donde más cerca se está del cielo.

"L’Arroseur Arrose" (El regador regado), Louis Lumiere -1895 -, escena homenajeada por Tati en su película "Mon oncle" - 1958 -
Cantan los pájaros en el jardín nublado
Polución, suciedad, secreciones, malos olores y esa parte de monstruo domado que también forma parte de uno. De asesino potencial ¿por qué no? Asesino de moscas y moscones a los que de un empujón llevo al precipicio invisible donde habita el fin, en mitad de un vuelo con forma de circunferencia. De la defecación llamada homo sapiens que sólo filosofa cuando está loco y duda.
Somos un circo lleno de fieras, domadores y trapecistas cada vez más viejos. Y al caer sobre la red contamos los dientes y los días de la semana. Reflexionamos desde abajo y pensamos, frente a los asientos vacíos, que sigue siendo muy fácil morder el mismo anzuelo de siempre, ese que nos abre la boca cuando vemos al mago serrando en dos a su ayudante. Somos, por más que no queramos, rugido de león y chillido de ratón. Somos la princesa dormida del guisante, esa persona hipersensible e irritable que ha heredado la dolencia crónica de un dolor minúsculo nacido del cuento y para el cuento.

Michael Craig-Martin
La corrupción de un ángel
Hoy he jugado a ser Mishima en el acto final.

Apresurando el tiempo
Monsieur Hulot nuevamente ha cerrado el telón del día. He seguido sus pasos, atravesado la ciudad y finalmente he subido a ese tiovivo que nos explica el sentido de una humanidad moderna y loca. Hulot es más romántico que yo y lo demuestra al regalar un pañuelo a una turista con la que apenas ha estado unos minutos. Claramente Monsieur Hulot sólo puede hacer eso, pasear y mirar lo absurdo e incomprensible que es el mundo. Nada comparado con el rizo que podemos hacer actualmente destilando, por ejemplo, vodka en un alambique de cobre y oro de 24 quilates.
Pero hoy no pensaba ser romántico ni hablar de ningún inmortal que vive para siempre en las pantallas. El plato para la cena de esta noche sería esa desesperante constatación de que la humildad y su talante educado sólo sirven para tragar sables y saliva. Inmersos como estamos en un experimento de aceleración de partículas, sufrimientos y producciones imposibles de llevar a cabo con un mínimo de sentido común, sólo nos queda, ante el director de todo, mostrarnos poseídos por un diablo. Algo o alguien que utilice nuestro cuerpo para imponer el derecho a la vida y conciencia. El anti Monsieur Hulot. Alguien que también somos nosotros, pasito a pasito, y así nos reconocen.

"Playtime" Tati
ha llevado la mano hasta su pecho, hacia el hueco profundo de una sombra
Una persona es una isla, eso ya lo sabemos. Una persona a la que apenas conocemos es, además, una isla inexplorada, misteriosa y humana demasiado humana. Con el catalejo en la mano podemos atisbar razones para atracar y coger víveres en ella, abandonar a un marinero díscolo en sus costas, desterrar al emperador que no pudo cumplir sus sueños o, sencillamente, dejar a la imaginación que complete por unos instantes lo que aquella geografía, más o menos boscosa, rocosa y rodeada siempre de mar nos pueda sugerir.
También podría decir que una persona desconocida es un libro abierto o cerrado. Hecho a base de líneas, páginas y capítulos con un final desconocido aunque siempre escrito bajo las estrellas.
Yo no tengo esposa y el israelí Goel Ratsón, de 60 años, tiene 17 mujeres y 38 hijos. Por lo tanto en una supuesta estadística que describa mi vida junto a la de ese individuo mi isla figuraría con 8,5 mujeres y 19 niños, que no me dan ninguna guerra debería añadir. Ahora cojo parte del artículo aparecido en la sección de Andrés Ibáñez (“Comunicados de la tortuga celeste) en el ABC cultural de hoy:
“La sociedad de Control es el paraíso de la burocracia y de los burócratas, de las medidas de seguridad, de las normativas, de los procedimientos, de los libros blancos, de los manuales de estilo, de las reuniones y de los comités. Está obsesionada con medir; quiere medirlo todo. Medirlo con números, entendámonos, con gráficos, con baremos, con estadísticas. Para la sociedad de Control sólo existe lo que se puede medir, y lo que no se puede medir debe ser abandonado por inútil, por incontrolable. La Sociedad de Control busca criterios objetivos para todo, medidas universales que se aplican ciegamente, estandarizaciones, homogenizaciones.”
Supongo que de aquí me ha venido la idea de esta estadística absurda y apresurada. Una fórmula tan habitual y ajena como un campo de minas ilustradas o las confesiones de un asesino en serie.
Ayer en mi isla encontré un tesoro, restos del naufragio que llaman infancia. Estaba oculto en un desván de la memoria, entre hojas y viejos libros de texto. Una caja de galletas decorada con cromos contenía eso precisamente, cromos sobrantes y de colecciones que nunca hice hasta el final. Historia del circo, del oeste, de España y otras mil historias más llenaban a rebosar el cofre. Dentro habitaban cromos repetidos perfectamente clasificados y envueltos en papel, recortes, sobres sin cromos, papeles inútiles que se convirtieron, ipso facto, en llaves del pasado. Desperdicios, raciones de futilidades que han abierto nuevas salas de mi particular museo romántico. Leroy Jonson posaba ausente con el número 20 de la fantástica colección “Fama”. Cinco pesetas el sobre, 240 cromos a todo color. "Genios universales", "Fútbol en acción", "Fuerzas armadas", "Orzowei" con Bimbo, una microhistoria de Bazooka Joe sacada del envoltorio de un chicle y un titular, “Mastroianni no me va. Anastasia Kinski los prefiere feos”.

Isla de Sark, último estado feudal de Europa. Entre otras peculiaridades tiene prohibido el uso de automóviles.

Inacabable lecho
Max Aub dixit, uno es de donde hizo el bachillerato.
Además, de la entrevista publicada ayer en el Cultural a Erri de Luca recojo otra clave:
P.- ¿Qué es la felicidad para Erri de Luca?
R.- Es algo sobre lo que no se puede fundar nada, ni una ciudad ni un amor, porque llega de forma imprevista y dura poco. La felicidad es un regalo, no un proyecto.

Milonga sentimental
Ayer el teniente corrupto de Abel Ferrera me trajo a la memoria imágenes de eso que ahora llaman cancaneo o dogging. No es lo mismo ni parecido pero en mi cerebro todo se fusionó. En una escena el teniente da el alto a dos jovencitas que regresan de la fiesta nocturna en el coche “prestado” por el padre de una de ellas. Bajo la amenaza de llevarlas a comisaría o decírselo al disgustado progenitor una de ellas le enseña el culo mientras la otra mueve la boca como si se la estuviese chupando. Él, sencillamente, se pajea en mitad de la calle con los exabruptos de rigor, vamos zorra, chúpala y tal y cual.
El cancaneo es un poco más directo y consentido por ambas partes. Se la chupan, follan y demás menesteres en lugares públicos, libres de cargos y cargas. Lo mejor es hacer una gran kedada en la que el esmoquin de rigor es sustituido por un pubis bien afeitadito y alguna que otra botellita de licor. Un aquí te pillo aquí te mato que tanto se ha practicado dentro y fuera de la oficina. En teoría morbos y fantasías se dejan sueltos durante unas horas en aquel lugar, playa o asfalto, que mas provoque. Doy las luces, las apago y vuelvo a encender, esas son mis señales de dogger.

Muy lejos de todo esto una micronoticia del periódico me arrastra hasta sus arrecifes de palabras:
Desaparece en el Caribe un español que iba en velero.
El barcelonés Ángel Roldán, de 56 años, permanece desaparecido desde el lunes tras salir en un velero de la paradisíaca Isla del Maíz, en el Caribe sur de Nicaragua –donde vive desde 2007 como turista-, mientras las autoridades panameñas lo buscan en sus aguas, según informaron ayer fuentes oficiales.
Desde el 2007 de vacaciones… en esas islas pobladas por misquitos… El sueño de todo humano o ¿Quién cojones es/era ese tío?


Milonga pa’ recordarte, "Milonga sentimental" - Letra: Homero Manzi – 1931 -
milonga sentimental.
Otros se quejan llorando,
yo canto por no llorar.
Tu amor se secó de golpe,
nunca dijiste por qué.
Yo me consuelo pensando
que fue traición de mujer.
Varón, pa’ quererte mucho,
varón, pa’ desearte el bien,
varón, pa’ olvidar agravios
porque ya te perdoné.
Tal vez no lo sepas nunca,
tal vez no lo puedas creer,
¡tal vez te provoque risa
verme tirao a tus pies!
Es fácil pegar un tajo
pa’ cobrar una traición,
o jugar en una daga
la suerte de una pasión.
Pero no es fácil cortarse
los tientos de un metejón,
cuando están bien amarrados
al palo del corazón.
Milonga que hizo tu ausencia.
Milonga de evocación.
Milonga para que nunca
la canten en tu balcón.
Pa’ que vuelvas con la noche
y te vayas con el sol.
Pa’ decirte que sí a veces
o pa’ gritarte que no.
con sus calles subidas
El espectáculo de la catástrofe dio comienzo hace unos días. De inmediato el telediario de la uno emitió un video sacado de youtube. Unas imágenes, que de Haiti sólo contenían el nombre puesto que en realidad pertenecían al tormentón desatado en el festival de música Heineken de Venecia hace tres años, nos pusieron sobreaviso.
Desde entonces nombres extraños, anécdotas que sobrecogen y condensan en dos minutos los novelones del siglo XIX, miradas huérfanas e imágenes impactantes irrumpen en nuestros sueños perfectamente desestructurados aunque en pie gracias, entre otras cosas, al prozac. Un contingente de cascos azules, otro de basura y un pelotón de periodistas cubren este gran hermano auténtico y en directo. Nosotros desde occidente y a falta de orden ritualizamos el proceso con el consiguiente envío de bomberos, comida y asistencia médica. Nuestros muñecos en el juego posan ante el fotógrafo, identifican los cadáveres que nos pertenecen y comentan aquello que más les ha sorprendido porque la realidad siempre supera la ficción. Gracias a ellos visitamos un escenario clásico por excelencia, patrimonio del pueblo y de sus pequeños grandes héroes levantados desde el anonimato, nos sobrecogemos con la tragicomedia que es ver un micrófono frente a una boca hambrienta y no escatimamos elogios ante esta nueva representación de teatro clásico.

Que suene Carl Smith, cantante de country fallecido el pasado sábado debido a su propio terremoto particular. Tenía 82 años.
sintió su corazón ocioso
Un día libre por la ciudad. He caminado ajeno a mis pisadas y sin embargo he encontrado algún hasta luego muy cerca de ellas. Me he fijado en esos rostros conocidos y enseguida ha surgido la gran pregunta ¿se les nota tanto el paso del tiempo? Matías estaba sacando número en la oficina de Correos. Con su lengua de serpiente enseguida puso sobre aviso al funcionario más cercano con un ¡no sale el número! Ipso facto corrigió echando la culpa a sus ojos. Ahora tiene gafas y una calva igual de reluciente que siempre, aeropuerto donde resbalan con gran facilidad ideas y gotas de lluvia en días como el de hoy.
Soy cliente del vendedor de sellos en la oficina de Correos y no lo sabía. Él me lo subrayó, no esperes, ven por la mañana, yo te apunto y pregunta por mí. La crisis en esto de los sellos no tiene nada que ver y las colecciones del año pasado se vendieron todas. No importa, por la mañana habían confirmado el envío de otros seis álbumes completos. Sin duda era el tipo de siempre aunque llevaba una corbata atada al cuello y eso pudo ser lo que me despistó ¿Hace él colecciones? ¿Qué piensa de sus clientes? ¿Qué tiene en la cabeza? Si se le pusiera un casco podría parecer un corredor retirado de las 24 horas de Le Mans, reciclado ahora en comentarista para una televisión cualquiera. Le busco un pasado aunque sin duda el verdadero me sorprendería en más de un capítulo mal dibujado, ese que se entreabre como un sueño equivocado o aquel otro que le levanta allí mismo en vuelo para recoger los sellos de su tío, marinero en alta mar. El edificio tampoco es el mismo, funcional y transparente como un cubo oficinesco más. Debieron ganar mucho en espacio cuando extirparon las viejas ventanillas y mostradores de madera que tantos brazos, envíos y paquetes soportaron cansinamente. Puede que hubiesen acompañado al edificio desde su inauguración en 1925 o tal vez ya estuviesen en la cabeza del arquitecto Jacobo Romero cuando presentó su proyecto en 1916. La mayoría de rostros que pueblan las oficinas han cambiado por dentro más que por fuera, en consonancia con el lugar. En una esquina se esconde la oficina del director. Un cartel así lo anuncia, a la altura de un joven guardia de seguridad. Apenas se le puede ver. Hace unos años la esquina más próxima a esa oficina era un soportal en el mismo edificio. Había que subir unas escaleras y no era muy extraño ver algún que otro transeúnte ensobrado sobre sí mismo, motivo por el que acabarían colocando una verja. Luego estaba el buzón que era el rostro de un hermoso león incrustado en la pared. Los niños subían la mano y con cierto miedo arrojaban la carta en su boca. Ahora al rey de la selva se le ve sobre una urna de cristal, perdido ya el misterio de lo que existía trás aquella pared, cuerpo de fiera o saca de lona. El vendedor me viste con trajes y juegos regionales, pequeñas colecciones también en venta. Me toma el nombre en su libreta a golpe de bolígrafo, sin teclas ni ordenador. Mientras lo hace decoro con pinturas el coche de carreras donde le situé hace unos segundos. Pienso, efectivamente, en Calder y el piloto Hervé Poulain.

en detenidos relojes de esfera podrida
Me gustaría conceder medallas al mérito a esos que me rodean con fuego abrasador bajo el pecho. Ahuyentar sus lobos y pisar los gusanos que en las noches surgen de sus ojos cerrados. Enfrentarme a esos ladrones de sueños que dejan fermentar sus babas con las decepciones y los ecos grabados sobre lo blanco impoluto de las paredes. Falta aire y los paseos por la orilla del río, según me cuentan, están que dan asco. Millones de desechos, restos de bolsas y objetos inimaginables componen el vómito que dejaron las aguas tras la subida estos días pasados. Si al menos sus profundidades se quedaran a gusto merecería la pena el espectáculo que nos acerca hasta los ojos esa metáfora de lo que llevamos dentro, vicios, temores y jirones que alumbran a Heráclito con su nunca te bañarás dos veces en el mismo río. Evidentemente no. Algunos para soportar la angustia beben, otros fuman y los más chillan como ratas de carne y hueso dentro de sus casillas. No es tan difícil salirse de ellas y que te digan a la cara desorden de personalidad antisocial pero yo no soy Alí Agca ni tengo contactos con la KGB. Puede que el título elegido para la antología de Francisco Pino, “Calamidad hermosa”, sea el adecuado para este día.

Rafael Canogar
otros creen en la reencarnación
El músico John Martyn acabó siendo, entre otras cosas, alcohólico. Y yo me digo que eso no es muy complicado, concluir de una manera más o menos indecente, aturdido y sin querer escuchar a nadie más. Con qué facilidad los caminos se convierten en submundos gelatinosos e ininteligibles. Lugares donde se confirma el pensamiento de Epícteto que cita Pascal Quignard en “La barque silensieuse”, Todo hombre es una ciudadela llena de tiranos que hay que volar. Con esta frase hoy he tenido suficiente.
Junto a dos ángeles custodios he solicitado la creación de un curso sobre cine antropológico. Me he puesto en primera persona por tergiversar del todo la realidad angelical. Los motivos de esta petición pecan un tanto de ingenuidad o eso parece a tenor de las entrevistas y palabras con las que se nos citan y amparan por tan fascinante idea. La sensación de haber abierto la puerta de un nuevo laberinto donde nadie conoce la guarida del monstruo es real. Los unos remiten a los otros y al final las piezas parecen estar unidas por los mismos materiales de siempre, pasillos de rutina e intereses insondables. Al final del día, cansado, sigo recordándome la frase de Quignard. Todo hombre es una ciudadela llena de tiranos que hay que volar.

Hueles su orina silenciosa, sientes
En el pueblo no quise hablar de Eva Gabrielsson, la viuda de Stieg Larsson que brega con la familia política por diversas cuestiones, la económica incluida. Si hubiera cambiado el nombre de la esposa, que en realidad nunca estuvo casada oficialmente con el escritor, y la pelea en los despachos por otros más apropiados, léase, Cipriana y los Churros u otro linaje de renombre se están degollando o abriéndose en canal, la luz habría entrado por el entendimiento del común, tal que se estuviera disputando el lote en la casa de al lado, justamente como no podía ser de otra manera. No sólo penetraría la luz sino el puñal que todo lo abre y cierra para no dar tanto que decir.
Hoy el termómetro de mis sensaciones ha subido un grado. Soy consciente de que el caos que rodea lo que veo, pasillos, habitaciones, talleres, mostradores y escaparates ha reducido su distancia con el límite llamado Apocalipsis. Lo simple entraña un montón de interpretaciones, legajos y sensaciones que son imposibles de soportar dentro de un juicio medio sano. Es como si todos hubiésemos sido compañeros sentimentales de Stieg Larsson y ahora lucháramos sin piedad por conseguir nuestra pequeña porción de miseria, la suficiente para vivir un poco más ligeros de ropa y cascos. Mis esfuerzos para sonreír visten los años que me faltan. Se trata de una batalla de vivos, la otra cara de un ejército de calaveras que surge cuando el agricultor, tras la última concentración parcelaria, ara o nivela la tierra que siempre estuvo de barbecho.
Para intentar explicarme o desahogarme una vez más he subido a una acequia. Desde allí he jugado a ser el último profeta durante unos segundos, antes de que las noticias sellasen mi boca para el resto de la tarde. En Haiti, actual capital del caos, organizaciones y oscuros intereses están robando niños, niñas y órganos para traficar con ellos en partes o grupos dependiendo del precio, el sexo y el mercado. ¿Por qué me llegaba desde tan lejos una noticia tan deprimente? El tonto del pueblo rehuía del contacto con la gente porque le preguntan cuánto gana. No quiere decirlo y para evitar el mal trago vaga por el campo sólo, transistor en mano, escuchando crónicas y musicales, pisando restos de calaveras desechas, trigos que ya han nacido y caminos que se alejan de Roma.
A la pregunta de ¿no parece que tengas mala cara? Crestenciano respondió, sí pero no es la cara lo que me duele.

Puvis de Chavannes
lágrimas incompatibles con el binóculo
Aldeas infantiles, Asamblea de cooperación por la paz, ayuda en Acción, Cáritas, Cruz Roja, Intermón Oxfam, Médicos del mundo y sin fronteras, movimiento por la paz, Save the children, UNICEF y un largo etcétera piden ayuda contra el desastre. En la telenovela y reality que se nos ofrece a diario sobre Haiti todos podemos colaborar al menos aportando un poco de calderilla.
Para paliar mi desidia e indiferencia hacia el llamamiento me dispongo a elegir una lectura apropiada que al menos, amortigüe esta postura tan incívica. Elijo una parte del menú invernal ofrecido por el restaurante “La Traserilla”: Empedrado de bacalao con arroz y alubias blancas. Lentejas estofadas con setas, hígado de pato y crujiente de jamón. Alubias pintas con pastel de berza y morcilla. Garbanzos con gambas al ajillo. Moros y cristianos con terrina de cabeza de cerdo al pimentón.
Si alguien no se une al llamamiento o dice en voz alta que se distrae con bellas prosas mientras mira por la ventana resultará apestado y condenado al insulto. Al menos se pide no tocar la guitarra en ese entierro porque en cualquier caso nadie ha vuelto a ser Django Reinhardt, con o sin dedos en la mano. Pero es que uno vive en lo local y las habas que ha sembró ayer en la huerta nada entienden de otras catástrofes que no sean las que se viven unos metros más allá. Puede parecer extraño pero es que los únicos seres globalizados son aquellos que consumen los productos sin importar el lugar de donde vienen y viajan en avión con relativa frecuencia o encienden un electrodoméstico último modelo en el cuarto o en el comedor. Los habitantes de Haiti no viven ese tipo de globalización, ni los de Togo o los de la isla Izinga en el lago Victoria. Ellos sufren las consecuencias de la globalización, son producto, restos o parte del consumo de los otros que es una nueva religión.
Judas Arrieta
¿Me influye en esta postura eso que dicen ahora sobre Enid Blyton, la autora de los cinco?
Puede ser, tal vez todo esté relacionado. Enid Blyton jugaba al tenis en pelotas, bebía, no soportaba a los niños juguetones, era adúltera y no sé cuántas cosas más. Algo que no le impidió escribir una media de 10.000 palabras al día y 16 libros al año, en total 753. Despellejemos a los clásicos antes de que otros lo hagan con nosotros. Para ellos ya no hay ayuda posible.


Rendijita sutil, apenas nada
Conozco parejas que no se soportan dentro de cuatro paredes pero que flirtean como si fueran novios. La sociedad de flujos permite este tipo de relaciones en movimiento y distancia. Ellos más que nadie justifican el futuro como lugar donde reside claramente la muerte. Pertenecen al lugar donde están sin importarles quienes son. No les sirve de nada las miras telescópicas de sus rifles porque se la juegan en las distancias cortas. Aún así llevan las mismas inscripciones en ellas que los marines americanos en las suyas: “Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en la oscuridad, sino tendrá la luz de la vida” (Evangelio según San Juan 8,12) o esta otra de la Carta de San Pablo a los Corintios, “Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” . El cerebro funciona a base de zappings mentales.

José Luis Serzo
La retórica de la realidad anuncia que dos miembros de la banda After Death, Leon Villalba y Tim Kennedy, de 21 y 18 años respectivamente, han fallecido mientras nadaban en playas del noreste brasileño. Parece que viene una etapa de descensos en lo que a bolsa se refiere pero no estoy hablando de economía. Oh mundo, el padre Josep Samsó ha sido beatificado. Su apellido me retrotrae a fantasías kafkianas. Encarcelado durante la guerra civil se dedicó a confesar a los presos allí presentes. Llegado el momento de la despedida y ante los verdugos exclamó: “me hacéis un favor muy grande porque me ayudáis a ganar el cielo. Yo os prometo que cuando llegue a su presencia mi primera oración será por vosotros”. Algo así debería decir yo cada mañana cuando acudo al trabajo, me hacéis un favor muy grande porque me ayudáis a ganar el cielo…
Inspirándome en el filósofo italiano Agamben creo que entre la percepción y el inmediato reconocimiento en mí de esta imagen palpita un intervalo que se llama amor.

José Luis Serzo
Funk
En estas fechas previas a exámenes, mi alma tampoco está para el funk:
Desde la wiki: La palabra "funk" es definida en diccionarios de inglés como el olor corporal que emana de las partes bajas del cuerpo durante la actividad sexual.
La decepción de los movimientos sociales y afroamericanos parieron, entre otras cosas, el funk en la voz de James Brown, escalón siguiente al soul en una cronología que pudiéramos ver con tintes evolucionistas y, por tanto, mal explicados. El soul, a su vez, había nacido siguiendo el rastro del blues y el swing, conceptos que surgieron al acabar la segunda guerra mundial.
Leyes de vértigo y olvido
“El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición”.
“Descripción de la mentira” Gamoneda
Lo típico al acercarse a un examen es alcanzar una visión de lagos y lagunas que aterra por su cercanía y profundidad. La desolación de tener que atravesar ese mar de ignorancia se abraza en mi cerebro a una extraña concepción de la ciencia que se llama infusa.
Dentro de un territorio similar a este que describo pudiera haberse extraviado ese vecino que buscan en el pueblo desde ayer cuando no se presentó a comer. Una avioneta, perros rastreadores, guardias y vecinos peinan cada tabón preguntándose por el lugar y los motivos de su desaparición.
Cuando se hace un examen muchos nos encontremos en una situación similar, metafóricamente hablando, perdidos en un lugar extraño, y además sin ninguna idea que nos venga a salvar.

Friedrich "El caminante sobre el mar de nubes"
El cosmopolitanismo implica, en este sentido, la capacidad de poder distanciarse uno mismo de su lugar de origen y de ocupar un sitio más alto sobre un mundo en el que las poblaciones indígenas, nacionales y migrantes habitan un territorio cultural enriquecido. Esta diferencia cultural se consume como productos culturales, desde la gastronomía al arte, y es, por supuesto, material para innumerables festivales. La diferencia se consume en las vidas de las élites y se convierte en una especie de adorno de su existencia. La encarnación de la diversidad mundial se transforma en un nuevo tipo de autorrepresentación.
Jonathan Friedman “Los liberales del Champagne y las nuevas clases peligrosas reconfiguraciones de clase, identidad y producción cultural”

Friederich "Wreck in the sea of ice"
Y hablo desde la carne de la carne
Oh rey Moka de la isla de Bioko, por ti he brindado. El placer que da un vino y otro y otro tras el examen alcanza tu gloria. Sé que esto es tan efímero que lloro. Lloro porque algún día ya no será así. Y todos serán fantasmas en la noche porque soy optimista ya que doy por hecho que sobreviviré al resto de los mortales. Y en mi diario quedará escrito al menos un aprobado, una isla, mucho frío y una desaparición misteriosa.
"QUINCE HOMBRES VAN EN EL "COFRE DEL MUERTO"..."JA, JA, JA! Y UN GRAN VASO DE RON! QUINCE HOMBRES VAN...JA, JA, JA!
"La isla del tesoro", adaptación de las Joyas Literarias y Juveniles - Robert Louis Stevenson

Pasa un ave de sombra que no veo
La vida está construida con historias que refieren un orden, teorías y grandes explicaciones que encajan dentro de lo que pensamos como normal en los libros de texto. Luego están otras historias mínimas o máximas. Estos calificativos, aunque en ocasiones dependan del azar, mayormente se atienen a intereses más o menos oscuros o transparentes. Puede que un héroe sea un cobarde y viceversa o que los malos hayan sido buenos y la casa esté sin barrer.
Luego están las historias de la mínima expresión que permanecieron sumergidas en el tiempo y que salen de repente a la superficie como ese bugatti Brescia hundido durante 73 años en el lago Mayor de Ascona (Suiza). Son batallitas que construimos porque todo, hasta la más famosa de las guerras, no es sino una mentira para adornar el antes y un después.

J. D. Salinger
No hace falta repetir que lo importante son las historias más o menos anónimas que forman el pulso de los días, el vino que se tomó en buena y justa compañía, el cuento que se escribió o la llamada que se realizó para preguntar por alguien cuando no había norma que así lo estableciera.
Las intrahistorias que cubren las horas y desapariciones con suposiciones y explicaciones que no contentan a nadie son buena parte de esto que digo. Así, el vecino que esta semana se fue sin dejar rastro resucita al Sherlock Holmes que cada uno llevamos dentro. Carlos Lomas, de 68 años, vestía un mono azul y solía pasear junto al perro de su yerno. El día de los autos, sin embargo, dejó al perro de caza atado en el corral. Se abren interrogantes. Se cierran y se da de comer al perro. Dos montañeros mueren en el Pico Curavacas. J. D. Salinger también ha muerto en la cúspide de la literatura. Todos tenían frío.
La desaparición conlleva una denuncia, de lo contrario cae en el olvido y éste es tan necesario como el recuerdo para la supervivencia. La vida entera es un río Jordán y el bautizo son los golpes y misterios que nos sobrecogen.
Un bugatti comprado en 1925 es noticia y las causas de su desaparición, por nadie denunciada, se escriben formando un pequeño gran relato mientras el perro, sólo, mueve la cola en el corral.

Bugatti de Georges Pavia, rescatado de las aguas del Lago Mayor
Love of Lesbian “Universos infinitos”
Ahora dicen que hay muchos más universos
infinitos como el nuestro.
Dime si no es para volverse loco,
¿no te sientes más pequeño?
Dos espejos frente a frente crearán
cien mil caras que observar,
puede que alguno de ellos sea el real,
lo tendré que investigar.
Que empiece el viaje ya …
Infinita ingenuidad, ilusión centesimal,
me creía tan capaz con mi capsula de albal,
mi torpeza fue total, de tan grande es demencial,
no detecto una señal, nunca encontraré el lugar
donde al fin me entienda.
Me perdí en mi universo, ¿y tú?
Me perdí en mi universo, ¿y tú?
No volveré a hacerlo más, no he encontrado respuestas.
¿Y si no regreso jamás y este ruido no cesa?
Mundos que van a estallar si mi vida es la apuesta.
Y yo ya no puedo hacer más si este más siempre resta …
Y yo ya no puedo hacer más si este más siempre resta …
Y yo ya no puedo hacer más …
Y yo ya no puedo hacer más …
Llevaban en las manos otras manos
”La economía es la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos”, dijo L. Robbins en un lejano 1932. Y hasta allí me llevaron mis lecturas de antropología económica porque lo bueno es comenzar la escalada en algún sitio. A falta de falda y montaña que subir o a donde acudir, de huevo, gallina y grano que rascar, esa fue la cuestión mi querido Watson. Nada es elemental y mucho menos las esculturas móviles figurativas a las que en sueños llamo personas, mandriles hamadryas o tan sólo mecanismos audaces. Las desapariciones, a pesar del tiempo, se multiplican en cada conversación. Todo el mundo ha conocido algún caso. Por ejemplo y sin ir más lejos este invierno, con la caída de las primeras nieves, desapareció un vecino sin dejar rastro. Estaba pasando en el pueblo unos días.Como tantos otros llevaba un tiempo viviendo con sus hijos en la ciudad. Días más tarde, cuando las abducciones empezaban a cobrar cierta fuerza y gracias sobre todo al deshielo, su cadáver apareció en el corral rodeado de llanto. También, hace unos cuantos años, al amanecer, un chaval algo rarito partió en su bici y jamás regresó. Tal como Mambrú, pensaron, se había ido a la guerra y nadie salió en su búsqueda. Pasaron los años y alguien encontró sus huesos silbando al viento y unos restos de la bicicleta en el fondo de un barranco. ¡Qué dolor, qué dolor, qué entuerto! Porque el raro no lo fue durante mucho tiempo y así podría continuar durante unas cuantas hojas más pero lo dejo en un largo etcétera y tras él un vagón lleno de erratas. Resulta que el último librillo (veintitrés páginas) de la colección Cuatro Cantones “Casi una vida – versos e imágenes”, de Antonio L. Bouza, editado por la Fundación Caneja, tiene tanto de poesía como de carencias y errores, género literario éste que produce risa y espanto. Citaré los tres errores, tal como indican en la nota informativa, por orden de aparición:
Pag. 9 .- Donde dice “La amada es su muerte”, debe decir: “La amada en su muerte”.
Pag. 10.- Donde dice “cabellera”, debe decir: “camellera” .
Pag. 19.- Donde dice “acerte”, debe decir: “acierte”.

Eva Hesse
No sé cuál me llevaría a una isla desierta, siendo el primero subtitulo del poema y el último parte de uno visual de tan sólo cinco palabras. Copiaré entero, ya que viene a cuento con lo que he escrito hoy, el de la página 10, ese donde el procesador word transforma la palabra camellera en cabellera, eso sí, sin el consiguiente subrayado en rojo.
NIEVE
Chorba que dices que una línea esnifas
Confundida del bingo con las rayas.
Tronca que a mi me gritas, y te callas
Ante los que te suben las tarifas.
Fuiste una de las yonquis más garifas
a poco de metida en las cobayas;
camellera jodiéndote en las vallas, / - cabellera
moña de alfiletero de las rifas.
Ya no enseñas los muslos en la hacer
que se irían de verte tan pinchada;
penas en pantalones de vaquera
esperando el faltón de madrugada.
Chorba que me molabas hasta el caño,
Hoy te sigo queriendo y me hace daño.
Revista “Cuadernos del Matemático” Nº 8
Getafe (Madrid), 1991.

Eva Hesse
Soy un recado de mediana voluntad
He acudido a mi cita semanal. El pueblo seguía allí y sus escasos habitantes, salvo quien está ingresado por problemas de salud, también. Algunos, los que aún pueden, habían acudido a la batida convocada en el pueblo de al lado. La desaparición del vecino me sabe a versos de Gamoneda, es irremediable, a manchas de óxido y tantos silencios como distancias. Habían repartido carteles para organizar este sábado un gran despliegue con todos los que se quisieran apuntar. En total más de trescientos vecinos, amigos y familiares, distribuidos en grupos de quince y bajo el mando de un agente, han peinado la zona. Algunos jirones de un buzo azul cerca del canal han iluminado la posibilidad de una pista. Los interrogantes nadan como peces en las imaginaciones. Si la cosa viene o no de antes, si fue un accidente o si alguien ha matado a alguien tal vez nunca se sepa y el misterio se quede para siempre bajo la costra de unas sopas de ajo que no se prueban. El mundo es un mondongo. Sal, pimentón, morcillas, chorizos, torreznos y costillas. Es época de matanza. Y de otras muchas cosas, por ejemplo se puede podar la viña, sulfatar los nogales, discrepar a voz en grito o enrojecer de ira porque en el mundo corren las injusticias igual que topillos por el campo. Y la cabeza de uno es la olla donde todo da vueltas con la manteca que dejan las noches de insomnio o los problemas que nacen como las malas hierbas. Por eso hay que ponerse manos a la obra e insuflarse de ánimos nada renovados y cavar, roturar y arar para sembrar de nuevo un pequeño semillero. Hoy ha sido de puerros pero mañana será de otra cosa a pesar de que mi tía haya pagado treinta céntimos por tres cebollas. Muy pocas cosas merecen la pena si las medimos en óbolos o dracmas, pero el mundo cada vez deja menos espacio a otras opciones más humanas o espirituales, hasta el punto que, en ocasiones, las alternativas desaparecen de nuestro alrededor cubiertas por la niebla, sacrificadas ante el olvido.

Charles Thévenin
una culebra chica, medio muerta atal
Surgen como granos sobre la piel de toro pueblos que desean albergar un almacén o cementerio nuclear. La noticia se extiende como la pólvora y el mapa dibuja localidades hasta entonces ocultas y desconocidas. Espuma de agua ahumada con aceite, sal y picatostes parece el plato que nos vienen a servir en el espectáculo democrático. Pero España no es el Bulli y los diferentes alcaldes nada tienen que ver con esos reyes mayas que nos ha dejado la historia, todos menores al lado del más grande entre los grandes, Chaak Bal Nal.
Los alcaldes levantan los dedos al cielo como si aún estuvieran en el colegio y las ganas de hacer pis siguieran predominando sobre las explicaciones. Mis informantes me recuerdan que Eróstrato quemó el templo de Éfeso con la única intención de ganarse la fama y algo de esto también hay en cada petición. Artajerjes mandó torturar al pastor pirómano para que confesara los motivos de su crimen y como si el linaje aqueménida hubiera llegado hasta la cabeza de mi tío, éste, cuando voy al pueblo, no se cansa de repetirme ideas que supongo le vengan del siglo IV antes de Cristo. Mi tío también podría hacer confesar cualquier crimen, sus motivos y desvaríos puesto que el mundo tampoco ha cambiado tanto. No necesitaría más que un cubo con agua y una soga. Para evitar que trascendiera el nombre de Eróstrato se prohibió registrar su nombre, algo que no ocurrirá con el de estos archipampanos donde el pretendido seísmo de sus voces se ahogará en su propio vómito adornado de humo y picatostes.

Martin Van Heemskerck, Templo de Artemisa en Éfeso - 1572
revocando de cal fachada y pena
Me despierto de la siesta entre abucheos como si fuera el alcaide de una prisión. Los presos suben volumen y silban porque piensan que puedo transformarme en el juez. No soy B. B. King pero tengo algo para ellos, de la entrevista a Claudio Magris en el ABC de la letras de este sábado:
Trieste y el judaísmo han sido una constante en sus libros. A ello habría que sumarle la figura de Isaac Bashevis Singer, uno de los escritores más importantes del siglo XX. ¿Tuvo su literatura alguna influencia sobre usted?
Sin Singer no habría escrito Lejos de dónde. Esta obra no es tanto un libro sobre Joseph Roth como sobre Singer. Pero en ese momento no tuve el valor o, más bien, tuve la sensación de no poseer los suficientes conocimientos para entender a Singer directamente. Por eso elegí a Jospth Roth, porque él también es un desarraigado y hablaba de este mundo como alguien que se mantiene ajeno a él. Es cierto que Singer me viculan muchas cosas. ¿Le he contado cuándo le envié mi primera carta? Yo estaba en el mar, en Trieste, y le escribí lleno de entusiasmo a Nueva York. Lo hice a través de su editor, Farrar Strauss, quien años después se convertiría también en el mío. Yo había leído algunos relatos de Singer, en especial esa maravillosa parábola El no visto, uno de los textos más bellos sobre la fidelidad y la infidelidad, sobre la pasión y la ley, el matrimonio y el amor, la vida y la muerte. Le escribí en alemán, por supuesto. Y Singer me contestó en seguida. Una carta muy amable, directa, cordial, en la que al final me decía: “Muchos saludos a su familia y a sus amigos”. Fue la única ocasión en que alguien pensó también en mis amigos y eso lo valoré mucho. Y es que la amistad forma parte de la vida. La muerte de un amigo no significa menos que la muerte de un primo o un hermano…

Isaac Bashevis Singer



