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Las mariposas blancas de la melancolía
Piso la alfombra a paso de tangos y me digo que estoy en el París de 1910, muy lejos de este día difunto por excelencia. Es una manera de empezar aunque más bien mi cuerpo es la propia alfombra y no sé qué muertos son los que pisotean con su baile mis pensamientos. Cambio de dial y atravieso el barrio del Mondongo para sintonizar una efímera trompeta, rosa de los vientos que resume el tránsito y lo efímero de cualquier belleza. Decir trompeta y efímera belleza tatúa el nombre de Chet Baker en el pecho descubierto de mi imaginación. No he podido sino levantarme con música, supongo que de alguna manera retomando así el estribillo con el que perdí anoche la consciencia no muy lejos de una botella de ron. Me adormecí suavemente y a modo de nana, figurándome en una cuna arrojada, nueva y bíblicamente, al río de la vida. “The painter” era la canción de donde sacaba una y otra vez la morfina de aquel vaivén. De su letra sólo recuerdo esto: “si sigues cada uno de tus sueños te puedes perder”. Palabras de Neil Young con las que iniciaba su Prairie wind (Viento en la pradera). Un disco un tanto melancólico y apropiado para estas fechas por respirarse si no el aneurisma que le fue diagnosticado sí al menos el homenaje al padre fallecido.

Soy la ceniza del oxígeno
Ha llovido. Llueve y las hojas crepusculares del otoño se pegan al suelo humedecidas. Mis antepasados duermen bajo ellas, mirando hacia Ile-Ife, la ciudad sagrada de los yorubas.
Hace una semana hice de presentador en el cine. La película que se proyectaba era Vals con Bashir, la película animada sobre la primera guerra del Líbano con la que el director Ari Folman ganó, entre otros, el globo de oro. Dije que la cosa iba de rayaduras, esas historias de soldados que al regresar tras la guerra viven en un columpio lleno de tatuajes e ideas paranoicas. Los americanos nos han acostumbrado a oírlas con relativa naturalidad. En el New York de Lou Reed también cantaba algo de eso. La canción “Xmas in February”:
“Hace tiempo que Sam volvió a casa / Su mujer e hijo se han ido, el esta en el seguro de paro/ Es un recordatorio de la guerra que no se ganó/Es el tipo de la calle con un letrero que dice / “Por favor, ayuden a enviar a este veterano de regreso a casa”/ Pero esta en casa / y no hay navidades en febrero/ por mucho que ahorre”.
Ha llovido. Llueve y ya no es Gene Kelly quien canta bajo la lluvia sino Muhammad Ali pisando las hojas que cubren el rastro dejado por unas miradas anónimas. Tal vez apunten también hacia Ile-Ife.

Yo no sé, si pienso, desisto.
Cualquiera que sea el fin, lo racional es escoger medios en concordancia con él. No es racional actuar con ningún otro criterio más que con aquel en que uno cree. Ese es el problema, en lo que uno está dispuesto a creer.
Tal vez, habiendo pasado el día de difuntos, me de por incluir en mi credo a esas tallas de madera que aparecen de vez en cuando enterradas en pueblos o territorios perdidos bajo la tarima de una iglesia. Tallas que pasaron de moda, a las que dejaron de rendirse culto o incluso a mirar mal considerándolas indignas para el culto por motivos que se me escapan. Empezaré a creer en ellas y en lo que representan mientras sigan allí enterradas.

César Lucas "El País" 23 de junio de 1976
Cada cuarto de hora el infinito se cambia la raya
Estos pueblos de Castilla
- Ha llegado una alférez, joven y soltera ¡Una alférez!
Es época de siembra, los tractores rugen a la hora de la misa. Y en el bar, cantina o pongamos por caso teleclub, han subido la consumición consecuencia no de la crisis, sino de una barriga clásica y huérfana que asoma desde la barra. Todos quieren oler las perdices que asoman en el morral del cazador, esas que confirman el cupo y de paso, contemplar la hermosura que ella exhibe, esa bandera de la fertilidad, sombreron de copa engullido que resume otro tipo de veda donde se ha empleado tan buena o mejor pólvora ¡pasen y vean!
En el teleclub han comenzado a poner algo mejor que tapa con el vino, barriga de soltera y pie azul, de nombre científico lepista nuda (inconfundible y abundante seta de la provincia). El espectáculo siempre dio comienzo, la deriva de los barcos acercándose irremediablemente a los arrecifes de una desvergüenza primitiva. El éxito en el local llegó junto a una alférez que, según cuentan, ya apunta a teniente.

Francesca Woodman
No digan luego que si tal o cual
Tener a un amigo dentro de lo que sea es importante. En el ajo, centro o periferia, allá donde se le pueda necesitar aunque sólo sea para divagar en los ratos de ocio mientras echamos espuma por la boca.
Pudiera ser que por las cosas de la vida un día nos le encontremos dentro del estómago de la ballena y así se muestre dispuesto a enseñarnos el camino que un día hizo otro Jonás tropezando con espinas o costillas pues poco nos importará de lo que esté hecho aquello con tal de poderlo contar.
Ese amigo, de alguna manera, entre otras cosas, se convierte en nuestro espía y para ello no hace falta que se nos haya tragado la tierra con todo su furor o vaguemos de ventanilla en ventanilla, desesperados, con los artículos de Larra en vez de la ley bajo el brazo.
Pero no hace falta llegar a ese extremo y el asunto pudiera ser sencillamente banal. Así yo tengo un amigo en centro Europa que podría ser mi espía cuando me cuenta lo que el mundo dice y hace a mis espaldas. La manera en que sirven los cocidos, zancadillas o visiones que cada uno despierta en los demás. Si se pellizcan o miran de manera furtiva en embajadas, colegios o teatros a los que acude, etc.
Él, como tantos otros, pudiera acercarse en su forma y modos, si así lo deseara, a ese espía español que nos retrata el profesor Christopher Andrew en su libro “The Defence of The Realm” (La defensa del reino). Allí se cuenta la descripción que el servicio de seguridad británico hizo de algunos espías españoles, entre ellos Alcázar de Velasco:
“Alcázar es un personaje de lo más peculiar. Es de origen gitano y, de niño, trabajó de limpiabotas en Madrid. Era extraordinariamente ambicioso y para conseguir dinero con el que pagarse su educación se convirtió en torero. Se unió a la Falange nada más fundarse y asegura que su primer acto de política fue asesinar a un oficial de policía republicano… Se comportaba de una manera que en otros habría parecido ridícula. Acudió a una entrevista en el Foreign Office con el uniforme de falange; aceptó una invitación en un elegante hotel de Londres e insistió en pagar las bebidas; comió pescado con los dedos en el Savoy; dio una demostración de toreo en los baños turcos. Los avergonzados diplomáticos españoles se adaptaron como pudieron al papel de decir sí señor a todo, por miedo al poder de Alcázar en Madrid. Además nunca intentó ocultar sus fuertes sentimientos pro alemanes y su deseo de una victoria del Eje”

El artículo del diario El País donde se recoge esta noticia se publicó el pasado domingo, estaba firmado por Walter Oppenheimer y llevaba por título “Anacletos de Franco”, con el subtítulo “Una historia del M15 pone en evidencia a chapuceros espías españoles en la II Guerra Mundial”.
Siempre presente el tebeo identifica perfectamente lo que nos vamos a encontrar. De Anacleto, agente secreto e hijo de Vázquez también podría estar escribiendo un buen rato, cambiando las metáforas por zapatófonos y microfilms, pintando el folio con desiertos y tiburones deseando engullir a nuestro espía favorito.
Ángel Alcázar de Velasco tiene al menos dos libros:
Arqueólogo del espacio
"Víctima de una doble enfermedad, todo lo que veo me hiere y me reprocho incesantemente no mirar suficiente"
Lévi-Strauss (RIP - También Francisco Ayala):
Sus artes, ciencia y pensamiento, además, se extendieron al budismo, sintoísmo, teatro Nô, botánica, geología y un largo etcétera. Según dicen, todo empezó cuando suspendió en dos ocasiones unas oposiciones.
Algunos pensamientos crecen hasta la cintura
La siesta es un buen reconstituyente, con o sin cocido de presentación, con más o menos agotamiento. Porque vivimos los excesos de la desidia ajena (siempre ajena e injustificada, no como la nuestra) y, a pesar de todo, sonreímos. En ocasiones vemos en la cara del otro la ocasión agazapada con garras de lobo, contenida en su justa presión y a punto de lanzarse hacia nuestro gaznate porque hemos sabido ofrecer el gesto preciso o la mirada afilada con la que descorchar el último trago de paciencia revenida. El otro tan harto o más que nosotros, es una locomotora que en la localidad de Venta de Baños se llama “La Verraco”. Y ¿saben cuánto cuesta moverla unos kilómetros cada año, juntar los vagones y llenarlas de sonrisas, gritos y fantásticas aventuras? Más o menos un millón de las antiguas pesetas (seguros, permisos, etc), eso y mucha ilusión, lo de siempre, el esfuerzo incomprendido de unos pocos lunáticos que mantienen, pese a todo, el sueño de los antiguos viajes a vapor, sus cuidados, susurros con la máquina y un tiempo que, como la vida, se servía a fuego lento. De Venta de Baños a Frómista van y vienen en el mejor de los casos un par de veces al año compitiendo con otros nombres de uso más romántico y novelesco, transiberiano por ejemplo, Orient expres, sí, tal vez tuvieran o tienen algo de esto que a muchos consigue emocionar.
La siesta, en ocasiones, es el vagón de cola de esa locomotora en la que nos hemos transformado durante algunos instantes por la mañana. Ahora sé que sólo en una ocasión explotó semejante tipo de máquina en la estación de Palencia.

cuando les atan las pestañas
Pasa que, en ocasiones, de tanto esperar el momento se revuelven los cielos y los subsuelos sobre las cabezas de los aquí pensantes. De todos es sabido que si entre dos personas la confusión puede acabar reinando, qué no pasara entre cien o mil enfermos, unos imaginarios otros tan reales como el frío que adormece las perdices enjauladas dentro de mi imaginación.
Una nueva prótesis va a ser in-corporada. ¿Qué es el cuerpo y a qué se nos parece? El día D, contra todo pronóstico, ha llegado. La intervención u operación en cuerpo que fue militar está aquí. Consulto las efemérides del día, cinco de Noviembre, macroprocesos contra la mafia italiana, muerte de Cernuda, concilio de Costanza, etc. Ninguna me vale puesto que esto tampoco es una revista cultural donde colocar la vertebración de la historia conocida con las fechas y personajes de rigor. Me acerco a las fisuras de la vida, a las grietas y el desierto para vivir en territorio nómada, un lugar inhóspito por el que todos debemos atravesar. Ahí no existen más efemérides que las íntimas e inevitables. El cielo tiene color de anestesia.

Igual se enfría el vapor moral
Las terapias, formas y unos tiempos que se me resisten dictan su lógica para la salud y también, con más peso sin duda, para la enfermedad. Ésta no es otra que la de tranquilizar y relativizar las sensaciones más oscuras que pueden asomarse antes de la consulta, exploración y, por supuesto, operación. Pero una buena parte de los que me rodean no son de esa opinión, por considerarla un tanto flácida y tenue ya que enmascara la dosis justa de pensamientos lúgubres e inevitables que se deben pronunciar en alto, tal vez para exorcizarles, tal vez por entretener y pasar el rato. Por eso ayer explicaban con claridad meridiana una experiencia abismal, sentida e inolvidable con la última anestesia. “Eran un montón de punzadas y con una especie de martillo daban duro, clavaban las puntas por donde iría la anestesia, no se lo deseo a nadie”. Algo así relataban al enfermo que, intercambiando los papeles, decidió de una manera natural e instintiva, devolver cada pelota al otro de la red, sonriendo y fingiendo una tranquilidad que le habían transmitido los que hasta allí llegaron y pudieron regresar para contarlo.
Una vez desapareció el enfermo montado en su camilla se colgaron, junto al liento y nerviosismos, hasta siete jamones del techo. Esos eran los que le quedaban a la prima, pegando la hebra, con el tocino incomparable crepitando en la sartén y la próxima matanza al caer (un kilo de sal por cada uno de carne… el chamuscado con paja también, eso antes… mientras se curan es mejor taparles con una red por si las moscas…).
Decían que el médico en cuestión, sumo sacerdote y maestro de ceremonias, antes no era tan bueno pero que con el tiempo la cosa cambió. La experiencia es un grado y al galeno le debió pasar lo mismo que a ellas con las tortillas. De las primeras a las que hacen hoy existe un recorrido vital, miles de huevos cuajados, patatas y una sartén por el mango imposible de mejorar. Eso sí, no hay que confiarse demasiado.

aún no es tiempo para cometer una temeridad
Los desayunos placenteros, con la edad, van sumándose a esos pequeños grandes placeres con los que nos olvidamos del mundo. Ahí caben cruasanes, tazones, tostadas y un largo etcétera relleno todo ello, a ser posible, de silencio. Mucho silencio y algún que otro pajarito cantor a lo sumo. Se trata de otro tipo de silencio, nada oriental ni occidental, humano demasiado humano. Un silencio interior, centro de conversaciones a las que da sentido y utilidad tal como hace el centro de una rueda o el contenido de una vasija, parafraseando a Lao Tse:
“Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda.”
”Con arcilla se moldea un recipiente, pero es precisamente el espacio que no contiene arcilla el que utilizamos como recipiente.”
Francisco Ayala no eligió el sueño para despedirse. Desayunó muy literariamente y sin que nadie buscase culpables traídos desde Neverland practicó una eutanasia que no fue tal. Así nos describen en prensa sus últimos momentos:
Café, zumo, un huevo revuelto en forma de tortilla francesa y una magdalena que nunca terminó. Tras desayunar sobre las once y media de la mañana, se volvió a poner la mascarilla de oxígeno y a las doce se la quitó para morir. Sus últimas palabras: “perdón por todo, perdón por todo, perdón por todo”.

Un cofre de naderías bajo el sombrero
La familia, unidad de subsistencia básica, y el pueblo en general con sus bandas, grupos y estructuras territoriales marcadas y definidas acuden a la ceremonia del enfermo. Parece que todo va bien pero esto no ha hecho nada más que empezar. Las palabras, el calor y el ruido cubren las horas en feliz armonía. Mi tío ahuyenta los malos espíritus invocando el espíritu del zorro. Está por el pueblo ha dicho, le han visto menear la cola. Y me da por ver a ese zorro a través de la ventana, mientras siguen con sus casos. El invierno antiguamente fue tiempo de hambre, los esquimales de la vertiente norte de Alaska se ven obligados a comer incluso aquellos alimentos que normalmente desprecian como el pescado y el zorro. Las horas del reloj también se mueven, las palabras, el pueblo entero ofreciéndose en ceremonia de estorbo y conciliación. La noticia se va extendiendo como la pólvora a lomos de caribús, marcando el paso y ritmo con los latigazos de esa cola zorruna traída por el frío y la nieve.

Gervasio Sánchez, premio nacional de fotografía 2009
Soy un salmo sublevado
El ánimo es huidizo, esquivo, mutante, zorruno incluso. De esta manera traigo junto a ese adjetivo al bicho que vino en la lengua de mi tío cuando se explicó la otra tarde. Había visto al zorro y, tal vez por eso, el enfermo quedó confuso y con cierto azorramiento tras las sábanas. A pesar de todo la sensación de que todo va bien acompaña las sonrisas y una amabilidad jovial, siempre dispuesta a traer un zumo o cambiar la botella de suero en el momento necesario. Pero esa solicitud conlleva la sospecha de un vacío bajo la tarta, hecha ésta de bata blanca y ritmo salsero. Nadie relaciona síntomas e información. Nadie procura abrir el diccionario o enciclopedia de la experiencia porque la sensación es la de estar en un campamento base donde lo importante es el pellejo, sin más especialización que la admitida en la lección primera del colegio, viendo al cuerpo humano como un todo soberano y boy scout.

RAE: azorrar. (De zorra). tr. El Salv. avergonzar (causar vergüenza). 2. prnl. Quedarse como adormecido por tener la cabeza muy cargada. 3. El Salv. avergonzarse (sentir vergüenza). Es fundamental que la rehabilitación se inicie lo antes posible igual que otras muchas cuestiones que viven lejos de las cuatro paredes donde se alberga cómodamente al enfermo. Woody Allen dijo que le interesaba el futuro porque es el lugar donde iba a pasar el resto de su vida y así cómo él dijo eso yo lo traduzco para mi padre en un camino de rehabilitación por donde va a pasar buena parte de su mejoría. Dicho esto veo un centro de rehabilitación acorde con estos tiempos, lleno de otros jóvenes sonrientes para los que la vuelta de un corredor de motos a la competición tras una caída aparatosa aunque normal, sería algo así como pedir un milagro a Lourdes. No quiero ser fatalista porque si lo fuera vería a un profesional en estética y belleza haciendo de fisioterapeuta en el centro de marras. Esto que puede parecer un chiste, según cuentan, es más real de lo que parece. Felipe Hernández Cava (Madrid, 1953) y Bartolomé Seguí (Palma de Mallorca, 1962), guionista y dibujante respectivamente, han sido galardonados con el Premio Nacional de Cómic 2009 por su obra Las serpientes ciegas.

Bienaventurado el que apoyado en su bastón está toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad, los dos ojos del pájaro en el collar del cero
Muchas cosas que contar, tantas como visitas. Ayer la mañana me pintó unas ojeras más propias de zombi, súper héroe de las sombras, insomne catador de esquinas y turnos de factoría o, sin más, acompañante de enfermo sufrido a merced de las olas y la incertidumbre. El enfermo aunque se agarraba el pecho con ánimo de cantor desahuciado cubría su estómago con penas y dolores. Una turba ardiendo se extendía por dentro a modo de Tablas de Daimiel sin que la enfermera supiera consolar con palabras llenas de sueño y aparente normalidad. Los gritos silenciados caían dentro, como chorros de azufre sobre aquel fuego mientras su frente llena de golondrinas negras hervía y sudaba en mitad de la marmita. Más que un misionero del Congo podría tratarse de un nuevo Claudio emperador envenenado por todos los que le rodeaban y así, la desconfianza se transformó en cierto alivio al proponer la idea prosaica de extinguir el fuego con un simple protector. Pudiera ser que ese remedio no fuese menester para aplacar aquel brasero pero a un emperador de su casa tampoco se le puede dejar sin la esperanza de acogerse, al menos, a un efecto placebo y milagroso.
Según se retiraban las sombras con sus caricias enfermizas, la mañana iba dejando un rastro de frescor que borraba las cenizas de aquellas huellas todavía ardientes. Yo estaba molesto y analizaba mi comportamiento, las formas y maneras mordidas por la educación y sobre todo la impotencia que subsume a uno cuando camina sobre las cimas del desconocimiento.

Pablo Genovés
No tenga usted ninguna duda de que su cerebro, su esperma, el primer delito de su complejo de culpa, están equivocados
La factoría de los días produce sintomatologías varias. Una de ellas, convulsiones, desesperación y una pérdida del yo que nos lleva a ese otro yo que creemos no ser. O no lo queremos reconocer. De todas formas me veo elegante, incluso con chistera antes de entrar al cine para ver una gran película o relajando en el anfiteatro unos ojos lechuguinos que, por un día, dieron la espalda a la calavera de Hamlet.
Hay días en que el camión de todos los contenedores vuelca su contenido sobre mi cuerpo mimetizado en astro pobre, pero astro a fin de cuentas cuando le miro a través del abismo. Porque por muy pocos milímetros tengo la sensación de no haber sido perfecto, hijo, acólito o siervo de un orden que me ofrece tranquilidad. Por los pelos de las barbas del profeta no he atravesado a lomos de mi camello la aguja del pajar donde me ofrecieron una vida cómoda, bíblica y santa. Santo laico (en términos arrabalianos) para los otros, bajo una casulla de perfección con la que arropar, ya lo he dicho, un abismo de soledad.
Lo normal, no obstante, es que vague por vericuetos ajenos y lejanos, cercanos a un síndrome de Diógenes sin importancia, anónimo y nada literario. Allí me acompañan otros locos sermoneando y vaticinando una vida repleta de ideas y proyectos agotados desde su nacimiento. Entre la chistera y los harapos se mueven mis ideas, el espíritu y un alma que a veces se descompone con la sensación de haber sido frotada por demasiados fósforos para nada.

Maurizio Cattelan
Porque no sólo de posos vive el hombre, aunque, de vez en cuando, los pies se hundan en ellos. ENTRAD por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición y muchos son los que entran por él. Porque angosta es la puerta y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo encuentran." - San Mateo 7:13-14 Richard Prince
Jueves

Ahora es otoño y los frutos caen
en un largo viaje hacia el olvido.
Las manzanas caen como grandes gotas de rocío
magullándose y buscando su propia salida.
Y es tiempo de ir, de despedirse
De nuestro propio yo, y de encontrar una salida
Desde el yo caído.
D. H. Lawrence

Richard Prince
recuerda que tuviste frío
¿Cómo saber si se han movido las piezas de una manera adecuada? ¿Sólo por el resultado posterior? Desde luego ese es un buen instrumento para medir la presión atmosférica (barómetro), aunque luego del otro lado queda una caja negra por descifrar, que es precisamente lo interesante.
Para esto precisamente, para pulsar el botón correcto o definir las posibilidades con las que uno se puede encontrar sirve la experiencia y el conocimiento, esa laguna tantas veces desecada por el sobrecalentamiento y un pastoreo intensivo de ideas que, tras saciar la sed por unos instantes, tienden a dispersarse.
Para aprovechar las posibilidades del juego suele recomendarse un porrón de calma y tila, algo que no suele venderse en botellones o cucuruchos como si fueran castañas o buñuelos ahora que es invierno. También algo fundamental resultan los contactos, lazos de conocimiento que no suelen ser de amistad y con los que, digamos, se puede disipar o bajar un par de centímetros el listón del riesgo que veíamos casi por las nubes.
Se me vienen a la cabeza los turkana de Kenia. Estos son unos ganaderos nómadas a los que no sólo les basta con poseer un excelente ganado para tener éxito. En un suspiro toda su cabaña se puede convertir en polvo si las condiciones atmosféricas se vuelven adversas. Pero el desastre puede evitarse si el ganadero tiene los suficientes lazos como para dividir el rebaño entre diferentes campamentos satélite. Tan importante es acumular y comerciar con el ganado como establecer, crear y reforzar amistades, vínculos que dan pero también comprometen.
De repente estoy en África y no veo error sino prudencia que conduciría, eso sí, al error por defecto. Desde el continente negro se ven más claras las conexiones con los cables pelados y esa falta de información íntima que debería fluir entre los cerebros cuando les une la misma función.

Ed Ruscha
Sakamoto
Ryuichi Sakamoto (Nakano, Tokio, 1952), tras diez años, ha iniciado una nueva gira en solitario. La prensa recoge algunas de sus palabras: "No puedo clasificar mi música ni hablar de ella pero es que además la explicación limita la imaginación: cualquier cosa que uno pueda oír en ella es como yo me siento", "Al crear siento que lo hago con mucha más riqueza que cuando era joven. Quizá me esté volviendo loco pero cuanto mayor me hago mejor me siento porque todo lo que he vivido, incluida la pérdida de las personas que he amado e incluso de las que no he llegado a conocer, que retornan a mí y me enriquecen".
Además nos cuentan que viaja en transporte colectivo. Esta es una medida ecológica en su gira con la que trata de reducir el impacto medioambiental. Para ello utiliza materiales biodegradables, recicla basura, reduce el material promocional o compensa las emisiones comprando créditos de carbono a empresas que invierten en energía alternativas.

El esbozo se repasaba luego con tinta
Babá es un negro que vive en Palencia, uno de los primeros. Él entero es un mercadillo ambulante con una agenda completa de clientes. Babá recorre la ciudad, de casa en casa, visitando a la señora marquesa, esa que pone las tetas sobre la mesa, jua jua jua. Después visita a la mujer del médico, al cura y a esa otra que sale en las fotos, en la barrera de la plaza y en la confirmación de los astros. Babá coge los periódicos del día antes en el bar que hay debajo de su casa y se viste de nómada para evitar que las señoras se expongan a la luz cuando compran sus ropas de marca falsificada. También hay otras señoras que no quieren saber nada de estas compras porque en todo lo que creen es en un cartón verdadero que sirva para elevar su voz al cielo y cantar eso de ¡línea! O ¡bingo!
De estos personajes hay unos cuantos, todos secretos y no tan misteriosos. Está el Cubanito que inspiraría a los directores de cine porque prende sus cigarros, anchos como ladrillos, con billetes de mil, aunque no fume ni inspire confianza. Está Fernandito el Librero, Carmen la Cartones, el médico, el cura y los viejos que acuden al Casino para rascarse las prótesis, toser y alzar las sondas junto a las tazas de café mientras la ciudad se mueve por la calle mayor.

Ocultos bajo la sombra de todos ellos se mueven otros muchos. Uno de ellos hoy ha sabido que, tras 28 años de trabajo, tiene que poner pies en polvorosa. Un vaquero con las mulas cargadas de oro ha llegado a la ciudad. Poco se puede hacer cuando el vaquero es una empresa nacional benefactora que apuesta y deja en un sobre el peso en oro del concurso al que concurrieron. La ONCE se hace con puestos, quioscos en hospitales y empresas con la sana publicidad de ofrecer trabajo a minusválidos y desheredados de la fortuna. Pero antes de que ellos llegaran había familias y otros eran los que regentaban la tienda de golosinas y periódicos. No importa, no me afecta, ni que Babá recorra las sombras con los periódicos del día anterior vendidos en ese quiosco envolviendo finalmente camisas y pantalones. Andrea Fraser
Apaguen los teléfonos móviles
A cada ráfaga
se desplaza en el sauce
la mariposa
Bashô
Hay personas que, entre frase y frase, sueltan haikus como golpeando el aire y paralizando el vuelo de los pájaros. El mundo se para, las creencias, la respiración y los ojos bien abiertos comienzan a rebuscar dentro de sí el sentido de lo que se acaba de oír. Pero no siempre vienen esos haikus con sus tres versos de cinco, siete y nuevamente cinco sílabas. En ocasiones son frases rellenas de carne y vida que representan lo que no se ha dicho hasta entonces a alguien que se odia o ama. Son palabras, voces y no ecos, que nunca llegaron a tiempo durante la comida, el ruido o sencillamente debido al sobrepeso de una filosofía frágil y bella. Muchas cosas cambiarían si todos pudiéramos comunicarnos antes de cada anochecer mediante este sistema necesitado de silencio. Si así fuese no haría falta esperar para abandonarnos tras la cena a la intemperie de los sueños o las peores pesadillas.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
“Retrato” Antonio Machado
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Denys Blacker
Soy las semillas del pasado mañana
En el huerto he arrancado las berzas castellanas como si fueran cabezas locas que protestan porque todo está mal, la educación, justicia, sanidad y el mundo en general. He seguido con los puerros, tirando de sus porretas para sacar finos hilos blancos, muchos de ellos podridos. Esta peste se ha extendido a algunas escarolas de buen ver y mejor parecido. Las causas, han dicho los grajos, pueden derivarse del calor o de unos mantras desacertados cantados por el hortelano. Éste señor, que ahora anda cojo, ama la vida con la misma razón blanquecina que enterró sus puerros y ocultó del sol algunas de esas escarolas.

Darío Urzay
La hierba seguirá creciendo sobre la hierba
El matacuras mató a un cura y así quedó, haciendo bueno el dicho pero cambiando al perro por un cuervo de teja y sotana tirado en la cuneta junto a la serré. Eran otros tiempos y el hecho aquel quedó para siempre apoyado en la costumbre y la gracia del sobrenombre con el que empezó a conocer al conductor del tílburi de uno a otro confín. Ahora no ha sido un cura sino el triunvirato de una familia el que descerrajó con unas pocas setas la puerta del infierno. Pero la suerte quiso que no se adentrasen ni un milímetro más allá y por eso, el cartel con el que anunciaban el cierre del taller por cuestiones personales, sugería una pronta vuelta. Pero para muchos otros estas cuestiones indicadas en el cartelito, por todos sabidas, dejaban la duda de una posible defunción, también personal, y, de regalo, el nuevo apodo con el que caracterizarían al envenenador de la familia entera, apellidada Guerra.

El listo no lleva papeles en el bolsillo, lleva papiros
He ido a recoger un montón de papeles sin importancia, páginas de periódicos que hablan de libros, escritores, entrevistas a artistas, reediciones de clásicos ilustrados o por fin traducidos decentemente. Suplementos culturales y recortes que, de esta manera, actualizan mi no estar en este mundo a la vez que cubren baldosas, mesas, estanterías, cajones, sillas, techos y paredes. Mi gabinete de prensa está aleccionado en este hacer que me desborda cuando, tras varias semanas, decido recoger lo amontonado en bolsas y sacos a rebosar. En general todo son alabanzas por parte de la crítica, en las diversas facetas culturales (literatura, pintura, música, arquitectura, etc.) y mi procedimiento de arrojar al aire, como si fueran exámenes de alumnos, para llevarme al azar algo a los ojos, me produce tanto o más placer que el posterior de leer el comentario de rigor. Entre esas páginas también se juntan asesinatos misteriosos, festivales independientes de música o cine y titulares pintados con gracia supuestamente inteligente que, en general, forman racimos de flores secas incapaces de perfumar o despertar un mínimo de curiosidad. Las poses de los que por allí aparecen son variadas, cowboys apoyados en una pared, maletas y abrigos juntos olvidados en una estación, habitaciones más o menos revueltas, construcciones chistosas de objetos imposibles, caricaturas, encuentros, reencuentros y aniversarios con los hago una gran bola y entreno, primero al baloncesto, después al fútbol o dependiendo quien esté al otro lado, al tenis. Eso sí, antes he abierto la ventana. Es de noche, tal vez debería volver a escuchar la radio para conciliar el sueño en las noches de insomnio.

Arif Ozakca
En cada reloj de bolsillo hay un diluvio de gotas
Debemos respetarnos, enunciado rallado por los medios y la razón pero que en pocas ocasiones desprende una simetría perfecta y natural. Con más frecuencia de lo debido es un abuso de autoridad y poder aunque a veces, sencillamente no es sino una explosión de vulgaridad con los brazos entrelazados, eructándonos a pecho descubierto. El hedor que esto despide, no ayuda precisamente a poder ser como quisiéramos. Así nos ocurre a todos aunque unos lo sufran más que otros. Por eso en mi cabeza siempre estará una cabaña o cueva en el otro hemisferio nada cerebral, sino austral o boreal.
He intentando concentrarme en lecturas tibias sobre una realidad construida gracias al poder evocador de la ficción. He llamado a las puertas con el fin de vender la máquina que materializa los procesos ideológicos, he hablado de la renta del afecto y, finalmente, alguien me ofreció un plato de sopa caliente. Cuesta hacerse entender con lo fácil que parece. Entre la sopa había garbanzos y un rostro que no me era desconocido. Allí estaba también Luis Landero hablando de su último libro, “Retrato de un hombre inmaduro”. Es imposible que un escritor en una entrevista no cite a alguien a modo de foco iluminador y hasta cegador. Landero responde a una pregunta apoyado en Shopenhauer: La vida es un negocio que no cubre los gastos. No puedo sino sorber la sopa haciendo todo el ruido del mundo. Eso ayuda a que mi concentración pueda pescar algo, sin venir a cuento, en el fondo del plato. Parecen unos versos grabados sobre la loza:
“Los hombres que están siempre de vuelta en todas las cosas
son los que no han ido nunca a ninguna parte…
Porque ya es mucho ir; volver, ¡nadie ha vuelto!
Juan de Mairena - Antonio Machado

Andreas Feininger - Man in Arabic Dress, Smoking a Water Cooled Pipe, is Comfortably Sitting on a Magic Carpet
No lo tomen a mal
No era un rumor sino una afirmación, Carmen la cartones se ha hecho la permanente porque incluso nuestros síndromes más cercanos se cuidan, dependiendo del sueño, la oferta expuesta en el escaparate de la peluquería o simplemente porque sí.
Y atraído por esta nueva imagen parece que el cielo de la ciudad también ha seguido esa idea fosca, revuelta y un tanto nublada. La noche, por tanto, ha llegado antes y con ella la noticia a mis oídos del nacimiento de una nueva asociación para escolarizar niños en el Congo, allá donde las mujeres tienen el pelo más rizado. El viejo chiste surge de nuevo entre mis dedos, visto para la Sentencia que, ahora, no es sino una nueva cofradía nacido por estos pagos. La Hermandad Penitencial de Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y de María Santísima de la Esperanza.
Soy un vaquero interestelar perdido por estos pagos.

Andreas Feininger
La muchedumbre entre en la calvicie
Me han vuelto a hablar de libros, esos que marcaron o mellaron más adentro de lo previsible, mar adentro de uno mismo. La biblioteca del náufrago es un proyecto de color gris con el que se pretende contagiar de lectura al común de los mortales. Las charlas, amenas generalmente, se condensan en una hora prosaica dentro de la biblioteca pública, con apenas luz y demasiados asientos vacíos. Frente al autor de origen castellano suele encontrarse un club de lectura, pequeños hatos de señoras con moño mayormente, algún que otro viejo y varios despistados. Entre ellos cada vez hay más gente anotando los títulos de esos libros que apuntan los conferenciantes. En este caso Gonzalo Calcedo leía su periplo, a golpe de línea insurgente, remontándose al pasado puesto que ahora, se insiste una vez más, el escritor que escribe apenas lee. Supongo que comerá, leerá, dormirá y follará poco pues el tiempo, como a todos, irá cortando en rebanadas su vida, en latín omnia vulnerant, ultima necat (todas hieren, la última mata). Se oía mal dijeron atrás pero nadie se atrevió a interrumpir el tren con el que nos abría los ojos. Digamos que entre sus títulos no encontré ningún descubrimiento, nada de poesía aunque eso sí, mostraba muy claro el cordel firme que ya hubiese querido uno en vez de dar patadas por los estantes y entre las ofertas que a veces aparecían en aquel Simago, supermercado donde por entonces también cabían este tipo de enigmas de papel, huellas o talismanes desconocidos para los de mi mundo.
Comenzó con “El largo adiós”, de Chandler, siguió con Bartleby el escribiente y Benito Cereno de Melville, “Young Sánchez” y “Los pájaros de Baden-Baden”, de Aldecoa, “París era una fiesta” de Hemingway, “El nadador” de Cheever, etc. Literatura y sólo literatura, relatos que le han mostrado el camino y ausencias que definen tanto como las presencias. Su padre también tenía influencias, costumbres y libros colocados en la biblioteca familiar aunque él pronto elegiría a sus propios autores. Es decir, su padre había leído y aquel oficio de escritor no le era tan marciano al joven que opositó, con éxito, para funcionario sin morir en el empeño. No hubo preguntas, ni ruegos ni efusivas alabanzas de lectores resucitados para la vida. No hubo más hallazgos que los de una voz hablándome de libros. Y no es poco.

los escasos bienes bellos
http://www.fatima-miranda.com/finalok/idiom.html
Caérsele a uno la mierda encima, así, literal, no ocurre muy a menudo. No por ello el dicho dejar de ser menos coloquial y rara es la semana en que incluso no se nos aproxima a la boca con todo su hedor o en forma de visita tras la experiencia sufrida por un conocido o desconocido que, tras su desastre particular, probablemente ya no levantará cabeza.
La mierda es muy relativa y existen distintos grados de solidez u organicidad que cada cuerpo puede aguantar bajo su lindo pellejo. Además, para poder soportar mejor el olor que ésta desprende se puede entrenar cada mañana como si uno estuviera en el gimnasio y las pesas sobre los bíceps no fueran sino peldaños o sucesivos conflictos solucionados con uno mismo frente al espejo. La mierda también puede estar hecha de presentes y eso lo sabían muy bien los kwakiutl cuando al celebrar su potlatch deseaban aplastar el buen nombre del grupo invitado, para enterrarle bajo un montón de regalos. Esto nos podría hacer reflexionar sobre lo que significan situaciones idénticas o similares, sea quien recibe santo o corrupto iniciado en el arte de la vida.
Caérsele encima la mierda y no la casa es lo que le pasó a un vecino de Becerril de Campos, otro síndrome de Diógenes con el que podría compartir ciertas afinidades e inquietudes. Las moscas, ratas y hedores que despedía su hogar imponían, tanto distancia como proximidad a esas calles que se abren entre los suburbios menos recomendados del planeta. Su performance particular, con más de doce toneladas de porquería coleccionada, consistía en hacer oler a los vecinos la pobreza e insalubridad en la que viven buena parte de los pobladores más pobres de este mundo. Así fue hasta que un buen día de Junio, la montaña de basura, tal como si fueran mentiras, errores o corruptelas, se le vino encima. De eso nos enteramos ahora, meses después de su desaparición y sopesando la nada, en un mal día, también pudiera parecerme su destino más afín que el de otros muchos.
Alfred Eisenstaedt
Tengo razones para sostener que la verdad contribuye al confusionismo
Hay gente, personas o animales que se divierten apostillando o corrigiendo lo que otro ha hecho y propuesto. Mientras alguien trabajaba a sus espaldas, esa persona crítica y libertaria se dedicaba a fortalecer vínculos, hablar y moverse por el mundo. Cuando regresa de su viaje, como ha aprendido tanto, no puede cerrar la boca y lo primero que hace es dar cabida a una sinfonía de coletillas con las que todo iría mucho mejor. Poco importan las bibliotecas, consultas o esfuerzos sufridos por quien prefirió hincar los codos y los pensamientos sopesando la reconstrucción de un pequeño rincón no tan inhóspito a pesar de sus esquinas. La filosofía, la maduración, el crecimiento o incluso las leyes más platónicas incubadas con la lentitud del que se queda serán barridas por un aliento atrevido y sonriente que bien pudiera servir igual para matar ratas y ratones.
Qué ignorante es ese viajero al no comprender que el viaje no sólo se hace con el movimiento. Qué pérfida compañía la de su alegría e impetuosidad, inversamente proporcional a los movimientos de esa tortuga Tu´i Malila que el capitán Cook regaló al rey de Tonga en 1777. La historia cuenta que, debido a un accidente, la tortuga murió en 1964.

Esther Ferrer
Mi cabeza como una gran canasta lleva su pesca
Que en tiempos de paz la guerra es más psíquica que física, se constata fácilmente con la supervivencia y sobreviven, como se sabe, los más aptos y en muchos casos los super ineptos pelotas con piel de elefante y rostro de mandril. Resistir siempre que haya un suspiro a donde acurrucarse es más fácil aunque siempre planee la sombra de la desolación o no se vea el final del túnel. En cualquier caso, para el inocente siempre habrá un bote de pegamento que llevarse a la nariz, un cartón de bingo para el más pudiente o la típica botella de vino medio vacía entre los labios del vagabundo medio llenos de melancolía.
Aguantar puede ser la clave, soportar el ir y venir de un sitio a otro como si fuera un secuestrador secuestrado en un mundo extraño. Subir escaleras con el ímpetu de un masai, aterrado ante un peldaño que le separa del suelo y luego otro y otro hasta que la cabeza penetra en una nube de algodón que la protege del ruido. Resistir por instinto y también por pereza, dejando los cadáveres olvidados a uno y otro lado del camino, a merced de las hienas. Vivir, soportando el olor a veces, sorprendido de estar vivo mientras los demás, cuando poco, sufren dolor de cabeza.

Claire Harvey
NO HAY AMOR FELIZ Nada es para siempre en el hombre Ni su fuerza No hay amor feliz Su vida se parece a esos soldados sin armas No hay amor feliz Mi hermoso amor mi querido amor mi desgarro No hay amor feliz Cuando aprendes a vivir ya es demasiado tarde No hay amor feliz No hay amor que no sea dolor Louis Aragon
Ni su debilidad ni su corazón Y cuando cree
Abrir sus brazos su sombra es la de una cruz
Y cuando cree estrechar su felicidad la tritura
Su vida es un extraño y doloroso divorcio
Que habían vestido para otro destino
De que les puede servir levantarse por la mañana
Ellos que se encuentran por la noche sin nada que hacer inciertos
Diga esas palabras Vida mía y retenga sus lágrimas
Te llevo en mí como un pájaro herido
Y aquellos sin saber nos miran pasar
Repitiendo después de mí estas palabras que he trenzado
Y que para tus grandes ojos enseguida murieron
Que lloren en la noche nuestros corazones al unísono
Cuánta desgracia hace falta por la menor canción
Cuántos sentires para pagar un estremecimiento
Cuántos llantos por un aire de guitarra.
No hay amor que no nos hiera
No hay amor que no nos mancille
Y no más el amor de ti que el amor de la patria
No hay amor que no viva de llantos
No hay amor feliz
Pero es nuestro amor de los dos

Claire Harvey
La vejez era privilegio de árboles y piedras
“Soy un lector solitario. La jubilación no ha sido un modo de vivir sino un aprender a morir que rechazo. No quiero aprender a morir y, sin embargo ésa es la única exigencia que veo clara ahora: aprender esto en esta soledad en que vivo”.
"La previa muerte del lugarteniente Aldof” Álvaro Pombo
Y tan real que los pelos se ponen de punta automáticamente, como la polla de un joven que sólo vive como propias sus imaginadas hazañas nocturnas.

No hay peor lujuria que pensar
Iba yo pensando en la iglesia y los artistas, dos puntos, una sola alma, título dado al artículo que abre boca en el abc de hoy. En él nos hablan de amores y desamores, encuentros y desencuentros eternos entre espíritus vehementes que responden a dos partes verdaderas, iglesia y artistas, cada cual más celosa de lo suyo. Un encuentro propiciado por el papa en la Capilla Sextina que no es sino una continuación de otro anterior promovido por Pablo VI en mayo de 1964. Una cuestión que no hace sino valorar las alturas por las que se mueve el arte y no ese sucedáneo pervertido con el que se entretienen escandalosos entrometidos, funcionarios en sus ratos libres o jóvenes que sólo aspiran a la fama de lo inmediato.
Decía que iba o venía, dejando las hojas del periódico olvidadas en alguna mesa de mármol, conciliando este invierno primaveral con una cabeza poco asentada, soñando despierto, observando cómo las hojas de los árboles aún estaban aferradas a sus ramas. Filosofías aparte dos vecinos del pueblo se entretenían haciendo astillas del árbol caído frente a su casa. Aquel lugar estaba siendo despejado oficialmente puesto que había sido el sitio elegido para instalar una báscula donde pesar cargas y cargamentos sin tener que desplazarse al pueblo cercano. Al principio pensé que bien pudiera tratarse de otra performance reivindicativa ante una agricultura en crisis que suda y lamenta su suerte con tractoradas, protestas y calentones locales. Los vecinos afilaban el pico y mientras apilaban los restos del árbol, disparaban contra las tazas de café que no tomarían siendo su precio en el teleclub el de al menos cinco veces un litro de leche. Por no hablar de los 0,06 euros del kilo de cebollas o los 0,05 del kilo de patatas. Precios y resultas que no empañaban el cielo claro o mi paseo con las manos en los bolsillos fingiendo cierta preocupación por no se sabe qué, con el alma soñando estornudar bajo la cúpula vaticana, rodeada de congéneres disolutos.
Sé que continué el paseo imbuido en mi aislamiento hasta cobijarme en el huerto una vez más. Allí me esperaban gatos, ramas y unas magníficas berzas castellanas, espléndidas bajo su canon de belleza tan básico como universal. Pronto arranqué una enorme para la semana y ensimismado estuve meditando un rato bajo el sol. Comencé a acariciar sus hojas gigantescas acogidas en mi seno, el cogollo blanco y sus cinco kilos sobre mis piernas, epicentro de un mundo en peligro de extinción.

Nan Goldin
La cabeza del perro
Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro... hasta que descubro que no tengo perro
Arthur Conan Doyle

No es poca cosa combinar las partículas del orador con las derivas del intelecto
Intento unir con un fino hilo el camino del hombre hasta llegar aquí, justo donde estoy, lejos de cualquier actitud nómada o ceremonia que estructura algunos grupos de los que formo parte. Voluntariamente no he pertenecido a muchos de ellos pero aún así no he conseguido evitar participar en varios de sus rituales pintorescos. El predominio de la guerra, el engaño y la actitud déspota que conduce al movimiento por el que se rige el mundo, nos dispone en la necesidad de confiarnos o salvaguardarnos bajo el manto de alguno de ellos. En todo grupo hay un líder y su prestigio es la fuerza de ese grupo. Su poder político y económico reside, no en la riqueza, sino en el control de acceso a los recursos. Sólos, somos víctimas fáciles del orden impuesto y el desorden establecido.
Con todo ello sufro el espanto de esos grupos puesto que allá por donde pasan no crece la hierba. Cogido a este hilo con el que iniciaba mi reflexión se encuentran Eratóstenes, Hiparco de Nicea, Aristarco de Samos, Copérnico y algunas partes del cuerpo de Galileo Galilei, concretamente los dos dedos y el diente que recientemente han aparecido en Italia, dentro de un relicario. Únicas piezas, junto con otro dedo de la mano derecha y una vértebra, extraídas por varios seguidores en el momento de la exhumación ordenada por el gran duque de la Toscana Gian Gastone.

Si alguien desea iniciar un viaje alrededor del cuerpo de Galileo ahora lo tiene más fácil. El dedo que también se le seccionó figura en el Museo de la Ciencia y la quinta vértebra está custodiada en la Universidad de Padua, donde ejerció como profesor. Los restos del cuerpo “descansan” en la basílica de Santa Croce, Florencia.

Habitación de Galileo en Florencia
Pensó en una llave y se acostó
Piezas breves de domingo:
Otro motivo para viajar hasta Nueva York estas navidades podría ser la posibilidad de ver el original del “Cuento de Navidad” de Dickens en el museo Morgan. Lo digo por aquellos que, ajenos a bolsillos agujereados, sigan pensando en darse una vuelta hasta ese Manhattan de ruido, luces y escaparates. Sí, aunque no se enciendan, en lo alto ya están colgadas las luces que anuncian el turrón y las fiestas, esas que desalientan, encorvan y encienden la mirada de unos transeúntes víctimas y culpables de su propia carga.
Aunque ya se sabe que tanto el mejor como el peor viaje siempre es el realizado hacia dentro, atravesando túneles que evocan y dan título al menos a la última novela de Luciano G. Egido “Los túneles del paraíso”, ganadora del premio novela histórica Fundación Villalar.
Stop. Me llega un telegrama. Trabajadores toman decisión unilateral para reivindicar sus derechos. La medida perjudica a niños y padres, inocentes todos, rehenes podríamos decir para conseguir sus propósitos. Entonces tendríamos el caso de otro alacrán, ésta vez en tierra adentro. Los trabajadores, repito, están en su derecho. Los niños, las mujeres y la sección rítmica los últimos. Stop. Algo huele a podrido. Mientras tanto el cerebro de Mussolini se puso en venta a través de eBay por 15.000 euros. Stop. Seguimos con los exvotos. Según el sacerdote barnabita Deo Kahuranyi un niño del Congo prefiere un año de cole a una comida. Ese año saldría en el Congo por sólo 50 euros. Stop.

Carlos León
Los hombres y mujeres tsembaga maring viven en hogares diferentes. La mujer casada o viuda reside en una casa separada junto a sus hijas solteras, hijos pequeños y cerdos. Esto se puede interpretar de tres maneras. Ellas prefieren a los cerdos que a los hombres o en términos un tanto machistas, los hombres prefieren hablar de sus cosas sin que los cerdos y las mujeres les interrumpan. También existe una tercera explicación, que no sea ni lo uno ni lo otro. Para contestar la encuesta con esta última opción habría que poner la equis en el otros. No importa el conocimiento, bastaría con la ideología para acertar en la respuesta.

Francis Bacon
Todo lo que trastorna seduce
Una constante en mi es no acabar de respirar con plenitud. No comer setas con pinta fúnebre porque pueden ser malas, no beber leche porque puede ser mala, no trabajar a pleno rendimiento porque puede ser malo y además, deprime. Se trata de vivir en las fronteras, esas donde tampoco son bien recibidos los refugiados políticos que no anuncian una huelga de hambre reivindicando su causa. Son fisuras difícil aunque cómodamente habitables, grietas entre países y banderas, lugares donde nadie es quien es, siempre de paso se supone, hacia el este u oeste, sin otra Ítaca que la de una literatura antigua y moderna. Lagunas donde los peces viven sumergidos entre las algas y algunos corales que nadie ha visto, pulpos en aceite y mejillones a la marinera, perceptibles sólo al agitar las agallas de la imaginación. Entre el sí y el no, entre las razones de los demás, en un sillón que servirá de guillotina durante una siesta, entre un plato de carne y otro de pescado, en mitad del océano, arrojado ahí por mi voluntad.
En la radio hablan de suicidas y en estos momentos me resulta monigotes que han escrito reflexiones como esta de Maupassant: “el suicidio es el sublime valor de los vencidos” o esta otra de Pavese: “Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo". Frases, sólo frases. La vida también es una lotería.
¿Saben quien ha ganado lo que no está escrito con la manifestación del pasado sábado? Sí, esa en la que Madrid se llenó de agricultores chiflando y gritando porque el futuro se ha sembrado ya con el negro de los cuervos. Ese día, el pasado 21 de Noviembre, Madrid vendió lo que no está escrito en décimos de lotería. Echen cuentas a ver qué les resulta, tantos agricultores (más de cien mil, de quinientas mil según las organizaciones agrarias) pasando por la puerta del Sol, a un décimo mínimo por cabeza…
La realidad es esa, los hechos están ahí y de ellos, como casi siempre, nadie habla.

Abre las cortinas
Dentro de un volcán no se oye el exterior. Mejor así, cada estornudo es un golpe de lava que abrasa las palabras incandescentes. Están en el aire, juntas, formando frases, construyendo edificios sólidos, ahuyentando a lobos aquejados de pulmonía y, por tanto, incapaces de soplar sobre los cimientos aunque sí de oír un disco de Miles Davis Satchmo, en castellano boca de bolsa. El amor no se encuentra, ni la amistad. Se construyen, forman el edificio con sus puertas de dolor y ventanas desde donde saltar. Muchos lo han hecho, hace algunos años le tocó a Robert Wyatt, ex batería de Soft Machine. Había bebido y cuando despertó su tetraplejia estaba allí. No puedo dejar de oír Comicopera, a la tercera canción vuelvo a empezar.
Me siento. A un lado podríamos tener una gran biblioteca con huevos de dinosaurio cubriendo los espacios entre las estanterías de novela negra y ciencia ficción. A veces dan ganas de colocar el mundo con una sola voz y decir ¡ya está bien! o soltar algo más literario como ¡que se mueran los feos! Pero con las vibraciones los huevos podrían caerse al suelo. Estas elucubraciones alimentan mi volcán. No se oye el exterior.
A pesar de todo tres libros llamaron a la puerta:
· “El testimonio de Yarfoz” Del recién premiado como premio nacional de las letras 2009, Rafael Sánchez Ferlosio.
· “Dirección única” Walter Benjamín.
· “Minima moralia” T. W. Adorno.
Todo está libre de sentido
El literato y otras muchas cosas José María Merino se encontraba con su presentador, Ernesto Escapa, sentado entre la penumbra, a punto de iniciar su prodigiosa y mágica historia de la literatura, nada abreviada y muy aplastada en el espacio de una hora, que era el tiempo de que disponía para recitar su particular biblioteca del náufrago.
Los agradecimientos, por tanto, fueron breves. Ahora que se me ocurre éste también pudiera ser otro género literario, tal como así decía Borges de los diccionarios y enciclopedias, algo que nos recordó el propio académico de la lengua cuando rompió el fuego en su imaginada isla desierta, a donde se llevaría eso precisamente en primer lugar, una enciclopedia. Borges dixit: Para un hombre ocioso y curioso (yo aspiro a ambos epítetos), el diccionario y la enciclopedia son el más deleitable de los géneros literarios. La culpa de esta estrafalaria idea le viene de la infancia y juventud, lugar no tan lejano en la nostalgia y rodeado de libros, muchos de ellos encontrados en la biblioteca de su padre. La familia, institución aludida en su discurso, también tiene algo que decir y contar en esto del vivir, más ahora que el filandón ha sido sustituido por una caja tonta y negra más que de cualquier otro color.
Pero antes de adentrarse en su prolija lista nos habló del folclore y los símbolos, de la Odisea, el Rubaiyat, los cuentos que se repiten con otro nombre y del buen lugar que ocupa la literatura para buscar en ella una teoría del alma, tal como hizo Freud y otros muchos. Con la imaginación tirando de los símbolos y éstos de la realidad como única forma posible de explicar, estudiar y comunicarnos entre nosotros nos dejó, atentamente por estar donde estaba, “El pájaro que canta el bien y el mal” y sobre todo “La niña que creó las estrellas, relatos orales de los bosquimanos Ixam”, editados por Lengua de Trapo gracias a de Prada Samper.
Luego, para sorprendernos tal vez, pero en todo caso para seguir su propio camino con la elección de los libros que le han marcado en su manera de ser o no ser, golpeó la mesa con “Heidi”. La historia de un libro no sólo está en lo que hay dentro, cada palabra, frase o capítulo sino en lo externo, la manera en que llegó hasta uno, el momento, lugar o azar por el que fuimos golpeados sin previo aviso o viniendo a cuento. Heidi anhelaba un paraíso perdido y él, José María Merino, sin darse cuenta quedó atrapado con un anhelo similar, el de las vacaciones que pronto volverían y así, sin él saberlo, aquel libro se comunicaba con su yo interior y profundo porque todo buen libro habla de algo que nos pasa aunque no sepamos racionalizarlo.
Encabezada con esta novela no pudo sino citar a otras muchas no por típicas y tópicas lejanas a todos nosotros, “La isla del tesoro” que no es sino la búsqueda del vellocino del oro y del santo grial, “Robinson Crusoe” que no si no la creación del mundo y mil mas.
En tercer lugar nos trajo a Cervantes con toda su genialidad técnica desplegada en el Quijote. El arquetipo del hidalgo caballero y su escudero ya estaba en el Rubaiyat y siguió después de él con “Huckleberry Finn” liberando esclavos por el Mississippi o con Phileas Fogg haciendo de Quijote y Passpartout de Sancho (Sirve para Todo) en “La vuelta al mundo en ochenta días” de Julio Verne. Su padre, nos decía, no sólo leía sino que se tronchaba sin él entenderlo, mientras leía esas mismas aventuras de “El Quijote”.
Siguió con algo de lírica, enumerando a nuestros clásicos, Rosalía, a quien recitaba por indicación de su padre en momentos determinados (su madre era gallega), Machado, Bécquer, Neruda, Vallejo… Finalmente y por quedarse con alguno subrayó “Arden las pérdidas” de Gamoneda y para convencernos, recitó un poema cuyos versos no he podido encontrar. Para sustituirle escribo este otro:
HE ATRAVESADO las creencias. Durante mucho tiempo
Nevó sin esperanza.
Había madres que enloquecían al amanecer: oigo sus gritos
Amarillos.
Aún nieva. Creo en la desaparición.
Creo en la ira.
Para el quinto día quiso hablarnos de cuentos y hacer su propia selección donde estaría Cortázar, Valle Inclán, Carmen Laforet, Carver, Gogol “Las baladas en Dikanka”… Cuentos de Las mil y una noches, arquetipos que se repiten nuevamente en “La vida es sueño” de Calderón, cuentos viejos de la vieja España… Un género éste de los cuentos que vive en la tradición y al que después traería en mientes nuevamente cuando se refirió al título con el que Sáez de Ibarra ganó este año el premio narrativa Ribera de Duero “Mirar al agua” y es que no por nada el conferenciante fue presidente de dicho concurso.
De “La hija del capitán” a “Guerra y Paz” sólo transcurrieron sesenta años y ahí está casi toda la literatura rusa que aún hoy emociona y trasciende tanto como entonces. “Felicidad conyugal” de Tolstoi, “Noches Blancas” de Dostoievski que llevaría al cine Visconti, “El capote” de Gogol, sin necesidad de mencionar el peso que otro ruso ha tenido en la actualidad, Vasili Grossman.
¿Los franceses? Balzac, Hugo, Voltaire ¿Shakespeare con su rey Lear y su más que actualísima y reencarnadísima en muchos inmigrantes “Romeo y Julieta”? Todas son obras capitales pero a la hora de decidirse con una sexta opción lo hizo con “Niebla” de Unamuno.
Y ¿alguna obra de la actualidad? Pues también, los cuentos de Ibarra ya dichos, “La máquina de languidecer” de Ángel Olgoso, aunque no sé cuando dio el giro y de un salto volvió atrás hasta alcanzar a Faulkner para seguir camino y quedarse con “Rojo y negro” de Stendal y recordarnos que Madan de Renal, como no leía, no sabía lo que la estaba pasando.
Con “La montaña mágica” afirmó que había terminado la gran literatura, allí, con esos tuberculosos fumadores empedernidos, aunque luego estarían también “Cien años de Soledad” y otros muchas, latinoamericanos, italianos como Pavese, etc.
Casi acercándose al final leyó un cuento de Fredrick Brown, autor de ciencia ficción que rescataría para mi conocimiento y con el que cargaría a cuestas para formar la gran biblioteca culminada, ahora sí, con “La historia verdadera de la conquista de la nueva España”, de Bernal Díez del Castillo.

Todas las causas se aniquilaban en sus ojos
Mi mente relaciona rostros con noticias que nada tienen que ver. Ojos grandes llenos de misericordia que atravesaron el infinito, miradas acampadas en la franja de la locura, pensamientos rescatados por un pescador cuando ya partía de regreso hacia la costa de lo innombrable.
Varios marineros del atunero recientemente liberado Alakrana fueron llevados a otro barco secuestrado, el Ariana, de nacionalidad griega, con marineros ucranianos y bandera de Malta. Una vez a bordo les dejaron entregar algo de comida, cimarrones, galletas y fruta. Allí les sorprendió ver a una cocinera que había sido violada en repetidas ocasiones y una niña que les hizo gestos para que se la llevaran consigo.
Sus rostros, los de esas féminas, son los negativos de otros que ya he visto cazados por fotógrafos y corresponsales de guerra. Cierro los ojos para encadenar fotogramas en eso que cuentan unos y desmienten otros, ya que el armador griego niega tales violaciones, un posible aborto y el hecho de que se encuentre una menor a bordo. Dos fotografías contemporáneas reflejan perfectamente ese tipo de infiernos. La niña afgana fotografiada por Steve MacCurry en un campo de refugiados de Pakistán, a finales de 1984 y la espeluznante de Kevin Carter en la que un buitre esperaba el final de una niñina sudanesa en posición fetal y fetal. Con ella ganó el pulitzer. Existen otras muchas pero no hace falta seguir ni ser más expeditivo. También se juntan capítulos, frases y personajes salidos de entre los cuentos de Edgar Alan Poe. No digo más.

Steve McCurry

Kevin Carter

Eddie Adams

Nic Ut

Harry clarke
cuando les atan las pestañas
El otro día salió el tema. Padres no habían descansado en su nocturno quebrar a través de un sueño. El efecto tenía su causa en forma de viejo colchón. Al día siguiente como por arte de magia apareció el vendedor de colchones a mi puerta. ¿Qué poder oculto podía manejar ese brujo para interferir así en la realidad de mi familia? Las ventajas de su maravilloso producto saltaban a la vista. En un catálogo ajado por la práctica y las explicaciones me mostró un hermoso papiro de tamaño considerable para ser eso precisamente, un papiro. Pero las nuevas tecnologías engañan a la vista porque con el simple y genuino acto de atarse un cordón del zapato o, en este caso, liberar su forma envasada al vacío bastaría para que el colchón abandonara esa forma de rollo mesopotámico definitivamente. ¿Qué se siente al dormir o estirar el cuerpo en un jardín con sus propias estaciones de frío y calor? Pero por si no estuviese convencido del todo todavía guardaba un as infalible bajo su manga. A partir de ahora, donde antes necesitaba ocho horas para descansar, su cuerpo se repondría exactamente igual con tan sólo siete y media. Una sencilla multiplicación bastará para comprobar las horas que su vida acumulará como si fueran oro, ya lo dice el refrán.
Cuando llegué a casa no tuve que estresarme mucho para comunicar la nueva buena con su oferta hecha a medida. Pronto me confesaron su último sueño. Debajo de ellos había un bicho enorme, gigantesco, sacado de un mundo infernal, con la boca llena de dientes y de repente, se despertaron. ¿Qué poder oculto? Me preguntaba, qué poder oculto…
Por la tarde, sin venir a cuento, dentro de un contexto enigmático, una frase de Bourdieu había escupido sobre mi cabeza un efecto repetitivo y obsesivo:
La ideología del cuidado constituye un ejemplo de violencia simbólica donde las relaciones de dominación ocurren mediante “estrategias que deben bajo pena de aniquilarse al traicionar abiertamente su verdad, travestirse, transfigurarse, en una palabra eufemizarse.”

Doré
Hay un pétalo herido en tu rostro
Yo mismo soy capaz de despistarme y truncar la carrera del mejor inspector, agente o espía ahíto de medallas y condecoraciones. Puedo organizar una fiesta en una república bananera, desvestir a un santo y originar un conflicto en aguas internacionales sin demasiado esfuerzo ni convencimiento.
El mundo está hecho para ser interpretado por todos y cada uno de nosotros, dentro de esa caja más o menos negra, poblada de teoremas con forma de caballitos y de acuerdo al nivel intelectual. El resultado siempre es fingimiento, aunque no lo pretendamos. Sonrisa, enfado, diplomacia o hastío van destilando gota a gota, como si cada una de ellas, completa de propiedades, pudiera hacer explotar una nueva Hiroshima o Nagasaki, ahora transformadas en los rostros de quienes tenemos enfrente. Esto cada vez es más habitual y parece que la cantidad de información (política, sanitaria, religiosa, filosófica, etc.) que planea por el ambiente no sólo indigesta sino también hace enfermar, pudiendo provocar un simple comentario, chiste o gracia, el pánico de una marabunta o algo que, se me ocurre, nos acercaría a la atmósfera de una convención de exorcistas despeinados pero bien sentaditos en el pupitre, aferrados todos a su cruz
Con esta manera de desbordarnos los unos a los otros no es muy complicado que se me haga el culo gaseosa para ceder en el momento crítico de la recién inaugurada batalla hasta extremos inusitados. El autoproclamado ofendido o adversario enarbola su boca al viento y acelera un motor de hélices y brazos a punto de descoyuntarse que me paraliza todo raciocinio. Pero luego, cuando la sangre no ha llegado al río y vuelvo a ser yo con mi ausencia y mi silencio, renuevo mis batallas más siderales del abandono, siempre perdidas. Y entonces sólo se me ocurre ofrecer la espalda de una vez para siempre, sin temor a banderillas ni cuchillos porque sé, que en muchos casos, a los cinco minutos todo parecerá estar olvidado.
No importa, nada permanece y menos dentro de mi, salvo algunas cicatrices o heridas dejadas por esos párpados que se avienen a posar en mi lomo mientras camino. Sigo y abro un paraguas de inseguridad, mejorando lo presente y aunque diga no importa o es difícil hacerse entender, o tal vez tengan razón, pero está fría o es absurda. Y se reproducen y mueren mientras organizo una fiesta en una república bananera y me despisto como único método para estar conmigo mismo.

Curro González
Todo es visión, todo está libre de sentido
Ha llegado el frío y los gatos agostizos mueren en los caminos. En mi casa ya no se ordeñan vacas ni ovejas, a lo sumo sueños pero éstos no dan el calor de esos animales. Por ello, los gatos que nacieron en el verano mueren soñando establos calientes o corrales de vecinos donde los perros no afilen los colmillos con sus bigotes.

Morandi
¡Víctima sacrificada a su destino!
Vivir en provincias y pueblos significa que el salir a la calle se convierte en un prolongado saludo desde el portazo de salida al de llegada, ya exhaustos, llenos de mercaderías y citas futuras con las que uno probablemente no cumplirá. De alguna manera todos somos famosos y por ello sabemos que de ese adjetivo derivan agotamientos y, sobre todo, una falta de tiempo para uno mismo en directa proporción con la desintegración de nuestras células ante los demás. Esta cercanía, como se puede suponer, contiene también cosas buenas y buenísimas, sobre todo cuando se plantean en pequeñas bandejas, a modo de tapa, entre vino y vino. Si decidimos salir debemos contar con estos acercamientos y un ánimo dispuesto a travestirse o volver a enfundarse bajo un turbante o chistera con la que saludar de una forma galante, antigua y cordial. Todo eso cabe en el deambular y tropezar, ajeno a las gracias de los niños felices y de las familias, que hacen de su paseo un espectáculo en mitad de las aceras y al corro de la patata nada particular. Las personas que vienen hasta mí son coches de choque con los que intercambio pitidos, frases de urbanidad o conversaciones que desarrollan mis conocimientos sobre agricultura sin necesidad de citar el Kitâb al-filaha al-nabatiyya (Libro de la agricultura nabatea), de Ibn al-Awwam.
Pero una de las ventajas al vivir aquí consiste en tener siempre cerca las puertas del campo y así, en un par de patadas, puedo vivir nuevamente en mí, agraviado por el frío, lleno de otros pensamientos y diálogos desordenados, tal como aparece el mundo a mi alrededor. Pienso en las tumbas de los escritores, en que Sarkozy, el presidente francés, ha tenido la idea de trasladar el cadáver de Albert Camus al Panteón de París, lugar donde descansan ya, entre otros, Voltaire, Victor Hugo, Zola y desde 2002, Alexandre Dumas. Esta colección de personajes famosos dispuestos y definidos como símbolos de un país guarda ciertos aspectos aterradores, de objetos amontonados en el museo que todo lo desubica o de vecinos en un mundo de provincias silencioso, frío, lejano, sin viento, ni vinos ni otra historia que la ya escrita en enciclopedias y estudios de especialistas.

Carracci
Estás tú dentro de ti mismo
Mi espíritu lleva un tiempo situado musicalmente en Etiopía. No es el primer país africano donde puedo cerrar los ojos y sentirme tan lejos como cerca, entrando y saliendo de un barrio Sésamo febril y extraño donde, como todo el mundo sabe, Chema, el panadero, hace ya tiempo que ascendió a los cielos, arriba, abajo, mientras sigo hipnotizado por esas melodías que saben a jazz y a funk. Esta fijación me hace sentir vivo y curiosamente, se entrelaza con los pasos y lugares por donde antes ha transcurrido mi suerte. Es música que se acuna en lo espiritual, como la de Coltrane, Thelonius o, por cambiar de rumbo y estilo, Rodrigo Leao, Toumani Diabate, etc.
¿De dónde procede este estilo particularísimo? Como un antropólogo funcionalista británico de principios de siglo XX vuelvo a África sin otra mochila que unas conclusiones arrugadas y sin ningún valor, sabiendo ya que el barro de las viejas teorías dieron lugar a estos polvos desoladores y nada estables incluso dentro de mi imaginación.
El último emperador de Etiopía, Haile Selassie, fue asesinado en palacio unos meses después de su derrocamiento militar, el 12 de Septiembre de 1974. Las noches, ya por entonces, daban cobijo a orquestas y modas de ensueño, lugares donde la música de influencia europea y americana (Glen Miller…), florecía entre las secciones de viento y metal. La policía y el ejército tenían sus propias bandas, la capital, Addis Abeba, era un hervidero, sede además de la OUA (organización para la Unidad Africana). El soul y el rythm blues tenían su propia identidad.
Un buen día, en París, alguien escuchó un disco de Mahmud Amed y de inmediato algo se le movió muy dentro. Se trataba de Francis Falceto, creador de la colección discográfica Ethiopiques, dentro del sello Buda Musique, quien, aterrizaría en Addis Abeba a los pocos meses, con la única intención de explorar ese Eldorado extraño y fascinante compuesto al menos por cientos de sencillos y treinta elepés de música editada entre los años 60 y 70. De ese trabajo y sus derivaciones llenas de incienso se llena el aire dentro de mi habitación, Tlahoun Gèssèssè, Mahmoud Ahmed, Alèmayèhu Hésete, Mulatu Astatké, la pianista monja Tsegué Maryam Guèbrou…

The Police Band in 1965

de vértigo y olvido
Es fecha de cumpleaños. No el mío. La barra, a primera hora, se mostraba callada, de luto riguroso dejaba a codos y espaldas apoyarse o acariciar su frío. El lugar parecía boca de lobo y pronto, un caballero integrante de la cofradía resignada, fue al encuentro de otro. Las cosas, dijo, estaban mal y no hay como estar en el momento justo en el lugar adecuado. Entre los dos pusieron un par de ejemplos. Alguien imprimió unas hojas un buen día y así dio comienzo un imperio de libros y papeles. El siguiente ejemplo se levantaba con negocios de todo tipo, ladrillos, gasolina, máquinas recreativas, etc. Crecer como la espuma podría ser cuestión no sólo de empeño. Él estaba abajo, había caído en barrena, y por eso era optimista, en cualquier instante se iniciaría el despegue.
-¿Qué tal la cervecería?
-Pedía demasiado.
Aquel lugar parecía una triste laguna semiseca, una charca reducida en la estación más dura para los cazadores de oficios y recolectores de derrotas. Solitarios tramperos nómadas sin agricultura ni otros animales domésticos que ellos mismos atados a su bufanda. Ellos son sus perros, gatos y componen con sus palabras la pesca del día. Al otro lado del espejo un coro de esquimales comienza a caminar.




