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Caja de siluetas
Empezaré por el final. Estaba en Senegal intercambiando un botiquín entero de medicinas por un ejército de servidumbre y el jefe de la tribu nos abrió sus puertas. Este es mi reino, dijo, una palabra tuya bastará para sanarme y el botiquín se repartió entre sus mujeres.

Antes de llegar ahí unas botellas gigantescas de vino sirvieron de guías, faros auténticos entre el mantel y el techo. Los animales muertos no tardaron en aparecer, yacían, como es la costumbre, sobre los platos, carnes correosas de Argentina, diferentes dijeron, mientras lo apuntaban en la libreta, llena casi de liebres y zorros saltarines, vocales, consonantes traídas de la mismísima pampa para degustar. No sé dónde he leído que el destino del pasado es convertirse en combustible para el humor. Se abrió el telón y los chistes no salieron de la chistera, a lo sumo algunas cicatrices con forma de fideos, de cuando la época en que los bares se cerraban con eses y cuentas infinitas. Era la época dorada del vodevil. Las extravagancias llamaban la atención y la guinda en el pastel seguían siendo los atardeceres sin siesta, apoyados en el tronco de un árbol. Las ideas se fundían en la nada, como si estuvieran zarpando en un barco hacia Liverpool, por poner un destino ajeno pero cercano.

Con la excusa de la pampa me hubiera gustado acercarme a ese país remoto donde nos conocimos. Escuchar sus versiones desde la cima del observatorio presente y amontonar los restos de aquella gloriosa civilización. Gloriosa desde mi punto de vista, tan miope siempre, aunque también restringida y en demasiados momentos estúpida frente a los tornados y las auroras boreales que sin darme cuenta se sucedían alrededor. Recuerdo a todos los nómadas que éramos sin saberlo y cómo algunas cortinas impedían que nadie se aproximara. Nunca entendí esa intención obtusa y metálica por aislar a los que sencillamente se acercaban para beber un agua estancada. También quise decirles eso, pero en realidad está como difuso y sin importancia supongo, entre las ruinas, aunque tal vez fuera otra la ciudad suya, sus calles paralelas a la mía, los barcos de papel y pensamientos partiendo hacia diferentes puertos y en realidad sí consiguieron rasgar una cortina tras la que el juego no fue tan vano. 
Imágenes del atlas de Johann G. Doppelmayr
Pasó de monos a solus
Una manera muy habitual de que se descomponga el rostro las veinticuatro horas es hacer obras en casa. Meter un albañil, en ocasiones, puede suponer tener el caballo de Troya relinchando a cuatro patas en la cabeza un día sí, otro también, semanas, meses, años, siglos, etc.

Ahora he comenzado a explicarme el origen de esas noticias bárbaras donde un conductor pisa el acelerador hasta sacar el pie por entre los focos, haciendo una raya al medio en mitad de un desfile o se lía con un cuchillo como si fuera una mandolina y arremete contra el director de orquesta que somos todos los viandantes.
Todas las causas están dentro del caos que existe bajo la piel. Las arterias son conductos saboteados por las broncas y el desatino, los órganos, humedecidos con alcoholes baratos, las células en general y el ánimo desquiciado o disuelto entre los gases que han cambiado el trayecto hacia dentro, se desatan y explotan contra la propia vida, mofa florida y en mal estado.
Estas personas son fáciles de distinguir porque llevan rosas secas y amarillentas entre los dientes. Lo normal es que no deseen mostrarlas y por ello se instalarán en un soborno extraño, sin sonrisas, como debiendo a nadie sabe quien y con la única intención de naufragar un poquito mas en el ancho mar de las semanas. En esa situación carnavalesca las herramientas son peces que flotan aburridos, el resto de obreros, caballitos de mar y delfines de circo, y la obra en general los restos de una revolución perdida y aturdida.
Así, incluso el dueño de la casa, con un hálito de pesadilla continuo y reo de confusión, puede acompañar al caballo en su huida definitiva y pensar que el desfile contra el que amochan son gigantes o un ejército de incomprensibles esbirros provistos de radiales, calderetas y cemento, dispuestos a iniciar las obras en otras tantas casas por el mundo.

El mar avanza
No señora no, lo que no quedan son taburetes, respondió a la dama en mitad de ninguna parte.

Cantó el gallo
Ahora que vivo en una jaula puedo volar algo más lejos. Incluso dejarme llevar por el campo para que mi mente disfrute de un paseo solitario donde los pájaros más meditabundos no digan ni pío.
Pero en el campo las bromas transcurren como los días, sin enterarnos a no ser que alargues las antenas y olfatees el rastro de los sioux con la nariz puesta en el surco. De esa manera supe que una peluda usaba bigotes y le había arrancado las cebollas, apenas plantadas, sin lloros ni lamentos.
Las artes no conocen el progreso
Todo el mundo habla de los clásicos o resucita una obra de autor justo en el momento que doblan las campanas. Es la gran manera para estar de acuerdo. Como si no existiera otra fórmula de alcanzar al gran autor. Los cauces oficiales presentan el atajo perfecto, premeditado, valorado y estudiado. La selección y erudición ha de ser precisa como un bisturí.
Sin embargo, de vez en cuando alguien puede encontrarse con una obra o un autor disuelto en las prisas o entre las cenizas de la tarde. “Un sitio para soledad” es una novela de Antonio Pereira que encontré tirada en un lodazal. No conocía nada del autor, sólo aquella obra descosida y sucia de la que extraje algunas frases antes de apartar el libro de mí, no como si fuera un cáliz, sino un precioso manjar para tiempos más tranquilos:
“… Subía la escalera pina de madera y ni el corazón ni los pulmones dijeron nada, pero sí se le apagaba aquella cadencia de un mundo favorable y bien hecho. Un olor a verdura honrada le avivó la pena con que miraba las bombillas de los rellanos, encarceladas en camisas de alambre.”

Juan Uslé
Por suerte la voz está educada
Es el situarme en un intersticio, una brecha en donde no soy nada de lo que realmente creo ser. Esta situación hace que mis uñas descansen irremediablemente sobre los pellejos de vino que, sin dejar de gemir, sueltan el vino guardado dentro.

Ella no había querido molestar y en cambio comenzó a sufrir el castigo tan huracanado y sinsentido que me salía dentro. Fue cuestión de segundos. Había introducido el pie en una hoya de cieno fundido. Ese fue el detonante porque rápidamente me vi convertido en un profeta sin autoridad, algo desfasado y con una extraña pugna interior. No he venido a que me sirvan sino a servir y dar la vida, quise decir pero el viento taponó los oídos. Fue muy breve, ya lo he dicho, y aquello me dejó lisiado definitivamente en esa frontera, cojo, aferrado a la ira de Aquiles, tontamente, sin otra guerra en el horizonte que la tenida conmigo mismo.

Aquel lugar siempre me ha resultado difícil. Era el paraíso y el infierno en sus réplicas más puras. Allí la mirada siempre se conformó con el arrobamiento de los santos y ciertos sonidos que eran música celestial. Nunca supe qué responder ni moverme con la suficiente soltura imitando el vuelo de los pájaros o los movimientos de un gimnasta catalogado de mártir por la causa. Definitivamente todos los juegos que allí se practicaban huían de mí.

El caso es que aquel lugar no ha sido tan distinto a tantos otros, cárceles, jaulas, caminos asfaltados o pedregosos donde la piedra no era de audiencia, palacio o de una iglesia, sino aventurera tal como cantaba León Felipe. Siempre estaba la grieta donde me instalaba y que me permitía estar más cerca del otro lado. Un país diminuto y sin embargo neutral, donde el luto eran esos momentos que me sacaban fuera y emigraba con gestos, voces o en silencio a los países limítrofes. A la vuelta, siento como si hubiera caído en un anzuelo e, inservible, habría sido devuelto a aquel pozo donde en ocasiones mi alma es otra estrella.

Como curiosidad añadida he de decir que la chispa saltó cuando ante mis ojos estaba intentando aprehender la estructura básica de un informe de investigación etnográfica. Bajo el palio de la derrota y no me pregunten por qué había conseguido un rato de sol y sombra, resguardado de un viento tan molesto como provocador. La confección del informe consta de seis apartados: introducción, metodología, resultados, discusión, conclusión y bibliografía. Apenas había comenzado a leer el punto cuarto. P. Fischli y D. Weiss
Cuadros anteriores: Juan José Gómez Molina, en Galeria Metta.
www.galeria-metta.com
Es sobrio el color
Las truchas, como los caballos, no ven de frente.
Las truchas, igual que yo, no emigran.
El ánfora contenía un vino denso
Si me pusiera a cortar los hilos que forman la madeja de mis relaciones sociales y antisociales me quedaría como una marioneta olvidada, indemne a la sombra de una sombrilla, tal vez de maravilla.
La bohemia consistía un poco en eso, escribir o pintar, esculpir y labrar un porvenir alejado de las rumbas y el bienestar que dan unos prebostes iluminados sin misterio y con la santidad laica que imponen sus trajes a medida.
Pero hace mucho que dejamos de soñar con esas minucias y sin embargo festines de un ego que se creyó autónomo e irreverente. Hace mucho que la lengua se revistió de ácido por las mañanas al despertar y algunos días sirve de cuna o aeropuerto donde los sinsabores aterrizan sin previo permiso.
Los contactos que nos hacen disfrutar y padecer suelen anunciar muy claramente (aunque no lo queramos ver) el principio, el fin y el lugar donde la duda, de haberla, sitúa su bandera. Querer ser alguien que no sabe muy bien quien es en sí mismo, puede suponer atravesar con una lanza la línea de lo permitido y quebrar uno de esos contactos que son lo que todo el mundo debería saber que son, pequeñas muletas en tiempos de ocio y vacío relleno de espasmos. De seguir así por siempre jamás iniciaríamos un descenso pero también un ascenso a una irritante situación donde las ideas y pensamientos fluirían y arrastrarían todo lo que encontraran a su paso, juncos, palos y piedras conocidas y desconocidas. Esto nos encaminaría a una situación magnífica pero hipotética ya que las fuerzas y necesidades lo impiden en cada momento. Con estas maniobras orquestales llegaríamos a habitar otro lugar utópico, vecino de aquella bohemia con que nos vimos crecer y ya tan olvidada por inmadura o perecedera.

Tamara de Lempicka - Autoportrait (Tamara in the Green Bugatti), 1925
Importación, exportación
Vaciar las cervezas dentro del cuerpo para introducir el aliento del acorralamiento interior y exterior.
Exportar los restos, importar el zumo de cebada.
Luego, realizar una radiografía para confirmar la silueta que ha dejado el líquido elemento dentro de cada uno. Al trasluz se podrá ver el mapa de un extraño país donde las células siempre acaban mal.

El pez al agua
No sé qué imagen he dado esta mañana. No por nada, sólo por dar, para que nadie me eche en cara lo que ofrezco o guardo a una tierra que acogerá mis restos, cenizas, trozos o ínfulas de escritor siempre amarrado en el puerto de la duda.

Vivo sin mover un dedo, paseando por las mismas calles, siempre distintas de toda una vida, lo que tiene sus consecuencias adormecedoras. El dedo sigue ahí, vendado por el aire para confirmar la dirección del viento. A barlovento o a sotavento lo único que cambia de trayectoria es la punta de la nariz y, en ocasiones, la de los zapatos. Esta postura puede parecer algo simple, rígida o poco valorable en un mundo donde los flujos y corrientes soportan el sentido de los tiempos. No estoy navegando por el Mekong, bien es cierto, ni voy camino de las fuentes del Nilo. No soy un viajero típico que pernocta o divaga entre las ofertas y chollos sacados a flote en el ciberespacio, tan revuelto como un estómago en plena cogorza. Eso no impide acompañarme, dentro o fuera de la jaula, de una mochila, a veces un bolso despellejado donde lo único que no falta es un libro, un moleskine y un revólver cargado de poesía. Me aterra pensar que un ascensor se puede atascar y dejarme allí dentro, esperando el cadalso sin unas líneas que llevarme al gaznate. No puedo imaginarme en mitad de una cola enorme de viajeros esperando el autobús para marchar al otro extremo de la ciudad sin una línea o terrón de azúcar con que endulzar mi libido, una palabra-zanahoria que me salve de las entonaciones y salvajes groserías que se cruzan alrededor. Con estas perspectivas el viaje es a la inversa. Yo soy un extraño que el resto visita, un rinoceronte blanco entre blancos y lo mejor de todo es que en muchas ocasiones paso desapercibido. A pesar de mi aspecto he aprendido a moverme como una oruga en un terreno siempre húmedo y abonado por la literatura (quiero aprovechar y colocar una cuña ajena y no publicitaria: un escritor muerto es el más contemporáneo de nuestros contemporáneos), ajeno a las tribulaciones, tan intensas como insignificantes, con las que, lamentablemente, en ocasiones me cazan al vuelo y me estrellan contra la pared por haber incurrido, dicen, en alguna falta grave, un delito de lexa humanidad, etc. Lo curioso del caso en este transcurrir tan cotidiano es que mi figura, con el dedo que sigo humedeciendo para conocer la dirección del viento, también me sirve de antena para responder a saludos insospechados, fruto de ese tiempo y roce de los días. Ese gesto un tanto involuntario o hasta cierto punto emancipado de mi mismo se me imagina como un destello intermitente, una luz neón en el club del amor que paso a ser en cuerpo y alma. Fotografías, premios Pulitzer 2009
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La espuma de los días
Ser mediador, traductor de pocas palabras aunque en ocasiones esa labor me convierta en conductor de discursos sin aparente sentido ni carnet homologado, sin documentación que justifique los datos y detalles con que me apoyo en el momento, ni combustible etílico que me permita no oír las palabras vanas, propias y ajenas, y por supuesto sin gps que me informe de los meandros por los que avanzo hasta llegar a aclarar la explicación con total precisión o al menos mantener la calma entre lo que considero sinrazón.

Otras veces soy leñador reconvertido a ecologista pasivo, sin más acción que la de visualizar documentales de ballenas, árboles y ositos juguetones que se desperezan mientras su madre se lía con un lobo al que le sobran dos telediarios. Quiero decir que le quedan para acabar dentro de un congelador y el congelador dentro de la televisión que vemos todos. A veces no distingo cuando me expreso diciendo lo que falta y lo que sobra pues pienso que en ambos casos el contenido al que me refiero es una quimera igual, ciudad imposible de describir en la que, en idénticas condiciones, alguien nunca tiene bastante y su contrario siempre tiene algo para dar. Esto me hace caer en una cima de relativos conceptos nevados sobre los que sólo un buen sherpa podría atreverse a cagar encima sin sufrir problemas de respiración.

Ese leñador con ínfulas de fraile Tuc en el bosque de Sherwood ha dejado de escuchar los susurros que como gorjeos de pajaritos le llegaban hasta sus oídos. Ese fraile ha dejado de asentir frente a las confesiones de los convictos y sus plegarias de soledad porque no soporta cómo el bosque se pierde y ya no ocurre al revés, que nadie se pierde en el bosque. Son otros tiempos, las explicaciones que llegan parecen descender de un árbol partido por el rayo y las palabras, como las hojas de ese árbol, no transmiten la savia, el verdor ni el conocimiento de saber que estamos vivos aún. Pese a la vida, aún, pese a la muerte. 
...los biólogos lo han denominado síndrome de la nariz blanca
Vino, vidi, vinci y entre los tragos rostros que parecían saltar en el tiempo, bustos, cuadros y efigies sin ningún misterio.
Entre las brumas de los taninos un rostro que se quedó en nada y sin embargo en pie, brindaba por la camaradería que, me da por imaginar, encontró en los bajos de una mujer vaciada y mastectomizada. ¿Se dice así?
Creo que cuando le conocí ya no se hablaba del watergate, el volumen del Harvest de Neil Young era mucho más alto entonces y la guerra fría dentro de mi cuerpo era eso precisamente, fría. Aprovecho y tras este comentario instalo micrófonos y grabaciones en una memoria donde el pasado se mezcla confuso e inapetente. “(… I’ve been a miner for a Heart of Gold… And I’m getting old…- y me estoy haciendo viejo…-)
Tenía ojos de pez, carácter de espada y color terroso. Su pasión era la pesca y la condición, con la que se despachaba a gusto, le creaba una autosuficiencia abstracta inspirada en un inuit cazando focas sobre un casquete helado. Recuerdo que muy pronto me le imaginé un calco sin juicio ni otras ideas propias que las heredadas a través de la fusión entre un mamífero con plaza fija y un hongo asesino fijo en la plaza.
Debería remontarme al día que me creyó borracho y de una patada estampó mis simpatías contra un Mondrián que había bajo la barra. Sólo quería ser amable. Ahora, entre las brumas, le vi tal cual había sido siempre, un ente mayor, vacío y campeón de pesca con cucharilla y tenedor.
No muy lejos otro tipo repartía explicaciones sobre un mapa lleno de orografías y napias orondas, enrojecidas y a una pared pegadas. Ofrecía indulgencias y aristas amarradas a su corbata. Todo el mundo brindaba por unos tiempos de cólera.
Ciertos alambres que dan forma a mi jaula están hechos con ese tipo de formas y figuras. Las del sucedáneo de inuit y el charlatán barato, presente y pasado pluscuamperfecto de lo que nunca quise ser.
Like a hurricane.

Vino, vidi, vinci, Patxi López, en su discurso de elección como lehendakari, ha leído varias estrofas de los poemas, "Nada sucede dos veces", de Wiskawa Szymborska, y "Maiatza", de Kirmen Uribe.

Hay que tener una espalda bien fuerte y dejar que se ocupe del noventa por ciento del trabajo
No disponer de ninguna brújula que gobierne nuestros estados de ánimo puede resultar un problema. Más que nada por no estar sometidos a ningún otro elemento que el que conformamos nosotros mismos, ingobernables ácratas bajo el yelmo de Mambrino y el bálsamo de Fierabrás. Es así que intentamos revolver dentro de la mollera, intentando sacar para fuera las causas, justificaciones y otras aguas que puedan dar claridad a un río tan revuelto sin razones aparentes. Pero nada y todo.

Del pozo donde arrojo el caldero saco peces, sapos y culebras viejas que ya no muerden por pereza y demagogia. De allá dentro no salen más motivos que los que a veces supone el seguir estando vivo. Piezas de armaduras desgastadas, oxidadas, planos de caminos ocultos entre el follaje, cumbres vírgenes para mi humanidad y la santa paciencia en andas o sobre la alfombra no tan mágica que está al pie de la cama.

Hay personas que con menos motivos empezarían a jugar un partido de rugby, tenis o incluso un combate de boxeo. Algo, lo que sea con tal de lanzar lejos pelotas y golpes que se apegan morosos entre el pecho y la camisa. Pero uno no está para esos trotes, aunque disfruta pensando en que lo mejor sería ponerse en cuarentena de la que, en el mejor de los casos, no voy a escaparme. Me amarro a la tibieza de mi historia y veo al único cerdo de Afganistán aislado en su zoológico por culpa del espanto y el contagio. Esta es otra realidad preocupante para los habitantes y visitantes del lugar donde hasta hace poco más de diez años fue primera línea del frente.
La guerra no ha comenzado, yo también estoy en cuarentena y mi estado general tal vez sea contagioso.

La costumbre devora las obras
Una bruja no despega el ojo de la bola donde está mi mundo. A la vez que se entretiene dando pábulo a las dichas, redichas y desdichas que se ciernen bajo la geografía que abarca su mirada, tose y se quita las legañas como si fueran lo que se tira del caracol. Es entonces que oigo ruido en los tejados, en la calle, en la noche y sólo los gatos se transforman en danzantes mientras las ranas pues eso, croan su cantar de gesta.

Porque a mi lado un fraile se hermanaba con un antiguo compañero. Habían compartido esencias, gestos y restos de formación en colegios y ejércitos. El fraile había venido de vacaciones desde un lejano país. De camino había saludado y acompañado al farero de Suances mientras realizaba su jornada de mantenimiento entre los otros dos faros de la zona. En aquel paseo recordaron su juventud, amplia como un Misisipi del que como su descubridor, Hernando de Soto, también la vivieron con la duda de estar bien en un mar, bien en un estrecho entre dos océanos.
Frente a mí, la bruja que miraba el mundo, había colocado a una mujer pasada como un arroz aparente de cigalas, almejas y otros crustáceos que sabotearían al mismísimo arroz, sustancia central y empequeñecida por la flora y fauna de la paellera. Sólo se libraban de grilletes los pulgares de sus manos, puesto que el resto de dedos simulaban las garras de una pérfida garza abriéndose paso entre los restos de una lata de sardinas arrojada ¿dónde? Al estercolero. Es Borges quien dijo que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es. La cita podría catapultarme hacia algún tipo de trascendencia personal pero en estos momentos prefiero bajarme del andamio y, pie a tierra, continuar con mi descripción, eso sí, siguiendo los palabras de Borges. Bastó que el esposo de aquella rana colorida y festiva, toda envuelta entre oropeles y pinturas de fiesta, volcase un vaso de vino sobre su ajustado pantalón para que ella viviese su particular momento para los demás. No pudo disimular el enfado y el gesto caricaturesco asomándose tras el maquillaje porque la vid que quiso ser pronto se convirtió en sarmiento. Mañana me compro otro, terminó ajustando la provocación ante el disimulo del macabeo que no perdía comba junto al fraile, cura o peregrino de las estrellas, tal vez pater. Pater le llamaban. Estaba hablando a su confidente de erráticas penurias militares, cuando la bruja, sirviéndose de esa víctima matrimonial, derramó sus emulsiones sobre el pantalón de la bella en desuso. Caso extraño en un hombre de paz haber practicado la guerra y, más ajeno que nunca al vino derramado, como es menester, continuó estirando su anécdota. Le llamaban pater por su orientación, supongo, cuando un cabo furriel en plenas maniobras le hizo llamar. La voz del mando se hizo correr y así se presentó ante sus narices para encender unos lamentos similares a los que brotaban ahora de la mujer, porque una copa de vino tinto no se quita ni con otra de vino blanco. El cabo, sin entender lo que hacía él allí, puesto que se refería a otro pater dedicado a menesteres no tan frívolos como los que proponía su propia persona, le arrojó como si fuera otro sarmiento, bueno sólo para arder. La composición del lugar, como se puede leer, era un tanto peculiar y los personajes, todos ellos, obras de arte en movimiento, sedientas y hambrientas. Intercambiaban años, recuerdos y momentos como si fueran viñetas postmodernas, incluso a pesar del aire sepia con el que mis ojos no podían dejar de verlo todo. También había móviles, crímenes y frases suculentas desfilando entre mis cejas. El detective enano había dicho: la verdad es que no quería el trabajo, pero necesitaba la pasta. 25 ducados lo antes posible o me embargarían el sombrero. Y sin él, ¿qué iba a usar de despacho?... la historia tenía más agujeros que mis zapatos y olía igual de mal… y finalmente, siguiendo con Art Spiegelman, concluyeron las ideas en esta: “…La realidad no era un bonito lugar de visita, pero no había otro sitio adonde ir.” Abstraído en los infinitos efectos que una canción podría hacerme en el corazón quise volar pronto a mi jaula para olvidarme de que existo incluso y celebrar tantas posibilidades de futuro como latidos. No tuve que andar mucho para que el viento alzase ante mis ojos el titular de una hoja de periódico, como si fuera una bandera perdida de aquellos Siniestro Total “Hallan en Portugal los mayores fósiles de trilobites del planeta”. No conseguí sintonizar la canción completa, sólo las primeras estrofas: Ya no hay trilobites en el mar Me negué a mi mismo mientras, ya sentado y con los ojos cerrados, quise preguntarme por los momentos que un día podría elegir para llenar mi equipaje, horas antes de partir. Momentos que se llenarán con la familia, amistad, amor, tristeza, dolor, en paz y guerra siempre permanente. ¿Estarán entre ellos los de este fin de semana? ¿Quedará alguna astilla en veinte años? ¿Gestos, sonrisas y narices de zanahoria, sensaciones resucitadas bajo la presencia de esa bruja que acaricia la bolita y el mundo bajo su forma y semejanza? Fotografías de Li Wei




En Siberia no queda ni un mamut
Las ballenas desaparecerán
Así que, humano, ya sólo quedas tú.
Pueblos del mundo, extinguíos!
Dejad que continúe la evolución
Esterilizad a vuestro hijos
Juntos de la mano hacia la extinción.

Juntos y separados
Piezas de otros rompecabezas que encajan en éste.
Exponer al aire y a la luz los años polvorientos
Muy dentro saltan los elefantes rosas. Van camino del cementerio.
Si al menos con un fonendoscopio pudiera captar las sensaciones de misterio…
Como el crujido de un dólar verde
Mi filosofía congenia con una hiperrealidad deforme y conforme a la caricatura. Todo es caricatura y en especial el hombre, caricatura de sus sueños y anhelos frustrados. Considero que en realidad habitamos el espacio que hay dentro del espejo y por ello la mejor manera de reflejar y trascender en arte es descorchar una imaginación sobria e incluso nefasta con el propio ser humano, espantajo éste de la naturaleza, con ínfulas eternas de Napoleón o Belcebú de tres al cuarto.
Los sentimientos más crueles pintados con sangre, soledad e incomprensión siempre han seducido al hombre, espectador de un alter ego encomiable y sin embargo fatal. Búster Keaton fue el rey, pero hubo otros muchos antes y, por supuesto, otros tantos después.

Quevedo y Góngora son dos hispanos de tomo y lomo para estos menesteres. Hrabal un vástago de ese linaje que en el cine se desborda con Aki Kaurismaki o Roy Andersson.
Cuando nos vestimos con el traje de lo patético hecho a medida abordamos un misterio insondable sólo visible a través del espejo cóncavo o convexo.

Pero lo verdaderamente deforme es el funcionamiento de lo real y cotidiano. Ser denunciado por abofetear a un hijo o arrestado por encender un cigarrillo dentro de un local. La única respuesta ante estas normalizaciones que ha hecho el hombre de unos actos ínfimos e insignificantes es un elogio de esa otra cara que, curiosamente, se acerca más a la descripción de los sentimientos. Un golpe de estado, la subasta de un kilo de dinamita en una galería de arte o entregar un ramo de flores a una funcionaria mientras realiza la declaración de hacienda que, a cambio, amenazará con una mirada hosca y todo ello con la música de Bob Marley al fondo de la escena, puede resultar patético, sarcástico y deforme. Ese es el misterio resuelto. Incluso lo más deforme puede vivirse sin necesidad de trascendencias o imaginación alguna. Eso es vivir dentro del espejo, malo, muy malo bajo el cielo.

Imágenes de Bill Viola
El sitio de mi recreo
Ahora que aún sigo manteniendo las cenizas de mi cumpleaños con el calor de las celebraciones por venir, en la radio sintonizo el sitio de mi recreo. Una canción que enciende el sentimiento y las llamadas a la despedida. La silueta que andaba por las calles y escenarios se ha esfumado como quien fuma un cigarrillo y espera, sin saberlo, el tiempo que ya no volverá bajo el humo que sube al cielo.

Identificarse con algo o alguien es un hecho muy habitual que se desliga de toda directriz, ley o marca protocolaria escrita desde algún poder, tan extraño y sin embargo próximo. Para ello, para fundirse y expandirse en ese objeto, canción, novela o lugar no existe otra norma que la dirección del sentimiento y la reacción que se produce sin contar con ninguna razón aparente. Mi espíritu, ya lo he dicho, simulaba anemia, anorexia, bulimia y otros menesteres que me han sido enviados por los Dioses para constatar el herrado y marcado con el que el tiempo da de paso a los que vamos y venimos en el vagón de los años. Por ello los títulos con los que Antonio Vega desfila me saludan cercanos y lejanos. Sé que la orfandad sentida y dejada en los demás se fragua en esa figura triste y solitaria, de Quijote sobre un escenario platicando al mundo hispano con versos frágiles y bellos. Las formas que dieron vida a nuestro misterioso espíritu van desapareciendo dejándonos ciertos perfumes para siempre en el ojal. Luego vendrán otras fragancias o tal vez no porque la época que nos acompaña también se despide sin pedirnos permiso alguno. Vamos completando ese cementerio de pérdidas muy nuestras y particulares y a la vez componemos nuestro universo bajo los muros de la piel. El artista busca su estilo y el profano un camino sin artilugios ni trascendencias, sencillamente sobre un lienzo que es el rostro frente al espejo. Hoy he tropezado también con Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, figura que no me despertaba demasiadas pasiones aunque sí su metáfora del fracaso cotidiano y la situación de impar eterno en el juego de la vida. Sus escarceos y bochornos no le impedían comenzar una nueva aventura leyendo el periódico en el sillón como si tal cosa, alabando a su dilecto jefazo, tumbado a la bartola o acompañando a su Curruquita y Mamuchi ante un ambicionado mundo de falsos laureles y alta burguesía. Ahora he descubierto que en una de sus aventuras aparecidas en el Pulgarcito extra de verano del año 1970 aparece la palabra usuario. En la primera viñeta que abarca el ancho del folio se encuentran Curruquita, Mamuchi y Rigoberto frente a un castillo donde, junto a la puerta, yace un cartel de se alquila. Detrás de nuestros protagonistas se encuentra un árbol siniestro, esquelético y sin ramas ni hojas. El bocadillo donde Curruquita se expresa en primer lugar dice así: ¡Cuando las de Alcornóquez se enteren de que mi prometido es “usuario” de un soberbio “castillo”, van a quedar moradas de envidia! Como se puede adivinar las expectativas paso a paso se verán frustradas entre los monstruos y el derrumbe final del edificio. Finalmente no mueren de milagro y un anuncio en la Monda en la penúltima viñeta explica: Han sido detenidos unos bribones que agrupados bajo el nombre de “Inmobiliaria el Tarugo”, alquilaron a un tal Rigoberto Picaporte un castillo en trance de demolición. Se ruega a la víctima que pase por bla… bla… bla… La palabra usuario, tan repetida y normalizada en estos días, no es de mi mundo sino del de Curruquita trasplantado a un falso bienestar. Se me ocurren muchos títulos de álbumes y canciones para terminar y enlazar estas no sé si llamarlas reflexiones. Lo dejo al gusto del… consumidor. Fotografias de Malick Sidibe




La jaula en penumbra está fresca
Escuchar a un poeta recitar sus versos siempre es un placer que puede terminar en tragedia. No por nada sino por dejarnos mecer en sus manos, unas veces trágicas otras misteriosas. Aún así no es una mala manera de terminar la jornada.
Joaquín Benito de Lucas nos ha traído sus coordenadas sin ningún pudor, verso a verso ha invocado y ofrecido su infancia frente al micrófono, sorteando avatares y callosidades en unas maniobras que fueron dejando restos y rotos tras los tajos que iban dejando las palabras. Una y otra vez ha fundamentado su existencia, prosaica y poética, en la infancia, patria o paraíso de todo aquel que alguna tuvo o incluso aún tiene cierto futuro.
Tras el recital he intentado explicarme dejando claro que aunque todo está en la infancia no podemos recurrir a ella como una constante y refugio de la cruda realidad. Me han quedado las palabras como objetos formando presa ante un hermoso río y un paisaje que por derecho debiera correr como la sangre en el interior de cada ser.
Una y otra vez la infancia es la que construye los versos y eso no lo voy a negar pero de igual manera tampoco cerraré los ojos al resto que no soy yo.

Sentarse en la terraza de un hotel del Cario, frente al Nilo y recordar el río de la infancia, al padre que fue pescador y la vida que de igual forma arrastró la corriente no me parece tan extraño. La sucesión de pensamientos y recuerdos son peces que discurren y saltan a la superficie sin otro cebo que el de un momento de reflexión, dolor o soledad. Nada me parece más natural y sencillo. Es una manera de estar y sentir el paso del tiempo y de la existencia, elucubrar sobre lo pudo ser y lo que fue también, todo ello envuelto entre una irrealidad que es el recuerdo y la memoria. Mi sedentarismo extremo me ayuda en estas prácticas consustanciales que sudo y orino, ya lo he dicho, de manera muy natural.
La infancia, cuando es buena o normal, me han replicado, deja un cierto perfume y eso, con el paso de los años, se nota.

Las cuestiones poéticas poco tienen que ver con la monja, ora pro nobis, que llamó a mi puerta. Fue esta mañana y de inmediato me la imaginé como un testigo de Jehová divorciado, vendiéndome sus postres caseros a cambio de mi salvación.
Veo a las monjas con sus hábitos y de igual forma se me traducen unos cuerpos blancos, redondos y crujientes como el pan reciente. Según hablan no puedo dejar de realizar una traducción simultánea en un latín estrambótico y absurdo que termina en un cartel donde se puede leer: rosquilla de monja, cojón de Santo. Con esta fórmula se hace referencia a la deuda que se adquiere cuando una religiosa ofrece semejante presente. La rosquilla, sin lugar a dudas, se pagará a cojón, pero a cojón de Santo. Y todas estas cosas se me figuran mientras hablan por lo que es muy complicado seguirlas en la conversación.

UN DEDO COMO PLUMA
A Antonio Quilis en su muerte
Como el que mira triste las palmas de sus manos,
las rayas de las palmas de sus manos, los ríos
de esos pequeños mapas de carne sin orillas
y ve desconsolado cómo no desembocan.
Como el que cuenta uno por uno, muy despacio,
los dedos que abanderan a los brazos desnudos
y comprueba que faltan de cada mano dos:
el pulgar y el meñique de sus padres y hermanos.
Así yo, en esta tarde, miro con gran tristeza
cómo la raya oculta de tu vida se ha roto
y cómo de mi mano derecha sólo queda
un dedo, el que esto escribe, que te nombra y señala.
Un dedo como flecha rota a tus pies caído.
un dedo como pluma para escribir tu nombre,
un dedo que quisiera devolverte a la vida,
que se viste de luto, lee en tus libros y llora.
Joaquín Benito de Lucas
Quicio
Palabra para una colección. De la RAE:
quicio.
m. Parte de las puertas o ventanas en que entra el espigón del quicial, y en que se mueve y gira.
fuera de. loc. adv. Fuera del orden o estado regular.
sacar de algo. fr. Violentarlo o sacarlo de su natural curso o estado.
sacar de a alguien. fr. Exasperarle, hacerle perder el tino.
salir de su , o de sus, algo. frs. Exceder el orden o curso natural y arreglado.
Hay que adorar el tiempo
Acabo exhausto en la jaula. El día, sin dar para mucho, me ofrece pétalos y espinas que recojo sin necesidad de alargar ninguna mano. Me vienen como lluvia y viento a la cara pero no son salivazos.
Mientras despedía a unos pajaritos que estuvieron relejándose con la paz que da la nada, sus desiertos sin clemencia y el ruido de las aves agoreras que anuncian el final de las vacaciones, realicé algunas acrobacias en el aire, las justas para dibujar el mapa del Mato Grosso y continuar con el resto de los estados de Brasil (veintiséis y un distrito federal). Mi cicerone perverso hablaba como un viejo ladrón de bancos, un clásico de la escapada que huye de sí mismo.
Algo de Bossa nova no me vendría mal para culminar la tarde. Podría mover las piernas sin tener que lanzarlas hacia los autos locos que sortean obras, baches y obreros divertidos, embreados y emplumados con las horas. Mi espíritu tiene arrebatos de locura que yo llamo libertad. Por eso lo de las patadas, sujetas a mi cintura en el último momento para el susto de los conductores y por eso también lo del baile, circunscrito a mis huesos y a ese vuelo lindo por la geografía tropical.

El pájaro y su joven compañera han disfrutado en este lugar del mundo. Los edificios, calles y maneras que a veces tanto nos cansan han significado un oasis en sus vidas. Sin ser este viaje el de novios muy bien podría ser uno previo, nada oficial y por tanto envuelto en mayor libertad y entusiasmo. La libertad de dirigir el rumbo sin esas etiquetas carnavalescas que con sus ofertas para parejas de recién casados anuncian, en muchas ocasiones, el principio del fin. ¿Sería descabellado que en ese tipo de trances volarán un día hacia Brasil? Debo aclarar que ellos ni vieron ni oyeron las resonancias que la samba fue dejando en nuestro encuentro.

El ladrón de trenes reciclado en uno de bancos, el pájaro que muestra su pasado y presente a la dama sin pelos en las plumas y yo, ahora que tengo la certeza de que muchas verdades históricas pueden no haber ocurrido nunca. Juntos alrededor del sueño, invocando las sombras y con la ciudad descansando de sus obras, malas y buenas.
Hay personas que no son de ninguna parte. Nacieron en un lugar pero pronto marcharon a otro donde las razones, aunque comunes, siempre fueron diferentes. Adquieren incluso un lenguaje extraño con modos y maneras que les identifica en ese espacio fronterizo marcado por documentaciones que informan de una doble o triple nacionalidad. Apátridas en el mejor de los casos e inmigrantes de sí mismos experimentan verdades mejor que nadie dentro de su yo, aunque probablemente nunca sucedieran.
Fotografías de Juan de Sande
El secreto y la simiente son lo mismo
Envidio a los que viven haciendo planes para el regocijo de sí mismos. Les envidio cuando sé que en verdad despliegan sus efectos en un corto o medio plazo. Sus previsiones pueden incluso acercarles a la isla de Nias antes de los tsunamis. Luego nunca dirán donde realmente estuvieron ni contarán las olas o surfistas que inspiraron sus poemas a la sombra de una palmera. Y diseñarán ese futuro como quien prepara una maleta para alcanzar la otra orilla del río, con unos grados más de nerviosismo pero no muchos más del que va a correr una nueva maratón. Aquí no se trata de hacer tiempos sino de terminar la carrera y respirar fatigado con la cabeza encima de una de esas olas, con el cuerpo hecho una tabla vieja y húmeda, sin aspirar a nada más que dejar libre el alma convertida en un caníbal de experiencias.
Envidio a los poetas que escriben sobre cazadores de ballenas ocultos en las playas de Papúa Nueva Guinea. A esos peregrinos que, perdidos en un hospital extraño, encuentran un donante apátrida de corazón y, dejados a su merced, son conducidos a través de la confusión hasta alcanzar el éxtasis de salvación.
Les envidio pero no por poder vivir con esa intensidad su tiempo sino porque tras esas experiencias, a donde bajaron a pulmón abierto, germinarán otras más eternas y verdaderas, puede que proféticas y visionarias, nacidas de la reflexión y la condición humana que habrán alcanzado.
Anatomía de una ola (Antonio Vega)
Hoy he de navegar y descubrir
el sabor a sal del mar,
en la cresta de qué ola dejé mi silla de montar
Al abrigo de una piel curtida,
arropado por la experiencia de una vida
como aquel palillo que flotara
en un inmenso océano que alguna vez lo maltratara,
que nunca hundiera ni guiara
Anatomía de una ola
Anatomía de una ola...
Línea fronteriza
entre dos escenas
Dos formas de vida,
la propia y la ajena
Una misma ola
rompe en dos orillas
La alumbrada por sí sola,
la alumbrada por bombillas
Anatomía de una ola
Anatomía de una ola...
Hoy he de navegar y descubrir
el sabor a sal del mar,
en la cresta de qué ola dejé mi silla de montar
Al abrigo de una piel curtida,
arropado por la experiencia de una vida
como aquel palillo que flotara
en un inmenso océano que alguna vez lo maltratara,
que nunca hundiera ni guiara...
Quienes pasan mucho tiempo solos terminan teniendo un oído muy fino
Entre líneas he soñado que me marchaba hacia el sur. En un territorio parecido a lo que mi imaginación ilustra con mezquitas y un sol de justicia conocía a una mujer de ojos amplios y rasgados. Aquello era un amor a primera vista. Su familia, de las más ricas y cultas del lugar, me abría su biblioteca, el harén y una sabiduría fresca y pura. Desde mi llegada quise olvidarme del lugar a donde pertenecía, sus huertos y ese color amarillo que sitúa a Castilla en un ancho mar de cosechas y cerrazón. Cambiaba las llanuras extensas de Castilla por los amplios desiertos del Sáhara. Sin saber cómo ni por qué comenzaba a escribir en periódicos. Mis descripciones, poéticas y sociales no me traían ningún problema, al contrario, mostraban una libertad y amplitud de horizontes que pronto hicieron de mi figura la de un sabio y respetado viajero venido de extrañas tierras. Mi prosa era reconocida por nómadas y sedentarios ciudadanos que no entendían de antihéroes u otros ilusionistas que los nacidos en ciertas familias herederas de embrujos y misterios por línea directa. No me costaba nada elucubrar sobre el desencanto que brotaba en cada esquina de mi antigua realidad, toda ella edulcorada por las prisas y rutinas que erigían cuerpos llenos de vacío y ansiedad.
Pero también hablaba de poesía, recitales y confidencias a la sombra de un café. Cualquier cosa que se refiriese a mi espíritu y cuerpo, a los aniversarios que me sucedieron y ante todo a nada que tuviese que ver con la historia, sus eventos y cronologías que han marcado y marcan el mundo. Sus fechas siempre estuvieron fuera de mi y como prueba están los suspensos que atesoro en historia.

Tras las entrelíneas soñadas me acojo a lo dicho por Martin Amis en Granada hace unos días, algo que recoge J.J. Armas Marcelo en el ABC del sábado:
De la llamada sociedad multicultural, término y concepto manejados por la mayoría analfabeta y majadera como si fueran la panacea del presente y el futuro (cuando es un estado del pasado), Amis dice que es un fracaso. Y el batiburrillo ideológico que inunda el mundo cultural se rasga las vestiduras y llora como un Jeremías.
Quienes militamos en la ideología del mestizaje (todo lo contrario de las tesis fascistas de la pureza de sangre), sabemos que el multiculturalismo es un fraude que llama al gueto, a la intolerancia y a la frontera. Eso fue los Balcanes en una de sus variantes: el multietnicismo. Lo que buscaban los negros de Martin Luther King era el futuro: todos los ciudadanos son iguales, en derechos y deberes, ante la misma ley. Eso no es el multiculturalismo, sino su contrario: el integracionismo.
Una vuelta de tuerca más. El salto mortal que nos deja distantes de la masa en mil kilómetros. El razonamiento tiene estas cosas.

Sólo nos podemos salvar acercándonos a la naturaleza. Este no es un pensamiento sino una sensación que cada vez palpita más fuerte dentro de mí.
Aproximarnos a ella significa volver a un lenguaje simbólico y semántico prácticamente desaparecido. Una simpleza que también sorprende por la sabiduría, culmen y resúmen de las enciclopedias que nunca leeremos.

Si iniciamos el camino a lo sumo situaremos nuestro espíritu entre dos aguas, un lugar acuchillado por los nativos y sus pesares en alianza con las estaciones del año. Desde allí verán tras las sombras y los pasos dejados en calma, toda la desconfianza y el egoísmo que dan los años y el olvido del mundo. Si alguien inicia ese camino de regreso hacia ellos, pensarán, será por algo y, por tanto, medirán las fuerzas en un lenguaje arcano de donde saldremos dolientes y enfermos de ira. Esos pobladores, sus pensamientos y artilugios con los que se ganan la vida, forman parte de un museo donde en algunas ocasiones viven expuestos para nosotros como habitantes de una nueva Syldavia, República Popular de Borduria, San Teodoro, Khemed o el puerto de Vagar, lugares enteramente imaginarios en la obra de Tintín.

De allí he traído otra verdad, la de una mujer ya desaparecida que dejaba dicho algo muy simple de ver y razonar: Aquel que me limpie el trasero, será mi heredero. Sus palabras han quedado grabadas en la piedra y la mente de sus vecinos, rescoldos de ese pasado antiguo y natural que digo. Esa sentencia me trae a la cabeza el inicio de un poema de Olvido García Valdés, en su libro “Caza nocturna”: Sólo lo que hagas y digas eres, incierto lo que piensas, invisible lo que sientes dentro de ti. ¿Qué significa dentro de ti? Nada eres si, como dicen, no es intersubjetivamente comprobado (al menos comprobable). Juan de la Cruz no es más que unos poemas, Emily Dickinson, Edgar Allan Poe, sólo palabras… Traída aquí la poeta con sus versos, polilla que delante de mi revolotea, y sin ubicarme en ninguna naturaleza ni ciudad me dejo arrastrar por otro poema que durante el fin de semana he leído en varias ocasiones y diferentes lugares, como poniéndolo y poniéndome a prueba. Bajo el ruido de los coches y el de los pájaros he obtenido la misma respuesta. Se trata de “La caída de Ícaro”: Los atardeceres se suceden, hace frío y las casas de adobe en las afueras se reflejan sobre charcos quietos. Tierra removida. Cézanne elevó la nature morte a una altura en que las cosas exteriormente muertas cobran vida, dice Kandisky. Vida es emoción. Pero quedará de vosotros lo que ha quedado de los hombres que vivieron antes, previene Lucrecia. Es poco: polvo, alguna imagen tópica y restos de edificios. El alma muere con el cuerpo. El alma es el cuerpo. O tres fotografías Quedan, si alguien muere. También un gesto inexplicable, díscolo para los ojos, desafío, erizado. Cuerpo es lo otro. Irreconocible. Dolor. Sólo cuerpo. Cuerpo es no yo. No yo. Lo quieto de las cosas en el atardecer. La quietud, por ejemplo, de los edificios. El ensombrecimiento mudo y apagado. Como ojos, dos piedras azules me miran desde un anillo. Los anillos cuidadosamente extraídos al final. Como aquel de azabache y plata o este otro de un pálido, pálido rosa. Rostros y luces nítidamente se reflejan en él. En la noche corro por un campo que desciende, corro entre arbustos y choco con algo vivo que trata de ovillarse, de encogerse. Es un niño pequeño, le pregunto quien es y contesta que nadie. Esta respiración honda y este nudo en la pelvis que se deshace y fluye. Esto soy yo y al mismo tiempo dolor en la nuca y en los ojos. Terminada la juventud, se está a merced del miedo… Fotografías de Anthony Goicolea

Falso exterior que es un verdadero exterior
- No creo estar a la altura de sus expectativas – le dije-. Debo devolverle el contrato.
El director guiñó entonces los ojos, como saliendo de su letargo de mapache y me miró en silencio por unos instantes. Luego comenzó a reírse.
- ¡Lo que le he descrito es únicamente un ideal! Sé que no será capaz de alcanzarlo, aunque se lo proponga. No debe preocuparse.
“Botchan” Natsume Soseki

Ali Hassan Kuban
De las fiestas
Las diputaciones y municipios se esmeran para llenar de gente unos pueblos desiertos. Así, se inventan ferias y fiestas, se expanden con recuerdos de cartón piedra y llamadas a la barbarie.
En oposición a esta propuesta poco lírico y festiva deberían enjaular a los pocos o muchos turistas, bárbaros y domingueros por excelencia que se acercan para consumir el tiempo y contaminar con la mirada lo que no entienden.
En un futuro de ficción los urbanitas deberían poder trasladarse en máquinas del tiempo, de un parque temático a otro y sin otros contactos que el que su frívola capacidad por digitalizar el mundo les permita.

Disfrazado con nombres falsos
Poco a poco, según ha ido cayendo la tarde y con ella los restos desorbitados de una paciencia maltrecha, me he dejado estar como uno de esos mastines que, impotente ante la manada de lobos, abandona el rebaño y la reputación que su tamaño e historia le ha dado.

No quiero escribir de perros aunque el humor viva atado de tal manera a mi agotamiento. He visitado la desesperación de los otros y el aullido contenido hinchando las venas de las manos. A veces siento las venas que recorren mi cerebro en ese estado. El dedo de un pistolero puesto sobre alguna de ellas podría causarme el mismo daño que si me disparara.
Luego he visto a un conocido en silla de ruedas. Parecía sonreír en la ceremonia de su degradación. Los escalones también están para bajarlos. En el rellano oí hablar de la espera.

Entonces los heraldos con trajes episcopales descorrieron las cortinas. Allí estaban, rimando con su presencia la prosa de cada mañana. Venían con prisas y a completar cierta información para la que habían sido entrenados. Debían decidir. Las categorías, variables y resultados estaban perfectamente definidos. La documentación, previamente ordenada y archivada, probaría la eficiencia. No importaba nada más, las anomalías y circunstancias adversas que un día acontecieron también se habían convertido en papel. Todo lo que no estuviese allí, había dejado de existir. Alguien podría decir que nunca hubo otra realidad que la cuantificada en esos papeles.
Mientras tanto y aunque se vista de seda, mi figura de viejo mastín apenas ladra a las arañas que cuelgan del estómago.
“Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa.”
Antonio Machado

Federico Herrero
Metamorfosis de las metamorfosis
Uno. Aclimatarse al continente ridículo que es uno mismo. Con su hábitat y desesperantes conclusiones que remueven, cual fallas y placas tectónicas, ese charco donde saltan neuronas como si fuesen ranas y navegan barquitos de papel con sus números y letras recicladas.

Dos. Determinados temas o cuestiones son imposibles de tratar con ciertas personas por el mero hecho de parecer construcciones llegadas desde planetas extraños y que no tienen explicación posible. No hablo de intimidades, soliloquios o dilemas que a lo sumo podrían llegar a las costas de los más íntimos en el mejor de los casos. No me refiero a excentricidades, paradojas psicoanalíticas o desviaciones propias que anteceden el Apocalipsis en el que uno pueda llegar a vivir o sobrevivir.
Es algo más sencillo y que se corresponde con sutilezas etéreas, artísticas o bellezas que se alzan por encima de la basura y rutina con la que a uno le intentan ahogar en cada ventanilla o parada de autobús.

Hay personas con las que será imposible intercambiar una opinión sobre una novela de Simenon, por ejemplo el hombre de Londres, un cuadro cualquiera de Goya o un verso cogido a alfilerazos dentro de un cartel publicitario admitido por el uso y la ética del engaño.

Sin embargo estas personas no se cansaran de ensanchar superficies cuadriculadas con sus ideas o bochornos, siempre los mismos apoyándose en la pared de un callejón sin salida. Cualquier nimiedad o conclusión ya evidente sobre la que vuelven es un nuevo cero, un rectángulo en su mirada que produce efectos muy sospechados sobre la corteza de la piel.

El problema no es ese sino la ausencia de diversidad en ese mundo suyo donde las hienas que le habitan, al despertarse, se alimentan una y otra vez con los aconteceres, más o menos nimios, más o menos tristes y aburridos. Siempre los mismos, siempre primavera o verano, otoño o invierno.

Los cuadros son de Malevich, creador del suprematismo.
Referencia pictórica para mirar hacia los abismos o incluso más allá.
Del sueño recupero halcones bondadosos
Descorro la cortina que oculta una placa conmemorativa donde se puede leer lo siguiente:
Acabar sólo entre delirios, ropas holgadas y miradas huidizas que escrutan el rostro con la intención de incluirle en un lienzo tan abstracto como pensamientos flagrantes y antipersonas. Decir pensamientos tal vez sea mucho decir ya que se juntan improperios, desconsuelos y versos tan rotos como esa vida que exhala y colea ventosidades, traducidas en últimas palabras para los extraños que comparten habitación. ¿Cómo ha llegado allí? ¿Es el último superviviente de algún lugar abandonado?
En el otro lado miles de personas despiden en procesión a un famoso poeta. Se leen emotivas cartas de despedida y se escucha la palabra orfandad.
En la balanza se sopesan los dos estados. Ahora el loco tiene más de poeta que el mismo poeta camino del cementerio. Las sombras disfrazan con sahumerio los versos apocalípticos del enfermo.

Entre medias las palabras se han vulgarizado al extremo gracias al acuerdo firmado entre la mayor productora y exportadora de ideas plagiadas y una libertad basada en la ley del mínimo esfuerzo y un derecho tan devaluado como la moral.

Hoy he intercambiado palabras con desconocidos y vecinos que se acercaron hasta mi jaula obligados por el destino aciago. Desde mi trapecio es fácil mostrar un compromiso hacia la esperanza, comprender y ejercer de prudente con ciertos planos y rincones bien aprendidos. Ahí, en mi jaula, las palabras pueden sonar con cierto respeto e incluso conseguir nada pero con la sana intención de mostrar el camino de la paciencia. Al final todo se reduce a lo esencial, vida, muerte, amor y una paz interior en el mismo vagón suprematista que enfoca el arte sólo y exclusivamente desde triángulos, cuadrados, cruces y círculos. Puede que mi calidez y ánimo se puedan pintar un día con negros, blancos, rojos, amarillos y azules o tal vez, los que me sustituyan, experimenten sobre mis huellas esos colores. Todas los cuadros, de Sean Scully
Vamos cayendo como moscas
No es muy raro tropezarse con alguna persona de renombre a lo largo de la vida. Incluso a mí me ha pasado en los lavabos de una comisaría o entre las ruinas de un edificio que sin necesidad de mucho viento ha volado muy alto gracias a una explosión de gas. Y debo decir que los dos egos, los de las estrellas y el del satélite que esto escribe, congeniaron perfectamente, gemelos abrazados por las circunstancias y la época vivida. Sus guiños fueron correspondidos por los míos con una naturalidad asombrosa. Sus comentarios, monosílabos y lugares comunes encontraron en mi boca el eco desolado del que sabe que en realidad no sabe nada. Y al fondo, muy al fondo podía observar a un escribano con mi rostro, sentado frente a una mesa y escribiendo para un periódico lo ocurrido en aquellos encuentros. Lo narraba con una cercanía propia de tiernas emociones compartidas en el espacio sideral. Estaba como ido en aquellas tesituras, inspirado tal vez bajo la influencia de sirenas misteriosas.
Bullir del río en la crecida
Sentirse cola de león o cabeza de ratón suele ser una tesitura bastarda que en muchos casos consuela y en otros redime la pena por no saber a ciencia cierta donde radica la frontera de lo posible y lo imposible.
No obstante, las alternativas a estas situaciones radicales que sitúan al ser en el cuerpo del mismo animal a lo largo de la vida son tan falsas como un euro con dos caras. Es más, puede que ese rabo o cabeza no sean sino prótesis colocadas en un mal sueño y que en realidad el animal que responde a nuestro nombre, por tanto, haya sido extraído de alguna fauna mitológica compuesta de mitades difuntas e incompletas.
Lo normal a lo largo de la vida es mutarse en casi todo menos en persona. Sentirse araña o rata que no paga, monstruo introvertido o despistada musaraña que peca por su pasividad colgada de un hilo.
En ocasiones un animalito que vive dentro despliega sus alas y ayuda a volar tan alto que te olvidas de existir con apenas una raja de limón dentro del vaso. Otras veces, el despiste se despereza y finge ser león agazapado tras la cola de ratón. A uno y otro lado las moscas son abanicadas con esa colita que simula pereza y suciedad por no haber sabido actuar a tiempo, pese al calor, pese al dolor de sentirse más víctima que los demás.

Ai Weiwei "Water melon"
Lo material del tiempo es el movimiento
Fulanita mete mucho dinero, oigo decir. O sea, emplea su tiempo de una manera rentable y, por tanto, eso me hace sospechar de su alimentación y vocación existencial. Hay gente honrada, vive el cielo, que se sacrifica incluso por el lujo de cambiar la morada o poder decir un lunes que estuvo donde Cristo dio las tres voces. Hay gente honrada que mete, pese a los tiempos, mucho dinero en un hogar limpio de polvo y paja. Y se ganan la gloria de los años, las cimas de su tiempo, con las cosas muy claras. Tanto como algunas mañanas pesadas que cercenan y aprisionan la más mínima voluntad de lo que puedo llegar a ser.
VUELVO A MI SITIO
Vuelvo a mi sitio. Es este sitio donde
mi reposo su fábrica levanta;
aire azul por paredes, y por piso
transparente el fulgor manso del agua.
En este sitio soy como un margen
al curso que la besa abandonada;
me respiro en el aire que respiro
y confío mi pulso a este del agua.
Mi eternidad se acerca en mi latido
y deja mi figura paso al alma.
¡Tanto me pierdo aquí que, de perdido,
si algo encuentro de mí, es aire y agua!
Francisco Pino

Ai Weiwei "Template"
Un sueño subterráneo nos recorre
Desde el viernes pasado la imagen de unas hienas paseando por el interior de uno mismo no ha dejado de acompañarme en el caminar normal, yendo así de un submundo subterráneo y subsahariano a este más real e inquietante. Me paraba ante un semáforo y las veía paseando lenta y díscolamente, como restos de un ejército desordenado y superviviente que huye o tal vez avance hacia el frente. Esta situación de calma aparente se podía transformar con cualquier sobresalto en una caída libre de angustia sin motor ni alas con las que solventar el salto a último hora. Todo por el hecho de haber pisado la patita de una de esas hienas o simplemente no haber cedido el paso en un cruce de caminos disuelto en mitad de la llanura. Nunca lo querré saber.

En el otro extremo de ese sueño vivo iba caminando junto a un explorador, otro superviviente que buscaba las fuentes del Nilo o el sentido de su vida y el de toda la humanidad. Acabamos el día en un oasis fantasmagórico, con apenas vegetación y un charco donde flotaba la palabra danger en la superficie. No supe ofrecerme ni corresponderle dejando el sitio de sombra ni una taza donde volcar las últimas gotas de aguardiente. Él, en cambio, murió en aquel lugar sin perder la compostura, ebrio de caballerosidad y compostura hasta el último suspiro. A veces envidio a los personajes de mis sueños, aunque no les entienda. LOS OTROS OJOS Mirar, pero no ver, Colocar otros ojos, Quizá los de aquel niño Que viejísimo mira. Unos ojos perdidos y hallados a diario ciegos como ese río que viejísimo mira. Mira es eso mismo, un dolor, quizá un agua que no ve y que, reciente, qué viejísima mira. Francisco Pino Imágenes de cuadros de Sorolla

Letra que con sangre entra detenida
Es cierto que hay mitos, símbolos y leyendas que, lejos de representar la verdad compleja e inabarcable, lo único que hacen es falsificarla más aún, dejando a psicólogos y antropólogos las interpretaciones más audaces.
En ocasiones y antes de que se desprenda del tiempo de su nacimiento, el símbolo elegido deforma con un nuevo significado la época que le parió y, por circunstancias que no se nos escapan, oculta todo lo que de verdadero pudo ocurrir realmente en el momento de su creación.
El autor del símbolo, pongamos que la canción “La chica de ayer”, no es culpable de ello sino víctima de una imagen interesada y vendible.
La fabricación de lo artificioso, triste y solitario y los efectos que ha causado la canción actúan en el imaginario y la memoria de cada uno representando una época social, cultural, política y personal que nunca fue de nadie en particular aunque según nos dicen, sí de todos en general. La movida no fue nada parecido a “La chica de ayer” y muchas otras canciones representarían mejor, de haberlo, su espíritu, ese invento que deja atrás otros momentos de la historia mucho más radicales y revolucionarios en tiempos recientes (¿Alguien ha visto El pico uno y dos?)
La canción, nadie lo duda, puede formar parte de la banda sonara de cada uno o colocarse entre las que den más enjundia a una buena antología del pop español.
Jesús Lillo lo explica en su estupendo artículo aparecido ayer en el cultural del abc, sábado 23 de Mayo.

Ai Weiwei
Sonoridades incisivas
Cada vez más necesito un viento medianamente fresco azotándome la cabeza. Es un tratamiento que aliviará el pequeño mal consistente en querer vivir bien. Supongo que el viento siempre ha soplado con la misma fuerza y, desde que soy consciente, en el mismo rostro. Pero ahora la piel que se va haciendo de elefante no deja sentir su frescor con la misma intensidad. Digo ochenta veces que no voy a leer ni oír noticias de actualidad para desconectarme de una artificiosa realidad abominante y sin embargo ojeo papeles, periódicos y titulares que erosionan un estado ya lacerante y a veces creo que maldito conmigo mismo.
Los titulares suelen ahondar en el tópico, enseñándose contra el ciudadano, institución o sociedad que bajo una etiqueta única camufla lo heterogéneo que hay dentro. Confunden, dirigen y juzgan sin necesidad de banquillo, para que el lector apruebe o desaprueba la medida con la que se reviste ese victimismo y esa certeza absoluta con la que comulgamos todos porque realmente todo marcha mal y nada funciona bien.
Conozco a personas que nunca leen un periódico y que de los telediarios sólo están atentos, en la peor de las siestas, al parte meteorológico. No son intelectuales aunque sus actos y hábitos pudieran parecerlo. Tienen al hombre como un sujeto más de la huerta que nace, crece, se reproduce y muere, desconociendo lo que nos traerán los bárbaros o lo que ya nos han metido entre las propias narices.

Los cojones son dos, como las campanas robadas hace escasos días (creo que el 19 de Mayo) en la ermita de Santa María de Mediavilla, en la localidad de Abastas. Pocos días después dos guardias civiles encontraron las campanas exactamente en el kilómetro 6 de la CL-613, en el término municipal de Villaumbrales. Antes de comunicar a los superiores la aparición de los cuerpos del delito se desabrocharon y construyeron dos arcadas románicas con su orín, marca de la casa y del territorio cubierto por arbustos, próximos al arroyo. Arquitecturas de Bjarke Ingels

Oso enfurecido
Cada cual ha de encontrar el medio donde expresarse de forma cómoda y clara. Fuera de ese medio no hay nada que decir. El artista, músico, escritor, pintor, etc. lo tiene más fácil pero fuera de su ámbito sólo el silencio hará justicia, lejos de declaraciones o entrevistas si me apuran. El demagogo, médico, arquitecto, bombero y el común de los mortales ha de encontrar el suyo y con ello el foro adecuado.
Charles Mingus (apodado “El oso enfurecido”) en su “Fables of Faubus” (Mingus ah um -1959-) hizo lo propio. Dedicó la canción al gobernador racista de Arkansas Orval Faubus cuando en 1957 decidió enviar a la Guardia Nacional para impedir que los niños negros acudieran a las escuelas de los blancos. En un principio no pudo incluir la parte cantada por la incorrección que se diría ahora. Con el tiempo se convirtió en símbolo de batalla que alargaba y variaba en el tiempo.
Para el día de hoy e independientemente de la música, me quedo con otro título suyo sólo por eso, por el título: All the Things You Could Be By Now If Sigmund Freud’s Wife Was Your Mother -Todas las cosas que podrías ser ahora si la mujer de Sigmund Freud fuese tu madre- (Charles Mingus: presents Charles Mingus - 1960 -).
Cierro los ojos.

Qué será
En época de exámenes recuerdo canciones no lecciones
…
Que será que será que será
Que será de mi vida que será
Si se mucho o no se nada
Ya mañana se vera
Y será será lo que será
…
Canción escrita por Jimmy Fontana.
Mudar sin ligereza, desprenderse
Me levanté con la desaparición de un joven que trabajaba repartiendo a domicilio los productos en una tienda de ultramarinos. Apenas le conocí bajo su bata azul marina desgastada. Era de mi edad. Un buen día me dijeron que se había ahorcado por unas deudas de juego. Creo que fue su mujer quien le encontró inerte bajo la lámpara del comedor. Tal vez no fue así. Yo también era más joven.

Luego quise bailar un vals, un tango o una canción triste que me situara en la elegancia de una despedida romántica y asumida. Podría dibujarme bailando en el Titanic. Mientras todos corren y chillan yo bailo con una copa de champán sobre la mano. Más tarde siguieron las nubes. El día estuvo cargado y por dentro me olía a pólvora mojada. Al final vinieron los traumas. Algunas preguntas. ¿Qué se nos transmite a través de la leche materna, de las costumbres o razones con que nos condenan a vivir? Los sustos también producen traumas o tal vez sea sólo una leyenda para los infantes que no lo superaron. En ocasiones el castigo supera a la pena que ya sufre el inocente. Todos culpables, todos inocentes. Hojas muertas para un lunes de mayo. 
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Las chimeneas, mansión señorial ubicada en las afueras de Bellotha Village, en las cercanías de Londres...
Un pequeño mal entendido basta para que la persona gentil y amable se transforme, siempre bajo nuestra ilusoria percepción, en un presunto sádico, descendiente de Mr. Hyde.
Ocurrió no hace mucho, en un tiempo en el que aún quedaban rotondas por colocar en la ciudad y los más ancianos seguían con la tradición de apoyarse frente a las obras, viendo la vida pasar, con sus buzos y remolinos de arena, agua y cemento. A la vez que se hacían las obras llegó un nuevo director para supervisar lo que el tiempo había dejado claro con la costumbre y la sana necesidad de un tranquilo discurrir. Decían que venía de un lugar extraño llamado Bellotha Village. Un lugar como otro cualquiera y en esto que me empiezan a golpear los primeros versos de Annabel Lee, hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar... Con esto sólo se ve muy claro que el inicio de mi historia viene de un lado demasiado contrario como para seguir recitando esos versos de Edgar Allan Poe. La idea me ha venido muy lúcida siguiendo este camino:
En Bellotha Village estaba el Ave Turuta, aquel bar donde Sir Tim O´Theo, Patson y el sargento Blops tomaban sus pintas y aclaraban los casos más difíciles y fantasmagóricos. El cartel que anunciaba el lugar, “The crazy bird”, variaba de nombre a lo largo de los episodios y el cuervo que le simbolizaba podía apuntar con su pico, según le diera el aire, hacia cualquier esquina de la viñeta. Luego todo ha sido muy fácil, cuervo-Poe-Annabel Lee. ¿Pero por qué he dejado venir a ese director desde Bellotha Village a Palencia y no desde un lugar donde se restauraran, entre otras cosas, sarcófagos funerarios? Esto no tiene importancia porque lo que había empezado a contar era otra cosa.

A la llegada de este director una bella hurí, a falta de oro, incienso y mirra le entregó un verso en señal de bienvenida: ¿Qué lugares vivimos ni siquiera tangentes? ¿Mariposas? Él, sorprendido y agradecido no dudó en prometer una gran mezquita cultural, un edificio que nada tuviese que envidiar a ese otro no menos mítico del imaginario común, el Turuting Center. Sí, allí en Billotha habían cambiado muchas cosas gracias a él. El Remoney Bank, a pesar de la crisis, ampliaba horizontes hacia el estado hindú de Trestristestigris e incluso Joao Ocampo Cortauñas Dos Pulgares, a no tardar, dejaría de ofrecer sacrificios a su dios Piraña en el lejano Amazonas. Estas conversaciones dieron que hablar y mucho. Las secretarias de ese futuro Turuting, siempre majas y dóciles, interpretaron la conversación como una conjura de caimanes contra la moral y el bienestar. Doy fe que desde aquel momento las sonrisas y disposición para con la bella hurí versada se hicieron veneno y bajo el lustre de su mirada todo pareció tocado por un Midas catastrófico que convertía en ira el tiempo dorado con que antes la servían. El efendi se convirtió en juez de mazo, toga y pistola, queriendo o sin querer, y su juego, llevado por cuervos y poemas, me ha de dejar esta noche junto al origen del nombre y las aventuras que protagonizaba nuestro Sir Timoteo Archibaldo O´Theo y Patrick Patson desde 1971. Hace muchos, muchos años, surgieron Pat Oso y Tim Orato en los Flechas y Pelayos…en un reino junto al mar… P.D. El verso de Olvido García Valdés 

Como un conejo sorprendido en su propio sombrero
Se huele el paso del tiempo. Se huele y se palpa en el rostro de las personas. Algunas parecen náufragos realmente. Otros petroleros sin petróleo, buques fantasma, desolados. Les hay que están sin estar y quienes han cambiado el rezo por unas fábulas personales de poca monta. La única proeza, en todos ellos, es seguir desgastando los codos en las barras de los bares. Un día sí y otro también. Si me atreviese a coger una cámara para filmarles en su agotadora jornada confirmaría sin duda aquello de que la repetición crea diferencia. Vería cómo sus poses bailan un vals con los momentos capturados dentro de la cámara, enlatados digitalmente para un futuro etnológico de restos y construcciones vacías y a la deriva.
Estos transeúntes pacíficos a los que me refiero, desalojados de todo sueño por el que luchar, viven domesticados tras sus empleos y trapicheos. Son los que realmente marcan la mirada en el calendario colgado de la pared. Relojes de arena que se dan vuelta cada noche para obtener desde por la mañana esa cadencia, grano a grano, pasos, saludos. Nos descubren el santo del día, la ruina en que a veces consiste vivir y el charco en el que tal vez un día abrevaré.

Urraca soleada, gato
En ocasiones me dejo llevar por lo que empieza como intuición en la base de una montaña y acaba en la cúspide nevada con esa misma sensación por bandera. En el camino hago el montaje de mi película. Recojo escenas que se repiten mientras miro papeles, números o escritos aburridos y las mezclo con diálogos, conversaciones imaginarias e interpretaciones que me hago sobre lo que piensan o han pensado al respecto los demás. Así hasta alcanzar esas cimas de la desesperación que escribía Ciorán u otras cúspides en las que orino a pleno pulmón y sin botella de oxígeno.
Tierra removida
Dos tierras limítrofes, pertenecientes a dos personas diferentes, son motivo suficiente para entablar una guerra. La única manera de que esa guerra no se transmita a los hijos es que éstos vomiten a tiempo sobre sus raíces y abandonen el hogar para no volver jamás a divisar otra linde que la de su futuro lejos de allí.

Título: Sensorium, Autor: Pale Scotia
Sobrio el color de los pájaros
Hoy he visto a una niña pintando con una tiza en el suelo. Una casa más en el monopoly de sus juegos ¿Cuánto tiempo hacía que no veía semejante construcción llenando la calle? El estilo libre y curvilíneo no fue impedimento para concluir un tejado desdo donde pronto un gato pardo a maullar. En un café se rifa un gato al que le toque el número cuatro, el uno, el dos, el tres y el cuatro. Nadie respondió tú y tú.

Es un viento benéfico
El transporte primitivo de los hijos, el que aún realizan ciertos animales como las gatas o los canguros con su bolsita reciclable en filete y guarnición, obnubila y conmueve porque representa el principio de los tiempos. El del homo sapiens y el del propio animal repitiendo una y otra vez, pese a la modernidad de los tiempos, ese movimiento de espaldas o frente al mundo, no lo sé muy bien. Todo es cuestión de querer mirar y sentarse sin ningún reloj u otros quehaceres que el de contar las canas con los dedos de las manos, una, dos… y vuelta a empezar y tres, cuatro…
Esa escena se ha aparecido ante mis ojos durante toda la tarde y era real. Una gata iba y otra venía. Piolín desde arriba dijo lo de siempre, oh mira un lindo gatito.

Claude Cahun: Self Portrait, 1928
Lo imprescindible es superfluo
Menos que un perro es el libro descatalogado que Charles Mingus escribió sobre su vida. Supongo que un montón de negros apaleados y un tono de jazz corren por sus líneas, algo que me seduce y atrae junto al hecho, antes dicho, de estar descatalogado (Es importante tener alguna pieza sin importancia que se encuentre en ese estado para mantener despierta la enfermedad de la búsqueda interminable en librerías y ferias de viejo)
Esta mañana he escrito cuatro líneas deterioradas en un examen y al poco de entregar las hojas los profesores que cuidaban en la sala me han vuelto a recordar el título de Mingus.
Apesadumbrado y con demasiadas capas de ropa encima, bajo un sol de justicia, he empezado a caminar contando los pasos y las baldosas. Algunas estaban limpias, la mayoría decoradas con manchas y posos donde algún loco podría leer e interpretar el futuro inmediato.

Luego he alcanzado un oasis lleno de hojas, luces y aire refrescante. El encargado de gestionar ese remanso hablaba con un empecinado vendedor, abstracción, en ese momento presente, de una parte de la cadena que se esconde tras la venta de un libro. El que pretendía mostrar, decía, fusionaba toros en general y comida en particular, dos temas complejos y por ello, repetía, aquí están juntos, tal vez revueltos. Mientras esto le decía yo intentaba asimilar el título de Mingus que de nuevo me había quedado atravesado en el gaznate. Ahora, el motivo habían sido cuatro líneas manuscritas que un día abandoné a su suerte en un lugar con fondo pero sin forma o lo que es aún peor, con la mala imagen de una provocación juguetona. El cura y el barbero frente a mí habían coincidido en el único veredicto posible. Tras los ecos del examen resonaron los golpes del mazo levantando la sesión. Volví a colocarme las capas que había dejado a la entrada, dos pasitos para adelante y uno hacia atrás me llevaron hacia viejo amigo que por allí pasaba ajeno a estas disputas etéreas sobre lo humano y lo divino. De su cabeza, como si fueran pájaros, salieron volando ciertas vicisitudes sobre materias orgánicas y educacionales que aterrizaron en un aeropuerto construido entre dos palmeras junto a la taza de café. Desfilaron apóstoles, plebeyos y blasfemos ángeles que van cerrando colegios ofreciendo a cambio salud camaradas salud. Con el último trago goteando aún en el estómago observé cómo los posos habían ido dibujando un extraño mapa, similar al de la zona por donde vagó el parricida Pierre Riviére tras degollar a su madre, hermana y hermano en Faucterie un 3 de Junio de 1835. Salió el hombre invisible, nosotros y a nuestra espalda un perro abandonado que parecía haber salido de entre aquellos posos de café. Nuevamente pensé en aquel libro de Charles Mingus.

Fotografías de Claude Cahun (Nantes, 1894 – Saint-Hélier 1954)
Corazón comprimido
Doy vueltas a lo mismo. Es como una pequeña masturbación bajo un velador de ensueño que sólo a mí se me ocurre colocarle frente al mar de Castilla. Empiezo a explicarme para zanjarlo definitivamente.

En la juventud surgen grupos culturales y reivindicativos como moscas. Algunos están a favor de un carril bici y así lo proclaman a los cuatro vientos. Otros ven en el ecologismo la única secta a donde cobijarse ante tanta tropelía y vorágine maltratadora para con el medio. Les hay heavys, de greenpace, amnistía y quienes buscan en el ateismo o la anarquía una esperanza de vida que pudiera parecer eterna. Y más, muchos más, gaznápiros, cacos sin botín a cuestas, peñistas que bailan al son de la fiesta o con ínfulas religiosas de muy Señor mío. De entre todos ellos me quedo con los artistas que sufren la incomprensión en edades púberes y se entretienen provocando a la sociedad con sus músculos cerebrales en plena ebullición. Todos estos grupos a los que añado niños de papá, pasotas, malabaristas. autistas y solitarios conforman una performance deslavazada y llena de incertidumbre. Con el tiempo ya se sabe, todo es humo o niebla sobre el puente mayor, aunque luego vengan otros y en esencia cualquier tiempo pasado siempre fuera mejor. Sigo. También ocurre que algunos activistas, aunque algo pasivos, se resisten a volar junto a los escombros de lo que el tiempo ya enterró. Y con sus años a cuestas se aferran a las cuerdas del ring, en la última esquina, porque tal vez piensen que ellos siempre estuvieron pisando la lona junto con las pisadas de Armstrong en la luna o los colmillos de los elefantes que un día encontrarán a cada lado de su frente, a juego con el taquillón y el pañito heredado de una abuela que nunca fue rockera. Lo peor que les puede ocurrir un día es que estos supervivientes de todo y nada vean perplejos cómo con el tiempo son otros coetáneos, hasta entonces invisibles, los jinetes solitarios que de su afición anónima e invernada durante siglos lleven bajo las riendas firmes un hálito de verdad pongamos que artística. Así, lejos de otro compromiso que no sea, por ejemplo, el arte en sí, el arte por el arte, sin moralinas, lugares comunes, chistes para colgar en museos de arte contemporáneo o mensajes tan sociales como insípidos y evidentes. Lo peor, como digo, es que ya nadie cuente con ellos y sin embargo, el mundo marche, en el mismo agujero todos, pero que marche. Obras de Marc Bijl

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El tiempo proyecta las palabras contra un fondo vacío
Hablar por hablar, criticar a los unos con las palabras gruesas, tanto como la sangre que se mueve dentro, los tacos de chorizo y las lonchas de jamón. El porrón lleno de vino y la necesidad de gritar que con sólo diez litros de agua bastaría para hacer justicia. Al pobre sólo le queda la justicia del pobre. Al rico, ya se sabe… y recurre… y recurre hasta en el juicio final y por Dios como testigo, juez y parte. Doblones tiene para ello. Con salud y buena compañía se almuerza mejor.
También he leído que en no sé donde Calígula sigue haciendo cónsules a sus rocines. Esto me resulta muy cercano. Salud.

Escena de Fausto Versión 3.0 - La Fura dels Baus
Buscar en la memoria veranos
Oigo cómo se ha producido un desencuentro. Uno más entre un millón. Los cuerpos se mueven y acompañan el ritmo de la exaltación. Se trata de una reproducción del momento, los motivos y la opinión defendida en la pedanía particular de cada cual. Imperios más grandes han caído y palabras menores sirvieron para romper el pacto idílico de no agresión. Los seres humanos, sus cuerpos y mentes, no son países neutrales. Dentro de ellos sus intestinos forman bóvedas de crucería que alberga situaciones deformes, monstruos y adversidades contra las que han tenido que luchar desde que asomaron el cogote a la pila bautismal. El verde de los campos próximos, los páramos, desiertos y las montañas más rocosas del mundo perviven también dentro y no suele resultar complicado que alguien desclasifique esos paisajes y secretos a voces. En realidad no son tan diferentes.
Los cuerpos pueden llegar a ser centrales nucleares cerradas temporalmente. Las palabras tienen la llave para abrir sus puertas y de esa manera hacer saltar por los aires el sentido común.
Oigo cómo se ha producido el desencuentro. Veo a las palabras por el aire en posiciones acrobáticas, sin vocales, con ellas, tildes, elevados tonos que las llevan hacia las nubes. Se trata del mundial Red Bull X-Fighters de las palabras.

Punzada y piel quebradiza
La publicidad de “Ayuda en acción” reza:
Lo que necesitan urgentemente
NO SON UNOS ZAPATOS
…

Poco antes un periódico local anunciaba el hallazgo de un cadáver en el río. Julio Vibot Tristán, de 84 años, estaba sentado el pasado jueves 28 de Mayo en el pretil del puente conocido como Puentecillas. Al poco tiempo una mujer escuchó el sonido de un cuerpo al caer sobre las aguas del río. La figura, sus pensamientos y voluntades habían desaparecido.
Julio Vibot, maestro artesano del calzado había dado continuidad a la saga familiar que comenzó, según reza el periódico, hace dos siglos en Cuenca de Campos. Realizó piezas para el rey Juan Carlos, el papa Juan Pablo, la madre Teresa de Calcuta, etc. En el museo nacional del calzado de Elda tienen una sala con su nombre.
Vuelvo a mi lectura, ahora entre las esquelas del ABC:

Lo que necesitan urgentemente
NO SON UNOS ZAPATOS.
Ayúdales a resolver su necesidad más urgente: tener una vida digna.
Cuando ellos accedan a sus derechos más básico
entonces ellos podrán pensar en sus zapatos.
APADRINA UN NIÑO
Contribuye al desarrollo de su comunidad



