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Cien kilos pesa el corazón de la orca
He pasado unos días fuera de mi. Ni siquiera veía lo que de rutina tienen los días en cada momento. He vivido alojado en la humilde pensión de otra vida que, sin ser la mía, tiene algo de mi. Houdini se afiló las uñas con los barrotes y me introdujo en una celda de aislamiento donde los informativos, periódicos o programas televisivos, no existen. De este tiempo recuerdo, por ejemplo, algún viejo chiste sacado de “La codorniz”, la revista más audaz para el lector más inteligente, decana de la prensa humorística y cercana a mi poco sentido del humor. Entonces la dama tiende su perfil nacarado sobre el sofá inglés y el caballero, apoyando una mano sobre el apoya brazos, susurra:
-La quiero porque tiene su escote atemperado con las fluctuaciones de la balanza de pagos y el de cine de arte y ensayo.
Podría pasarme la noche escribiendo, transcribiendo lo que han visto mis ojos. Creo que no tendría papel suficiente y la noche, sin duda, daría paso al día, barrote sobre barrote donde los sueños vuelven a encerrarse más libres que nunca.

K-Hito
He visto a un místico que, habiendo recorrido el país trayendo y llevando alimentos delicatessen, aclaraba sus tragos con afirmaciones sencillas y espuma entre los dientes. Sus frases, como los afluentes, desembocaban en la mar, de dudas. También, bajo sus ojillos de cordero sin degollar, dejaba algún rastro, un pequeño regato que conducía a un paraíso de ibéricos, pimientos del Padrón y mojama de Almadraba. Ella, se lo sabía todo y las palabras caían dentro de una bombilla de alto consumo que se dejaba encender. España es bonita, la sociedad y el consumo nos convierten en lo que no queremos ser, etc. Porque las palabras, como la vida, en ocasiones se relajan y rellenan las hamburguesas más pobres con pequeñas conclusiones de andar por casa. Bacon "Estudio para el retrato de John Edwards" (1985)
Es curioso que allá en el año 1968 alguien (Oscar Pin) escribiera en “La codorniz”: CIUDADES En la entrada de todas las ciudades importantes debería, obligatoriamente, fijarse un gran cartelón en el que se leyera: ¡Peligro! Va a entrar usted en una ciudad gravemente peligrosa para su salud. La circulación y la dificultad de aparcamiento pueden afectar a su salud psíquica, y los gases de las calefacciones y loa automóviles a su salud física. Así todo será más justo. Pero, ¿por qué ensañarse con los fabricantes de tabacos, que son sólo uno de los muchos peligros graves que nos rodean? 
Por otro lado se encendió una lucecilla y de entre la oscuridad, erguido, apareció el micrófono. Alguien estaba hablando. Contaba que la madre insistía al niño, débil de corazón, para que éste se comiera los dos filetes. El niño contestó que sólo se comería uno y así, en un verbo, se le llevaron los dioses a su seno por las razones y preferencias de siempre.
En el lecho mortuorio le acompañaban amigos y familiares. Joaquinito, continuaba diciendo la voz, era paralítico y su silla no pudo entrar en la habitación del difunto por lo que fue abandonada a la puerta. En eso que el muerto se levanta y al grito “sólo me como uno”, el público asistente desaparece de entre los vivos. En frente, Joaquinito, envuelto en sudor y atrapado en su invalidez, continuó escuchando la frase pronunciada por el Lázaro resucitado, “sólo me como uno”.

Porque a determinadas horas en las aceras florecen bocadillos y latas de cerveza. Un puesto en cada calle y una china mandarina que, como aquel viajero sentimental de Sterne, viaja dentro una calesa arrinconada, sin ningún movimiento, tal vez escribiendo igualmente un prefacio.
No sé si llegado a este punto debo recordar a Flaubert “De todos los libertinajes posibles el viaje es el más grande, que yo sepa; fue el que se inventó cuando se estuvo cansado de los otros. Lo creo más pernicioso para la tranquilidad del espíritu y de la bolsa que el vino y el juego. Te aburres a veces, es verdad, pero también gozas muchísimo…”
Tiene un mucho de razón pero aunque no la tuviese mi espíritu reside en Sterne. Quieto en una calesa me apremia la palabra con la que narrar una pequeña parte del viaje. A veces ni eso, la palabra deja paso a los pájaros que pinté hace un tiempo en la pared. Mientras me pían siento el cuerpo dentro del agua caliente, con el cafetito en su punto y algunas de las viejas ideas hechas vapor frente a mis párpados relajados. Algunas de esas ideas perviven en la olla que llevo por montera y, como con el reencuentro de viejos amigos, se saludan brindando por un tiempo que siempre fue mejor. Me digo que ahora ya nadie peina a Sofia Loren o Greta Garbo antes de rodar una película y sin embargo los recuerdos de quien lo hizo están ahí, siguen peinando y sonriendo a las estrellas.

Max Ernst
He descubierto que los tics en los labios o en la nariz son debidos al fracaso. No todo el mundo se considera un fracasado porque no pudo cambiar semejante anacoluto. Muchos, ni siquiera, pretendieron tal objetivo.
Con este axioma (yo quise cambiar este mundo y no pude) nadie salvaría el pellejo. Los viejos soñadores dieron paso a los otros fracasados. Los que perdieron la batalla también en su casa porque, estando ausentes, no supieron transmitir el hilo de la corriente. Fracasaron porque no cambiaron el mundo y fracasaron doblemente porque ofrecieron, ante el becerro de oro, a sus hijos en sacrificio. La casa se quedó vacía y los retoños practicaron el precepto de Bresson, encontrar sin buscar. Hallaron el oro sin salir de la habitación.

Max Ernst
Con “Intersecciones” prosigue el relato en prosa – El polvo azul es su directo antecedente- de la conspiración de la realidad para arrebatar vida a este mundo. Eso se lee en la contraportada del libro. Haro Ibars, leo, luchaba contra la realidad, ese invento de la clase dominante.
No sé por qué me resulta tan fácil encontrarme con libros de Haro Ibars. Siempre pensé que sus obras eran perseguidas por fanáticos y rebeldes. Ellos darían cuenta de las escasas ediciones y pagarían con sangre cada línea de aquel bardo. Me resulta extraño tropezarme con sus líneas y que nadie las reclame desde el más acá. Los setenta, la movida y otras zarandajas también entierran a sus muertos bajo una capa de silencio. Sólo un periodista de la Transilvania Broadcasting Corporation puede recuperarle.
Concluyo diciendo que el mejor motivo para viajar es ninguno.

Se tapó la cabeza con una manta
Fue un visto y no visto. La lluvia cubrió el cuerpo, el suelo y el sueño. Estar ausente es estar presente en algún otro lugar. Yo estuve ausente para los que me rodean, pero no saben que estaba bien presente en otro mundo que no es el suyo. Era un lugar de paso donde no se toman otras decisiones que las que impone el ocio, cambiar de sala, de bar o de metro para coger otra línea sin ninguna prisa.
Nada más regresar he oído los lamentos de un enfermo porque tomaba la sopa fría. Tal vez fuese uno de sus últimos sorbos y las moscas hace ya tiempo que abandonaron al camarero de los chistes para acariciar la nariz afilada del moribundo.
Antes de llegar ahí debemos exprimir la vida para que caigan todas las decisiones. Se caen o se arrancan sin necesidad de que nadie nos introduzca en un microondas. Es sabido que una naranja calentada dentro de ese aparatito produce más jugo. A veces, el mundo parece una naranja y nosotros vivimos dentro de un microondas dispuestos a ser exprimidos hasta la última gota de sangre, sudor y lágrimas. Ahí dentro hace mucho calor y las ideas, que son tantas como las pepitas que tocan el corazón, se empañan entre las órdenes y normas que forman barrotes por donde sólo puede escaparse alguien como Rompetechos. Este antihéroe de lo cotidiano podía confundir a Ensaimadez con el tío Lentejo o a Remoláchez con Pipiólez. Es por eso que no perdía la confianza ni el humor a pesar de que sus días eran plena rutina e incomprensión. Rompetechos no ha sido nunca plato de mi gusto aunque me he sentido muy próximo con su concepción de la vida. También he leído Pasaportes cuando ponía patinetes casa Fortes, me ha perseguido un bolígrafo que hablaba y he saltado sobre las sábanas más blancas creyendo que no eran otra cosa sino nieve bajo la nariz afilada de su dueña, una gran vaca, jefa de su casa.
Veo a un hombre caminando bajo la lluvia. No tiene prisa. No va a ninguna parte. Intento llegar a donde realmente está. Muy lejos, en un pensamiento que no se moja. Parpadeo y, muy cerca de su pesar, oigo gritar a los componentes del equipo ceilanés de críquet. Acaban de sufrir un atentado en la plaza Liberty de Lahora, justo cuando se dirigían al estadio Gaddafi para jugar contra Pakistán.
Sé que del sacrificio no siempre resulta la recompensa. Es importante la fe pero la vida demuestra que con el sacrificio sólo, no basta para alcanzar la tierra prometida. Sigue lloviendo. Mis pensamientos se alejan con el hombre que camina bajo la tormenta.

Tu recuerdo es para mi como una remota isla encantada
De vez en cuando veía maletas destripadas sobre el suelo. No era algo raro aunque tampoco habitual que me encontrara estas aves espachurradas con diversas prendas piando en su interior, braguitas, siempre y curiosamente en número impar, camisetitas para ajustar barriguitas muy mal envejecidas, zapatitos de cristal, tacones de medio metro, facturas, glasé y muy poco de moda a no ser la exigencia del momento y la huida a ninguna parte.
En una de ellas, aparte de lo dicho, encontré un Nuevo Testamento, algo que me sorprendió. Sobre el canto de las hojas estaba escrito VICTOR P.R.F. Picado de curiosidad abandoné la contabilidad y los trapitos y con los dedos comencé a pasar las páginas como si se tratara de una especie de ruleta rusa cargada de páginas, leves todas menos una. Cerré los ojos y el azar se abrió por la curación de un leproso (San Lucas 5). Ahí se cuenta cómo un hombre cubierto de lepra fue curado por Jesús que cumplió de esta manera tan simple, el deseo de aquel enfermo. Por aquel entonces yo estaba también en una ciudad y en cierta manera me sentía cubierto por un tipo de lepra que me hacía penar y sentir no muy bien conmigo mismo. La imagen impactante y los objetos que había en la maleta hicieron que mi paseo quedase envuelto en una especie de nube, con los sentidos ligeramente aturdidos. Me imaginaba dentro del paisaje de un pequeño cuadro pintado por un artista desconocido. Sin árboles que me impidiesen ver el bosque. Sin fuerzas para remar contra el viento.
Allí estaba todo, la maleta, un libro y una ciudad prácticamente desconocida. Empecé a hacer elucubraciones sobre los posibles motivos por los que esa maleta apareció tirada. Intentaba imaginarme a su dueña. Tal vez por la Biblia me imaginé a una devota inmigrante de algún país de Latinoamérica. Dada la situación, había sido expulsada de un oscuro sótano donde ejercía la única vida que podía. Tras varios meses sin pagar el alquiler, el mafioso que le había realquilado una habitación se hartó de la espera y ni la carne embutida bajo sus prendas y tratada con anabolizantes y conservantes de baja calidad, consiguió hacerle cambiar de opinión. Esa era una posibilidad.
Luego pasé frente a un hotel donde un botones Sacarino transportaba una maleta que brillaba como un sol. El traje que vestía, chaqueta roja con botones amarillos y pantalones negros, tenía un gran parecido con el de aquel muchacho surgido de un DDT en 1963. Allí, Sacarino trabajaba para el Aullido Vespertino, un periódico en el que su director ejercía un poder que se sustentaba a base de golpes y burlas. El personaje creado por Ibáñez estaba inspirado en un pasado donde ejerció de botones y auxiliar administrativo para un banco. Con sus historias se burló y vengó de los superiores a los que torturaba el personaje de manera ingenua y sin proponérselo. Puede que estas trifulcas y circunstancias no buscadas por Sacarino hayan hecho más por mi manera de pensar que la propia Biblia. Sacarino, en su torpeza, podía serrar el traje del presidente o alcanzarle con un petardo dirigido inicialmente al ratón que estaba dentro de una ratonera. Esa manera no intencionada de producir desastres hizo que mi confianza dejara la otra mejilla expuesta a unos elementos que sólo admitían la burla incluso frente a los versos más bellos escritos a la amada. Recuerdo algunos de Allan Poe que decían “¡me hieren las estrellas de tus ojos!” o, “¡mi alma se suspende en tus suspiros!”, etc.
La maleta seguía estando en mi cabeza. Luego fueron los tacones, las prendas íntimas por las que algún vicioso o fetichista hubiese ofrecido el cuerno de un rinoceronte perdido en el zoológico. Punto de partida sin duda pero también final de una etapa, aquella maleta, arrojada con estrépito, podía significar el último cascarón para que el ave o el caracol mudase, incluso de sexo.
"Acuarela"
En los mapas del cielo el sol siempre es amarillo
y la lluvia o las nubes no pueden velar tanto brillo.
ni los árboles nunca podrán ocultar el camino
de su luz hacia el bosque profundo de nuestro destino.
Esa hierba tan verde se ve como un manto lejano
que no puede escapar
que se puede alcanzar solo con volar.
Siete mares he surcado
siete mares color azul
yo soy nave voy navegando
y mi vela eres tu
bajo el agua veo peces de colores
van donde quieren no los mandas tu.
Por el cielo va cruzando,
por el cielo color azul,
un avión que vuela alto
diez mil metros de altitud.
desde tierra lo saludan con la mano,
se va alejando
no se donde va,
no se donde va.
Sobre un tramo de villa cruzando un paisaje de en sueño
en un tren que me lleva de nuevo a ser muy pequeño
de una américa a otra tan solo es cuestión de un segundo
basta un desearlo y podrá recorrer todo el mundo.
un muchacho que trepa, que trepa lo alto de un muro
si se siente seguro vera su futuro con claridad.
Y el futuro es una nave que por el tiempo volara
a saturno, después de marte
nadie sabe donde llegara.
si le vez venir
si te trae amores, no te los roben sin apurar
aprovecha los mejores que después no volverán.
la esperanza jamás se pierde.
los malos tiempos pasaran.
piensa que el futuro es una acuarela y tu vida un lienzo que coloreas
que coloreas.
En los mapas del cielo el sol siempre es amarillo
(tu lo pintaras)
y la lluvia o las nubes no pueden velar tanto brillo.
(tu lo pintaras)
basta un desearlo y podrá recorrer todo el mundo.
(tu lo pintaras)
Toquinho & Vinicius De Moraes

Jack Mircala
Extraño planeta y extrañas las gentes que aquí viven
Es fácil convertirse en prisionero de una persona por el tono y la cadencia con la que forma su pensamiento, palabra a palabra, como si formara un fado o un torrente bello y paulatino. Ante un ser que de esta manera se vale para pronunciar sólo las palabras justas y que, por tanto, rehuye de lo alambicado y hueco de un discurso, sólo podemos ofrecer, nuevamente, oro, incienso y mirra.
Normalmente nos tropezamos con otro tipo de personas, hombres o mujeres, de escaparate, que pasean por las calles u oficinas como si fuesen pasarelas de la moda. Una moda que consiste, además, en la colocación de medallas y apósitos que les confirman en la cúspide del escalafón. Este tipo de seres están fuera, libres, ocupados y en raras ocasiones descansan o acaban junto a mi sombra. La sombra de un perdedor en el sentido de lo socialmente encomiable, reputado y respetado. La sombra bella que vive en y del anonimato.
Esos maniquíes que, según el común, saben hablar bien y saben de lo que hablan, me producen tanto pavor con su eficacia y verbo monótono que la sangre se me hiela como si estuviese ante el crujido de un féretro del que empieza a sobresalir un pene en la penumbra.
La otra noche terminaron junto a mi los pasos uno de esos seres, un caballero del espanto al que saludé diciéndole, bienvenido a ninguna parte que, por otro lado, también es un no lugar. Sus ojos seguían informando de un alto grado de indignación. Supe que el currículo, cuantificado pero no cualificado, hablaba por él. En su afán por parecer el monstruo que se había fabricado, había sido capaz de modificar los fondos de las presentaciones que el ministerio de sanidad y justicia habían ofrecido en diferentes programas de ordenador con el fin de que se explicaran no sé que garantías de usuarios o víctimas de algo. Esa idea supuso enfundarse otra iniciativa y parecer que fuera él el inventor del proyecto. A mi me daba igual pero su fiebre hablaba por él. Supe que su afán no tenía límites. Aspiraba a la medalla de Bellas Artes ahora que Paco Camino y José Tomás, por ejemplo, habían devuelto las suyas como medida de rechazo y vergüenza torera ante la concedida este año a Francisco Rivera Ordóñez.
Las medallas, bajo mi entender, son en sí misma una vergüenza y éstas alcanzan el colmo de la desproporción cuando se conceden fuera de los ámbitos deportivos. Hace ya mucho tiempo que ningún gesto, hazaña o valor sin repercusión o manipulación pública, puede llegar a ninguna parte. Los intereses de estos maniquíes correctos aspiran a una carrera que tiene mucho en común con la de algunos profesionales (médicos, ingenieros, mecánicos, etc.) que trabajaban para el partido de la Alemania nazi. Estos pusieron su mente a trabajar para mejorar la eficacia de la raza, las industrias y producciones. Es concluyente el caso del ingeniero que perfeccionó los camiones llamados S. Cuando se ponían en marcha comenzaba el gas a invadir el interior del vehículo y de esta manera sus ocupantes, mujeres y niños judíos principalmente, perecían mientras sus mentes todavía pensaban en el lugar a dónde iban a ser trasladados.
Los resultados están de su parte, las medallas, la moda… pero mi sombra, en estos momentos, se repliega a gusto, vestida con el fado que trae el aire hasta este rincón.

Martha Rosler - Nature Girls (Jumping Janes)
El mundo mira más que escucha
Antes he sacado del hatillo la palabra perdedor. Otros sacarán conejos, pajaritos o ramos de azucenas. Decirse perdedor es decir nada cuando en pocas batallas se ha luchado y, en tanto en cuanto, considero que no soy más perdedor que cualquier otro ser vivo que se haya dejado vivir. La épica pasó a la historia y lo que ahora nos venden por tal no alcanza la altura de la sandalia de un soldado romano.
“… Los héroes de epopeya vencen o, si son vencidos, conservan hasta el último suspiro su grandeza. Don Quijote ha sido vencido. Y sin grandeza alguna. Porque, de golpe, todo queda claro: la vida humana como tal es una derrota. Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Ésta es la razón de ser del autor de la novela.”
“El telón” Milan Kundera

Martha Rosler's Cleaning The Drapes
Se apea de la calesa y sube al tren
Se puede vivir un sueño sin pasión. Sencillamente con las dosis de extrañamiento propias del lugar, un tanto extraño, que se visita. Incluso dentro de esta cárcel puede ocurrir que, apenas demos un par de pasos a la izquierda o cuatro a la derecha (el orden que dispone el azar es muy importante en estos casos), nos encontramos en un país desconocido hasta entonces. En ese momento nos damos cuenta de que esa mañana no habíamos desayunado con ninguna melodía vaga o fugaz, ni siquiera la habíamos echado en falta en todo ese tiempo. Un mundo sin música y un país extraño, aquel en el que nos encontramos sabiendo que no pertenecemos a él. Sólo hace falta ver a quienes nos rodean, sus monótonas preocupaciones cubriendo las veinticuatro horas del día, los disparates, aullidos intermitentes y los ojos tendidos, haciendo colada en sus azoteas, mirando sin ver nada, como cada semana, mes o año de esta vida.
Mis pies, de manera indescriptible, comienzan a moverse como si estuvieran en el Savoy Ballroom de Harlem, la casa de los pies felices. Hace mucho de eso. Tendría que remontarme a la Norteamérica de los años treinta y para conseguirlo debo pararme en seco, dejar el baile que tan difícil y enigmáticamente me atrapa muy de vez en cuando. Con la espalda cosida a la pared del muro echo el anzuelo del pensamiento y mientras espero me subo a la chepa de Chick Webb. Ahora es más fácil el sueño y el pensamiento unidos gracias a los vientos y percusiones que me elevan. Webb, sufría de enanismo y cifosis, algo que unido al color de su piel negra no le pusieron las cosas demasiado fáciles. Pero los sonidos no se remontan a la infancia sino a su etapa de mayor esplendor. A finales de los años treinta se hicieron famosas las batallas de las bandas, encuentros que, como si de un partido de fútbol se tratara, enfrentaban a su orquesta con la rival que bien pudiera ser la de Count Basie, Duke Ellington, Benny Goodman o Jimmy Luncefort, por ejemplo. En el Savoy, con capacidad para cuatro mil espectadores, se enfrentaban las dos bandas, cara a cara y ante el mismo auditorio que no cesaba de aplaudir y dirimir un justo vencedor.
Abandono tan atronador recuerdo y subido a un funicular no muy seguro aterrizo a esta realidad con la sintonía espectacular que produce en los oídos Ella Fitzgerald, figura proyectada bajo la sombra del mismo Webb, siempre galopando y dirigiendo el espectáculo tras su batería.

He cruzado la frontera y, en realidad, no estoy de vuelta. Ahora, entre camareros, vinos y canapés de baja estofa, observo a un melindroso y extravagante preso que rebusca en su pasado varios números de Wonder Woman. Esta heroína nacida dentro de un mundo de hombres en 1941 era capturada y atada en cada episodio. Algo así como nuestra Doña Ana María, la eterna novia del Guerrero del Antifaz y por la que el Conde de los Picos bebía, de forma noble y loable, los vientos huracanados. Los viejos tebeos, siguiendo la tradición, son parcos en mujeres y a las primeras de cambio aparecían en esas condiciones que estimulaban la libido de los superhéroes y, supuestamente en el caso de la Mujer Maravillosa, de los lectores.
No sé si mi presencia desdice mucho en la oscuridad. Los ojos miopes me amparan dentro de una empresa de derribos barata y eficaz pero ¿reparan en mi presencia? ¿soy un vampiro en esencia transparente? Por increíble que parezca he humedecido la pared con el sudor que atraviesa la camiseta. No sé el tiempo que llevo apoyado, viendo y escuchando las conversaciones que han llegado tras los vagones de la música, en un tren que atraviesa el tiempo ¿Soy como ellos? ¿Rebotan en mi carne sus miradas o, por el contrario, soy transparente? Cuando alcanzamos un lugar misterioso y barroco de objetos o elementos, la vista se nubla y pierde bajo el toldo de un cuerpo mayestático. Los sentidos se obturan y para comprender lo que está pasando hay que dejarse perder. Esa es la consigna. Y escuchar, sobre todo estar atento porque no muy allá alguien, el profesor Gluglú, puede estar ofreciendo una conferencia sobre la condición de náufrago. Mi figura, en el fondo, tampoco es muy diferente a las que por allí murmuran. Todos formamos un recortable, muñecos agradables para el entretenimiento, solitarios peces, náufragos que recorren y unen con el lápiz los puntos del dibujo enigmático en que consiste cada vida.

“Hey Jude, no lo hagas mal
toma una canción triste y mejórala,
recuerda dejar que entre en tu corazón,
entonces puedes empezar a mejorarla…”
John Lennon y Paul McCartney
¿Y si lo trágico nos hubiera abandonado?
Soñar o contemplar que dos púberes saltan un muro se puede interpretar como un símbolo de juventud que nadie puede detener, buscar explicaciones en algún rito de paso o sencillamente dejar la escena como una más, sin darla otra importancia que la del rebaño saltando la valla del sueño que no llega.
Ellos saltan sin ningún reparo. Se ayudan el uno al otro y prosiguen, ajenos al mundo de los adultos que perciben el mundo de una manera extraña. Van a repartirse la herencia y, los afectos, como los mandamientos, se reducen a dos: la vida de cada uno con los proyectos a los que se deben y la necesidad del dinero por encima de una nostalgia que llenaría todo de polvo y telarañas. Así, el paraíso soñado para los nietos quedaría talado de raíz, mientras que el recuerdo y la memoria se servirán en un plato frío.
Los herederos sustituirán las obras de arte que adornan el hogar, por tasaciones y buenas marcas de moda y consumo. Otra música envolverá el recinto y la consciencia de que la vida es demasiado breve, inyectará una buena dosis de ansiedad. Tal vez, con unos cubitos de hielo y algo de ron, se pueda pasar el trago, entre sonrisas, noches perdidas y sin ninguna fuerza por saltar un nuevo muro.
Tras el muro los adultos visitan un museo con el mismo ánimo que caminan por un cementerio. Las salas y parcelas de ambos recintos se parecen demasiado como para no juntar esos lugares en el pensamiento. En el museo residen muebles, pinturas y esculturas para no ser habitadas, exiliadas de un posible hogar, del humo de un cigarrillo o aquellas conversaciones que dan vida a la vida. Las salas, como las tumbas, carecen de pálpito y tanto los objetos como los huesos son presos de ellas.
Un ser humano que no ha encontrado su lugar en el mundo es como uno de esos objetos en el museo. Está enjaulado en un mundo que no es el suyo.

No es baladí
El ruso no sabe pero tiene el poder. Sus decisiones no se mueven con utensilios de ningún tipo ni muchos menos con la razón.
La experiencia, además de arrugas, le envuelve con desconfianza, le violenta y previene contra viento. Así, en el fondo, su mirada se extraña ante cualquier tipo de razonamiento generoso, residuos de una deformidad llamada juventud.
Ordena y manda sin importarle ninguna norma. Todo son excepciones, él es una fábrica de excepciones, importación-exportación, sociedad muy limitada. Contempla y a la vez aplasta los moldes defectuosos.
El ruso se enfrenta al viento y sólo sabe que tiene poder. ¿Quién? De repente puede ocurrir que el viento cambie de dirección.

(Neil Hamon photograph, Morrinho Project installation & Marine Hugonnier's Art of Modern Architecture.)
Desenterrando palabras
Han augurado, de manera científica, el cierre de los bares. No sólo es cuestión de crisis. Europa, hecha un lobo, es un hombre para este país. Las gentes compran la botella en la bodega mientras mueven la boca y dicen hummmm qué cuerpo, qué clase y los taninos hummmmmm, para casa. Unas tapas y saber que el circo nació tras la guerra de los cien años alivian el trago y el sabor amargo del espectáculo en el fondo de la lengua. Las marchas militares, ahora me lo explico, tienen un mucho que ver con la orquesta de la pista. El circo desafía el sentido común. Oh, pero los sentidos perderán mucho encerrados en una casa-jaula-torre de marfil…
Crisis. RAE:
1. Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
2. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.
3. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.
4. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.
5. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.
6. Escasez, carestía.
|7. Situación dificultosa o complicada.
Ministerial. Situación en que se encuentra un ministerio desde el momento en que uno o varios de sus individuos han presentado la dimisión de sus cargos, hasta aquel en que se nombran las personas que han de sustituirlos.
Con la primera acepción ya tengo bastante. O sea, para mejorarse o agravarse. Nada puede continuar igual. Un rito de paso.
Dicen que la consciencia de la muerte es la que te hace ser un hombre. He visto hombres de 7 años de edad y niños de 40. Ellos no lo sabían pero estaban en crisis.
He observado las estrellas muy de cerca, porque yo, como Yuri Zhivago, no dejo de estar perplejo ante la vida que me ha tocado en gran suerte vivir. Diría mejor, dejarme vivir. Me ha tocado dejarme y continuar sonriendo muy lejos de la muerte. Bueno, no tan lejos, un poco. Zhivago observaba a través de las ventanas y la humanidad. Estaba muy lejos. En cada operación médica dejaba impresa su mirada de poeta. Antes, mucho antes, las antenas del tranvía, en contacto con los cables de conducción, fabricaban chispas.
La palabra crisis viene de krinein (decidir, distinguir, escoger), raíz griega que amamanta también a la palabra crítica y criterio. Hasta el siglo XVIII no surge en Francia el sentido político de crisis.
Qué lejos me queda el mundo sin minifaldas porque las presentaciones, charlas y discursos deben ser como ellas, cuanto más cortas mejor. Alguien puede iniciarse así para atisbar la bandera de la complicidad. El serrín, dentro de una red, ayuda a consolidar el sabor de la barrica. Hummmm,
Miguel Gila estudió para mecánico y al nacer su madre, no estaba allí, había ido donde la vecina a pedir perejil. Cuando estalló la guerra y a pesar de ser fusilado no sintió miedo. Él dijo, aquí se acabó la historia de Miguel el Gilipollas. Estaban algo bebidos y de catorce en el paredón quedaron dos. Hummmmmmm. Luego, en combate le dijeron, arréglate que vas a ir de espía, y con esas se fue donde el enemigo. Primero a buscar los planos del polvorín y luego, tras el fracaso, a pedir el avión que se intercambiaban. La crisis y el humor están más unidos de lo que parece. Anthony Burguess contaba un chiste para definir el humor de Manchester. Del blog de Rebeca Tabales:
“Esto es un tipo que se encuentra con un amigo al que hace años que no ve y que vive en la otra punta de Manchester. El tipo tiene su propio bar y en el piso de arriba está su casa, y se lleva al amigo pródigo con él. Allí se ponen los dos a tomar cervezas y whisky y hablar del pasado hasta que el que vive lejos está tan pedo que no puede caminar, entonces dice: “¿Y ahora qué hago? No puedo volverme a la otra punta de la ciudad así”. Y el otro: “Quédate en mi casa, si quieres puedes dormir en el cuarto de mi hijo, en el piso de arriba”. Así que el amigo sube y duerme en la habitación del hijo. A la mañana siguiente baja a desayunar y el dueño de la casa le pregunta: “¿Cómo has pasado la noche?”. Y el otro: ”Genial, pero el culo de tu hijo estaba frío”. Y el otro: “Joder, cómo va a estar, si lleva muerto tres días”.
Han augurado el cierre de los bares pero aquí, en la prisión, todo nos es ajeno…Y pol el bujero se me ve la sesera…(canción no de amor)

Emili Friant
Vamos jefe, no se lo tome así...
Intento tener el sentido del humor siempre a punto. Es cuestión de mi estado de ánimo y para ello no tengo por qué estar demasiado alegre o hacer lo que más deseo. Soy, muy a mi pesar, medianamente sociable y sólo con algunas personas persiste la fama de lobo aullador.
Se trata de una manera de estar más que de ser.
Pero para que haya humor debe existir complicidad y que el humorista ponga en contradicción su pensamiento con el pensamiento universal (no sé quien lo dijo). No basta jugar con las palabras.
No admito un botellón sin sentido del humor, cualquier reunión o incluso una revolución. Pero está claro que en un entierro no podemos tocar la guitarra. En ese caso la mente vagará y divagará por dentro, volando lo suficientemente alto como para perder de vista la última defunción del hamster que no ha llegado a esos tres años de vida con los que se certifica la edad media de defunción. El humor es un traje a medida que no tiene por qué evitar la desesperación o la melancolía con o sin mangas, paraguas o bañador.
El humor, para mí, nació el mismo año que apareció el sulfato atómico de Mortadelo y Filemón, la primera aventura larga de una serie muy elástica. Mientras el dictador Bruteztrausen quería hacerse dueño del mundo, en una oscura habitación saltó la alarma a base de berridos y chirridos. En el corazón de la T.I.A también (Técnicos de Investigación Aeroterráquea) carecían del arma necesaria para hacerme callar. Un chupete.
Supongo que desde entonces y aunque no lo quiera reconocer, mi historia consiste en una sucesión de acontecimientos y lógicas en perfecto orden. Si un agente de la TIA me siguiera la pista no encontraría sino las etapas o periodos que conforman mi estado y esencia. Algo así como cuando se describe la obra de Picasso con sus diferentes épocas, azul, rosa y negra. Puede que incluso, a la conclusión del estudio, las grandes preguntas de la existencia se redujeran de tamaño y mi vida quedaría escrita para siempre en minúsculas. Un tamaño de letra con el que no se llevan muy bien los enanos por razones y traumas evidentes.

"Cafe Express" 1975 - Richard Estes
Confesiones de una máscara
La tarde, hecha plomo, ha caído sobre mi espíritu. Levantar una rodilla significaba batir el record de halterofilia. Yo, una mosca, levantaba el palillo con sus dos aceitunas en los extremos. Las palabras eran martillos sobre la cabeza del clavo. El clavo, también era yo. No muy lejos un vejete esperaba un coche como quien espera la muerte, al sol. Su sombra ya había sido fumigada con el hedor de la despedida.
Mi imagen sólo es la que otros creen. Así soy reconocido y en tal estado soy conducido a diferentes cárceles del ser. No estoy seguro en ninguna y todas me parecen igual. El viento me trae un mareo y pienso en Filípides tras su carrera. Año 490 a.C. y el desfallecimiento de un ser humano sigue provocando una cadena infinita de caídas, fichas de domino a lo largo de la historia, aleteos de mariposa imperceptibles. Pequeñas y grandes montañas desplomándose sobre la tierra.
Cuando me entrevistaba o presentaba ante un superior jerárquico, jefe, jefecillo, cabecilla o profesor, me erigía en mono de feria. Mis preguntas les entretenían y cuando movía los brazos y labios me ofrecían una respuesta lejana bajo la piel de una banana o un plátano. El plátano es un árbol de sombra y yo era un mono de feria. Estaba bajo su paraguas y el abanico de opciones me aburría. Podía incluso hacerme el loco y atajar por lo sano aunque lo normal era que me evaporase.
No estar. No estar. No estar./ Un reflejo a la entrada de la cueva,/ la carrera en medio del día,/ la manada invisible,/ la nube de polvo…
Esos eran versos de la fallecida Blanca Varela. Aunque nos dejó el jueves, un avión de papel hecho con su esquela, aterrizó esta misma tarde frente al Pacífico de mis ojos.

Juanjo Sáez
Como si lo propio del lugar fuera partir
“…El ladrón profesional está dotado de una gran habilidad y en esto se asemeja al cirujano, al abogado y al albañil. Todos los recursos de su ingenio están orientados a preparar y a ejecutar el delito, a esconder las mercancías robadas, a salir airoso del proceso en caso de detención y a controlar durante el curso de la acción todas las operaciones que implica. La destreza manual y la fuerza física son factores secundarios; los elementos principales son la inteligencia, el sentido del negocio y saber expresarse bien. Los ladrones que no poseen estas cualidades fundamentales son considerados aficionados, aunque roben habitualmente…”
“Ladrones profesionales” Edwin H. Sutherland
En ocasiones actúo como si fuera un ladrón. Entre rejas, pero un ladrón a fin de cuentas. Miro hacia los lados, olfateo los olores que me llegan y las palabras, que no son sino extrañas composiciones que dicen lo que no quieren decir. Diría que desdicen a su dueño que en ocasiones ni él mismo sabe lo que ha querido decir. Hablar por hablar o decir por decir es un deporte nacional.
Hace algún tiempo, en mis peregrinos paseos de fines de semana me acercaba hasta las huertas que sitiaban la ciudad. Sé que aún quedan algunas y su espíritu rural permanece de espaldas a sectores, autovías o ensanches curvados o peinados con puentes y cinturones sin hebilla. Las costumbres de aquellos habitantes se mantienen ajenas al humo y a los paseos que se dan hasta allí algunos exploradores, avanzadilla de las prisas y los negocios.
Pocos eran mis conocimientos hortofrutícolas y menos aún mis maneras para entrar en conversación con alguno de aquellos mohicanos. Es fácil saludar, levantar el brazo y percibir la amistad o el recelo sin terciar más palabras. Para sorpresa mía esos hombres y mujeres no encontraban ninguna dificultad en conversar conmigo. Tenía mis truquillos y no había de faltar aquel con el que les enseñaba a ser precavidos ante forasteros y ladrones ocasionales de huertas. Sí, enseguida decían, a Suceso, que con tal nombre consiguieron desconcertarme un buen rato, le habían robado las cebollas vestidas con apenas dos capas y pisoteado todas las patatas aún sin nacer. Eran algo común que los urbanitas, llevados por la lascivia y una época tan soñada como inventada, arrancasen frutos y plantas a su paso, sin saber ni importar épocas ni maduraciones. Monstruos hambrientos de naturaleza bella y gentil, no concebían regresar a casa sin llevar un souvenir que constatase su paseo por el campo. Lo que me pedía el estómago era ensalzar a esos campesinos fronterizos con armas de fuego, pues no hay cosa que más me moleste que una familia risueña de domingo educando a la progenie con los favores de la naturaleza, el campo o la amistad.
Pero no, había que ser inteligente y así les daba mis buenos consejos para evitar disgustos y penas. Lo mejor, decía, sería un cartel que pusiera ¡cuidado con las abejas! Pero mucho mejor aún era otro en el que se leyera ¡Cuidado, sulfatado = Veneno!
En las especialidades con que se inicia el capítulo III del libro de Sutherland (“The professional thief: by a professional Thief” Texto elaborado a partir de la narración de Chic Conwell, un profesional del robo) no se incluyen a estos aficionados de poca monta. Encontraremos carteristas, ladrones de tiendas, de joyas, ratas de hotel, timadores, ladrones varios, falsificadores y extorsionistas de fondos.
De los pensamientos y conversaciones con los hortelanos germinaron algunos frutos y cierta sabiduría que nadie quiso recoger ni robar. Supe que la coneja debía trasladarse a donde se encontraba el conejo y no viceversa. Esta era la mejor manera para que se quedase preñada. La mejor fecha para podar la viña resultaba por San José, a poder ser ese mismo día, el 19 de Marzo. Dichos, predicciones y saberes que poco tienen que hacer en el mundo de hoy en día.
Como casi todos los conocimientos que he acumulado en la vida, apenas me han servido para otra cosa que acabar donde estoy. La vida que llaman práctica me ha torturado hasta el punto de ponerme contra las cuerdas, semiinconsciente y en posición de flor de loto con demasiada frecuencia. Así permanezco, sentado y con la espalda apoyada en un viejo muro donde sólo yo soy capaz de leer las palabras ¡sulfatado, veneno! continúo tirando el tiempo y las tardes como si fueran de domingo.

Paul Thek, Arm, 1967. Image: denniscooper-theweakerlings.blogspot.com
Pongo mi saliva en la palabra
En una entrevista reciente al irlandés John Banville o Benjamín Black, según el seudónimo que utiliza cuando hace novela policíaca (Cultural del ABC. Sábado, 14 de Marzo):
En lo que se refiere al género políciaco, alguna vez hizo público su desprecio por Sherlock Holmes y Hercules Poirot.
Es que son imposibilidades, aunque admiro el genio de sus creadores. Las novelas pulp norteamericanas, en cambio, son sucias y desordenadas como la vida misma. Supongo que mi favorita entre ellas es El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain. Y las que Donald Westlake escribió como Richard Stara; elegantes como un abrigo de visón en una prostituta de doscientos dólares…. Ya ve cuán fácilmente uno entra en clima.
Elegantes como un abrigo de visón en una prostituta de doscientos dólares… Maravilloso. Estoy deseando encontrarme a alguien a quien pueda repetir esa misma frase. Sea en la cocina, en la lavandería, en un sueño elegante… La prostituta siempre tiene los tobillos finos y los zapatos de tacón. Es evidente.
Bajo la higuera
Era un cuadro viviente. Pero nada más y nada menos. En estos tiempos de mentiras y mentirijillas he intentado decodificar y reconstruir un mito a través de un sueño. Ninguna enjundia pasada me vale y mucho menos esas épicas que conquistaron paises o placeres. Cualquier guinda en la cima de un pastel es un botón que oculta la blasfemia y el contacto con la realidad. Estoy sentado como si fuera un yogui bajo la higuera. De esta manera dejo que la historia entre por mis ojos. Miles de muñecos de barro desfilan frente a mi presencia, carrozas de cuentos y carromatos de gitanos. Alguien, tal vez sea Bon (Romá Bonet i Sintes), aquel humorista de ese otro 27 que impartía conferencias mudas y hacía caricaturas por sólo diez pesetas, me dibuja en el viento. Son mis gestos y expresiones saliendo de su carro ambulante. Otros sencillamente saludan con el sombrero o la máscara. Alzan las cejas o se encogen de hombros antes de esconderse tras unas cortinas.

A prison in Green Haven, New York, that was built in 1941, shows the tiers of cell blocks long favored in prison construction. Photo: Library of Congress.
El cuerpo tiembla como temblaba
No todo son ropajes y gays los que duermen dentro de armarios y baúles sin piernas, apegados a la casa después de tanto viaje. Hassan lleva unas cuantas noches soñando que dentro del armario ocultaba a su hijo recién nacido. Cuando su boquita se abría y se llenaba de hambre le recogía de aquel pesebre para mostrarle al mundo. Dentro quedaban las perchas y sobre ellas, la oscuridad. Con el niño en brazos y antes de vitaminarle comenzaba a bailar igual que si fuera un cosaco. Pronto volvía el sueño, el silencio y con él, la oscuridad bien planchadita dentro del armario.

Rubens
No sé cuándo llega el momento en que a un niño se le deja de preguntar por sus amigos, si tiene o no, si va o viene o resulta que no le ajuntan. Hay un momento en que hacer ese tipo de preguntas deja de ser normal. Tanto como seguir dejándose llevar por la vida que a uno se le viene encima. Esto conlleva algo de putrefacción en el sentido que daba Pepín Bello. Putrefactos eran los que en el arte o en el comportamiento social, revelaban los estigmas de la clase social a la que pertenecían pero que repudiaban con todas sus fuerzas. 
Te lo he comunicado por carta que no he enviado
No sé lo que deparará el día. Hoy, aniversario del robo en el museo de Boston, me despierto sin recordar nada de lo que haya podido soñar. Acaso mantuve una conversación telepática con un viejo amigo. Nos preguntábamos por las circunstancias que embalsamaron voluntades e intenciones. Resultó que no nos habíamos movido mucho físicamente. Habíamos dejado que el tiempo entrara como sólo puede hacer él dentro de un cuerpo y comprobamos que aquellos lazos que la inconsciencia ató sin pensar, de alguna manera siempre estuvieron ahí. En el fondo ya lo sabíamos. Hay casos en que dos gemelos se ven separados por avatares, guerras o intrascendencias vagas hasta que un día coinciden en el supermercado o en televisión que, a fin de cuentas, viene a ser lo mismo. Tras la perplejidad y alegría inicial continúan con la conversación que dejaron hacen años y que resultaba similar a la de siempre. Fue en 1990, los cacos se disfrazaron de polis. ¿Acaso no he jugado al mismo juego? Primero se rifaba, en un café se rifa un gato al que le toque el número cuatro, el uno, el dos, el tres y el cuatro. Se llevaron un Vermeer, tres Rembrandt, un Manet, cinco dibujos de Degas y un cuadro de Govaert Flinck entre un total de 13 piezas. ¿Por qué dejaron en el museo “El rapto de Europa” de Tiziano? No sé lo que deparará el día. El caso del robo sigue sin esclarecerse y la recompensa en pie.

"El rapto de Europa" Tiziano
Lo lejano alberga el otro lado
La mentira nos hace beber de las fuentes de la ansiedad, el recelo y la envidia. Inhalamos fácilmente su polen y esto nos imposibilita para soportar el nacimiento o crecimiento de cualquier flor alrededor. No estamos acostumbrados a vivir junto a demasiada belleza ni una verdad medianamente lúcida y por eso nos jode, como vulgarmente se dice, que florezcan rosas en el jardín vecino. Nuestro carácter, en ese caso, nos hace hervir en calderos de rabia e impotencia y por ello sólo alcanzamos consuelo en el insulto. Es extraño este carácter que se sustenta apoyado en mentiras e imposibilidades contra las que debemos estar alerta. Somos capaces de ahogar con nuestro propio aliento cualquier atisbo de sinceridad. Nos convertimos en elefantes que, de un soplido, alejan toda posibilidad de vida alrededor.

Kiki Smith, Untitled (Hanging Woman), 1992
Cualquier ámbito o canción nace y crece en consonancia con el entorno. Los paisajes y la arquitectura se desenvuelven de igual manera. Cuando alguien dice que todo es una gran mentira y con tal afirmación construye su pirámide llena de razón, probablemente nunca haya podido tener mejores rampas, poleas o andamios para tal constitución. Muy pocos son los que reconocen vivir en la duda y es normal si nos atenemos a los ejemplos que nos rodean. No hace mucho el Patronat de Turismo de Girona promocionó la Costra Brava con fotos de las Bahamas y la costa australiana. La versión de los hechos, sacando pecho más o menos bronceado por el mismo sol que calienta en los distintos hemisferios, es que se trataba de una alegoría (RAE: Ficción en virtud de la cual algo representa o significa otra cosa diferente). Una postal para vender lugares idílicos a la que se ha extirpado cualquier reseña o aclaración microscópica, llegando así a la culminación del contrato y el seguro embaucador. Un señor y un niño cogidos de la mano y frente al mar dan la espalda al espectador. Si estuviésemos ante el final de una película y la alegoría nos dejase pudiéramos interpretar la escena como una última tentativa de suicidio o el simple entretenimiento de ver naufragar otro cayuco más. Es sabido que buena parte del pensamiento se organiza en torno al uso de metáforas y con esta excusa plantamos olmos para que den peras y flores de plástico en el jardín. El fondo, la intimidad, la duda son flores de otro mundo. Muy lejos quedan las palabras del Cándido de Voltaire “Il faut cultiver notre jardin”(Hemos de cultivar nuestro jardín). Fotos utilizadas para promocionar las playas de Girona y que se corresponden a playas de las Bahamas.

El placer hace flotar en el rostro una especie de resplandor de triunfo...
(El cantautor uruguayo falleció el pasado día 12 de Marzo)
LA MUERTE SE ESCRIBE SOLA
la muerte se escribe sola
una raya negra es una raya blanca
el sol es un agujero en el cielo
la plenitud del ojo
fatigado cabrío
aprender a ver en el doblez
entresaca espulga trilla
estrella casa alga
madre madera mar
se escriben solos
en el hollín de la almohada
trozo de pan en el zaguán
abre la puerta
baja la escalera
el corazón se deshoja
la pobre niña sigue encerrada
en la torre de granizo
el oro el violeta el azul
enrejados
no se borran
no se borran
no se borran
Blanca Varela

Vampirella - Su autor, José González, nos dejó el pasado día 13 de Marzo
Hay un programa en la radio que se llama, hoy empieza todo. Nada más simple y verdadero aunque para muchos no sea sino un ideal imposible de alcanzar, algo así como encontrar por fin al dragón maldito en su cueva. El bicho contra el que luchar para salvar a la bella princesa que no es otra sino uno mismo sin pasado atormentador. De alguna manera todo el mundo se enfrenta o rehuye de sí mismo, de ese dragón que produce halitosis e impide acercarse a la verdad. Pero no quería hablar con el espejo ni resucitar monstruos a estas horas del día. Me encuentro en un lugar y edad donde mis órganos se escoran con cierta animosidad hacia la costa de la muerte. Cuando me detengo ante el horizonte oigo el filo de la guadaña segando campos enteros donde la batalla es la vida más cotidiana. Para esto no hace falta echar un vistazo a esos países moribundos donde los pasos nómadas de las caravanas retumban en el estómago de su propio continente. Aquellos lugares donde una patrulla de niños afortunados y del tamaño de un conguito recoge los platos que les prepara una monja en el comedor social del país de la hambruna. Rehuyo del espejo con la misma facilidad que el cuerpo exhibe sus golpes o síntomas latentes desde no hace tanto tiempo. Le doy la espalda porque sé que todo sigue su curso y a lo sumo, alguna tarde perdida, unto un puñal con crema y me lo paso por la piel como si se tratase de una tostada. Esta manera pasiva de ser y estar implica cierta armonía, saber que los árboles crecen y talan respondiendo a diferentes criterios. La naturaleza se ha convertido en nuestro rehén y nuestro ser también. Pero no importa. Lo que vengo a decir es que el timón de mi nave quiere ser consciente de las aguas turbulentas y negras que se mueven bajo el casco. Esto es así y por mi dedicación o pensamiento no puedo dejar de ver enfermedades y muertes alrededor. Ayer el padre de una amiga. Su cuerpo era un oasis reseco ante la descomposición del animal mamífero que lo sustentaba. Los geólogos de la vida no cesaron de prospectar en su cuerpo para extraerle esa sangre que delatase el problema. Buscaban petróleo y sacaban la sangre del último depósito. Como se sabe, no siempre se trata de episodios que llegan al final tras un buen número de capítulos y hojas. En ocasiones se trata de jóvenes, desafortunados que la ruleta señaló en suerte para equilibrar ese azar que rige el mundo. Su memoria era su cuerpo y éste, al hablar siempre de tiempos mejores, nunca mentía. Por eso sé y sabemos, que está ahí. Convivir con la sombra es parte de la moneda oculta y evitar con la mirada su presencia no es sino un síntoma de la enfermedad. Evidentemente no busco obsesiones ni pensamientos fúnebres de la misma manera que al mirar al cielo y ver las nubes no busco tormentas ni lluvias que aneguen los campos. Esta mirada mía hacia esa herrumbre se contradice con la de otros coetáneos que ponen rumbo al país de la vida queriendo ser padres o empezando a serlo. Una bendita tentación consiste en eso, dar vida y pretender volver a ser dentro de una criatura. Esta postura tan natural extraerá el amor y el sentido que queremos dar a la vida volviendo al punto de donde partimos tras muchas lecturas, experiencias y tragedias. Lo curioso es eso, la botella medio llena y medio vacía para todo el mundo. La muerte y la vida. Soñar, vivir y morir situados en el mismo ángulo, a la misma distancia entre un astro y el horizonte.
HISTORIA
puedes contarme cualquier cosa
creer no es importante
lo que importa es que al aire mueva tus labios
o que tus labios muevan el aire
que fabules tu historia tu cuerpo
a toda hora sin tregua
como una llama que a nada se parece
sino a una llama
Blanca Varela

El placer hace flotar en el rostro una especie de resplandor de triunfo, de connivencia odiosa con el universo, de estupidez animal o incluso vegetal, comparable a los pétalos de las flores en las plantas o a la mueca de digestión del león
Pascal Quignard
Busco un pensamiento tan implicado en su pensador como pueda estarlo el sueño en el durmiente
Estar en el mundo hoy en día significa rendir cuentas de continuo. Mirar los resultados con la sombra de una auditoria a primeros de año, solventar lo irresoluble y mostrar los beneficios. En esta contabilidad los números dan la espalda a los viejos sobresaltos y anomalías que llovieron sobre la vieja ciudad reumática en que hemos convertido nuestro cuerpo. No habrá lugar para la excusa, la comparación siempre será pobre en relación con algo o alguien, ante la caída. El rendimiento siempre será bajo con respecto al resto, a la juventud, al pasado, al futuro de otros países que son el faro de las civilizaciones. Debemos cuantificar las palpitaciones del corazón como si fuesen cromos repetidos, sumar y sumar para llenar un álbum extraño del que todo el mundo tiene algún recuerdo.
Los presos hacen trabajos forzados, agrupados en cuadrillas, todos son iguales. A los presos nadie les pregunta ¿Cómo os gustaría ser recordados?

Web: La verdad dominicana.com
Según un informe recogido en La verdad dominicana.com el día 9 de Julio de 2008, las cárceles de Santo Domingo viven en continua hora punta. Los presos han establecido colmados donde compran y venden productos, han fabricado casetas de cartón piedra. Desperdicios fecales decoran el interior de las celdas y algunas de ellas sobrepasan su capacidad en un 100%. La noticia termina diciendo:
…En La Vega, la celda llamada “la burra” es el cuco de los presos.
Sed tantum dic verbo et sanabitur anima mea (Una sóla palabra tuya bastará para sanar mi alma)
Cuando salga, dicen que en poco más de un mes me darán la condicional, tengo intención de hacer un estudio sobre los que más sufren la crisis. Será en la ciudad de siempre, aunque la costumbre haya dibujado otras sombras por las calles y noches de tal forma que mi presencia se convierta en vacío.
Renato me ha dicho que vaya a algún sitio con mar. Eso es lo que algunos hacen dirigiéndose hacia Venice (Los Ángeles). Pero aquel lugar poblado de surferos, bohemian bourgeois (burgueses bohemios) y máquinas expendedoras de marihuana se ha convertido en un enorme campo de refugiados.
Lo primero que haré será dirigirme al Banco de Alimentos. Supongo que allí nos daremos cita Carpantas y funcionarios del hambre en general. Mi buen comportamiento albergaba un proyecto de investigación sobre ese mundo del que desconozco todo. No quiero trabajar ni actuar, tal vez acercarme a ese islote de indiferencia del que habla Baudrillard.
El otro día estaba borracho e insinué al alcaide que podría desarrollar uno de esos trabajos mientras espero algo. Será como viajar sin conocer el destino. De repente se me ocurrió atracar el Banco de Alimentos y secuestrarme en su local reclamando un cambio de nombre. Exigiría un bautizo que colocase el nombre de Carpanta sobre el comedor social, en luces de neón, arriba, en grande. Una idea más tonta que loca.
Carpanta nació en el número cuatro de Pulgarcito. Corría el año 1947 y aquel vástago de linaje literario, reconducía el hilo dejado por Lázaro de Tormes y el buscón Don Pablos. El mundo se ha digitalizado pero el hambre no. ¿A dónde me conducirán las ideas? ¿Cometeré un nuevo crimen? Baudrillard hablaba del crimen perfecto porque éste residía en la destrucción de lo real, la muerte de toda ilusión radical del mundo. “La imagen ya no puede imaginar lo real, ya que ella misma lo es. Ya no puede soñarlo, ya que ella es su realidad virtual. Es como si las cosas hubieran engullido su espejo y se hubieran convertido en transparentes para sí mismas, enteramente presentes para sí mismas, a plena luz, en tiempo real, en una trascripción despiadada. En lugar de estar ausentes de sí mismas en la ilusión, se ven obligadas a inscribirse en los millares de pantallas de cuyo horizonte no sólo ha desaparecido lo real, sino también la imagen. La realidad ha sido expulsada de la realidad. Sólo la tecnología sigue tal vez uniendo los fragmentos dispersos de lo real. Pero ¿adónde ha ido a parar la constelación del sentido?”
Otra posibilidad podría ser coger una moto y marchar hacia Ostia. Plagiar a Nani Moretti en su Caro Diario, pero ésta vez para llegar a la playa y no evitar el homenaje a Pasolini, aunque esto signifique arrodillarse ante lo pagano y su fabricación de cultos y artificios.
El título de su última entrevista “Estamos todos en peligro” está más vigente que nunca, tal vez tanto como lo estaba para él mismo. Bajo aquel rótulo Pasolini explicaba cómo los individuos que hicieron historia fueron siempre los que dijeron no, rechazando el mundo en que vivían.
Obviaré su muerte en aquella playa de Ostia y me sumergiré dentro de una burbuja donde retumbará el piano de Keith Jarret en Colonia. La improvisación impide ensayar la vida. En raras ocasiones los crímenes son perfectos.

El documental "Man on the wire" nos cuenta la aventura del funambulista Philippe Petit quien ,en 1974, cruzó hasta ocho veces y sin permiso alguno, las torres gemelas.
Visitando a los apestados
Al igual que el Gran Flaco, el médico del Sanatorio que protagoniza la Perorata del apestado, o mejor dicho, como ese Napoleón del cuadro, en cuántas ocasiones no me he imaginado igual en hospitales o en esas calles oscuras del barrio que un día fueron enormes y hoy prácticamente atravesaría de un salto:
Lo miraba mientras cruzada la galería, sorteando con destreza de saltimbanqui pies y brazos relajados, y taburetes, tumbonas, cojines. Me recordaba un grabado que había encontrado de niño en la buhardilla, Napoleón entre los apestados de Jaffa, y gritaba a sus espaldas, aunque ya no pudiera oírme, algún improperio cuartelero, sin más, por acabar riendo.
“Perorata del apestado” Gesualdo Bufalino

"Napoleón visitando a los apestados de Jaffa" Antoine-Jean Gros - 1804 -
La vida me ha dejado en libertad/ para caer como las hojas
Si pudiera retratar mis primeros pasos en libertad quedarían para siempre colgados, con su marco correspondiente, y titulados como el inicio de una loca aventura. El primer cuadro de un tríptico (infancia, juventud y madurez) que describiese una epopeya un tanto desgastada por el uso. Me aplicaría el dicho de John Gray, ese que alguna vez consuela ante el caos o la grandeza del universo: estamos obligados a vivir como si fuésemos libres, y continuaría dando pasos hasta adentrarme tímidamente en la vida de los otros. No debería pensar mucho más. La inacción que conlleva el pensamiento, ya se sabe, aumenta los niveles de colesterol y éste es un pequeño mal si lo comparamos con la cocción de neuronas a fuego lento. Éstas, las neuronas, podrían verse saltando dentro de una hoguera y su imagen nos recordaría a los antiguos, santos o brujos, condenados por herejes.
No he salido aún y ya han solicitado mis servicios como testigo para una boda real. Tengo que subrayar lo de real puesto que muy pocos son los que se creerán un enlace entre el Modi y una colombiana caída del cielo sin acordes, necesidades o exigencias de ningún guión extraño. El Modi vino a ver a su hermano y éste, al comunicarle mi más que probable salida, así me lo transmitió.
El Modi ha sorteado el espanto de la ruina y los embargos sólo con la fe. La teorías con la que en ristre luchaba contra el mundo dejaron de encender los fósforos muy pronto, como lija desgastada, al final su imaginación se convirtió en estatua de sal. Mucho antes de que esto ocurriera, lienzos, pasteles, óleos y panfletos llenaban su habitación con la posibilidad de otra vida, dentro o fuera de lo que pintaba y hasta allí acudíamos algunos apestados para idolatrar y rezar ante lo que venía en llamarse arte. Ahora creo que en el fondo, tras los discursos con los que conmocionó a buena parte de una juventud herida por el rayo de la vida, todo hubiese tomado distinto rumbo si alguna mujer se hubiera fijado en él.
Desfasado completamente y acunado por su Biblia parece ser que ha conseguido resistir al paso del tiempo ahí fuera. Le imagino ahora como uno de esos personajes de Pasolini que aparecen en el “El evangelio según San Mateo”, flirteando con la colombiana sin mácula ni otro pecado que el de ansiar su cáliz particular. Ese que nacionaliza a la huida para presentarla, con derecho propio, en ciudadana de este país.
“Qué días, qué veladas. Tal vez los únicos días ricos de una existencia que, después, no ha tenido otras hipérboles, y se ha hecho inesperadamente interminable. Mientras que entonces, a fuerza de contar y recontar mis escasos años como piezas de mecano o peones capturados dispuestos a los lados de un tablero, me había acostumbrado a no ver en el tiempo venidero más que el inminentísimo explicit de una partida ya perdida dentro de la mente; no un poema de caballerías que ocultara hasta la penúltima página maravillas y salvamientos, sino un soneto veloz al que sólo faltaba un verso, el sello de una rima que no estaba permitido alterar…”
“Perorata del apestado” Gesualdo Bufalino
Pasolini
Cual son dos gotas de agua
Esta mañana, nada más salir al pasillo, lo primero que se interpuso ante mis ojos fue una panza sobresaliendo de una celda. El dueño se ocultaba tras la puerta y así, sólo se dejaba ver esa vasija carnosa con una serpiente tatuada que, de inmediato, imaginé protosumeria. Por tanto, su antigüedad, o sea, el modelo que sirvió al tatuador, habría que buscarle en tiempos anteriores a Esculapio y su famosa vara de ciprés con serpiente incorporada.
Son maneras de caminar sin abrir ningún resorte mal engrasado de actualidad, como si cabalgase sobre el lomo de uno de los diez tigres blancos que hay en este país. No tiene mayor importancia. Decir esto supone añadir que se trataría de un cachorro porque cuando llegan a edad adulta son inaguantables y, por tanto, peligrosos y agresivos. A la vista de este apunte parece que guardamos con ellos más de un parecido natural.
O sea, me he levantado como un sonámbulo de mirada felina y buen humor, sorteando serpientes, tigres y bocanadas de humo que me transportaron a otras cárceles y cuentos. Buen humor, semanario satírico, era el título de una revista de humor gráfico que se publicó entre 1921 y 1931 con un aire aperturista y fresco. Ahí estaban K-Hito, Karikato, Tono, Mihura y otros muchos más de los que alguien llamó la otra generación del 27. Para acabar de retratar el momento de la mañana no faltó a la cita el saxo tenor del presidente, Lester Young. Ese era el saxo y el sobrenombre con el que la voz adolescente y cautivadora de Billie Holiday le bautizó. Él también pagó parte de sus penas en una prisión. Durante su llamada a filas, en la segunda guerra mundial, fue mascando su tragedia con alcohol y marihuana, lejos, muy lejos del saxo que le daba vida. Nada volvió a ser igual tras el año de reclusión. ¿Podría ser de otra manera? Él, al menos con la música, inventó su camino y ello le distanció del por entonces rey del saxo, Coleman Hawkins. El presidente, tras su paso por una prisión, no volvió a ser el mismo.
El café, esta mañana, estaba frío.

Lester Young
Un lunes
De creer al carcelero basta un cordón del zapato.
“Perorata del apestado”, Gesualdo Bufalino

Motín en cárcel de Brasil (Efe 19-6-2006)
Me examino de historia de la gente
A Matias, pasar una noche en el calabozo le supone nada. El lugar no queda muy lejos del camino llevado sin quererlo ni comerlo. Supone una aspirina para el cuerpo, una nave espacial que le suspende de dimes y diretes. Cuando se encendieron las alarmas su mujer ya no estaba allí, se había ido con el dinosaurio de Monterroso. Y tampoco será cuestión de mentir cuando en la obra por cuenta propia le pregunten por su ausencia y ese silencio que de repente paralizó la caída del muro en una casa pintada de polvo y desesperación.
Son consecuencias de las disputas diarias y con esa sencillez propia de las berzas y repollos que florecen sobre los sillones de algunas oficinas ministeriales, rápidamente se explicará. Litigios conyugales, vida doméstica y alguna cerveza de menos porque siempre hubiera podido entrar otra y así, en la barra del bar, los tragos habrían rematado la desgana de llamar a las cosas por su nombre. Blanco y en botella, el que quiera entender que entienda y con estas palabras pendientes de un hilo dejaremos el resto de preguntas junto a los cascos de cerveza que también olvidó bajo su andamio.
No puedo juzgarle y mientras él narraba su capítulo vital yo observaba mi figura gris, apoyada en una pared al fondo de un pasillo oscuro. Un desdoblamiento de personalidad. No sé qué podía estar haciendo en esa postura resignada y qué hacía viéndome así, pero al parecer estaba cumpliendo lo acordado. Muy cerca, otras personas iban y venían como si aquel pensador de Rodin, ahora levantado, no llamase para nada la atención. Mientras Matías se explicaba tranquilamente sentía cómo se me inyectaban en las venas pequeños mal entendidos y sinsabores. Tenía los ojos cerrados y alguien había movido una pequeña ficha en el juego de la vida. Yo tenía que mover otra para hacer un favor y así ad inifinitum, de tal manera que se iniciaba un juego paralelo del que nadie conocía el final. ¿A alguien le suena algo?
Mi postura semejaba también a la víctima atrapada por la araña en su red. Hubo un tiempo en que pensaba que un favor se había de disolver en la rutina, como un azucarillo en el café, y de esta manera no dar más importancia a lo que otro buenamente también haría por uno. Pero desde hace mucho ya no lo entiendo así y, no sé por qué, este Matías, inquilino eventual de esta pensión, me ha hecho recordar lo equivocado que estuve. La dificultad que entraña un guiño, una llamada o un beso similar al de Judas, en el momento preciso en el lugar adecuado, tiene un precio y no es tan simple como desde fuera puede parecer.
He visto cómo el dicho que reza, lo ignorado ni agradecido ni pagado, nunca pudo ser más cierto. La ignorancia con la que algunos sustituyen la corbata un día sí y otro también embrutece un mundo cada vez más repleto de botones, derechos y libertades.
Mientras pensaba esto, Matías hablaba. Juntos por caminos paralelos.

Me sopla la respuesta con un débil tintineo de cadenas
En ocasiones da igual el pie con el que uno se levante. Es tarde y no porque las calles ya han sido puestas. Supongo que también por eso pero aquí dentro y, a lo que me refiero, es que el tiempo es un trolebús a donde uno se sube sin salir prácticamente de la celda. Los aullidos me hicieron pensar en todas las grietas y velos del templo volviéndose a desgarrar de par en par. La muerte había pasado por allí no hacía mucho y, en pleno desconsuelo, una sinfonía de gritos repescaba para la realidad a los últimos soñadores adormecidos en algún submundo interior. Empezar así no es muy agradable ni, por desgracia, anormal. Luego me enteraría del despropósito y de esa parcela en carne y hueso que nos dejó ¡perra vida! que ni importa ni conmueve a las estrellas.
Con un amanecer así aún no era consciente del día que se avecinaba. Una gotera inmensa por donde volcaban orinales llenos de desperdicios era todo mi horizonte. Desperezarse lentamente no produce cáncer pero sí meteduras de pata y lecturas que se analizan a niveles conscientes e inconscientes. En lo alto, ángeles y arcángeles lamentan y traducen los hechos mientras sus alitas se mueven atrapadas entre los goznes de las puertas.
Creo que en las noticias aparecía dentro de un cráter el pariente de aquel astronauta que pisó la luna por primera vez en un lejano 1969. Se había roto la clavícula en una apartada orilla del globo y aunque a buen seguro, el susodicho no recordara todas las coplas que por allí se vieron nacer, con rapidez se acordaría del padre de alguno. Los baches, las coplas y las carreras también producen meteduras de pata, lecturas diversas y hasta fracturas de clavícula.

ANÁLISIS TARDÍO
(Fin de los años sesenta)
Sé bien, sé bien que estoy en el fondo de la fosa;
que todo aquello que toco ya lo he tocado;
que soy prisionero de un interés indecente;
que cada convalecencia es una recaída;
que las aguas están estancadas y todo tiene sabor a viejo;
que también el humorismo forma parte del bloque inamovible;
que no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo;
que no intento todavía reconocer quién soy;
que he perdido hasta la antigua paciencia de orfebre;
que la vejez hace resaltar por impaciencia sólo las miserias;
que no saldré nunca de aquí por más que sonría;
que doy vueltas de un lado a otro por la tierra como una bestia enjaulada;
que de tantas cuerdas que tengo he terminado por tirar de una sola;
que me gusta embarrarme porque el barro es materia pobre y por lo tanto pura;
que adoro la luz sólo si no ofrece esperanza.
Pier Paolo Pasolini
Catorce planetas muertos
Hay veces que me entran las palabras como si vinieran en vagones acolchados con la paja y los excrementos producidos por las entonaciones del viaje. Son frases amontonadas, unas detrás de otras, las mismas siempre diciendo lo mismo porque uno está donde siempre ha estado, en otro lugar que no es el suyo. Así un día, otro, las órdenes siguen amontonándose con ese olor ajeno del que también resultan interpretaciones y consejos sobre la vida que uno ha debido llevar. La estación de trenes está llena de conclusiones, pitidos y vapor de agua. Entre la niebla y la oscuridad he visto cómo un vagabundo se transformaba en un fastuoso conferenciante. Entró en los lavabos, pobre y achacoso. Salió con la frente muy alta y un nudo en la garganta que le hacía tomar un aire trascendental. Tal vez entonces pareciera un detective melancólico caminando hacia el funeral de un payaso transportado en un carruaje de cristal. Pero he dicho que se trataba de un charlatán. Su tema favorito podría ser la física de los antihéroes y los superhéroes ¿es razonable que los músculos de Superman puedan proporcionar una fuerza de 2.400 kilopondios? Para las charlas es más cómodo apoyarse en pantallas y dibujitos que insisten sobre lo evidente. De esta manera nos olvidamos de que un día existieron oradores capaces de embrujar a la audiencia sólo con la voz del argumento. ¿Cuándo hará lo mismo el capellán?
¿Cuándo serán otras las frases en los trenes, las estaciones, el vagabundo, las costuras y las grietas por donde poder atravesar tanta distancia que me aleja de mi?

"El hombre de Londres" Bela Tarr
Saturnismo
He ojeado las esquelas que aparecen en el periódico. Las miro con el mismo interés que el horóscopo. Entre ambas secciones se mueve el contenido de lo publicable. Cada esquela, al igual que cada signo del zodiaco, sostiene con sus palabras plomizas el sentido de la vida. Beethoven, tal día como ayer, se hundió arrastrado entre el plomo que circulaba por sus venas. Diagnóstico: Saturnismo. Paso las efemérides, me acomodo para la verdad a la vuelta de la página.

Apel-les Mestres
No hay nada que Yo no pueda perdonar
Sería fácil escribir a diario con la ayuda de las efemérides. Hay muchos que deben su originalidad a esa búsqueda, luego retorcida y salteada por la gracia que un negro les dio tras los bastidores. Un día como antes de ayer no sólo fue Beethoven, también Chandler y en consecuencia Marlowe los que abandonaron el planeta tal que un 26 de Marzo de 1959.
También me han hablado de bacterias. La Smith, transportada por las aguas de un río cualquiera, puede transformar el cultivo de patatas, tomates y berenjenas en vulgar paraíso de podredumbre. Las hay que no cesan en su empeño disoluto, aunque ordenado y para ello se sirven del espacio exterior. Desde lo alto son capaces de resistir con la misma fuerza una paella de incongruencias dispuestas por el mando, que unos rayos ultravioleta esterilizantes y cancerígenos. Entre las unas y las otras, están las que reivindican su poder en los quirófanos rematando lo que la destreza creía haber salvado. Éstas últimas fusionan los dos espacios anteriores, el de la tierra con el cielo y viceversa, en un ritual de lloros y reciclaje.
En sueños he husmeado la muerte
Cuando un muchacho de 19 años se suicida la gente se echa las manos a la cabeza. Sus padres son los primeros paralizados por el terror de la evidencia increíble que latía junto a ellos. Se encontraban tan distantes de esa sospecha como yo lo puedo estar ahora de un geógrafo escandinavo que está auscultando sinuosidades perdidas en una gruta recóndita del país (sigo los pasos del apestado y su perorata que escribió Gesualdo).

No estoy hablando del joven que se ha intentado ahorcar con el cordón del chándal en la cárcel de Morón de la Frontera. Carne de carroña que ya ha sido juzgada por su depravado divertimento. Esa actitud y ese individuo no plantea nada, a lo sumo, la consecuencia de haber optado por la conclusión de una filosofía socrática sin él saberlo. Es curioso que el otro día (25-3-2009) sólo eligiera una cita breve de Gesualdo Bufalino para cumplir con la escritura. Estaba escrita en los márgenes de una Filotea. Citando a San Francisco de Sales añadiré lo que para él era eso: “La razón por la cual dirijo mis palabras a Filotea es porque, queriendo acomodar a la utilidad común de muchas almas lo que al principio había escrito para una sola, la llamo con un nombre que conviene a todas las que quieren ser devotas, puesto que Filotea quiere decir amante o enamorada de Dios.” La frase, si algún devoto alcoholizado leyera esto, volvería a decir: “De creer al carcelero basta un cordón del zapato”. Si alguien tuvo alguna duda cuando leyó esto, Santo Tomás se la habrá aclarado perfectamente.

El otro día un muchacho ajeno a crímenes o juicios sumarísimos, un joven como vulgarmente se dice, normal, se lanzó a las vías como si fuera aquella taina donde mientras uno la ponía el resto se escondía. Por mi y por todos mis compañeros pero por mi el primero susurró al maquinista que no pudo sino hacer chirriar el freno para anunciar el momento justo de una nueva crucifixión. El muchacho ya no podrá ser agitador trotskista, poeta, humorista, erotómano, confidente o marco de otro estilo que no hubiese sido ya lo que fue. No muy lejos, en su cuarto aun caliente, escribió la carta de despedida. Era una prosa disoluta que hablaba de las pocas ganas y fuerzas que le faltaban para querer vivir, y si lloráis por mi viaje volveré para daros unas collejas… concluía el episodio. Se acababa así el crédito que sin él quererlo se le concedió de tapadillo. ¿Quién metió a la zorra en el gallinero? El mundo que le habían construido no contaba con él o al menos no con la tibieza que correspondería a un espíritu sensible. Siempre que acontece una tragedia de este tipo es como si alguien pintase una cruz sobre la fachada del hogar familiar o vecino que hasta entonces existía libre de culpa. Porque la culpa vivirá con los que le sobreviven pensando y repensando los fallos que no supieron detectar a tiempo como si eso arreglase algo.

Niebla sobre el Puente de Tolbiac - Brouillard au pont de Tolbiac
Jacques Tardi y Leo Mallet
Pero es que en este corral sólo veo zorras (las feministas que tachen la palabra zorras y pongan lobos, coyotes, leones, rinocerontes…). Es toda una heroicidad pasar el día sin acalorarse, disgustarse o sentir que tras el engaño se llegará a casa o debajo del puente y alguien te sonreirá dejando la mano perdida como si fuera una isla en el mar del viejo sofá o entre los cartones que te aferran al presente con lo único que tienes y por lo que merece la pena luchar.
Así lo veo desde aquí dentro. El muchacho está perdido junto al Dr. Livingstone frente al misterio de las fuentes del Nilo y ante la amargura por el comercio de esclavos. Así veo sus siluetas en el fondo de la noche hasta que Stanley, aquel niño que vivió internado en un taller penitenciario, vuelva a preguntar, Dr. Livingstone, I presume.

Illustration for french edition : Comment j’ai retrouvé Livingstone. Paris : Hachette, 1876.
Title : Rencontre de Livingstone
“…Las arañas no matan a las abejas, sino que echan a perder y corrompen la miel y embrollan con sus telas los panales de suerte que las abejas no pueden trabajar, pero esto ocurre cuando las arañas se establecen allí…”
San Francisco de Sales
Cálculo infinitesimal
Si en estos momentos un nuevo Vesubio explotara y arrasara con todo lo que tengo alrededor ¿qué esculturas dejaría plasmadas para la posteridad? ¿Qué cuadros, banquetes, formas e interpretaciones se harían con ellas? La época y el hombre habrían sido castigados y un nuevo tiempo saludaría el cambio.
No obstante los expertos restaurarían para su consumo, una vez más, a otro panadero Modestus introduciendo 81 panes en el horno. Ese número es una buena edad para enterrar a un panadero. Habría que pensar el epitafio, un género éste, a mi entender, de mayor enjundia que el del microrrelato. Su importancia contrasta con la escasez de ensayos sobre el tema y el atractivo con el que seducen a románticos y vividores. A falta de epitafio conservaríamos el cave canem (cuidado con el perro) de la época. A ese Modestus le seguirían las cestas de Félix el frutero, Lucius Cadelius Jucundus, el prestamista frente a las 151 tablas donde figuraban sus deudores, Menander el patricio…
Pero a lo que nadie conseguiría aproximarse, al igual que tampoco lo lograron en su día con aquellos habitantes de Pompeya y Herculano, es al ejército de pensamientos que desfilan por mi cabeza, las ideas, rencores disociados de mi mismo y sueños vestidos con sus trajes de fantasma, juntos, saludando mientras me revienta los tímpanos el blues y la verdad abstracta. Ese es el disco que recoge el instante “The blues and the abstract truth”, de Oliver Nelson. Canción tras canción penetran por mi condición fronteriza como si estuviese bajo la ducha y el agua quisiera lavar lo que no puede lavarse con agua.
Pienso que entre la fecha de nacimiento y la del fallecimiento bastaría con apuntar todo lo que se amó. Eso recogería la biografía a la que debería aspirar un ser de humana condición. El que esto escribe y aquellos eue piensan, ajenos a estas líneas, en el prematuro envejecimiento, los fracasos que sepultaron las ganas de vivir o el deber bien hecho, viendo como ven, a los hijos volarse hacia otros nidos. Todo lo demás, una inutilidad que adorna libros, historias, nombres de calles, estatuas y curriculum para una época donde la abstracción también está pasada de moda, puesto que la moda es lo que ya pasó y así continuamente hasta el nuevo epitafio que corone al individuo, resuma lo que fue y pretendió con esas tres verdades.

Así debió suceder
El lugar de los conflictos se encuentra dentro de mí. Desde mis praderas miro con atención personas y personajes que parecen nubes y búfalos de cartón paralizados por los nuevos tiempos que se les vienen encima. Atsuhiro Shimoyama, el niño del Sol naciente, abandonó Tokio para atender la llamada de esta piel de toro con la que se soñaba irreflexiva e incomprensiblemente. Frente al toro y en el coso de Ávila le empitonó una suerte esquiva que selló y paralizó su cuerpo y alma.
Un poco más allá surge fantasmal la figura de una nube con forma de balafón. Tras ella se esconde el mismísimo Salif Keita, la voz dorada de África. Descendiente directo del fundador del imperio de Mali, aunque de familia humilde, sufrió en su albinismo la corrupción del pueblo y, en su familia, la de la incomprensión. Se marchó a Bamako y desde allí desplegó sus alas de músico callejero, deslió ataduras y podredumbre. En ambos, todo estaba dentro, la suerte (negra o blanca) y la fuerza suficiente para querer encontrarse consigo mismo.

Atsuhiro Shimoyama "El niño del sol naciente"
Si tú vieras...
…Si tú vieras, en mi armario, cuántos trajes de noche, que tiendo sobre la cama, cuando estoy sola. Fláccidas armaduras vacías en las que se oye a veces crujir el espectro de la Marta que las habitó…”
“Perorata del apestado” Gesualdo Bufalino
Everybody needs somebody to love
Las celebraciones pasan por el exceso. Comestible y verbal. Luego, en mi caso, siento como si estuviera en un trono de barro, frente a un tipo similar al predicador Solomon Burke (Everybody Needs Somebody To Love). Él canta, yo, en silencio, pienso primeramente en los orígenes de las cosas. Esto depende del vino tomado. El preámbulo-orígen del punk fue Franz Zappa (su canción, flower punk lo expresa claro) digo y con eso desconecto y no escucho nada más en mi trono de barro.

Regreso a Normandia
Comenzar las memorias con palabras precisas, aquellas que hayan servido para cortar la vida en dos, sin importar el peso que haya caído a cada lado o si antes, la persona que cruzó el Rubicón fue uno y después otro, el hijo de Dios crucificado o el parricida que estaba oculto, como el pollito dentro del cascarón.
Un solo acto bastará para condenarte a llevar el adjetivo final. La posteridad viste así los santos pues, en el calendario, no hay demasiado espacio entre los números y las lunas.
En 1835, un muchacho de veinte años asesina brutalmente a su madre, hermana y hermano. En la cárcel escribe sus memorias donde explica los motivos que le llevaron a cometer tal crimen. En un principio citó al Deuteronomio, las palabras con las que Dios ordena a Moisés degollar a los adoradores del becerro de oro. Más tarde confesaría otras cuestiones, más propias de familia mal avenida.
Michel Foucault, atraído por el personaje, recopiló y ordenó todos los documentos posibles sobre el caso, legales y periodísticos.
René Ayillo consiguió realizar una película a base de tozudez y experiencia, pese a las dificultades económicas (se cortó buena parte del metraje por falta de financiación) y peculiaridades del rodaje (los actores fueron habitantes de la zona).

El pasador de tu camisal
Aquel suicidio cantado entre estas líneas el día 29 de Marzo tuvo otra explicación. Resultó ser la culpa del sabor de un lago helado, enorme porque albergaba al monstruo que nadie vio. Salvo el que adentro se hundió con su culpa entera, que no cabía en las mismas aguas junto a aquel animal.
Un amigo animó a otro porque se trataba de un juego inocente de juventud. El humo y el ruido del motor acabó dentro de la carne porque el amigo, animado por el amigo, se golpeo contra un muro. Ahí empieza tu futuro, que diría Octavio Paz. Entonces, el monstruo comenzó a navegar por el lago y el fin de la historia es por todos conocida. Sólo hace falta mirar arriba para adivinar que el frío de estos días es producido por el aleteo de cuatro nuevas alas que al cielo (aunque no exista) llegaron.



