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La ceniza de la tarde ha caído
En ocasiones nos encontramos con alguien, un grano en el desierto de la tarde junto a otro grano o, para ser más explícitos, seres desanimados ambos por las tibiezas de la imperfección, a fin de cuentas, sabias consejeras estas chirriantes maneras que no encajan y, lo que es más, catedráticas profesoras de doctos comportamientos. Esto último lo enseña la experiencia puesto que no todo es blanco o negro o, evidentemente, nada es lo que parece. La única fórmula para no admitir estas lindezas y seguir aferrado a viejos ideales, utopías en las que se vive cómodamente, es comulgar con ruedas de molino e insistir en eso, blanco o negro, como si siguiéramos dentro de una vieja televisión con su ruleta y UHF.

No he empezado aún a contar y ya me he disparado puesto que, una vez más, he demostrado ser más rápido escribiendo que mi propia mente en movimiento. Estaba en que dos granos habían tropezado en el mismo camino, desierto, sabana, pampa, pompa u océano. Dos granos caben en cualquier lugar (más cuando se aman). Y, entonces es que uno se disculpa ante el otro puesto que, aunque en apariencia viste deportivamente resulta que sólo anda deprisa y eso, en su edad, aún no se concibe como propio de quien se observa joven. Así piensa el que anda puesto que quien pasea, ajeno a estas ocurrencias aprovecha el encuentro y, sencillamente charla, intercambia palabras y se sorprende por el color que le ha tornado su piel a pesar del protector militar con el que se ha embadurnado el cuerpo. ¿Lo ves? Parece decir ofreciendo su brazo brillante a la explicación, no tan radiante ni falta que le hace. Este tipo de situaciones, aunque supongo se vayan curando con la edad puesto que cada uno intenta hacer, cuando puede, lo que le viene en gana sin tener que dar explicaciones, suelen ofrecerse más a menudo de lo que nos parece, siendo una mina algunos lugares y situaciones comprometidas. Al escribir esta palabra, comprometidas, se me vienen dos nombres a la cabeza. Hospitales y Clubs. Puede haber otras y más comprometidas aún, eso lo dejo para la biografía de cada uno. David Rubin

“Un día uno de nosotros se enterará de la muerte del otro. Entonces este minuto que estamos viviendo juntos, y que juntos recordaremos mientras ambos vivamos, resultará partido en dos, borrado en un cincuenta por ciento. Más adelante la ola negra acabará por cubrir al que ha quedado. Y ya nadie sabrá que frente al quiosco Turco-Colosi, el 13 de julio de 1951, a las trece treinta, encendimos dos Serraglio con la misma cerilla…” “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria” G. Bufalino Krzysztof Wodiczko
R&B, soul, jazz, blues...
Escribir sobre el verano, las horas y las tardes más que nada, porque las mañanas me he de conformar con el azucarillo humedecido por el sudor y las yemas ajenas que terminan colocándome la ceniza de la vida quemada en la frente para aliviar sus pesares y cargar los míos con paciencia y comprensión. No sé lo que digo pero me entiendo (Mala tarea la del aprendiz de escritor ésta de aspirar a entenderme y no a que me entiendan).
He empujado un coche viejo con la ele detrás, adherida como el sello al sobre desde donde asomaban las cabezas de dos pollitos recién salidos del huevo. Qué bonito, cómo empujaban en mitad de una rotonda no muy peligrosa aunque lo suficiente para pensar en no instalar allí esa tienda de campaña hecha de hierros y latones imposible de arrancar. El día es un huevo también ante el que asomamos la cabeza al despertar, nada sabemos sobre lo que nos deparará el exterior o si esta vez, por fin, la empresa nos mandará de una vez por todas al espacio. A veces yo también duermo con las piernas encogidas, igual que un Dalí feliz palpitando en el útero materno.

Una de las cosas que me sigue trayendo puntualmente el verano es alguna canción o liturgia compartida y pronunciada por un aprendiz de dj. que ha descubierto, una vez más, la joya del año. Esa joya rescatada de algún pecio antiguo nada tiene que ver o, acaso sí, con otra moda que la vivida dentro y, por tanto, nunca más presente y actual. Una joyita más para introducir en el joyero con su bailarina insustancial que ya no es otra cosa sino lo que siempre fue, el pensamiento girando en la misma dirección. Para cabezotas siempre entrenamos duro sin necesidad de cuerda alguna. “…Reclamaría con un silbido, igual que un domador, mi corazón de la licencia, lo devolvería a la habitual jaula de Venera y de la ciudad…” “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria” G. B. Estos juegos que practico involuntariamente me devuelven a otros tiempos donde el baile y la melodía repetida en todos y cada uno de los bares o transistores, aunque ajenos, movían buena parte del mundo o al menos así me lo parecía. Y qué hermoso vivir en un tiempo detenido para poder seguir diciendo, vamos venid a mi casa para romperos la piel y los huesos gritando también aleluya oh yeah detrás de los gritos de Mingus en su better git it in your soul, la primera canción del Mingus ah um. Qué esplendidas las epifanías de Roger Eagle escritas por Kiko Amat en la Vanguardia de hoy. Espléndidas por el ritual de su lectura, con mis cuatro ojos bien abiertos, como si hubiera dado con una grieta o fisura ajena a la derrota. Porque aquel señor mostró y colocó al mundo entero en su sitio, bajo los hechizos de las más famosas catedrales musicales rehabilitadas o fundadas por él mismo, Manchester (Twisted Wheel Club, The Magic Village) y Liverpool (Eric´s). Eran los años 60 y 70, eran Bo Diddley, Eric Burdon, Jethro Tull, Pink Floyd... Era una vez una culebrilla que se metía en la grieta, era verano, Joe Cocker, OMD… cristal de murano. “Era sin duda la mujer más hermosa que jamás había visto. Con todas las partes del cuerpo tan exactas como para hacer pensar que no todo era natural sino que un lapidario muy experto le había aquí quitado, allí añadido un miligramo de carne, y bruñido con piedra pómez el seno, y torneado la pierna, y dado a la mirada aquella luz fantástica y compleja, e insinuado en la barbilla la imperceptible perfidia de un hoyuelo… Todos sus atributos eran bellísimos, de calidad ciudadana. El mismo antojo marrón que le marcaba el hombro, apenas visible en medio del bronceado, parecía menos una mancha que una real flor de lis. Aunque yo, comparándola con los más frescos encantos de Venera, estuviera seguro de una cosa; que aquello era el cenit de una madurez, dentro de un año o de un día comenzaría la decadencia. Ya amenazaban ambos lados de los ojos las diminutas arrugas, que el sol empujaba hacia la frente, allí donde comienzan a implantarse los cabellos; o los mismos andares que a cada paso pedían el apoyo de un irrisorio movimiento de caderas; y el destello de rencor irónico y adulto que le entreabrió la boca, mientras, inclinándose, la ofrecía al beso del caballero…” “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria” G. Bufalino 

Y todo fue furtivo: el alba, luego el sueño
Sé que el luto se lleva por dentro. Era un conocimiento simple y primitivo que ahora se me ha abierto, como si fuera un abanico, en nuevas formas y posibilidades no aptas para menores. He conocido a una persona que llegó a perder el sentido del olfato como consecuencia de la muerte de un ser querido. Junto con aquel cadáver se fueron no sólo los azahares y las violetas en su más perfumada expresión sino también, evidentemente, la mierda, la caca y el pis.
Luego, un día, pareció que todas las paredes de la casa se habían embadurnado con una extraña rebanada de alioli, sardinas y laurel. Resultó que el olfato, transcurridos casi dos años, había hecho acto de presencia sin otro aviso, recordó más tarde, que el de un sueño. En él la persona amputada de su sentido y soñadora inconsciente se encontraba en un aeropuerto recitando a Quevedo, érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, etc. No estaba de paso precisamente en ese no lugar mientras olisqueaba, se arrascaba y a cuatro patas se adhería a las maletas y bolsillos de los viajeros que condescendían ante un comportamiento tan perruno. El luto había cumplido.
Antecedentes a este estado y situación (independientemente del sueño clarividente) que nos sorprende habrá y, probablemente, no muy lejos de su hogar, puesto que todo lo malo se hereda. Aunque no sé si llamar malo a semejante ausencia teniendo en cuenta que su oficio no dependía de este sentido que el tiempo mordió, pues ni era catador de café ni jardinero real, cocinero o rastreador apache del que dependiera un ejército, una batalla o el comienzo de una decadencia contada por un historiador. El olfato es importante no sólo para el desempeño de un buen oficio sino, por ejemplo, para apasionarse con las más inverosímiles o estrambóticas necesidades. Ahora, en este momento, me conformo con seguir las huellas dejadas por los antecedentes que pudo olfatear en el lejano 1948 Josep Escobar, creador de Zipi y Zape. Las hojas del calendario se vuelven a montar unas encima de otras, las agujas del reloj se abren y con ellas The Katzenjammer Kids (1897), el suplemento dominical del New York Journal, una serie protagonizada por Mamma Kantzenjammer y sus dos traviesas criaturas, Hans y Fritz. Sigo a mi nariz pegado y doy un salto para montarme en los lomos de Wilheim Busch. Estoy en Alemania, 1865. Los protagonistas de las aventuras que este escritor y poeta mueve de capítulo en capítulo me acercan otro poquito más a la raíz de la cuestión. Los dibujos de los hermanos Max und Moritz visten el prólogo y el séptimo capítulo de la obra. Afortunadamente no me he visto a guardar ningún luto riguroso y, más mal que bien, mi olfato no me falla querido Watson. “ - Puede expresar un último deseo, antes de bailar conmigo. Sonrió. Yo comencé inmediatamente mal, chocando con un absorto surplace de dos, mejilla contra mejilla. - Lo he hecho adrede –fingí, para justificarme-. Siempre coceo a las parejas más tiernas, les recuerdo que el tiempo existe. Volvió a sonreír, descubrí con pavor que su sonrisa era una tapadera sobre el vacío y que, en cuanto a bailar, bailaba peor que yo.” “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria” G. Bufalino 
![[Max+and+Moritz+01.jpg]](http://2.bp.blogspot.com/_GH2KOsLmIHI/Sbte3H4cFJI/AAAAAAAABLY/7WWp4bN2iSA/s1600/Max%2Band%2BMoritz%2B01.jpg)
junto al cercano aullido de un perro solitario
No sé cómo me las arreglo para terminar la semana en baja forma. A menudo echo la culpa a esos mamíferos denominados homo sapiens, a fin de cuentas una especie animal entre otras muchas. Pero el termómetro que me marca ese cansancio está dentro de mí y debería haber aprendido a regularle sin esas subidas y bajadas, igual que un mariscal de campo en medio del fragor de una batalla (voy a suponer una batallita que, a pesar de los miles de bajas, la historia colocará en un rincón invisible, acta para abuelos Cebolletas y chochos en general).

Sé que algunos soldados, mientras yo me columpiaba bajo la rama de un manzano imaginario con disquisiciones propia de la TIA, habían encontrado un pequeño acomodo en su lucha diaria. El ejército de amigos, conocidos y familiares deambula, a estas alturas de la vida, completamente esparcido y dejado a su suerte, única y exclusiva, sin más sombras que sus razones ni otras divisiones que las propias de una infantería bastante regular.
La suerte de cada soldado se plasma en el uniforme, más o menos ajado y en la sonrisa que, al igual que el uniforme, se viste de igual manera. Pero sé que, a pesar de todo, algunos soldados han logrado frotar una cantimplora fresca hasta ver aparecer, en vez de agua o vino, ese geniecillo venido de muy lejos y sin embargo compañero del alma, compañero. La distancia une y la cercanía aleja. La llegada del geniecillo, como si el tiempo no hubiera pasado, abrirá los poros, fantasías y espíritu de los soldados, alejados de todos y todo. Será una afortunada manera de conseguir que alguien, tras sus dichas y desdichas, se le acerque con las orejas desinfectadas bien abiertas. Frotar la cantimplora-lámpara, nada más antiguo y simbólico, para el soldado solitario, despojado de cualquier material cartográfico y que, sin saberlo, se ha adentrado peligrosamente en la selva de la vida.

Fotos de Frank Hurley
Se me había amotinado el pecho
El silencio, además de sabio, ofrece tranquilidad. El lago sobre el que se asienta invita a la paz y la reflexión. La manera en que he pretendido alcanzar semejante postal me ha obligado a sentarme, la mayor parte de las veces, con la nariz apuntando a oriente. Eso sí, la espalda cubierta, como buen vaquero y heredero de pestilentes recuerdos. La experiencia de la vida también es eso. Pero hoy estaba leyendo…
“cartílagos de murciélago exangüe; una caries, en la parte superior, que pulsa sincrónicamente con la gran bomba del corazón. Me examino las manos: en el dorso de cada una, dos o tres manchas marrones, del tamaño de un guisante, que el otro día no estaban. Dentro de la oreja un crujido de lluvia que nunca cesa, pisoteos de minúsculas patas, horda de termitas que construye –con paciencia, con indiferencia- el edificio de mi muerte. Intento apagar la luz… Cuando una conversación me trituró los minutos que no eran míos sino de todos y sin cambiar de posición al reloj de arena me dio por extender las alas e iluminar los ojos. Los juicios son necesarios para defender lo propio. Es cierto, si cada mendrugo de corazón, cada harapo de vísceras sale a la luz, traducido como un estrépito de coribante… Y el tiempo se irá y lo que para mí es firma de aburrimiento y vacío para ellos es, llanamente, cuestión de vida o muerte. Entonces me rebelé contra las sombras y comencé a sacar palabras como si fueran palomas ante los cazadores, tonterías que muestran debilidad, corrosiva y lacerante estupidez… el tiempo quería decirles, el tiempo… gota de miel, no te caigas. Minuto de oro, no te vayas.
Ocurre a menudo, aprender a vivir con el silencio y desterrar la ira o la opinión fuera del estómago en ocasiones se complica, bien por una nube, una lectura o porque nadie es perfecto y el pelele que se lleva dentro necesita sacudirse las espinas, las plumas y la brea que le cubre. ¡Odiable, amable vida!
La cursiva: “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria”. Gesualdo Bufalino.

Matías Duville
Sonó a color violeta
Lo que se oculta en la conversación constituye el éxito o fracaso de la relación, justamente la pepita donde duerme algún resto de verdad. El nivel de amistad, familia o cualquier otra manera de converger en un punto o lugar, se debería medir mediante lo que no se ha dicho pero se ha sentido, hecho o pensado sin exteriorizar. Deberíamos introducirnos en una gran máquina magnética para que elaborara imágenes, datos y frecuencias que se traducirían en aquello necesario para completar lo que somos públicamente.

Matías Duville
Aquellas cuestiones privadas que no merecen compartirse forman el edificio de nuestro ser oculto a profanos desleales, mundanos para nosotros, miembros del más allá. Poder explicarse sin miedos, con las metáforas y juicios más dispersos, sin que la persona que está al otro lado pueda ofenderse, enemistarse, mal pensar o alarmarse por el sencillo hecho de no compartir o entender nada de lo que se diga, es el cúlmen de esos conceptos, amistad, familia, etc. Ahora más que nunca pienso que ese estado es una utopía, un ideal más junto al de justicia, equidad... Matías Duville
Mi cabeza sobre una pica
Esta noche los gatos se han mostrado como lo que son, grandes felinos aulladores. Dentro de poco la luna obesa vomitará sus rayos sobre la tierra. Todas las embarazadas del mundo desfilarán hacia los hospitales, como abducidas por un platillo volante. A pesar de sus dolores, desconocimiento o sobrada experiencia sabrán sujetarse a las contracciones, muletas sobre las que mantendrán un difícil equilibrio, tal como si fueran a ofrecerse en sacrificio a un dios menor, ay, ay, respira, respira hondo, los extraterrestres están a punto de llegar. Se abre la veda del cangrejo rojo de las marismas (procambarus clarkii), aullidos, gemidos, los primeros llantos, licencia para pescar, pequeñines no, etc. Estamos en Hispania, tierra de conejos (cuestiones etimológicas fenicias, no piensen mal).

Biskup
toso inmediatamente en el pañuelo
He visitado lugares que lo fueron todo durante un tiempo muy breve, algo así como un kit kat en su historia. Minas de oro esquilmadas y abandonadas tras una eclosión volcánica y febril, ecos de California venidos de un lejano Potosí, extensiones de proyectos faraónicos que no trajeron otra riqueza que la del andamiaje preparativo al gran sueño, un castillo de naipes soplado por el ogro de la realidad. Vías de ferrocarril abriendo en canal la tierra ignota, sembrando pasiones, temperamentos y un ejército de alcohólicos, prostitutas y ladrones alimentados directamente en sangre con el suero de casinos y prostíbulos siempre anunciando jornadas de piernas abiertas.

Brandon Ragnar
Sin ser esto que digo los pueblos de Castilla, no hace tanto, parieron a sus hijos en manadas y camadas. Desde un dirigible, con la cámara en lo alto, podríamos haber filmado un documental donde se les vería trotar, andar o entornar el carro, pacer en el campo, libres y llenos de hambre. Juntos hicieron un gran número, la masa, una mina de oro, pero de mamíferos dispuestos a todo, incluso a vivir. Castilla fue una gran barra de bar donde sólo se servía carne y huesos, un ejército de personas tostado, curtido y fiero. Muchos de ellos, tras la jubilación han vuelto para revocar y levantar sus escombros, hacer de ellos un hermoso ataúd castellano. Gracias a ellos algunos pueblos se resisten a agonizar impunemente mientras se revuelcan en juicios, envidias y cánticos primaverales. En todo caso, un epílogo salvaje donde el forastero no es bien recibido. “¡Cómo corrompe el tiempo no sólo los cuerpos sino los acontecimientos, los cómos y los porqués de cualquier acto humano! Bastan pocas estaciones y cualquier acontecimiento se deshace, se vacía de sentido, se cubre de un luctuoso y leproso salitre, se resquebraja al igual que la piel de una pared. No hay ninguna esperanza de que cuanto ocurre en este mismo instantáneo presente se disponga a tener mañana más fueraza que cualquier cosa ocurrida ayer: las matanzas religiosas de la Valtellina, los ataques en el Isonzo, el paralelo 18º… Sangre, fiebre y crujir de dientes, ayer; hoy, titulitos en un libro…” “Argos el ciego o bien Los sueños de la memoria” G. Bufalino Brandon Ragnar
Respiremos la luz

No llegar a ser profesional es una máxima para poder desarrollar con gusto y sacrificio la pasión que se lleva dentro. Esto también implica una carrera muy lenta, donde probablemente no se crezca al ritmo deseado. No es lo mismo intercambiar ideas, formas y maneras con un equipo de primera que con un pelotón más o menos organizado pero hundido en el pozo de la división regional.
Carreras populares, leyendas en las calles, lecturas bajo la almohada, izar un pequeño banderín de satisfacción en el escenario mientras el mundo se hunde. Mantenerse.

Volvió a beber y escuchó la lluvia
Vivir sin hacer planes resulta imposible. Pensar en una forma de libertad y autonomía que pueda prescindir de ellos para sentirnos más nosotros, resulta ingenua y estúpida. El cuerpo, sin la mente, también tiene planes, programas, genes que vomitan cánceres, mutaciones y muertes celulares con día y hora programada.
Ahora bien, los planes están para romperse, sí, pero aunque se rompan no quiere decir que la ruptura, en realidad, no esté dentro del plan. ¿El plan de quien? Para sobrevivir nos inventamos respuestas.

Robert Bailey
Para que se nos termine de conocer un gramo más de lo habitual necesitamos exponernos a esas razones desconocidas o, en el mejor de los casos, adversas e imprevisibles. Resulta excesivamente fácil y a la vez imbécil mostrarse reluciente cuando todo resulta conocido, cuando se invita en el mejor restaurante y, además, el camarero no nos salpica el traje recién comprado. Cuando con una llamada telefónica ponemos en funcionamiento bielas, ruedas y conexiones que reproducirán a distancia, el efecto deseado y buscado. Cuando, en definitiva, todo está bajo control. Por ello, cuanto menos nos movamos o cambiemos de lugar, podemos pensar que menos nos desvirtuarán las circunstancias pero también, menos nosotros seremos, al habernos amputado esas posibilidades de ser a pesar de nosotros mismos. Robert Bailey 
Deberíamos coleccionar esos momentos de ira, vestiduras rasgadas, aturdimientos o ridiculeces variopintas que nos inducen al fracaso y hacer de ellas un carrusel, no para montar, sino para deleitarnos periódicamente con esas figuras de cera girando alrededor de nuestros ojos extasiados. Colocarlas en un calendario y visitarlas, imitando el día de difuntos, al menos una vez en el año.
Decir entonces y si algún día consiguiésemos limarnos las aristas, imprecaciones, visitarnos con un candil en la mano y, en reposo, desfilar entre esas sombras dormidas sabiendo que sólo dependen de nuestra voluntad y que, por ello, tenemos la facultad de no volverlas a despertar. Si supiésemos un día que jamás se levantarán contra nosotros los exabruptos y vómitos con los que descargamos sin preguntar, como si fueran zombis resucitados, vampiros que nos bebieron la vida a tragos tal que blody marys mezclados con lo peor de nosotros, abandonados por nuestra memoria sobre la acera, como esas cervezas que aparecen milagrosamente erectas los domingos por la mañana cuando vamos a comprar el pan.

Benito Quinquela Martín
“… Usted y ellos. Todos sabiendo que nuestra manera de vivir es una farsa, capaces de admitirlo, pero no haciéndolo porque cada uno necesita, además, proteger una farsa personal. También yo, claro. Petrus es un farsante cuando le ofrece la Gerencia General y usted otro cuando acepta. Es un juego, y usted y él saben que el otro está jugando. Pero se callan y disimulan. Petrus necesita un gerente para poder chicanear probando que no se interrumpió el funcionamiento del astillero. Usted quiee ir acumulando sueldos por si algún día viene el milagro y el asunto se arregla y se puede exigir el pago. Supongo.”
“El astillero” Juan Carlos Onetti
la insistencia de las estrellas aisladas que exigían un nombre
Remar con las horas, día a día, junto a los caracteres y batiburrillos que lían y fracturan los deseos y la realidad que nos conforman, es complicado. Más aún si al lado, dándonos un perfil egipcio y sudoroso se presenta lo que diría Kundera, una actitud legítima aunque irreconciliable con quien esto escribe. Me deslizo por terrenos pantanosos porque pantanosa es la vida y la manera con que describen algunos la escritura de Onetti en el Astillero. Quedo aturdido con tanto sentimiento cotidiano, falto de aventuras a no ser que el que no quiera ver la aventura sea yo y en esta vida, todo, incluso lavarse los dientes cada mañana, suponga una aventura para alguien que así lo viva.

Ya no hay paños, ni madre o doctor Cataplasma que tapice mi rostro con un santo remedio. Las lágrimas caen sobre Panchita que alegre me baila dentro mientras su sobrina persigue a un exploradorcete para saciar su apetito (Pulgarcito 1517, año 1960). Desde entonces, desde antes de nacer se escribía mi tentación antropóloga y, por extensión, la antropófaga con la que el mundo se reparte su verdad en la mesa, como si el juicio eterno se hubiera adelantado y, de repente, no quedara otro remedio que decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Otra vez Kundera, en el mismo capítulo: Es necesaria una gran madurez para comprender que la opinión que defendemos no es más que nuestra hipótesis favorita, a la fuerza imperfecta, probablemente pasajera, que sólo los muy cortos de entendederas pueden tomar por una certeza o una verdad. "Viajero frente al mar de niebla" Friedrich Trato de racionalizar lo que son sentimientos ajenos y, por tanto, me columpio ayudado con un cordón umbilical del que espero no ahorcarme. Conozco a una abuela que ha encontrado su particular manera de rejuvenecer compartiendo con su hija cada segundo y, por extensión, cada bocanada de aire que antes ella tragará para comprobar temperaturas y niveles de oxígeno. El resto del mundo existe en un universo paralelo con satélites y una especie de nubes desbordantes de emoción. Es complicado explicar lo que se siente al leer un verso, una novela o las líneas de la mano. A veces ni yo me lo creo porque pienso que estas cosillas tienen bastante más de mentira de lo que ya tiene la vida de por sí y por tanto, explicarlo me resulta difícil. Es como si me hubiera transformado en el mismo doctor Cataplasma, de Schnmidt, e intentara de nuevo civilizar a la sobrina de Panchita que sólo piensa en merendar una pepona, ver televisada la biografía de Drácula y otras salvajes costumbres traídas del Congo. Me canso. “Este cuerpo; las piernas, los brazos, el sexo, las tripas, lo que me permite la amistad con la gente y las cosas; la cabeza que soy yo y por eso no existe para mí; pero está el hueco del tórax, que ya no es un hueco, relleno con restos, virutas, limaduras, polvo, el desecho de todo lo que me importó, todo lo que en el otro mundo permití que me hiciera feliz o desgraciado. Y tan a gusto, y siempre listo para empezar, si me hubiera dejado quedar allí o hubiese podido.” “El astillero” Onetti 
"Monje frente al mar" Friedrich
Duerme dentro de las murallas
…Eso era todo, y alcanzaba. Cuando tuvo nombre –El Chamamé, y el subtítulo: “Grandes mejoras por cambio de dueño”- escrito en una tabla que clavaron torcida en un plátano enano que señalaba la esquina y pretendía establecer el límite entre vereda y camino, no hubo que agregarle mucho: algunas mesas, sillas y botellas, otro farol en el rincón donde el espacio de los cueros lo ocupaba ahora una tarima para los músicos. Y en un tirante vertical, otro cartel: “Prohibido el uso y porte de armas”, grandilocuente, innecesario, expuesto alí como congraciadora adhesión a la autoridad, que era un milico con jinetas de cabo que ataba cada noche el caballo al arbolito de la esquina.
“El astillero” Onetti
La expresión "trabajar para el inglés" es una más entre un millón. Una con la que todo el mundo se puede sentir identificado cuando, tras tanto sacrificio baldío, el cuerpo se ha acorchado dejando a la mente abandonada a una suerte loca que no mira ni pregunta por nada de lo que ha estado haciendo. Trabajar para quien nada agradece es parte del juego, algo habitual que extirpa cualquier propuesta original o sentimental.
La sensación de que quien te acompaña buena parte del camino es uno de estos ingleses, dueños, amos o jefes con los que justa o injustamente ha obrado el saber popular, se añade plomiza junto a mi sombra que aspira, en momentos de fatiga y ron, a una misantropía salvadora y, en algunas ocasiones, extrañamente beatífica. Ego te absolvo a peccatis tuis.

"La menzogna" Salvator Rosa
Yo no tuve amigos invisibles ni santa necesidad pero con el tiempo, mis monólogos frente a contenedores de papel y vidrio o en mitad de un pasillo estrecho, engrosando el escupitajo en boca que haría Larsen Juntacadáveres, y sobre las baldosas que voy pisando, primero un pie, el otro, a un lado sin estar borracho, al otro, como si sacase de la manga no un naipe sino una señal de la cruz (in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen) me devuelven a esa especie de locura inventiva e infantil en el que yo mismo aspiro a ser mi propio amigo, en este caso invisible para los demás y, mientras no cause problemas, para el inglés (sea éste individuo o multitud) también. "Expulsión de los diablos de Arezzo" Giotto
Lo pensáis como un frío

El cuerpo, para variar, cruje, se contrae y pide una armadura para evitar más contacto del permitido. Ahora, el paso del tiempo se me presenta en forma de paciencia y pequeños callejones sin salida donde, aturdido, imagino escapatorias imposibles, brutalidades y desatinos que me puedan anestesiar el cuerpo, la mente y el presente. Así me da por descansar apoyado a una pared, cambiando la cerveza entre las piernas por un libro cualquiera, se me ocurre que bien pudiera ser el de “Lanza en astillero” por aquello de la polémica y el polvo levantado con su acercamiento al kamasutra, clásico dentro del clásico. Pero al abrir los ojos o el libro no veo hidalgos caballeros ni acercamientos dulcinescos sino abuelas rockeras que danzan, danzan como si todavía no hubieran empezado a comerse el mundo y sus pies exprimiesen la uva sobre el asfalto, entre obuses, barones y aquella música que en los ochenta también se decía diabólica. Paso las hojas y no consigo ver a Don Quijote, lanza en ristre acertando en el cuerpo pleno de Maritormes la ventera. Al contrario, mi pesadilla me trae a la cabeza la fotografía de Ángeles, la abuela rockera que dio imagen al disco que Panzer grabó en 1985, “Toca madera”. Ella y otras muchas más han saltado de los libros y vinilos a la vida, me han llenado de sangre fresca el aire y transfundido con su comportamiento, frescura pero también enajenación, experiencia y el mando insuficiente para estar en todo, aunque lo intentan.

Estaba feliz y esta felicidad era inservible
Cuando desperté la cigüeña no estaba en su nido. Esto no es el inicio de ningún otro cuento que el representado por la realidad al comenzar la mañana.
Las alegrías pueden hacer condescendiente a la persona, elevar sus niveles de perdón y generosidad. Lo contrario, una suma considerable de lo que para ella son desgracias, actuarán en el platillo contrario de la balanza.
De fondo, mientras aparentaba dormir, han construido en cuerpo y alma la vida de dos lagartas. He sentido las palabras como si vinieran de un sueño lejano, situado en las antípodas de las mil y una noches. Dos más a sumar en mi colección particular, cromos para el álbum que no quise comprar. Cromos, a fin de cuentas repetidos o, según se mire, seguidos en la colección del uno al infinito:
Lagarta 1: Un camarero se ha tirado al tren. Ya son dos los del gremio que han decidido cambiar el chiste de tirarse al maquinista por la máquina, rauda y veloz como su deseo fatal y asfixiante. Apenas sé nada, sólo que detrás aparece una mujer, latinoamericana. Ella tenía poderes maléficos sobre él. Él se vengó sobre si mismo.
Lagarta 2: El hijo de una familia bien y tal se ha visto entrampado en un piso de protección oficial junto a su novia. (Lo mismo valdría para referirme a ella). Durante meses él, que era un manitas, ha trabajado haciendo de la cocina un altar, amueblando habitaciones y haciendo de las cuatro paredes un palacete donde brindar por las victorias y derrotas tanto en verano como en invierno. Pero mucho antes del último chupinazo televisado los acontecimientos se han precipitado, dejándose el uno al otro y viceversa, todos con Dios y que San Pedro se lo bendiga. La pareja de ases, rota por la mitad, sigue pagando el piso ante la tesitura presentada. Los dos, corazón y trébol, aplauden y lamentan su suerte bajo el paraguas de una sutil y liviana hipoteca. Ésta, además de servirles como pegamento imedio, alimenta de forma gratuita el óxido corrosivo presentado irremediablemente en la junta de sus vidas.

Rafael Zabaleta
“Puso sin ruido el revólver sobre la mesa y retrocedió un poco para observarlo.
-Es un Smith- informó con un orgullo inoportuno y marchito.
Estuvieron los dos un rato en silencio, cabizbajos y atentos, mirando la forma perfecta del arma, el tenue resplandor lila del acero del caño, la superficie negra y rugosa de la cacha. La examinaban, sin intención de tocarla, como si se tratara de un animal de existencia comprobada pero nunca visto por ellos, un insecto que acabara de posarse en el escritorio, amenazante y amenazado, pero sin conciencia de esto, quieto, incomprensible, tratando acaso de comuncarse por una vibración de los élitros que la tosquedad de los hombres no podía percibir.”
“El Astillero” Onetti
Abrir los ojos, después de que la noche recluyera los astros en su amplia cueva rasa
En muchas películas made in China, Japón o Taiwan aparecen derrotados personajes que, bien de día o mayormente sirviendo de relleno a la noche, se olvidan del mundo y cantan, con más pena que gloria, en un karaoke sórdido o difuso por su interés y aparente anacronismo.
Ayer no fue una película sino el deambular propio de una caravana perdida por su poca costumbre y convicción, la que me llevó a un lugar de ese tipo. No voy a extenderme con la fauna que, extraña de apariencia pero próxima en estudios de voz y canto, allí se escondía sin sed ni otro sueño que el de agarrar nuevamente el micrófono y predicar en el desierto.

Anselm Kiefer
Sólo una camarera, ajustada a su porte vital, se me hacía diferente y hasta quizás, exportable a cualquier otro lugar alejado de aquel espanto, caricatura grotesca de un Neverland castellano, antesala de ciertos ligoteos y paradigma de la fiesta y del monólogo más ridículo. Con estas posturas y expectativas el grupo con el que disfrutaba los sabores de una buena digestión quedó perfectamente mimetizado, confundiéndose con los más y los menos, aferrado a cervezas, refrescos y títulos de canciones que pudieran encajar, de algún modo, en el currículum atroz que traduce y conforma nuestro talento, distinto para cada uno y para los demás. Me llamó la atención cómo algunas jovencitas ondeaban sus minifaldas y esqueletos siguiendo el tono de canciones con cierto sabor medieval y taurino. Tonalidades a las que yo creía defenestradas de cualquier cultura o, en el mejor de los casos, arqueologías a recuperar en un curso de verano impartido al efecto por émulos de Paco Clavel. Anselm Kiefer 
Tengo que decir también que entre todos esos seres, zombis abstractos, caras que se me hacen tan comunes y vulgares como un ramo de perejil ofrecido a la futura suegra en señal de aprobación y petición de mano, una mujer se llevaba la palma, el rosario y la penitencia que, me dio por suponer, hacía en señal de arrepentimiento y castigo. Su voz nos estuvo acompañando en todo momento hasta el punto que su horrendo sonido, propio de la hija de un Cíclope acatarrado, se nos hizo no tan desagradable y acorde con la decoración, siempre en movimiento, que allí existía. La chica y futura mujer, llevaba en esa isla del cante desde que asomó la luna, procedente de su Lesbos nocturno, según dijeron. Tanto tiempo y tanta sed debía haber aplacado que no había micrófonos, canciones ni pantallas suficientes donde mirarse la alegría y, a lomo de sus piernas, auténtico alazán sobre el que galopaba, podía presentarse ante nuestras narices o desaparecer y entretener a cualquier otro grupo, como si aquello fuese una fiesta de famosos que pagaron con antelación su fiesta particular en Marbella. También pudiera ser que ella fuese hija de tonadillera y que inflada con las fuerzas que da la confianza, hecha a base de aplausos monstruosos, soñase con alcanzar un tipo de cima difícil de entender, mientras se imaginaba cumplir los bolos de temporada en el último tugurio costero, lleno de moscas y mosquitos. Yo, tu, él/ella, nosotros/as, vosotros/as, ellos/as…

Anselm Kiefer
MESTIZAJE PERFECTO Baudrillard tenía claro que, ya que el mundo adopta un curso delirante, deberemos adoptar sobre él un punto de vista delirante. En La transparencia del mal, concretamente en el capítulo dedicado al transexual, afirmó que Michael Jackson es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto en tanto que universal, la nueva raza después de las razas; es el andrógino artificial de la fábula, “que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo porque es mejor que un niño-dios: un niño-prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos liberan de la raza y del sexo”. Aunque había salido de la tumba con la piel putrefacta, no supo ni quiso renunciar al disfraz. Todas sus rarezas quedaron sintetizadas en la también mítica cantinela de Rodolfo Chiquilicuatro. En el acto final –literalmente, en la catástrofe- de las pompas fúnebres, mientras una trouppe entonaba We Are The World, me dio la impresión de que no había un solo semblante que no hubiera pasado por la mesa de disección: cirugía plástica como prehistoria del freakismo lacrimógeno… Del artículo de Fernando Castro Flórez “Canción de cuna para el mutante”, publicado en el suplemento cultural del ABC de ayer, 11 de Julio. http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=12240&num=911&sec=31 Anselm Kiefer
Gesto aturdido
Se acercan los días que me alejarán de mi rutina. No son muchos pero depende del realce que lo de y el foro donde les extienda, a modo de alfombras, retales o magníficos tapices, podrán ser una cosa u otra. Veo a Onetti, tirado en la cama, aferrado a su vaso de whisky, a Oblomov y tantos otros inamovibles en su colchón, viajando por el pasillo de sus casas sin otra brújula que el reclamo de una almohada fiel e inamovible. Veo a mis padres, anclados en puerto seco, alejados de cualquier idea que les monte en un autocar, ajenos a flujos, balnearios u otras vacaciones que no sean las que siempre tuvieron. Ellos, como las lechugas, tomates, alubias, garbanzos, etc, necesitan el sol, la sombra y el frescor del mismo pozo, su agua y su presencia.
Me cuesta hacer la mochila y pienso que no tengo maleta porque en realidad nunca he ido a ninguna parte y por tanto, no ha existido esa necesidad. Porque el niño sigue metiendo las cosas en el mismo sitio y el peregrino, el vagabundo y el desterrado de sí mismo. ¡Cuánta pereza para comprar una maleta!
Tardé años en comprarme la mochila. Fue en un sitio extraño donde vendían objetos diversos, procedentes de quiebras o desfalcos, no recuerdo muy bien. Era una época tardía, seca. Me quedaban demasiado lejos las excursiones con los padres salesianos, los campings y recorridos por Inter-rail, todo ello para mí, cuestiones ajenas y muy poco humanas. Sin embargo, algunos años antes, había hecho un viaje a una zona por entonces no tan conocida de Italia, L´aquila. Mi salida fue un poco desastrosa. Con una especie de bolsa campera que se me clavaba en las costillas conseguí llegar al bar de la estación de trenes, situado a escasos metros de mi partida. Allí, me abandoné a ideas, planes y visiones infernales mientras me descalzaba y quitaba el sudor de la frente. A los pocos minutos subí al tren y en cuanto se puso en movimiento eché en falta las gafas, plantillas, planos y, evidentemente, toda la tranquilidad del mundo, definitivamente abandonada en la mesa de la cafetería. Empezaba el viaje.

Jack Pierson
Acógete a unos ojos
El aire transporta las palabras, livianas algunas, forradas con capas de acero, plomo, descremadas normalmente, insustanciales y perfumadas con algún veneno que nos resistimos a reconocer. Me doy cuenta de que mi mente, ante los ríos o cascadas de palabras que me salpican, pulsa su interruptor sin pedir permiso ni seguir el itinerario programado por los sentidos. Hay discursos que, por lo complejos que se me presentan, desenchufan mi atención y me transportan hacia un lugar parecido a un batido que no me apetece probar. En este caso estoy hablando de viajes pero la explicación pudiera servirme para cualquier otra cuestión animada.

Unos hablan de cómo es un país, una ciudad, la fiesta de la cerveza o la exaltación de una virgen alocada que proclama la venida del mejor futbolista al club de sus amores. Muchos han ido ya y de regreso, exponen su punto de vista. Esa es la cuestión, poder hablar, describir o señalar las mejores anécdotas en el mapa de la conversación. Yo siempre digo lo mismo, no he ido a ninguna parte porque estoy yendo y mis anécdotas consisten en cómo un muchacho esquivó al peluquero cuando le quiso cobrar el corte de pelo o la manera en que a un niño se le ha condicionado por no haberle presentado, el día que se pudo, al mejor payaso del mundo que estaba en la ciudad.

A veces no sé por qué mi mente se ha quedado con lo que se ha quedado, tal vez para confeccionar su propio castillo a base de piezas difíciles de encajar. Incluso puede que después de haber puesto toda mi atención, apenas existan los cimientos de un palacio imposible pero bello y triste, melancólico. Un lugar no muy aterrador, con doncellas esqueléticas tras los muros llenos de musgo, pálidas como la luna, encarnaciones de los aullidos que la luna llena parió en el principio de los tiempos.

Alicia Martín
¿Qué es lo que miras?
Vuelvo al redil tras un pequeño viaje por el sur. Allí he dejado parte de mis días y algunas sensaciones entre las que se envuelven un momento colorado, hecho de ridículo y una pequeña aclaración, mera insinuación de lo ya dicho durante una noche salteada de mojitos y otros menesteres.
Tuve la fatalidad de lanzarme al ruedo y, mucho antes de la estocada que en forma de fotografía me lanzaron a la cara, caí fulminado por la imprudencia y las malas medidas tomadas con palabras y sentidos. Evidentemente no era mi intención provocar ninguna estampida y de alguna manera, no sé si por compasión o al tener a mi fiera ya en el corral nuevamente, pronto las aguas volvieron a su cauce. Luego, también, hay que medir detrás de quien se opina, pues puede ocurrir que lo que se vaya a decir corrija o contraríe con demasiada fuerza la opinión dejada por el anterior interlocutor y, entonces, suene aquello a una provocación o incluso a algo peor, una ridícula presunción de listo. Cálculos y cuentas que, cuando uno se relaja las olvida, puesto que no está acostumbrado a opinar en otro sitio que no sea el bar o un papel en blanco que ni contesta ni parece dolido nunca por las opiniones que se van dejando día a día. Seguramente que debido a los defectos dejados por el sol en mi cabeza no pude sino abrir la boca y abanicar al auditorio con mis negaciones infantiles.
Sólo me faltó volcarles a la cara el gusto por sí mismos cuando no cesan de añadir nada a una imagen u opinión que dice lo evidente ante una injusticia mundial. Resulta demasiado simple empezar a exponer las mismas teorías de siempre, antropológicas o filosóficas, y agarrarse a las pocas metáforas que los protagonistas, en este caso de un documental africano, lanzaron porque estaban dentro o fuera de un guión.
Dicen que más vale un día colorado que tres amarillos. En mi caso fue un día colorado y otros tres más bajo un sol de justicia que me impidió cambiar de color.

James Turrel
Mis párpados arden
La muerte, musa de góticos y estrambóticos personajes, me recibe con su guadaña sonriendo y amenazando desde lo profundo de su coño abierto de par en par. Fulanito y menganito ya no están, cosas del repente, sustos y vaticinios cumplidos, preguntas, respuestas, el sentido de la muerte o de la vida que, al fin y a la postre, convergen en un punto tan absurdo como encantador. Cuelgo mis pensamientos en una lámpara de cristal de murano y abro el libro de los acontecimientos que rodean superficialmente mi vida. Se trata de un libro estampado sobre tabla, con bellos herrajes y un medallón central en bronce. Mis historias se escriben sobre la piel de ideas no natas, de tal forma que si de un cordero conseguían una hoja, de una sola ocurrencia podrían florecer acebuches, sabinas, alcornoques, sabinas, lentiscos, fauna y flora variada y algún que otro suicida colgado de una rama, imagen que vendría a ser un diálogo entre el arte contemporáneo y esa naturaleza regida por lo insondable.

Ugo Mulas
No sé viajar sin cansarme ni meditar en algún momento del recorrido por el motivo en que estoy ahí, en ese lugar elegido y no en otro que bien pudiera ser las antípodas o el claustro de un monasterio donde el agua de un pozo, al caer, podría llevarme a la última fila de una sala de cine situada en Egipto, lugar de donde procede el cine más antiguo de África. En concreto y puesto a dejarme arrastrar por el canto de los pájaros y, un suponer, el olor de unos paparajotes aterrizando en el refectorio, podría visualizar la primera película rodada por un africano en 1924, “Ghézal, la hija de Cartago”. Puestos a volar en el dirigible de los sueños, entrecruzaría los dedos de las manos para ajustar la maquinaria de mi elevada armonía y así llegar a transfundirme en el interior de una de esas cuarenta salas que hubo un día en el exótico Egipto de las momias y pirámides para contemplar, en sesión continua, “Leila” y “Zainab”, o lo que es lo mismo, la prehistoria cinematográfica de aquel país.

En el viaje se aprende retorciendo el tiempo y los siglos que explican el orden, la época y la composición de cualquier ábside que, siguiendo la guía, nos mira rematado por una bóveda tan nervada y decorada como el cuerpo de un surfista, tan lejana y elevada como la mente de cualquier otro viajero que hasta allí ha llegado. Sus causas (las de ese rutilante o andrajoso paseante) , motivos e intenciones se juntan por un momento en la lectura formal que dirige, junto a nosotros, por el índice de esa guía. Todo lo demás pueden ser contrariedades o misterios, huidas, búsquedas o desatinos que le han conducido lejos de su origen hasta colocarle, junto a nosotros, en aquel punto exacto, como si todos hubiésemos seguido la luz de una enorme lámpara situada a la popa de un barco sólo visible en los sueños. Viajeros, peregrinos, veraneantes, extraviados y desorientados en general, apenas mostramos una mínima parte de las dunas que nuestro desierto particular va formando, dejando entrever pozos, charcos y pequeños lagos donde cualquiera puede reposar y mirar al cielo con relativa confianza.

Ugo Mulas
Ideología de lo vivido
Ahora sé que Nigeria es el mayor productor de videos en África y, junto con la India, el segundo mundial en las producciones del séptimo arte. Bollywood y Nollywood se abrazan dando la espalda a un Hollywood que les va muy a la zaga en cuanto a realizaciones cinematográficas. Lo curioso del caso es que en Nigeria apenas hay salas de cine y esto me lleva, estando como estoy, hecho una marmota a imagen y semejanza de aquel Pepón “bon vivant” de los señores de Alcorcón, a pensar y reflexionar en alto sin ninguna conclusión que no sea extraña o catastrófica, como si sólo en esto consistiera la vida.

Kounellis
Así, alejo de mí cualquier solución o explicación por temor a ser una burda imitación salida de un Pepón capaz de servir el peor cocktail molotov en el mejor de los hoteles antes de la inminente explosión (“¡con lo que cansa mover la coctelera!” intentará excusarse inútilmente ante su cuñado Arturo cuando le obliga a trabajar como barman para su jefe y así abandonar la holganza en la que con tanta tenacidad persevera –Tío Vivo nº 533. Año 1971-).

En una mano la cuestión y en la otra un anís on the rock, o sea, rebajado con ginebra frente a unas temáticas recurrentes ¿qué no es recurrente en un thriller, en una desbordante historia de amor o, en fin, en aquello con que identificamos cualquier género cinematográfico? Me acerco el vaso y lo coloco a modo de lupa frente a mis ojos. Los protagonistas corren de un lado para otro, solventan un hechizo con la muerte vil y tras la catástrofe, sea ésta la que sea, una mujer surge culpable y fatal sin necesidad de mostrar otra cosa que las uñas de sus manos ante el perdón de un evangelista, velador del orden. Toda la literatura popular y el folclore urbano nigeriano se citan sin doblaje alguno en la pantalla bajo un paupérrimo costo y en tremebundas condiciones. Los malos y buenos hablan en pidgin, ibo, yorouba, haoussa, porque la lengua ni se vende ni es de nadie que diría García Calvo y en esto también consiste el éxito de esa empresa, en cantar al aire aquello que consideran suyo y sólo suyo, ajeno a contaminaciones e importaciones coloniales.

Kounellis
quien anda a tientas y ve la sombra
No te fíes ni de tu propia sombra. Esa fue la frase que me hubiera gustado decir y que, mientras marchaba, se me quedó endulzando la boca de aquel que ofrece consejos, fruto de una experiencia efímera aunque ya algo canosa. Sabemos que nunca pasa nada hasta que pasa y en ocasiones, el aguerrido joven que se come el mundo sin cuchara ni tenedor, se ve en la obligación de entrar tímidamente en la puerta del supremo, mayestático y en apariencia insobornable mequetrefe que hace las veces de jefe o fetiche usado por el partido de turno.

"Composición VII" Kandinsky
Mientras me deleitaba con este desatino y consejo, ya advertido en las películas del oeste que veía los sábados por la tarde cuando el mundo aún no había abierto su abanico de barbaridades, alguien me propuso un nuevo cargo. En mi vida he ostentado puestos que no me corresponden, lugares desechados por otros, capitales del empeño y desempeño, empresas desatinadas que desembocaron en la desilusión sin ningún beneficio material, antes ni después, y que, en definitiva, me van construyendo una biografía difícil de exponer con un pequeño orden. En cierta medida me recuerdan a esos excrementos que arrojan los famosos en las basuras, como cualquiera de nosotros, pero que son reciclados por algunos no sé si llamar (depende del dinero que saquen) ingeniosos artistas, formando con ellas o sus fotografías bellas exposiciones que se certifican con facturas, cartas o tickets que demuestran la autenticidad y procedencia (bolsa de la basura de Briggite Bardot, Travolta, Cameron Díaz, Le Pen, etc.). Mis pasiones se alejan de esos oficios secundarios que, ni me dan poder de subsistencia, ni mueven otras montañas que las que algunos deciden traer hasta sí, hartos ya de fariseos o como consecuencia de unos rezos rebosantes en propuestas y energías. Nada de eso soy yo y al contrario porque parece que me escribo como si empleara una caligrafía visigótica lo menos, en una Gaza interior que cambia el estreno de “Imad Akel”, la que se ha llamado primera película del movimiento Hamás, por otra más sencilla y muda, sin brigadas, suicidas ni otros sacrificios que el de las horas dispersas, auténtica caravana de mujeres envueltas de tiempo y baile, el de los días y noches, cayendo sobre las calles y plazas más o menos barridas, más o menos dispuestas. "Transverse line" Kandinsky

El polvo de la espuma
El sueño de Cosme Pérez, actor barroco, viejo y, en estos momentos, un tanto beodo, no es el mío, aunque sueño tenga y sienta a Juan Rana, el inolvidable personaje por él desarrollado en todos los escenarios posibles más qué próximo, mío igual que vuestro y de todos.
Su función fue la de hacer sonreír, al igual que Bela Lugosi la de meter miedo dentro o fuera de su ataúd o el de volar y gritar entre lianas selváticas el de Johnny Weissmuller con su tarzán. Hoy en día El brujo podría ser otro Juan Rana mientras canta ahora, en este verano y, en tiempos laicos que diría un espectador a la salida del espectáculo, su evangelio de San Juan.
Los Juan Rana, actores cómicos de la vida, son escasos aunque no por ellos nada desconocidos. En cada familia, grupo de amigos o conocidos surge algún actor de esa escuela sin trasiego de vinos ni edulcoraciones de sobremesas en familia, gran escenario ese, donde los actores, unidos por la sangre y los entremeses, exhalan versos y sonidos ocultos hasta entonces en sus fuelles, cuerpos hinchados, pellejos y añejos.

Juan Rana, de alcalde villano
En ocasiones estos Juan Rana no son conscientes de lo que son o, lo que es más, en el fondo todos lo somos incluso con nuestra seriedad y disputas, ideas e intenciones pretenciosas que nos hacen serios o díscolos, tanto frente al mundo como ante la báscula que pesa lo que somos. Usted se llama Gordito Relleno, es español, trabaja en Pulgarcito, quiere tomar el tren de Cantalarrana y pesa ciento veinte kilos, le dijo la báscula a Gordito Relleno en el Pulgarcito número 1.873 de 1967. Así nos dicen las estrellas, la madre al niño sorprendido por el expediente de pifia leída ante sus narices o, se me ocurre, del mismo modo anuncian las bodas esos padres o novios que atan las fechas con las facturas y los regalos para emular a Juan Rana, alcaldes de sí mismos nada más y nada menos, sin ellos quererlo ni soñarlo.

El caer, el arruinarse de tantos años contra el pedernal del dolor
Qué suerte tener un remanso, congelado pero remanso, donde la mente y las ideas, esas que no dejo a nadie o que salen, como si estuviesen dentro de una herida dadora de pus y sangre y vida para guardarlas o mostrarlas en la exposición abierta en más de una cena amigable. Es ahí, en esos momentos, donde y cuando descorcho la botella y da comienzo, copa en ristre, acariciando la lámpara atada en el culo del vecino de arriba, dando gracias a la vida tantas veces triste bajo el abrigo o la sombrilla, la fiesta más o menos fúnebre, romántica o fantástica de la palabra y la presencia. Más vale un bombón para todos que una mierda para mí sólo, esa puede ser una conclusión, estocada del último plato que resume un hijo de Sancho Panza, su visión de la vida, los atajos y cicatrices que se leen como libros, centinelas de la fortaleza llamada cuerpo-mente.

James Ensor
Decía que un remanso, como el que busca el avestruz bajo su cuerpo, escarbando el suelo, las tumbas y sus gusanos incluso, un lugar donde se oiga crecer a las plantas, soplar al viento que mueve tejados o mece en la cuna saltamontes y otros bichos. Un país situado a dos metros cerrados los ojos, puede que menos, a la diestra o siniestra donde nada más llegar, sin quererlo ya esté ayudando a levantar la vía férrea con el único fin de asaltar el cargamento de oro. Un insólito encuentro en medio de aquel paraje donde se vive bien en pequeñas dosis, un sábado por ejemplo, un café y poco más.

James Ensor
“Encontrado en pecado, tiniebla fui yo también, creado, no engendrado. Por ellos, el hombre con mi voz y mis ojos y una mujer fantasma con cenizas en el aliento. Se agarraron y se separaron, cumplieron la voluntad del emparejador. Desde antes de los siglos Él me quiso y ahora no puede querer que no sea, ni nunca. Una lex eterna permanece en torno a Él. ¿Es eso entonces la divina substancia en que Padre e Hijo son consubstanciales? ¿Dónde está el pobre del bueno de Arrio para poner a prueba las conclusiones? Guerreando toda la vida contra la contransmagnificandijudibangtancialidad. Herersiarca de mala estrella. Exhaló su último aliento en un retrete griego: eutanasia. Con mitra llena de lentejuelas y con báculo, atascado en su trono, viudo de una sede viuda, con el omophorion erecto, con el trasero coagulado”. “Ulises” (2-2) James Joyce 
James Ensor "The Banquet of the Starved"
Ni una lágrima pura o carcomida

Marina Nuñez
Entro en una pescadería con la misma predisposición que en un museo. Saco la entrada gratis (gran satisfacción) con su número, el 43. Esto es real, el número exacto me traslada hacia un futuro construido, al menos, con años, ladrillo sobre ladrillo aunque sea imposible adivinar la forma del edificio, columna, casa o torre de marfil. Conmigo o sin mí, algo habrá y alguien que diga en su orfanato tal día como hoy haría tantos, a tantos de tantos de 2000 y pico.

Jorge Galindo
Los cuadros, las esculturas, pinturas y obras en general se disponen al frente. Pescados frescos en sus cajas de corcho y hielo sufriendo el calentamiento local, los dedos con sus guantes, auténticos mandamientos y las etiquetas, clavadas como si fueran banderitas en la cúspide de un glaciar, montaña o pico más alto, difícil o de subida traicionera. Un señor ataviado con chaleco reflectante paladea el instante (luego le vería pedalear, abriéndose paso con su red metálica, despidiendo aquel olor que también le envolvieron, ya sin escamas ni cabeza). Sus guantes no son del mismo tipo de goma que los que visten las pescaderas. Los dedos, dentro, se aferran a nada y sin embargo exhiben puntitos antideslizantes en plena canícula. Esperan su turno y al mero pelado, partido en rodajas, más bien finas. Me quitas las orejas explica y la pescadera añade, un mero con arma blanca. Le despelleja y se las corta, ves, ves y muestra la faena saludando a la plaza cuando es al gato a quien más le interesa el espectáculo y su resultado, caballo ganador siempre. Está lejos el cliente, el gato, el caballo y, evidentemente, aún no hemos llegado al 43, ni falta que hace. Ugo Rondinone
Aquí existe el discurso que falta a muchas bienales, exposiciones y fiestas de arte moderno. No es necesario conocer a Nelson Goodman ni hacerse el resultón desafiando a cualquier espectador, consumidor de arte con palomitas que sólo busca un zapping de obras entretenido, gracioso, puede que alguna sorpresa, extrañeza, azúcar moreno y una cita a los clásicos, sean estos viejos o nuevos. No conozco el nombre de muchos peces, pescaditos sin rebozar, cangrejos que bailan hacia atrás bajo su precio tintado a bolígrafo, sobre cartulina cogida en los cuatro extremos por tiras de celofán transparentes, nada banal el montaje y resultón. Y van cayendo los números, los años, las vidas y alguien que ha dicho haber estudiado en un colegio del pueblo ese, ¿cómo se llamaba la maestra? ¿Doña Baldomera? Ella, la profesora, sigue teniendo nombre en el aire, aunque hayan transcurrido casi cien años desde entonces, eran los 30 y ¿mi nombre? ¿resonará en alguna pescadería dentro de… más allá del número que me tocó en suerte? ¿Ese número por dos, por tres? ¿Dónde estará su límite, mi tiempo en el aire? y ella ¡cuántos burros crió! Moises Mahiques 
Entran y salen con el ritmo que dan los años, educadamente. Algunos, discípulos de la experiencia, con el número sellando el pergamino de su mano, se habían ido a cantar a otras parroquias pero, confiesan, regresaban siguiendo las órdenes de sus jefas, así, mirando fijamente los ojos impares de los besugos y las conchas de unas nécoras sonrojadas, aplastadas y a buen precio.
¿Cómo es esa joyita? Dice y sin acabar la pescadera más joven descorre el velo, profana el sueño del futuro sultán de esa misma dinastía salerosa. Allí, en su sillita le oculta su madre, hondona y foca entre las focas dando sombra a la criatura, Proteo descansando junto a las rocas en la isla de Faros.

Pierre Huyghe
Se acercan los números sin pausa, a un ritmo vertiginosamente natural y humano, exacto, con la cadencia justa para saludar y repetir si desea algo más o si son buenas las sardinas traídas de un banco hasta el altar del sacrificio. Las rodajas, más finas o gruesas introducidas con o sin cabeza en un cucurucho de papel. La báscula, el peso aproximado pero perfecto.
También hay un pequeño sofá para los tullidos y aquellos que esperan prótesis de caderas, rodillas o mentales pero sin solución aunque el tiempo todo lo cura, nada permanece, ni los números que llegan hasta mis oídos extraídos de caracolas lejanas, sonidos a modo de cera, por fin, el cuarenta. Nadie. El cuarenta y uno, la cuenta es interrumpida porque otro señor viene a recoger su bolsa, ya preparada a cambio de doce euros. Llevará propina aunque no lo dé ninguna importancia, recuerdos para el señor Pedro. Tic tac tic tac.
Te he confundido con fulano, el de Perales, pero no, no, yo soy de y viví unos años en y llega… el cuarenta y... Nadie… Aquí, sí, un kilo basta y sobra, cambio y corto. Houston, no tenemos más problemas.

Raquel Whiteread
“Bolsa de gas cadavérico macerándose en sucia salmuera. Un temblor de pececillos, gordos de esponjosa golosina, sale como un relámpago por los intersticios de su bragueta abotonada. Dios se hace hombre se hace pez se hace lapa ganso se hace montaña de edredón. Alientos muertos respiro yo viviente, piso polvo muerto, devoro un urinoso excremento de todos los muertos. Izado rígido sobre la borda alienta hacia arriba el hedor de su tumba verde, con el leproso agujero de la nariz roncando hacia el sol.”
“Ulises” (2-3) James Joyce

Bruce Nauman
Tiembla, como un sagrado rocío
Estar en contacto con la naturaleza. Oír el canto de los pájaros y los rebuznos de tono familiar aleteando en dudosa competencia. Enumeración de listos y tontos, juicios, obradas, riegos y perdices (más de veinte). Las cosas se arreglan lejos de un mundo que no tiene solución. Al menos respiran hondo, guerreros de pacotilla sin galones, nada juiciosos aunque superaron muchas pruebas, duelos a muerte, apuestas más o menos importantes, saltos de altura, miradas torvas, meteduras de pata hasta concluir aquí, un pesebre donde se comen refranes que hablan de la necesidad, buena compañera, escuela y valedora o todo lo contrario. Aún así les hay agradecidos ¿Por qué? Oteo el horizonte con la mano haciendo visera. Debajo un gato, ni se inmuta. Tal vez sea uno de los que ayer hacían un trío en el tejadillo. Llevaba un rato oyendo unos extraños ronroneos muy cerca pero no sabía ni me imaginaba el motivo. Un palo fue suficiente para devolver el silencio. Así se aprende. Alguien entra, un primo de un primo de otro primo trae una bolsa de excelente harina, de otro costal.

Marina Nuñez
“Les hace sentirse más importantes que les recen encima en latín. Misa de réquiem. Penas de crespón. Papel de cartas con orla negra. Su nombre en la lista del altar. Sitio helado es éste. Necesitan comer bien, sentados aquí toda la mañana en lo oscuro golpeando con los pies esperando el siguiente por favor. Ojos de sapo también. ¿Qué es lo que le hincha así? Molly se hincha cuando come coles. El aire de este sitio quizá. Parece lleno de gas malo. Debe haber una cantidad infernal de gas malo por este sitio. Los matarifes por ejemplo: se ponen como filetes crudos. ¿Quién me lo decía? Mervyn Brown. Abajo en la cripta de San Werburgh un estupendo órgano viejo y cientocincuenta tienen que perforar un agujero en los ataúdes a veces para que se escape el gas malo y quemarlo. Sale a chorro: azul. Como lo aspires un momento, estás liquidado.” “Ulises” (2-6) James Joyce Marina Nuñez
Al décimo día avistamos la tierra de los hombres comedores de loto
Las palabras también ayudan a planificar unas buenas vacaciones. Me puedo pasar el día columpiándome, bordeando el abismo que se cierne en cualquier familia, empresa o función y suspirar sin más, como si formara parte del movimiento cristiano sin fronteras, ante el balcón de la tarde. Sería entonces que, al cerrar los ojos para subir y abandonar un buen montón de miedos bajo ese columpio, me dejaría huir hasta alcanzar, en vez de pájaros, esos nombres que vuelan bien alto y señalan las puertas de los encuentros: operación futuro, la escuela de animadores, verano mundo nuevo, nueva comunidad, etc. Palabras, palabras, palabras, distintos perros a fin de cuentas o tal vez no. Infancia puede, cuando los cuerpos ni se tensaban ni se afinaban.

“Roca de piña, limón escarchado, caramelos blandos. Una niña pegajosa de azúcar paleando cucharonadas de helado para un Hermano de las Escuelas Cristianas. Algún convite escolar. Malo para sus barriguitas. Proveedores de confites y caramelos para Su Majestad el Rey. Dios. Salve. A. Nuestro. Sentado en su trono, chupando chupachups rojos hasta dejarlos blancos. Ulises (2-8) James Joyce
El sacramento de la materia
“Hola, un cartel. Tómbola de beneficencia. Su excelencia el Lord lugarteniente. Hoy es dieciséis. Para recoger fondos para el hospital Mercer. El Mesías se dio por primera vez para esto. Sí Haendel. Y qué tal ir allá. Ballsbridge. Dejarme caer por Llavees. No sirve para nada pegársele como una sanguijuela. Me echo a perder la bienvenida. Seguro que conozco a alguien en la entrada.”
No es el mejor párrafo ni muy pegador. Crea indiferencia, no más. El hecho de recogerle es haber visto la fotografía de un Lord lugarteniente en el periódico más local, “el mentidero” que sigue llamando el señor Julián. Ya son casi noventa años aferrado a su faria, meneando la copa de coñac y diciendo a ver qué dice, lo más verídico nuevamente el horóscopo, al menos queda un reducto de realidad, una pequeña aldea pero no estamos en el año 50 antes de Jesucristo, ¿quién lo diría? A veces lo parece y ese Lord lugarteniente, lleno de medallas y sangre, investido con todos los honores en un jubilado yaciente y cretino, antiguo presidente del equipo, club, órgano, eje central. Ya hace un tiempo vi “El paraíso de Haffner”, un documental sobre la vida de un nazi jubilado y vividor que paseaba por mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, de tu santa siesta. Tenían un aire los dos viejos y supongo que una visión de los hechos muy particular. Es mucho suponer, díselo a la cara si te atreves, ante los tribunales ah, ah. Ahí vamos: “… Viejos compadres leguleyos abriendo una botella grande de champán. Cuentos del juzgado y anales de la escuela de huérfanos. Le sentencié a diez años. Supongo que torcería la nariz ante eso que he bebido yo. Para ellos vino de marca, con el año de la vendimia señalado en una botella polvorienta. Tiene sus ideas propias sobre la justicia cuando está en el tribunal. Viejo bien intencionado. Atestados de la policía rebosantes de casos con su tanto por ciento en la manufactura del delito. Los manda al cuerno. Una furia con los prestamistas. A Reuben J. le echó una buena peluca. Pero ése es realmente lo que llaman un sucio judío. El poder que tienen esos jueces. Viejos cascarrabias beodos con pelucas. Un oso herido en la garra. Y que el Señor tenga misericordia de tu alma.” Cosas de provincias, otras Vetustas pero están en ésta. Por otro lado alguien se ha asustado frente a un oso, tuvo que optar por el plan a, subirse a un árbol. Para el b no estaba en forma y para el c no pudo pensar. Se encontró frente a su destino y no era un muro sino un plantígrado, puede que madre osa y entonces estaríamos ante una excelente noticia, la existencia de un pequeño osezno en peligro, algo que garantizaría la descendencia y las luchas ecologistas.

Walid Raad
No quiero problemas ni malos rollos, creo que merezco una buena jubilación a partir de los 40. La situación en el mundo es crítica y mis ropajes camaleónicos así lo expresan. Puedo pasearme por el peor barrio de la ciudad con estos pantalones cortos sacados de un contenedor, pisando el barro seco con las John Smiths rotas, retro, piratas malas patas, calcetines negros tipo medias, un tono fetichista para el que lo sepa apreciar. Puedo perfumar mis huesos con unas gotas de Armani Black Code, cidra, mandarina, badiana, romero, flor de olivo, madera de guacayo, ámbar gris, almizcle y haba tonka. Todas las cartoneras se fijarían en mis pasos, huella indeleble, imposible comer en cualquier garito, mi estómago sólo necesita un pequeño pero suculento pellizco, en petit comite. Todos esos dentro de un traje, agente 007, también soy yo (importantísimo el calzado, ya lo sabía Geppeto). Akram Zaatari
“Encaramados en altos taburetes ante la barra, los sombreros echados atrás, en las mesas pidiendo más pan a discreción, echando tragos, engullendo masas de comida caldosa, con los ojos hinchados, limpiándose bigotes mojados. Un pálido joven de cra de sebo limpiaba su vaso, cuchillo, tenedor y cuchara con la servilleta. Nuevo repuesto de microbios. Un hombre con servilleta de niñito manchada de salsa remetida alrededor paleaba sopa gorgoteante por el gaznate. Un hombre volviendo a escupir en el plato: cartílagos semimasticados: sin dientes con que mastic-tic-ticarlo. Masca chuleta a la parrilla. Atiborrándose para acabar con ello. Tristes ojos de bebedor. Mordió más de lo que puede masticar. ¿Soy yo así? Vernos a nosotros mismos como nos ven los demás. Hombre hambriento es hombre violento. Trabajando con diente y quijada. ¡No! ¡Ah! ¡Un hueso! Aquel último rey pagano de Irlanda, Cormac, de la poesía de la escuela se ahogó en Sletty al sur de Boyne. No sé qué estaría comiendo. Algo guluptuoso. San Patricio le convirtió al Cristianismo. Sin embargo, no se lo pudo tragar todo. -Rosbif con col. -Un estofado. Olores de hombres. Se le sublevó el tragadero. Serrín escupido, humo de cigarrillo dulzón y templaducho, hedor de tabaco de mascar, cerveza derramada, orina cervezosa de hombres, el rancio del fermento.” Todas las cursivas, citas del “Ulises”, James Joyce
Mi cama fue nido y ahora es alimaña
“El que se engendró a Sí mismo, Rescatador, entre Sí mismo y los demás, Quien, insultado por sus demonios, desnudado y azotado, fue clavado como un murciélago en la puerta de un granero, dejado morir de hambre en el árbol de la cruz, Quien se dejó sepultar, resucitó, violó el infierno, se trasladó al cielo y allí estos mil novecientos años está sentado a la derecha de Su Propio Yo pero aún ha de venir el último día a juzgar a los vivos y a los muertos cuando todos los vivos ya estén muertos”.
Parodia del credo de los apóstoles
Pero en general una gran mayoría nos vemos arrastrados, en determinados momentos o temporadas, a una especie de cruz espiritual, lujo para las aberraciones consentidas, símbolo de sacrificio, eternidad y victimismo con el que nos dejamos vivir.
Hoy, sin embargo he visto más allá de la cruz. He observado lo que se esconde tras la carne elevada y expuesta bajo el sol. He contemplado una especie de locura. La locura de los muy cuerdos. Dos ejemplos, presentación:
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Escila se arroja al mar persiguiendo a Minos.
Grabado de una edición de Ovidio del siglo XVI
Primero o persona que sirve de eso: dice y desdice gracias también al poder que le ofrece su trono, canastilla de bebé con la que se desplaza, Gu-gú pero sin malas pulgas a no ser que se las sacudan. Ejerce con sabiduría, paciencia, temple y el orden que falta alrededor. Hoy se me ha aparecido su otro yo recién salido, resacoso de una sobredosis cargada de razón, dobles raciones hasta reventar el globo de su expresión, con y sin hielo. Tener que hacer equilibrios cuando nadie guarda la ropa en su presencia es difícil. Una de las tendencias más normales, llegados a su caso, es despotricar, berrear y hacer pagar al justo como si fuera un balarrasa. Pero él sabe desplegar las alas de su hartura en un vuelo comprometido y, tengo que decirlo, soportable a falta de un buen punching bag donde descargar los golpes que acumula como si fueran billetes en desuso. Robinson Crusoe, el Llanero Solitario, en definitiva, sólo ante el peligro. En eso estamos todos. Odiseo entre Escila y Caribdis. Johann Heinrich Füssli
Segundo o persona que también nos vale como ejemplo: Tuvo y por tanto, retuvo. Mente preclara que aún la exprime y ejercita dentro y fuera del tablero. Frisa la cincuentena y, deportivamente, no puede ser un caballo ganador aunque en los pequeños corrales montó como nadie y aguantó sujeto a una mano mientras con la otra no cesaba de saludar con la V de vendetta bien alto. Por él no pasan los kilos. Esta mañana le he dicho, el vagabundo de Synge te está buscando, dice, para asesinarte. Ha oído decir que te measte en su puerta en Glasthule. Anda por ahí en pantuflas para asesinarte. No supo dar respuesta, no son cosas mías. Sigue actuando y lo que es más, inflando castillos en el aire a los que llama festivales de lo que sea. Lo he atisbado hoy. También está organizando un golpe de estado. Yo seré el secretario de la nueva directiva. Esto tiene que cambiar y además me parece bien. Apenas nos conocemos pero le han llegado referencias, una especie de telegramas con buenas acreditaciones, crema de baja sociedad a fin de cuentas, algo está podrido en Dinamarca. Con lo que digo ya está todo dicho. Ángel o demonio. Su dedo apunta lejos, viene del exilio. Hoy he leído que el Estagirita, calvo sabio pagano, dijo Stephen-, quien al morir en exilio libera y dota a sus esclavos, rinde tributo a sus viejos, dispone ser sepultado en tierra junto a los huesos de su querida mujer, y ruega a sus amigos que sean bondadosos con una vieja amante (no se olviden de Nell Gwynn Herpyllis) y la dejen vivir en su casa de campo. Aristóteles nació en Estagira (Macedonia). A la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) quedó en difícil situación y fue acusado de impiedad. En “Vidas de los Filósofos” de Diógenes Laercio, aparecen las palabras de Stephen en el Ulises. Me pregunto, el ideólogo del futuro golpe que se despliega, casualmente ante mi mesa ¿es un peripatético llegado a esta Calcis que a todos nos acoge lejos de Atenas? O sencillamente ¿se trata de una sombra, Robinson, Llanero? Hasta no hace mucho los dos me parecieron demasiado cuerdos. 
y la ignorancia es nuestro apetito
Escribo en mi cuarto, leo y resisto a la intemperie o transmisión de agotamiento que me llega a través de llanuras hechas sobre piel ajena, cutis fino que soporta el aliento de los bárbaros. Pensamientos en ataúdes a mi alrededor, en cajas de momia, embalsamados con especias de palabras. Toth, dios de las bibliotecas, un dios-pájaro, lunicoronado. Y oí la voz de aquel sumo sacerdote egipcio. En pintadas cámaras cargadas de libros de arcilla. Están quietos. En otro tiempo vivos en los cerebros de los hombres. Quietos: pero una comezón de muerte está en ellos, para contarme al oído un cuento sentimental, urgirme a cumplir su voluntad. Recuerdo que Toth era el dios egipcio de la sabiduría y el inventor de la escritura y de todas las palabras.
No hace falta que el calor caiga sobre ninguna cabeza para que ésta se pervierta, rebuzne y acumule una sensación de derrota, la propia que dan los años. Él estaba al otro lado y me había invitado como si fuera uno de esos agentes a los que cita cuando siente que algo no marcha bien. Aún así, la policía sigue sin ser tonta y por ello siempre llega tarde. Echium Cantabricum, familia de las borragináceas, también conocida como vivorera azul de Piedrasluengas, sencillamente un endemismo del norte palentino. Él lo suscribe y sus pensamientos recorren con gran precisión una vida que tiene rasgos de inmortal. Sus pensamientos son soldados, un auténtico ejército imponente mirado de cerca, bello ¿por qué no decirlo? Sujetos a pequeñas baldas dentro de la habitación no cesan de desfilar sin perder el ritmo de las estaciones, con sus fechas, anécdotas y eclosiones que palpitan en sueños como si fueran reales y al despertar, como si fueran una auténtica pesadilla. Ellos, los pensamientos uniformados y pensados en cada detalle, conocen a Clausevitz y por eso, distinguen entre táctica y estrategia (. La táctica enseña el uso de las fuerzas armadas en los combates y la estrategia el uso de los combates para alcanzar el propósito de la guerra.

"Rapto de Proserpina" Rubens
Doy un salto pero sin salirme de la belicosidad. Afirmo que conozco a personas muy válidas y respetables que están aquí, vivas, gracias a que un antecesor asesinó al capitán de su brigada militar. Tenían que atravesar un paso para llegar al enemigo y de uno en uno eran enviados a una muerte segura. ¡Valientes! gritaba, ¡por España! gritaba en África bajo un calor como el que cae en estos días, ¡el siguiente! ordenaba altivo y joven viendo caer media docena de sus hombres y no más porque alguien, un soldado bajo su mando, decidió poner fin al infortunio metiéndole un tiro por la espalda. Héroe de guerra muerto y soldados que recibirían las medallas de una vejez en forma de nietos a los que pudieron contar la historia de un gesto que cambio su historia. Ellos brindan y yo brindo pero les recuerdo, siguiendo las palabras de Jesús a sus discípulos (Mateo 10:35-36. Pues he venido a separar al hijo de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra. Y los enemigos del hombre serán las personas de su misma casa) y me repito con el Ulises (Capítulo 9, Escila y Caribdis), las épocas se suceden unas a otras. Pero sabemos de buena tinta que los peores enemigos de un hombre serán los de su propia casa y familia. Sé que hay quien, lamentablemente, me puede entender a la perfección. "El rapto de Proserpina" Bernini 
TÁCTICA Y ESTRATEGIA
.
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
.
mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites
M. Benedetti

"Rapto de Proserpina" Rembrandt
Bebió resignadamente de su vaso
No hace falta levantarse con el pie izquierdo para sentir la lluvia trivial y puntiaguda caer sobre la coraza descorazonada de uno. Por suerte no me refiero a mi caso concreto ya que no es oro todo lo que reluce pero con los que me rodeo, a fin de cuentas, formo una familia que asume su vínculo asimilando el vago temblor traído desde el mundo de cada cual, tan ajeno como próximo, bla, bla, bla. “Nacidos todos en la oscura tierra gusanienta, frías chispas de fuego, luces malas brillando en la oscuridad. Donde arcángeles caídos se sacudieron de la frente las estrellas. Fangosos hocicos de cerco, cavan y cavan, agarran y se los llevan luchando.”
Descorro algo de claridad. Estaba diciendo que en ocasiones uno se levanta bien pero es el resto del mundo quien parece se ha levantado con el pie izquierdo. Y esto lo podemos apreciar con un primer movimiento, gesto o anécdota a la que no queremos dar importancia por considerarla un extravío del orden y nunca, en cualquier caso, una señal de lo que nos espera.
Nada más repostar en la gasolinera derrapa un coche y con él todo un desguace humano exclamando como si fuera el poeta beodo de la suerte maldita porque el sitio se len hurtado ahí mismo, se supone que injustamente. La musa de aquel poeta le había colocado un velo opaco que, aunque no le hacía ver gigantes lo que eran molinos, sí en cambio le impedía atisbar el resto de surtidores cercanos y tan vacíos como su propia mollera desde donde se desprendías esas voces, virutas de mala madera abandonas, supongo, por el mal sueño o un café demasiado cargado.

Herbert James Draper
Si pudiéramos comprender que ese era el designio o la señal. Si tuviéramos esa comprensión al alcance de nuestras manos, vuelo del águila sospechoso, tripas del becerro mostrando el mal augurio… y así poder discernir el aviso de la comedia propia e insignificante de la vida.
Y ya que no es así, la mujer testigo de aquella causa absurda sólo pudo colocarse a una altura comprensible para aquel visitante, con su locura puesta de sombrero y las maneras del revés. Brazos en jarra, viento en popa a toda vela desplegó unas palabras que resultaron más mágicas que reales, o sea si mal no recuerdo, algo así como sésamo ábrete o no me hinches lo de abajo que bueno lo tengo y con la manguera que tienes ya te puedes repostar a ti mismo porque nadie lo hará por ti, mejor ciento volando. Defensa propia aunque ya digo, aquello sólo era una señal y no había que darlo mayor importancia. “Ella baila en una turbia penumbra donde arden resina y ajo. Un marinero, de barba herrumbrosa, bebe ron en un jarrillo y le echa el ojo. Celo silencioso, largamente alimentado por el mar. Ella baila, hace cabriolas, contoneando las ancas y las caderas de cerda, con un huevo de rubí agitándose en su vientre grosero.”

Me siento como si me hubieran comido y vomitado
Salir del turno de noche con los ojos caídos, el alma a los pies y la prudencia abrigada con el sigilo que nunca desvela lo que hay adentro. Ese que en tantos momentos te enfrenta al desafío que consiste en seguir viviendo pese a todo. Salir y entrar en la casa para encontrar, pese a todo, el cuerpo de un hijo haciendo de lámpara con bombillas de bajo consumo y no pensar. Sólo sentir, esta vez sí, sin ojos ni alma, prudencia o sigilo que el fin del mundo se ha presentado mientras estabas ausente en el hogar.

Herbert James Draper
“Toses flemosas sacudieron el aire de la librería, hinchando las sucias cortinas. Asomó la despeinada cabeza gris del vendedor con su enrojecida cara sin afeitar, tosiendo. Se rascó duramente la garganta, y escupió flema en el suelo. Puso la bota sobre lo que había escupido, restregando la suela a lo largo de ello, y se inclinó, enseñando una coronilla de piel en vivo, con escasos pelos.”
“Ulises” (2-10) James Joyce



