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Descansa el eco
Querido mío
te recuerdo como la mejor canción
esa apoteosis de gallos y estrellas que ya no eres
que ya no soy que ya no seremos
y sin embargo muy bien sabemos ambos
que hablo por la boca pintada del silencio
con agonía de mosca
al final del verano
y por todas las puertas mal cerradas
conjurando o llamando ese viento alevoso de la memoria
ese disco rayado antes de usarse
teñido según el humor del tiempo
y sus viejas enfermedades
o de rojo
o de negro
como un rey en desgracia frente al espejo
el día de la víspera
y mañana y pasado y siempre
…
“Monsieur Monod no sabe cantar”, el poema de Blanca Varela, comienza así y nos propone un viaje al planeta solitario, el número uno de nuestra serie única, especial coleccionistas de recuerdos y anhelos con la herrumbre propia que da la vida. Agarrarnos a sus versos es rescatar a una vieja tripulación que sólo sabe encallar además de gritar ¡a sotavento! o ¡a barlovento! creer que los pliegues de las velas son más duros, etc., una y otra vez, como aquel que se enroca en cada pensamiento con la misma intención y sólo para, finalmente, regresar al mismo lugar de partida.
Esto se puede hacer cualquier día, sin necesidad de recurrir a ese barbitúrico que parece un fósil decorando la mesilla en el hemisferio derecho del cerebro. Las absurdas nubes o, más bien, estúpidas que diría el poema, terminan por adornar y componer ese cuadro ante el que un espectador se obnubila sin sentir lo que se vive dentro de él.
Jacques Monod, además de ganar el Nobel de medicina en 1965 junto a Francois Jacob y André Wolf, escribió “El azar y la necesidad”. Aún no he bajado al primer verso y ya oigo a los gallos, a mi madre con el cuchillo en ristre trotando por la puerta pintada o la boca, pero eso es mucho correr. Una necesaria lectura a ese libro me calmará y ayudará en el viaje.
Afortunadamente no me agotan precisamente los preparativos para esta exploración. Ni me cansan ni importan o, a lo sumo, tanto como el saber de quien es ese “Coloso” que ahora reclama Asensio Juliá desde su tumba, un discípulo sordo que luchó contra los piratas berberiscos. ¿Qué no quedará de mi? El silencio, la fama que da la ignorancia, el polvo o uno de esos perdones, tan de moda, por lo que dijeron predecesores, australopithecus que hacían lo que podían, saltar de casilla en casilla para sortear glaciaciones y grandes mamíferos que, en realidad, se llamaban uuffff, afffff, agggggh. Puede que alguien, por ejemplo, pida perdón en mi nombre o en el de mi abuelo porque una noche de infortunio negó el holocausto o, bajando algún que otro escalón, abjuró de la copla sin apartarse del sendero cómodo de los prejuicios. Eso me cansaría más.
Puestos en esta tesitura reconozco que hay noches en las me levanto a cuatro patas, muy pero que muy agotado, triste incluso, sin ganas de sumergir una galleta en el vaso de la leche o un verso en la boca de mi estómago. Pero ahora he descubierto el motivo. Sé que, con alguna frecuencia, aparezco en los sueños de mis compañeros de celda. Últimamente, me explica Renato, he soñado contigo:
-Diste una patada a una mesa, fue que te estaban dando una paliza y cogí por detrás, con un mazo, le estropeé la cabeza al tipo. Luego nos fuimos y en otro sueño aparecieron unas rusas muy frías que se derritieron con tu mirada y nos entrelazamos haciendo un corro de la patata, con los brazos sobre los hombros, igual que esos cosacos que mueven las piernas, primero la derecha hacia la izquierda y viceversa. Y una rusa me secuestraba un dedo con su mano sobre mi nuca…
… conjurando o llamando ese viento alevoso de la memoria, ese disco rayado antes de usarse, teñido según el humor del tiempo y sus viejas enfermedades…
Sé que en algunas ocasiones soy yo el que visita sin previo aviso los sueños de los otros, voluntariamente. Pero nunca puedo predecir esas palizas de infortunio o esos bailes que me derrotan y fatigan, hasta que amanece y me veo las ojeras gachas de lobo frente al espejo.

"El papa Inocencio X de Velázquez" Francis Bacon
Jeanette "por qué te vas"
He visto cómo los herreros se agarraban a un clavo ardiendo, los carpinteros, ladrones, médicos y jueces todos apretando la única y diminuta posibilidad. He visto cómo cientos de marineros nadaban hacia las llamas que brotaban del último mástil arrojado sobre las aguas. Todas esas almas arrastraban a sus cuerpos, igual que esos ciudadanos a los que hemos visto arrojarse desde la ventana al vacío cuando el humo del incendio les acorrala y dejan de pensar, para imitar el vuelo de los pájaros.
Sin Fang Bous
Tenía pensado montar otro negocio. Sería un local del tamaño de un bingo de provincias, más bien céntrico y con una entrada barroca que invitase a pensar o subir a los versos de William Blake “Si las puertas de la percepción fueran abiertas, el hombre percibiría todas las cosas tal como son, infinitas”. Los cancerberos serían dos figuras hechas con escayola, abuelas de tomo y lomo recubiertas de negro, faldones, refajos, delantales y sin soltarse el moño. De forma mecánica, gracias a un sofisticado mecanismo, no cesarían de saltar a la comba durante las veinticuatro horas del día. Un gocho acuchillado formaría el dintel de esa puerta. Por cada salto, se derramaría una gota de sangre y una moneda por favor, cantarían las señoras.
Adentro la literatura y la carne harían un buen adobo, sal, pimentón, orégano y ajo para no tan niños y grandes. El sexo, la prosa y el verso habitarían entre los estantes de roble macizo, sillones de raso y esas mesas del Reform Club de Londres cubiertas con los manteles de lienzo sajón, el sherry, el whisky sólo y los hielos que nunca faltarían traídos, cómo no, de los lagos de América. Lencería fina, conceptos claros, jerejitos, mondongo y las ediciones más cuidadas listas para ser sobadas entre los dedos del pianista y las uñas esmeriladas de un asesino a sueldo. Algunos viajeros de finos y estilizados bigotes conversarían amigablemente, sin soltar la pipa de la mano, junto a hermosas damas, también viajeras, especialistas en metoposcopia y de finos ropajes. Entre sus conversaciones favoritas estarían aquellas que tratan de los pueblos llamados primitivos. Los nativos, dirían, mantienen un respeto hacia la naturaleza del que nosotros carecemos, su manera de vivir es comunitaria y el sentido de lo sagrado es el que un día nosotros tuvimos. Entre costumbre y ritual harían una pausa, dejarían las pipas, las copas de bohemia con los oportos medio llenos y se desnudarían sin ningún pudor. Brindarían por las endorfinas y harían el amor sobre alfombras hechas con pieles de tigres y leones recordando a esas mismas fieras con las que un día también ellos se tropezaron. Luego se validarían así mismos con una sonrisa de satisfacción plena y efímera, se vestirían tranquilamente, consultarían las guías, las novelas por entregas, folletines, los viejos discursos, fragmentos y verían florecer, sin ningún esfuerzo, los resultados habituales que resultan de esa tensión entre el sexo y las letras, juntos, en la misma habitación.
¿Cual es el arte por excelencia?
Entiendo que una empresa se pueda venir a bajo con gran facilidad. Que el desánimo se convierta en la única bandera hipnótica ondeando sobre los techos del mundo. Entiendo que ajustar continuamente la brújula para que siga apuntando al norte, desconcierta y cansa. Descubrir que, la alfombra roja, esa lengua que sobresale en televisión llena de focos y zapatos (no siempre de tacón), en realidad es una lona de boxeo, no resulta muy estimulante ni para pedir una limosna, ni para bailar el chachachá.
Darnos cuenta, significa arrancarnos el astil de la flecha que nos ha herido en la axila izquierda, porque también disparan con arco. Y saber que estamos solos, con nuestro rol de gaznápiro mirándonos de frente, sin conocer muy bien el motivo por el que asumimos determinados papeles, lo único que hace es despertarnos el instinto de caminar bajo la lluvia eternamente.
A la vez que escribimos nuestra historia, esa que recorre la circunferencia de nuestra tierra en unos 80 años de media, podemos creer y luchar por el proyecto o contrato que hemos firmado, sin saber realmente lo que estamos haciendo. Shackleton se propuso atravesar la Atlántida con su barco, el Endurence, y aquella aventura pronto quedó atrapada entre los hielos y la desesperación. La empresa fue calificada como un gran fracaso pero, sin embargo, Shackleton siempre será recordado como el gran capitán que consiguió salvar a toda la tripulación. Las fotografías que realizó y rescató Frank Hurley hablan por sí solas. La lectura de esa historia, en cambio, es más compleja, mucho más que el anuncio del periódico con el que se reclutó a la tripulación:
Se buscan hombres para viaje peligroso. Salario bajo, frío agudo, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante, y escasas posibilidades de regresar con vida. Honores y reconocimiento en caso de éxito.
-The Times, 1914-
P.D. En la brújula también importan los grados y no hay marinero que desconozca su sentido.

Jacques Brel "Une valse a mille temps"
Todo son alegorías. No hace falta comenzar explicando una teoría para remitirse al mundo de las alegorías como fórmula de comprensión, reflexión y reacción. La vida es una alegoría de otra que pudo ser. Los sueños son alegorías, las palabras escritas y las imágenes que hablan por sí solas. Los pensamientos, las migas de pan que siguen en la acera al día siguiente como las viejas ideas o las épicas vividas pero que ya nadie recuerda.
Siempre se han utilizado alegorías para atravesar nuestra piel de elefante, esa que a duras penas entra en el ascensor de la 13 rue del Percebe. En ocasiones se ha hecho de manera consciente pero muchas otras de forma inconsciente. Ahí es donde he vivido pleno, supongo, en esa fórmula con la que no he hecho otra cosa que respirar el alter ego huido de sí mismo.
Mi alter ego vive en ese famoso edificio donde los vecinos visten su propio anonimato, hacen diabluras, almidonan las barbas del vecino antes de que las pongan a remojar… Mi alter ego se pasea con solteronas, científicos, sastres de pacotilla, morosos profesionales, ratones malvados que introducen un cartucho de dinamita en las orejas del gato somnoliento.
Mi alter ego se codea con un pastelero que entre postre y postre le recuerda cómo Alexander Selkirk salvó la vida tras ser abandonado en una isla desierta. Esta tarde le respondí con el silencio, pensativo, pues ya sabía que el galeón, al poco de partir, se hundió en el profundo mar. Esta historia me fascina y al pastelero también. La isla desierta y el náufrago que salvó la vida no son alegorías.
Renato Carosone
El negativo de la canción que cantaba Serrat, esa que decía hoy puede ser un gran día plantéatelo así, sonaba dentro de un tranquimazín, dentro de la boca, dentro del estómago, lejos, muy lejos de mí. De igual forma sonó la cabeza de un chino contra la pared. Sus barbas parecían un vivero de moluscos, los ojos más que hundidos sumergidos en un misterioso pasado del que debió huir tras saltar la gran muralla. Apenas dio tiempo para alguna gracia pues al poco rato se le llevaron para comprobar su edad ósea, esa que algunos especialistas sonsacan con una radiografía de la mano y la muñeca izquierda. Detrás de él vinieron más y más sombras que parecían traídas por el viento de Levante. Así hasta que la prisión se transformó en un manicomio respetable. Y aunque parezca mentira todos traían la misma cantinela, aquella del Serrat vuelta del revés, la cruz de una moneda con dos cruces.
La presión atmosférica cayó hasta los pies, la bilirrubina y el éxtasis de algún ángel extraviado me golpeó la cabeza y, curiosamente, apenas parpadeé. Me dio la sensación de habitar en un estado prebélico, estar sobreviviendo en un período de paz conquistado a base de aguantar la guerra que me concierne, en la trinchera de esta prisión. El viento traía lamentos insignificantes, quejidos en el océano que empecé a colocar en mis oídos como si fueran caracolas de mar. Y es entonces que adiviné su procedencia, me hablaban desde una botella arrojada a las pasiones y dolores de los días, aquellos sobre los que bailan las serpientes venenosas que forman el cabello de la Medusa.
Orzowei no conocía el desierto
Los despojos que dejan nuestras acciones forman dunas de arena en el desierto.
The Cramps "Live at Napa State Mental Hospital"
Lux, el rey Zombie y líder de The Cramps, las palmó esta semana que terminamos. Tenía 62 del ala.
Los mensajeros siempre han tenido mala vida.
Transmiten el mensaje del emisor y encarnan el lomo perfecto donde descargar la respuesta sibilina o el as de bastos que descansa en la baraja del receptor. En muchas ocasiones el mensajero sabe oler perfectamente la carne podrida que guarda en su mochila. Esto le hace ser prevenido e incorporar el rostro de John Lennon, un segundo después de recibir el tiro final, a su registro de mártir y pecador, consciente de lo mortal y venial que hay en su mirada. En ocasiones, su experiencia le informa que esta actitud le puede librar de la tormenta airada. Pero no siempre resulta, no hay fórmula ni ley universal para que el rey al que se dirige, tras consultar con el arbusto invisible que gobierna junto a él, decida untarle de brea y plumas antes de soltar a Barrabás.
La imagen que mejor guarda todo buen o mal mensajero en su memoria es esa en la que Miguel Strogoff pierde la vista al fundírsela con el fuego de un hierro candente. Antiguamente, si algo había peor que la muerte, era este tipo de atrocidades que permitían continuar con vida acercando para siempre el tormento y la imposibilidad de ser como los demás.
Otros mensajeros, tras pelear contra cíclopes, lestrigones o el airado Poseidón, sin tiempo para cambiarse de traje por la tormenta, entregan el mensaje cifrado. No necesitan colocarse el nudo de la corbata pues permanece simétrico y bien apretado para recibir, ante su atónita sorpresa, que aquello que apretaban junto a su pecho no era otra cosa sino un movimiento de ajedrez o un paraguas Adolfo Domínguez estupendísimo. El mensajero también de soportar estas situaciones tirando de máscara y socorrerse con aquella que mejor le conviene, la de complicidad y orgullo ante el espejismo y el movimiento de su jefe que, con tetas de loca, grita ¡jaque mate!
El mensajero, resumiendo, no puede ser él como tampoco lo podemos ser nosotros sin menospreciar a los de al lado, sin arrugar la sonrisa que teníamos porque la habitación huele a difunto o porque, sencillamente, la calavera sólo es ella cuando está bajo tierra.
Las más altas montañas no están más cerca del cielo...
He dibujado unos pájaros de fuego en la pared para que me llenen los sueños con el aleteo de sus alas. Estando ahí, tan cerca, tal vez puedan penetrar fácilmente en ellos, pues pudiera ocurrir, como con las ragas hindúes, que se asocien a un momento determinado dentro de cada estación. Cada raga se conecta con una hora especial e irrepetible. En el caso de esos pájaros, están hechos para la noche. Sé que los vuelos a esas horas superan lo humano y se zambullen dentro de la inspiración, la improvisación y lo melódico. Junto a esos pájaros volveré a ver un esquiador sobrevolando el cielo en posición aerodinámica, por encima del miedo y los límites. Allá arriba, con la nariz tocando la punta de los esquís, con la boca abierta, sentirá a cámara muy lenta y hará el amor como los ángeles.

Tarsila do Amaral
Canto villano
He amanecido con mucho sueño tras acudir a una convención de vendedores de ganzúas. Supongo que el trajín llevado sin ser consciente es lo que me impide abrir los ojos como cualquier otro día. Lento pero inseguro he comenzado a ojear unas hojas de periódico que alguien había arrojado a la papelera. Allí, nuevamente, he encontrado a ese Pirrón del que hablaba Montaigne.
“el filósofo Pirrón, que se encontró en un barco un día de gran tormenta, mostraba a quienes veía más asustados en torno suyo un cerdo que en absoluto estaba inquieto por la tempestad y les levantaba el ánimo con su ejemplo. ¿Osaremos, pues, decir que la ventaja de la razón que tanto celebramos y por la que nos consideramos amos y emperadores del resto de las criaturas, nos fue infundida para que suframos? ¿Para qué el conocimiento de las cosas si nos volvemos más cobardes, si perdemos el reposo y la tranquilidad que tendríamos sin él y si nos vuelve de peor condición que el cerdo de Pirrón?”
Su explicación se ha multiplicado por 462 en mi pensamiento, exactamente el número de cerdos que han aparecido abandonados en una granja de Murcia, como si fueran perros o suegras en gasolineras que no reparten puntos por repostar. La Unión Europea no ofrece medidas de apoyo a este sector, los porqueros abandonan la piara y el vendedor de morcillas se inventa un romance de ciegos con los versos más negros de las antologías, mea culpa ojo turbio, mea culpa negro bocado, mea culpa divina náusea…
Permanezco somnoliento y pienso que he sido sorprendido dentro de la pesadilla que un taxidermista, jubilado y en estado de embriaguez, ha maquinado. Pudiera ser que ese personaje aspirara a convertirse en un reputado subastador de ganado. Dentro de su sueño contabilizaría cerdos sobre palabras aceleradas que viajarían a la velocidad de la luz…“y de pronto la vida/ en mi plato de pobre/ un magro trozo de celeste cerdo/ aquí en mi plato…/”
P.D. Los versos de Blanca Varela

Nina Simone "Ne me quitte pas"
En la prisión no iba a ser menos y los rostros de los que entran por primera vez parecen placas de piedra que, a pesar de estar escritas en visigodo, son fáciles de traducir.
Maneras de vivir decía la canción de Leño (No pienses que estoy muy triste/ si no me ves sonreír/ es simplemente despiste/ maneras de vivir…)
Hay quien lo vive y quien lo escribe, tras teorizarlo en la mente, en un papel o una pantalla. Vivir fuera de la madriguera nos bautiza con el saber práctico. El vivir dentro nos muestra el saber inscrito o escrito, fácil de encontrar en el archivo correspondiente. Aunque los dos conocimientos se transmiten, el in corporativo nos airea acelerando los cursos, las arrugas y el conocimiento de uno mismo. Este saber permanece oculto para el alumno que sólo confía en el aula, incapaz de corporeizar la acción que mueve la vida. Un aula que, de la misma manera que produce la cultura, reproduce las estructuras y las clases, tal como mostró Bordieu.
“La vida es el arte del encuentro”
Vinicius de Moraes
Lugares
He paseado por estepas donde el desierto se aprovechaba de la noche para lanzar sus dentelladas. Lugares donde los aullidos se servían embotellados al vacío junto a recuerdos de pueblos extintos, gemidos y sombras de animales moribundos a uno y otro lado del camino. Puente entre lo real y lo irreal.
Allá, sólo los presos caminaban libres. Pero no unos presos cualquiera, sino los más peligrosos, aquellos que se salvaron del juicio final por encontrarse aislados en la única celda sin ventanas, herméticamente cerrados para evitar contactos y la lava del volcán en erupción.

Ute Lemper "Ne me quitte pas"
Trama:
1. Conjunto de hilos que, cruzados y enlazados con los de la urdimbre, forman una tela.
2. Especie de seda para tramar.
3. Artificio, dolo, confabulación con que se perjudica a alguien.
4. Disposición interna, contextura, ligazón entre las partes de un asunto u otra cosa, y en especial el enredo de una obra dramática o novelesca.
5. Florecimiento y flor de los árboles, especialmente del olivo.
Es una palabra de moda incluso dentro de este cubo de Rubick hecho a base de celdas y hormigón.
Las tramas despliegan sus alas sobre nosotros desde que nacemos. Unas son más lícitas que otras pero, en todas ellas, lo que las caracteriza no es esa norma escrita que yace archivada en una estantería o, en estos tiempos, manipulada en internet. Lo principal, el resorte o el combustible que hace funcionar la institución, el juego, la amistad, la familia o la humanidad entera si se me apura, nunca tiene forma de escritura. La norma que no está escrita y posibilita, para bien o para mal, que la rueda siga girando consiste en la invisibilidad del favor, del compromiso o la mera educación que resulta de contestar a un simple saludo. La norma que rechaza al marginado es también la que acepta al peregrino. La que posibilita que una persona sea atendida o juzgada a pesar de que su caso se contemple en una brecha de viento y vacío. La norma que ofrece por no ser de obligado cumplimiento, la que mantiene el barco en pie y la que lo hunde un poquito más.
Lo inaudito es que existan etnógrafos capaces de sacar a la luz parte de la realidad más oscura. La trama en sí, no sorprende.

Pollock - Número 8 -
Las tramas, antropológicamente hablando, son culturales y etnográficas. El texto etnográfico trata de ser científico, contrastable y debe construirse mediante argumentos provenientes de diversas fuentes. Es interesante caminar en la investigación falsando perspectivas y acercándonos hacia lo discordante como si fuera el único pan que alimenta nuestro ser. De esta manera seremos conscientes de que los otros no hacen lo que yo haría. Las tramas son complejas y revelan significados sólo visibles en el microscopio de la investigación y la descripción minuciosa de lo cotidiano. Las cuestiones descriptivas y argumentales van de la mano, como si fuesen una novela realista y una obra científica respectivamente. Lo científico está unido a las acciones, palabras o acontecimientos de la vida, aunque ello no deja de ser una interpretación en la que todo ha sido clasificado, seccionado y reordenado. La trama está formada e imbricada con los elementos de la cultura, unos de una manera más explícita que otros, siendo los primeros las líneas argumentales mayores.
Otras dimensiones
En ocasiones el escenario se nos presenta grande o ajeno completamente. Tal vez es porque hemos dado un paso hacia un lado que no teníamos acostumbrado. Un paso que lleva a otro y nos presenta ante un baile de salón donde algo se mueve tras las cortinas y las puertas del servicio.
Es entonces que todo cambia. Las personas que teníamos alrededor se empiezan a poner nerviosas. Sonríen o contestan de manera extraña siguiendo el juego de unas lámparas sucias que pertenecen a ninguna época. La simpatía con la que éramos recibidos o ignorados se convierte en sospecha. Sin darnos cuenta nos hemos adentrado en su mundo. Allí existen otras tramas. La tranquilidad aparente se tambalea y el recelo viene a llenar los vasos de lo inquietante. Todo son preguntas. Todos somos peones y alegoría en la conciencia del nativo. De repente formamos parte del contexto, buscamos el conocimiento porque sabemos que las explicaciones nunca serán apropiadas.

En blanco y negro el trabajo de Manuel Caldás
En los huevos laten corazones
No hace mucho mucho tiempo que serví al hermano del alcaide para remover el polvorín, despacio muy despacio debía de ser el movimiento con el que todas las sombras se moverían a mis espaldas. Ese día Yusuf dijo pásame el pan como cualquier otro día y Hassan estornudó como cualquier otro día y nada hacía presagiar que algo fuese a cambiar. Pero y si se despertaba la fiera. ¿Qué fiera? En todas las familias guardan una y un cadáver en el armario y una fiera corrupia, etc.
El día que me llamó a su despacho me sentí palo agitando el avispero sin saber muy bien qué podía significar mi presencia en aquel lugar setentero donde sólo faltaba la efigie del divino, el caudillo o alguna santa incorrupta. ¿Sería yo el condimento necesario para cuajar el postre de la fiera?
Al parecer todo el mundo menos yo conocía la llegada de aquel hermano encargado de auditar el pasado. Parecía que tenía poder y hasta las hormigas lo sabían. Por eso correteaban agitadas ante la presencia de aquel hermano condecorado en mil batallas y visiblemente herido en acto de servicio. Un discípulo de Millán Astray edulcorado de cultura y con la lección asumida y bien aprendida, ¡viva la inteligencia muera la muerte! podría ser su frase. Las malas lenguas no tardaron en decir que sus heridas se debían más bien a una bala alojada en la próstata. En ese tan íntimo lugar concluyó uno de los tiros con los Clint Eastwood se despachaba en la pantalla, a un palmo de sus narices durante las tardes perdidas del domingo.
Él podía acercar la cultura hasta la prisión y yo tan sólo tenía que opinar sobre algunos funcionarios, cuestiones que no están del todo bien…
De vez en cuando hay que cambiar, romper la paz adquirida con la ausencia de vida, recordar que dejarse vivir está bien pero que siempre hay otras cosas por hacer. ¿Qué fiera? Algo intuí pero no había fiera, al menos en la misma habitación. Sólo quería nombres, un cabeza de turco que justificase la acción, la innovación. El que estaba a su lado dijo algo de que todo tiene que cambiar para que siga igual o algo así. Yo sabía que esa era una frase del Gatopardo, de Lampedusa y la frase exactamente decía: “Algo debe cambiar para que todo siga igual”. No dije nada.

Emile Friant "Expiación"
Donde no hay misterio no hay vida
Qué fácil es cambiar la mirada, atisbar que el otro esconde un puñal bajo la almohada y sospechar de la máscara. Comenzar a esculpir la presencia como si escondiese algo. Esas palabras que se muerde siempre a tiempo, esos pensamientos que oculta como si fuesen dinero, sus verdaderos propósitos y la falta de emoción en cada expresión.
Entender que ahí de frente sólo hemos conocido la inteligencia, la información y los lugares comunes donde germina lo siniestro de su relación consigo mismo.

Tabaimo
donde patrias de basura y fango
Todo hombre es un abismo. Decir esto es una trivialidad, una más que sumar a tantas otras que podrían pasar por inteligentes. Sería fácil continuar con la metáfora y añadir que asomarse hacia abajo daría miedo.
No hay otro paisaje más fascinante que el del rostro humano. He ahí otra trivialidad oída entre los barrotes. Nada es mío. Bien es cierto que podría adornar estas reflexiones con citas, tropos y atropos que desplegasen uno de esos lenguajes herméticos con los que se blindan los buscadores de ciencia e identidad, a la vez que sea alejan de lo profano y vulgar.
Sean o no trivialidades esas metáforas nos acompañan como las sombras y reflejan lo que somos, contra lo que luchamos y por lo que continuamos. Somos un museo andante en continuo recorrido. Nuestras formas, gestos y expresiones constituyen también un edificio donde cuelgan cientos de obras del mismo autor. Vamos formando la antológica de nuestro ser, pasamos por diferentes corrientes y, de vez en cuando, miramos hacia abajo.
Hoy, por ejemplo, he intentado reconciliarme con algunos compañeros de celda. Siento la necesidad de abrazarles pero el nudo que se desató un mal día no puede volver a apretarse sin el paso del tiempo. El reloj de arena está pintando el tiempo y será él quien ordene los objetos dentro de los cajones que son los días. No puedo acelerar ese proceso, pero sí sentir la presencia de lo vivo, la posibilidad de un nuevo abrazo y la impresión de recorrer juntos el estrecho sendero que recorre el abismo. No quiero mirar hacia abajo ni contemplar otros paisajes que los que derramen mis sueños al acostarme.

Tabaimo
Apenas distinguió entre realidad y sueño
Me pasa a menudo. Voy andando sin prisa y de repente cierran las tiendas. Cierran todo menos los bares y cines. No existen las personas, sólo zombis que sonríen y se agitan como banderas al sol que más calienta. Muñecos de trapo con niños de trapo. Familias enteras, muchachos amanerados que se llenan la mirada con dulces y tarjetas de gelatina. También puede aparecer un panoli sobando el culo a una rusa excepcional mientras ella elige su regalo, alguna chuchería celular, un helado de fresa, etc. La vida transcurre alrededor pero mi único faro y alimento son los libros que voy a comprar. Cientos y cientos que me seducen por su portada, una edición cuidada o la reedición magnífica del clásico leído o por leer. Nuevamente me apoyo en las paredes que soportan las estanterías y sin quererlo una frase sale a mi encuentro y me hace morder el anzuelo, una y otra vez, en cada librería o en la única donde me perdí para el mundo.

Klaus Kinski
Intestinos y panza de las reses, y especialmente los del cerdo
Dentro hay menos cerdos que fuera. Siempre se ha dicho que hay más locos fuera que dentro y en ese entrar y salir que se me imagina la humanidad, me entretengo. Hago una pausa y desenvuelvo un bocadillo que alguien ha envuelto con la hoja de un periódico. Empiezo a descubrir que el mondongo, además, es un artículo que firmó el viernes 13 Don José María Ruiz Ortega en el “Diario Palentino”:
Mediado el mes de febrero en casi todas las familias del medio rural, el que más y el que menos, ya había matado el marrano; incluso los que tenían escasos posibles para criar un gocho compraban tocino y carne -no importa su procedencia- para elaborar unos chorizos para suplementar una despensa en telarañas. Hasta con la carne de avutarda con tocino se hicieron chorizos, cuando no estaba prohibida la caza y la carne escaseaba; para el cocido se hacían con carne menos escogida y callos de vaca, en algunos sitios hasta incorporaron patata. Pero en la matanza tradicional la carne era generalmente de cerdo, sazonada con sal, pimentón, orégano, un poco de ajo y pimienta según los gustos particulares de la familia; una vez bien mezclada y reposada la pasta se llenaba en tripa de cerdo para la longaniza. Los chorizos elaborados con carne de vaca bien escogida, se ataban con cuerda de bramante. Otros chorizos muy sabrosos, con fecha de caducidad más inmediata, eran los botagueros en los que se empleaban las vísceras del cerdo. Los hombres solían ayudar sin escrúpulos de vanidad masculina, muy mirada en otros tiempos, ya que el mondongo era una labor intensa y requería cierta rapidez en las manipulaciones.
Cuando se hacía la matanza del cerdo, siempre había una mondonguera que tenía buena mano para calcular los ingredientes, pero es imprescindible probar las jijas por si falta algo. Aunque últimamente se ajustaba el peso proporcional de sal y pimentón. Desde San Martín que iniciaba el tiempo de matar el gocho, todo el mes de enero, puede que hasta el carnaval, era cuando se hacía el mondongo. Sin embargo, la matanza casera se hacía en el tiempo en que las horas de luz son menores y el frío era mayor, para evitar que el exceso de sol, de viento y los moscones pudieran estropear embutidos y jamones; ahora solo quedan las matanzas “turísticas”.
En un mondongo que se precie no puede faltar la morcilla, de sabores muy personalizados con más o menos arroz o cebolla, pero de sabrosos alimentos caseros. A muchos ruralianos de entonces, les gustaba el embutido hecho en casa y no probaban el ajeno por aquello de que se pueden hacer chorizos de todo tipo de carnes e ingredientes. Tan variado puede ser el mondongo que se puede escribir un tratado al respecto; según las comarcas, regiones y países, la morcilla y los embutidos son distintos. Mi amigo Sofronio, dice que no come embutidos fuera de su casa, no se fía de los ingredientes porque ya dice el refrán: carne en calceta, que la coma el que la meta.
Aparte de lo que opinen los vegetarianos, la matanza casera resulta muy sabrosa y proporciona una dieta muy rica en grasas, proteínas y hasta vitaminas; una dieta muy apropiada en otros tiempos cuando el trabajo del campo era manual y menos mecanizado. Hoy sigue siendo la matanza un manjar muy sabroso, donde todo tiene su aprovechamiento y, como dice mi amiga Sofía, del cerdo todo es elegante, hasta los andres. Antes, el esfuerzo físico manual en el campo suponía quemar mucha más energía; podar y cavar las viñas, cargar carros con sacos de cereales o cualquier otra labor detrás de un par de mulos de sol a sol.
Ahora se ha puesto de moda el mondongo como atracción turística rural y hasta en la capital, el día de la patrona, hacen la matanza en la Plaza Mayor. Aunque es una idea nada original, veremos si los del pueblo no tenemos que volver a hacer el mondongo como atracción turística, además de enseñarles el paisaje, los pájaros y el rico patrimoinio artístico rural. Ahora la oferta de embutidos en los grandes centros comerciales es verdaderamente extraordinaria; pero donde esté un plato de unas jijas con huevos fritos y un poco de morcilla de Fuente Andrino o Villada es donde se aprecia la calidad de los alimentos de nuestra tierra.

Sheela Gowda
Mal te perdonarán a ti las horas
Ayer me hubiera gustado estar en Salamanca. De tal guisa que hubiese encontrado un amo a quien servir, como bien decía Tomás Rodaja al caballero, antes de convertirse en el licenciado Vidriera, pues había oído que de los hombres se hacían los obispos.
Me hubiera conformado con servir de escolta o preceder a la comitiva que cargaba en andas al mismísimo Fernando Arrabal. Ahí delante esparciría el agua bendita con un hisopo para que su santidad iluminara esas calles que ya asfaltó en vida Fernando de Rojas. Arrabal exorcizó demonios y santificó con su presencia y palabras el aire cargado de patafísica a paso lento. Ese hubiese sido mi lugar en el día de ayer, dejando atrás las fronteras de todos los países e incrustándome en lo que me parece es el tuétano de la vida. El único sentido de lo que un ejército de ilusos llama sinsentido. Habría llevado un manuscrito escrito en sangre donde constasen los polígonos y sectores que se adjudican en la otra vida. Y en cada intervalo del santo metería unas cuñas que enunciasen, siguiendo el sentido que dan las palabras en un orden alfabético, el primer genoma de un Neandertal.
Aún así no puedo quejarme con esa performance en la que se perdió mi cuerpo y espíritu, dentro de líneas y razones poderosas que ya otros se adjudicaron, herrándolas sobre el papel de un libro impreso. Volé alto aunque no tanto como Arrabal. Penetré en criptas misteriosas y me reencontré con ciertos recuerdos y pasiones de cuando era niño. Es curioso pensar que ayer encarné uno de los sueños más ambiciosos con que se me iluminaba la infancia a la vez que me entristecía, pensando en ese Dorado que a mi antojo se le convertía en un imposible. Vinieron a mí toneladas de libros, montañas copiosas de letras gordas y finas, personajes entresacados del gran Pulgarcito o de las joyas literarias y juveniles. No me dolían los pies sino las rodillas por sentirme reptar de esa manera tan católica ante novelas y vidas contenidas en los estantes que desde mi prisión se dejaron ver. Alzé la diestra y con la rodilla izquierda bien firme sobre la tierra recibí el regalo que de pequeño me pareció alojarse tras el arco iris. Cambié la soldada por los bienes más preciados e hinqué las rodillas como si estuviese recibiendo a la primera dama de una caravana de mujeres a punto de bajar del autobús.
Me hubiese gustado estar en Salamanca y donde estuve, dentro o fuera de mi prisión.
“Mal te perdonarán a ti las horas: las horas que limando están los días, los días que royendo están los años" “De la brevedad engañosa de la vida” Luis de Góngora

Beautiful losers: Arte contemporáneo y cultura de calle
Web: Cerysmatic Factory
Jorge Reyes "Sacrificio"
Un recuerdo es una hebra entre las neuronas, una espiga que se agita con el viento de algunas tardes allá dentro. Y se cambia, se transforma hasta componer el romance o la canción que nos acuna así, melancólicamente, situándonos fuera de este mundo y del que fue realmente.
Fue en una película. Mientras talaba un árbol le picó una serpiente venenosa. Era cuestión de minutos y tras una breve pausa arrancó la motosierra y se cortó la pierna. Así salvó su vida.

Felisberto Hernández
“…Pensaba en toda una orgía y una lujuria de ver; la reacción me llevaba primero a la grosería de la cantidad y después al refinamiento perverso de la calidad, desde las visiones próximas o lejanas cegadoras de luz, en paisajes con arenas, con mares, con luchas de fieras, de hombres, hasta el artificio del cine; y el cine, desde un choque de aviones, hasta una de esas fugaces visiones que aparecen fugaces al espectador pero que a las compañías cinematográficas les cuestan lentitud y sumas fabulosas; después, la visión de toda clase de microbios moviéndose en la clara luna de un lente; y después todo el arte que entra por los ojos; y hasta cuando el arte penetra en sombras espantables y es maravilloso por el solo hecho de verse…”
“Por los tiempos de Clemente Colling”, Felisberto Hernández

Brassaï "Môme Bijou", Bar de la Lune, Montmartre, 1932

...acababa de descubrir el pecado original sobre una mesa...
Por los tiempos que corren algún día serán también los tiempos de algo o alguien. Quiero decir que así los podremos denominar a estos años cuando pensemos sustancial y trascendentemente en un futuro, si la paciencia y las arrugas lo permiten. Sería algo así como por los tiempos de presidio, de cólera, postmodernos, líquidos, veloces, etc. Con esto hago alusión y continuo la armonía que Felisberto Hernández ha colocado en algunas horas de mi reclusión. Seremos el musher (quien lleva el trineo y guía a los perros) de nuestros recuerdos, fracasos y desavenencias con nosotros mismos. Incluyo también nuestros pequeños grandes éxitos, esos a los que sólo podremos responder nosotros, mirándonos de frente y mientras, por ejemplo, contemplamos a los rayos de sol acariciar las hojas de un magnolio. No sé que clase de perros pueden tirar mejor del trineo, los que soportan el trote en una distancia infinita pero corta, sin nieve y con nieve, tierra, mar y aire. No sé que pasaría si la juventud hubiese impuesto sus normas en un galope atroz para sellar el bonito cadáver tan cercano en esa época y sin embargo tan lejos de cualquier contemplación. Fueron tantas las imprudencias y tan ordinarias muchas de las compañías... No sé, no sé y no sé porque para la travesía se trata de ir cogiendo fondo y acertar colocando a los perros más inteligentes al frente. En muchos casos serán ellos los que impidan que la desorientación no se convierta en rumbo definitivo.
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“Ella tomaba con dos dedos un sapo y lo levantaba hasta mostrar la barriga blanca. Yo tenía miedo porque ella misma me había dicho que soltaban un fuerte chorro de orín, que daba en los ojos y que dejaba ciego. Una noche de lluvia, después que yo estaba acostado vino a mi cama y vi que levantaba las cobijas apresuradamente; enseguida sentí en los pies la barriga fría y viscosa del sapo. Algunas noches después, mi madre notó un ruido raro después de apagada la luz; prendió rápidamente un fósforo y descubrió que yo dormía con los pies y las piernas para arriba, pegados contra la pared…” “Por los tiempos de Clemente Colling”, Felisberto Hernández

Medidas
Sé que Larra medía 1,60 y sin embargo casi nadie lo sabe. Ni a la historia le importa la medida ni por ello le considera más o menos. Sé que He Ping Ping es actualmente el hombre más pequeño del mundo con sus 90 centímetros y veinte años a las cuestas. Sé que no sé nada, lo que sintieron o siente por su peculiar físico y el hecho de hasta donde les ha podido condicionar. Me les imagino participando en un campeonato de saltos de altura en el que cada uno de ellos debe superarse un centímetro más cada día frente a la adversidad que ofrece el mundo. Una semana y otra hasta que Larra, no sólo herido por el desamor de su amante Dolores Armijo, sino asqueado por la humanidad en general, según explica un descendiente de aquel romántico, se pega un tiro en la sien.

Fotos y pie de foto de la Web: Cervantesvirtual.com
Mechón de cabello de Mariano José de Larra. Al parecer, el texto de la nota («pelo de mi Mariano») fue escrito por Josefa Wetoret, con quien el escritor se casó en 1829 y de quien se separó poco después. Abajo, llave del sepulcro

En un mundo sin estructuras binarias
Él dijo, estoy donde quiero estar. Y esto mismo podría decir si donde quiero estar es el infierno. La cuestión es esa, querer, saber y estar al mismo tiempo. Hablo de certezas consistentes que no se nublan con el humo del cigarrillo o tras el despertar del fauno a la hora de la siesta. Hablo del peso de las razones que rellenan el colchón de la cama donde se duerme, esas plumas que ya no vuelan porque están donde tienen que estar.
La persona que trabaja también puede pensar en ello, pero no se trata sólo de ese estadio, de esa vida seccionada en un horario que roza la esclavitud. Me refiero al conjunto de la vida, dentro y fuera del trabajo, a ese fin de semana que cuando llega te enfrenta a la botella solitaria en una mesa rayada o en la barra del bar. Saber que no siendo la luna es la luna, que no siendo el paraíso es el paraíso. No sé si me explico o de esto resulta una chapuza que ni aquellos Pepe Gotera y Otilio. Ellos, Pepe y Otilio nacieron un 2 de mayo de 1966 en el número 269 de la revista Tio Vivo. Sus historias salvajes y desastrosas, no incluían a mujeres, novias ni otros proyectos o viajes extraños que, de vez en cuando, la huida sin premeditación ni planificación. Su vida era el día a día sin depresiones por los resultados ni dietas que amargasen la cintura de Otilio, sujeta con un sempiterno uniforme de tirantes y gorra de currito. Ellos, además, estaban donde tenían que estar, en esa España sin asfaltar, oscurecida por los cortes de luz y ese tipo de carreras con las que nuestros chapuceros a domicilio concluían las historietas, garrote en mano y noticia en la Trola anunciando la agresión salvaje y burra
Agarra a una pobre ancianita y le
obliga a comerse un elefante en-
tero, sin dejarse ni el rabo. Mien-
tras la viejecita se pone como el
quico de bicarbonato, la genda-
rmería les sigua la pista a los
agresores y bla… bla…bla…
En este caso, Pepe Gotera y Otilio, acaban la aventura navegando en un tonel mientras que una gran interrogación figura sobre la cabeza de un pingüino que les mira con cierto asombro. Seguían estando donde tenían que estar.
Colling era un romántico falsificador de billetes, que no pretendía hacerlos pasar por verdaderos, ni pretendía comprar nada con ellos. Él no especulaba con billetes falsos. Al contrario, tenía interés en mostrar que aquello era suyo y que el hacerlo acreditaba conocimiento y habilidad. Y aquella habilidad caería en cabezas somnolientas de asombro y pensarían en los genios. Cuando la admiración empezara por la habilidad seguiría suponiendo quién sabe qué cosas; y a lo mejor deducirían algo así: Si un hombre puede imitar así la obra de los demás ¡cómo será la suya! Para mí, la suya era triste, como cuando un niño ama un juguete vulgar y lo guarda con cariño
“Por los tiempos de Clemente Colling” Felisberto Hernández

Murakami
Blossom Dearie "Try Your Wings"
Blossomm Dearie, pianista y cantante, falleció el pasado sábado en Nueva York, a los 84 años.

Resulta que alguien sufre la carga del adversario que, en este caso, no es otro que un compañero de celda. Resulta que a no tardar saldrá en libertad provisional con cargos y cargas. Él es más débil, está sometido a una figura de hojalata que fabrica su propio anillo interplanetario con polvo y ruido de latas al caminar por los pasillos. Se la tiene jurada y al débil tan sólo le queda declarar en susurros el acoso y la tortura de aquel que no parece lo que es. Estas confesiones con las que nos ofrece su intimidad y dolencia suponen el único castigo que se le ocurre. Su única fuerza y poder. Hace caracola con las manos y susurra al paso ese veneno que se le ha dado a beber, en cada oído, de uno en uno hasta el último soldado de la compañía que atraviesa el desfiladero rocoso de la existencia. Y con ello fabrico conclusiones que se me abotargan, como la mirada sobre el malvado. Ya son otros los ojos de la verdad y la mentira hecha con silicato y polvo helado. Una nueva mirada que confirma la sospecha o se sorprende como si estuviera ante el mismísimo del Hombre de Hielo, capaz de lanzar rayos de congelación desde sus manos. A una vieja, del mismo En cuévanos, sin cejas y pestañas, ojos de vendimiar tenéis, agüela; cuero de Fregenal, muslos de suela; piernas y coño son toros y cañas. Las nalgas son dos porras de espadañas afeitáis la caraza de chinela con diaquilón y humo de la vela, y luego dais la teta a las arañas Francisco de Quevedo Cuévanos: cestos en los que se traslada la uva en la vendimia Fregenal de la Sierra llevaba fama por sus cueros Espadaña: hierba conocida que nace abundantemente en las lagunas y orillas de arroyos empantanados; su talle no tiene nudo y se parece mucho al del junco. Chinela: especie de zapatilla. Diaquilón: cierta manera de emplasto o cerote que se pone para cerrar las heridas y enjugarlas Espadañas
Y en determinadas condiciones la materia puede atravesar una barrera impenetrable
Pararse frente a un charco e intentar reconocerse sin salpicar una gota en los pantalones. Pararse frente a lo que fuiste, boceto tras boceto, para llegar a mearte, nuevamente los pantalones.
Pararse lo suficiente como para adivinar el pasado. Ese que fuiste o creiste. ¿No era un muñeco que se formaba? Los huesos, músculos y entendimiento no estaban lo suficientemente desarrollados y sin embargo, eras. Ser es estar a gusto con uno mismo. Reconocerse es eso, ser fiel a lo que fuiste sin pensar en que nada permanece y todo cambia de piel, alma y decorado.
Si el charco es demasiado grande y las fuerzas se han diluido en él, puede que nos preguntemos por la esencia, esa gotita que se vende cara y nos recuerda lo que un día pensábamos era la verdad vestida con un traje de moral y un gorro, cúspide de la estética y la amistad. El mundo seguía siendo una divina comedia que se ocultaba tras un bocadillo de chocolate, lejos, muy lejos de los cráteres que formaban el rostro de un volcán desconocido a punto de entrar en erupción. La erupción de aprender a ser, viendo la vida pasar y la muerte llegar. Esa misma explosión que irrumpiría y enterraría bajo su lava granos y propinas, sustituyéndolas por arrugas, senderos oscuros y fantasmas todos ellos agraciados con una invalidez permanente total.
Ahora veo a un muchacho aprendiendo a robar carteras. Se ha subido a una moto y en un segundo comienza a sentir el aire en la piel. Le veo a cámara lenta hasta que llega a la cima de un monte cercano. Deja la moto en el suelo y se sienta a comer pipas. Observa desde lo alto la ciudad y dentro de su cabecita comienza a moverse un duendecito que le dice, no entiendo nada, nada de lo que pasa. Tengo una cartera, algún billete, todo ha salido bien.
Abajo, en las calles, entre hangares y fortificaciones fabricadas en papel cebolla, transcurren las horas de una manera más rápida. Las sombras se saludan y la última abuela entrega el pan de cada día a un ejército de gatos y palomas. Hay otros jóvenes que no opinan lo mismo.
Dejo al de la moto y me paro ante un semáforo siempre en rojo para considerar, sin embargo, que este tiempo pertenece a los más jóvenes. Ellos son el ideal, la ética y la estética. De ellos es el presente, el rugido de los días e incluso el conocimiento y el arte. Nadie disfruta de la experiencia porque está corrompida en un pantano obsceno. Nadie pretende el conocimiento porque conlleva la infelicidad. Nadie y nadie como si volviésemos al pozo donde el vacío existencialista se mantiene intacto. Idolatrar a Peter Pan, de alguna manera, puede significar la fidelidad a uno mismo. Remar sin renunciar a nada, sin comprometerse, sin compartir otro fruto que el prohibido.
Se ha constatado que ese mundo del conocimiento tan ansiado, espiritual y filosóficamente, no proporciona respuestas. Según el profesor José Luis Brea ese es el motivo del triunfo de la juventud. Ellos, careciendo de respuestas, al menos se sienten cómodos. Añadiría que, incluso, aquí dentro.

Nalini Malani (Beached Whale)
Este árbol que con lágrimas regaba...

Paolo Ucello "San Jorge y el dragón"
Lo apasionante de determinados personajes, antihéroes desterrados de sí mismos, es que sus sombras, en el anonimato, simulan gestos de heroicidad a cada instante. Se dan cuenta de que la lógica matemática no rige las estructuras que mantienen vivo el ecosistema que les rodea y por ello, se desmarcan tras el embozo de una capa que sólo ellos pueden ver y sentir.
Entiendo a Michael, el protagonista del Pickpoked de Bresson, la distancia del alma y el robo con el que se ponía a prueba en su deriva. Entiendo, evidentemente, a Don Quijote, a Michael Kohlhaas, el protagonista de la homónima novela de Heinrich Von Kleist, a todos aquellos que lejos de abandonar el mundo y construirse otra cabaña siguiendo los pasos de Thoreau, se marcaron la meta de la justicia y coherencia en sus actos locos.

Gao Xingjian "Les Auspices" 2006
Antes de llegar a ese lugar donde uno elige vivir su vida las personas civilizadas intentan razonar, condescender y encarnar a la víctima que se lleva dentro, tan feroz, inmensa y fatal. El mundo alrededor o en televisión no ayuda mucho y en ocasiones es como si los incendios se produjeran en pleno invierno, sobre la nieve, y la sequía fuese el resultado del crudo frío invernal. La vida es una barca, ay quien maneja mi barca o mierda sin exclamaciones para no ser mal educado en una sintonía sin comas ni puntos. No hay quien ponga el cascabel al gato desde que el tirano Ming gobierna el planeta Mongo. El espectáculo debe continuar y los payasos de la tele dejaron paso a los payasos siniestros que gobiernan el mundo. El truco para que esto funcione es continuar aplaudiendo y no mirar qué se esconde dentro de la chistera o la caja que se ha serrado.

Gao Xingjian
He conocido a personas que sin ser fakires se entrenaban durmiendo en un colchón de púas. De esta manera, el día, les aliviaba a pesar de resultar bárbaro y espantoso.
He conocido a personas que soñaban despiertas. Antiguas damas que seguían cantando en oscuros cabarets amenazados de llanto y ruina. A pacientes que un buen día dejaron de serlo y colgaron el cartel de se vende sobre su cuerpo y alma. A personas que se operaron de sexo y cuando se miraron en el espejo tenían cara de conejo o de hipopótamo. A partículas que se desintegraban y forman extraños seres sin orden ni concierto. A buscadores de oro, quimeras, paraísos y felicidades inexistentes.
Sus vocaciones, en cierto modo, eran la mía ya bastante frustrada. Aquí, entre las rejas, condescendiendo hasta la náusea para que siguiera emanando un brote de paz que me diera sombra en verano y cobijo en invierno.

Gao Xingjian
Entiendo que un día me convierta en grano y reviente vistiéndome de Lancelot del Lago con una botella de ginebra, recordando viejos poemas. Por ejemplo aquel de Francisco Brines que decía:
En este vaso de ginebra bebo
los tapiados minutos de la noche,
la aridez de la música, y el ácido
deseo de la carne. Sólo existe,
donde el hielo se ausenta, cristalino
licor y miedo de la soledad.
Esta noche no habrá la mercenaria
compañía, ni gestos de aparente
calor en un tibio deseo. Lejos
está mi casa hoy, llegaré a ella
en la desierta luz de madrugada,
desnudaré mi cuerpo, y en las sombras
he de yacer con el estéril tiempo.

Gao Xingjian "Pregunta"
Y se preguntaran por mi estado lejano, las circunstancias que hicieron posible abandonar el jardín de los cerezos antes de ponerse en venta, sus flores envenenadas y las maneras educadas que se me presentan como pequeñas Iwo Jima donde se suicidan ejércitos de almas y toda esperanza de salvación.
“En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”
Góngora

Moreau
Cambalache
Para los que viven libres ha llegado el momento de subir a la montaña y deslizarse sobre la nieve como si fuera de verdad el mundo en el que pisan. Los fines de semana culminan la tragedia o la comedia de los que pueden, al menos, permitirse el lujo de tomarse un café en paz consigo mismos. No son muchos porque no son tiempos de paz y apremian las prisas para llegar al mismo sitio de todos, a la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y obscura, a la casa donde nunca comen y beben. La nieve puede ser una buena solución o incluso un spa lleno de caldo gallina blanca para que floten las carnes y los pensamientos vaporosos, esos que forman nieblas o acuarelas abstractas sin ninguna concreción. Durante el fin de semana no sólo pueden romper el cascarón los afortunados, también los que se sientan desafortunados aunque posean toda la materia que tienen los primeros. Hay otros, ya lo sé, y al escribir esto simplemente, ya lo sé, meto la cuña publicitaria con la letra de Enrique Santos Discépolo en su Cambalache, aquella que cantaran Gardel o Caetano Veloso entre otros muchos. Hay otros ya lo sé que roban en Zimbabwe un puñado de comida para aquello que hicieron nuestros ancestros, engañar al estómago con una esperanza de pan y maíz. Su casa, como la de Lázaro en el Buscón, sigue siendo esa triste y desdichada, lóbrega y obscura, donde nunca comen y beben. Esta comparación de los mundos es muy simple y no nos lleva a ninguna belleza o trascendencia en particular. Al colocarla aquí, al inicio del fin de semana, podría resaltar la épica de un descanso algo barroco con los pies de barro sobre los esquís. Nada más. Me sigue musicando el momento y completo este renglón con el dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón.
“Cambalache”
Que el mundo fue y será
una porquería, ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil, también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublés.
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
generoso o estafador...
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.
¡Qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón...
Mezclao con Stavisky
va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera
irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar La Biblia
junto a un calefón.
Siglo veinte, cambalache
problemático y febril...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
¡Dale, nomás...!
¡Dale, que va...!
¡Que allá en el Horno
nos vamo’ a encontrar...!
No pienses más; sentate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao...
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley...
una porquería, ya lo sé.
En el quinientos seis
y en el dos mil, también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublés.
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldá insolente,
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
generoso o estafador...
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, Rey de Bastos,
caradura o polizón.
¡Qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón...
Mezclao con Stavisky
va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín...
Igual que en la vidriera
irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar La Biblia
junto a un calefón.
Siglo veinte, cambalache
problemático y febril...
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
¡Dale, nomás...!
¡Dale, que va...!
¡Que allá en el Horno
nos vamo’ a encontrar...!
No pienses más; sentate a un lao,
que a nadie importa si naciste honrao...
Es lo mismo el que labura
noche y día como un buey,
que el que vive de los otros,
que el que mata, que el que cura,
o está fuera de la ley...
La muerte muriendo y el río riendo
La mente, para contrariar a la materia, sí se destruye mediante un proceso natural. En demasiadas ocasiones la ayudamos con bombas de racimo y esas que llaman absurdamente anti personas. Son los efectos de pócimas, alcoholes y traumas situados a una altura algo mayor de la que podemos saltar.
En demasiadas ocasiones decimos que ya nada nos sorprende. Sobrepasamos una edad en la que imperan esas muletillas que aportan oxígeno y seguridad. Podemos escupir a un niñato que se encara de igual manera ante un buzón de correos que ante un viejo de 200 años. Explicarle sencillamente que hemos pasado más tiempo dormidos que él con los ojos abiertos. Podemos repensarnos y reconstruirnos mientras la herrumbre traspasa poros y neuronas. Olvidarnos de la nariz superlativa, espolón de una galera que aunque pequeñita reluce en la calle por su colorao subido. Son vestigios de ese oxígeno insuflado junto con el vapor de agua y los restos de algún naufragio resultado de desafíos, bien o mal llevados. Los que sobrevivimos a toda esta oxidación apuntamos al horizonte enmarcado tras la barra de un bar o pernoctamos sobre casquetes de hielo, dando vueltas a las cosas y con pasos de pingüino.
Las neuronas también saben esquiar, sobrevolar montañas y patinar sobre extensas lagunas heladas sin alevosía ni premeditación. Ellas se suicidan en silencio y por cada baja asoma una cana amenazando con un contagio masivo que se extenderá a través de calles sin retorno y habitaciones vacías.
Son proyectos titánicos de destrucción a los que la ciencia puede torear alguna tarde fecundando, por ejemplo, a una mujer, bien con el semen congelado de un rinoceronte, bien con el de su marido abatido en una cacería de alces y en coma desde hace dieciséis años. De la procedencia de ambos mamíferos, (humanos y rinocerontes) se obtienen cornamentas que se asemejan bastante a los cascos de un caballo y los picos de una cacatúa. La mente, en todo caso, va dejando paso al vacío desde donde se columpian ideas y las últimas neuronas antes de caer a un territorio nuclear en el que los radicales libres, no son responsables del envejecimiento.
La muerte muriendo
y el río riendo.
Agustín García Calvo

Huida alucinante
La manera de celebrar el cumplimiento reglamentado de años aquí dentro suele ser muy parecida a como la celebran los de fuera. Eso sí nunca hay problemas de celdas para desplegar viandas, invitaciones ni otras tarjetas de visita que una interjección en la lavandería o en el patio. El uso de los móviles está prohibido pero no por ello dejan de funcionar, aunque nadie invita a nadie por este medio. Más de uno piensa que se ha quedado calvo por servir su cuerpo de antena receptora en este espacio contaminado de maldades y desvaríos.
Hassan cumplió años y durante la noche tomó el relevo de un desconocido que corría a toda velocidad. Mientras lo contaba en el desayuno recordó a un tío suyo al que le habían trasplantado un riñón. La primera noche posterior a la operación tuvo la misma pesadilla. Un grupo de salvajes con los ojos fuera de sus órbitas le perseguían para quitarle el riñón trasplantado. Despertó envuelto en sudor, aturdido y preocupado.
Ahora se daba cuenta de que aquel corredor seguía siendo su tío. Había saltado a su sueño por error o desesperación. Desde entonces no había parado un segundo, corría despierto y dormido. Corría como un forajido y no había pueblo ni rancho donde el pasado no saliese a su encuentro. Ahora, sin saber por qué, había aparecido en su sueño, un lugar donde nadie corría desde hacía tiempo.

La isla donde todo tiene explicación

Fuelles de Neptuno, paso a través del que se penetra en la isla Decepción (isla volcánica y con forma de herradura)
Dejamos a un lado la fiesta, más encerrada que nunca en el pasado. Memorias y desmemorias de un edificio en ruinas donde seguramente también formamos parte de alguien al que nunca conocimos. Ese alguien sería una de esas figuras que esperaban sentadas mientras remábamos con cigarrillos entre los dedos, pendientes, sólo pendientes de la inmensidad fácil y transparente. La escala de edades marcaba diferencias, los hermanos mayores y aquellos que deambulaban por el lado más oscuro bramaban sus diferencias con el pecho descubierto. Los espectadores miraban sentados entre las piedras de los parques. Miraban la enorme distancia que les separaba de aquellos pendencieros donde un año de diferencia en la edad suponía un siglo construido a base de cemento y hormigón. Esos espectadores, a su vez, eran los actores de otros más jóvenes y así quedarían en el recuerdo, encadenando múltiples paisajes habitados de infancia y pubertad.
Con los años aquel paso de juventud en el tiempo, dentro y fuera de mi recuerdo, se ha semejado al pasaje de Drake o mar de Hoces. Esa zona es la que separa la Antártida (islas Shetland del Sur) de América del Sur (Cabo de Hornos). Dicen que sus aguas viven de la agitación constante y se expresan con olas que alcanzan tranquilamente los 10 metros en un óleo grisáceo y tormentoso. Pingüinos, petreles, lobos marinos, elefantes, orcas, albatros, delfines y ballenas fuman puros o hacen crucigramas mientras que los miembros de cualquier tripulación se atiborran con pastillas, parches o inyecciones contra el mareo para soportar la vida en una mecedora salvaje.
Cuando el tiempo y sus azares juntan a los viejos tripulantes es imposible no dejarse llevar por la corriente de un pasado indescifrable. Ya son unos cuantos los que no están y otros tantos los que se perdieron en la lejanía o saltaron del tren en marcha. De alguna manera somos focas cangrejeras, una especie que curiosamente ha logrado sobrevivir mejor que ninguna otra gracias a las magulladuras con las que fueron marcadas por sus enemigos, orcas y focas leopardo principalmente. Con esa piel tan estropeada nadie las quiso cazar y con esa piel, algo más reseca que entonces, brindamos desafiando a los Fuelles de Neptuno.

Viejo hangar abandonado en la isla Decepción
Pasaban volando jirones de vapor

Tengo la sensación de que ha pasado al menos un mes desde la última vez que acudí a fumigar mis neuronas mediante este proceso de escribano en la pantalla. Han ocurrido muchas cosas y todas ellas reseñables. Las ideas podrían pasar a formar un ejército dispuesto para la lucha. Cada una de ellas sería un soldado pleno, con sus motivos, razones, dudas y pensamientos sobre el sentido de la vida y de la muerte a la vuelta de una colina.
El ideal de la soledad como fermentadora de ensayos y opiniones sigue estando ahí, en la sombra de un viajero errático sin cámara para filmar o fotografiar nada que no sea bruma y sol. Pero no vivo ahí, en lo alto de esa montaña rodeada de nieve y coronada con la caseta del leñador, sino aquí y me enfrento a los barrotes que transforman mi ser en un ente codificado visto a través de ellos.

Cuestiones de la mañana:
Todo el mundo tiene su opinión y la mejor defensa, hoy más que nunca, es un buen ataque. Cuando alguien se siente acosado porque debe responder a preguntas más o menos complejas y elaboradas, en primer lugar empieza a bailar un vals. A continuación se le llena el cuerpo de piña colada y, por fin, se lanza a la yugular. Esta actitud no demuestra que deje de tener razón, o que las posibles respuestas que en él se ocultan delaten a un asesino en serie o en serio. Significa, sencillamente, que las argumentaciones y explicaciones elaboradas no se exportan más allá del cuello de la camisa, bien porque a nadie le importan, cotizan bajo o sencillamente se compran a los chinos por menos dinero, bien por lo ya dicho, la mejor defensa…

Sin embargo hay personas que se pelean por un grano de trigo como si fuera un trillón de euros, dejándose la piel, las uñas y la mierda que las acompaña. Y no estoy hablando del acto simbólico que significa ceder ante un agresor que, con un insignificante desafío, se adentra en el territorio para mearlo y marcarlo. Me estoy refiriendo a personas que por su naturaleza pelean cada vocal o consonante sin medir las consecuencias o someterse a estrategias de ningún tipo. Es un tipo de lucha más propio de la primera guerra mundial, cuerpo a cuerpo, en trincheras o acompañando al Conde Zeppeling a bordo de un dirigible.
Si seguimos a Unamuno ya sabemos que es más fácil ganar que convencer y, en demasiadas ocasiones, esto es lo que ocurre. La opinión es tan democrática que, sea la boca que sea, siempre se ha de abrir como aquella cueva de Ali Babá con su Sésamo ábrete, Sésamo ciérrate. De esta guisa salen y entran ladrones, dejando el tesoro del razonamiento y la reflexión abonando prisas y un viento que, de vez en cuando, entra por el norte y sale aullando por el sur.
…Nuestra dedicación a la historia, según la tesis de Hilary, era una dedicación a imágenes prefabricadas, grabadas ya en el interior de nuestras mentes, a las que no hacemos más que mirar mientras la verdad se encuentra en otra parte, en algún lugar apartado todavía no descubierto por nadie…
“Austerlitz” W. G. Sebald

De la Wiki “Batalla de Austerlitz”
…Días antes de la batalla, Napoleón había hecho creer a los Aliados que su ejército se encontraba en un estado de debilidad y que deseaba la paz. Pero en realidad, esperaba que los Aliados lo atacaran, y para obligarlos a eso deliberadamente debilitó su flanco derecho.
Napoleón se reunió en el Cuartel Imperial con sus mariscales, quienes le comunicaron sus temores acerca de la batalla que se avecinaba, incluso llegaron a sugerir la retirada, pero el Emperador los rechazó y continuó con sus planes. El plan de Napoleón preveía que los Aliados lanzarían tantas tropas para envolver el debilitado flanco izquierdo francés que su centro se debilitaría severamente. Napoleón contaría con un enorme empuje francés, que sería conducido con 17.000 soldados del IV Cuerpo bajo el mando del general Soult, a través del debilitado centro Aliado.
Mientras tanto, para reforzar su flanco derecho, Napoleón ordenó al tercer Cuerpo del general Davout a forzar la marcha desde Viena para unirse al general Legrand, que mantenía el flanco extremo sur que lidiaría con la parte más difícil del ataque del ejército Aliado. Los soldados de Davout tenían 48 horas para marchar 70 millas (110 km). Su llegada sería crucial a la hora de determinar el triunfo o el fracaso del plan francés.
Al salir el sol, los 17.000 franceses del flanco izquierdo, dos divisiones francesas, salieron del valle frente la meseta para lanzarse sobre el enemigo por detrás apoyados por una espesa niebla. "Un ataque rápido y la guerra habrá terminado" en palabras del propio Napoleón. A las 9:30 de la mañana, los franceses controlaron la meseta de Pratzen desde la retaguardia enemiga y demolieron el centro de la posición enemiga. El zar Alejandro I, tras ver cundir el pánico en la meseta no volvió a participar en la batalla. A las 17:00 la batalla finalizó dejando un campo sembrado de cadáveres…
En ocasiones pensaba que no estaba encarcelado
Hace mucho, mucho tiempo que un tiro acabó con aquel Malcom X. Dentro de una cárcel empezó a ser el que fue, paciendo con la Nación del Islam una auténtica revolución, un camino que justificara el sentido de una vida donde su casa había sido incendiada, su padre asesinado y su madre, superviviente, encerrada dentro de un manicomio. Malcon X murió un 21 de febrero de 1965 y en esta España caricaturesca, como en tantos otros lugares, se vive ajena al aniversario de tal acontecimiento. La mirada, no iba a ser menos, vive encerrada tras una máscara de carnaval que ha transformado el 23-F en una serie televisiva de tricornios y ficción. Son fechas para las que cada nación guarda un sitio en su calendario. Más o menos ombliguistas, los países acomodados entierran con inquina a determinados personajes que hicieron más por el mundo en su breve existencia, que todos los héroes juntos sumados a las batallas de pacotilla con las que refuerzan o resucitan una identidad fallida. De estos entierros que poco tienen en común con el de la sardina, no se salvan escritores o artistas en general. La moda tiránica coloca en el trono a un rey o hace de un payaso capitán general. Los enanos también empezaron pequeños, reza el título de una película y Malcon X no iba a ser menos, envuelto en un camino de perdición lo más beneficioso que pudo hacer tal vez fue limpiar los zapatos a Duke Ellington, como así cuenta en su autobiografía. Las cárceles y las bibliotecas que en ellas había, desarrollaron el magnetismo que guardaba dentro, pasando de no ser a ser. Sólo 16 tiros bastaron para acabar con su discurso y convertirle en un fiambre dentro del Audubom Ballrom de Manhattan. Ya hace tiempo que los escenarios para convertir a alguien en un colador son otros, lo bastante alejados de discursos o convocatorias. Supongo que esto tendrá que ver con el vertedero que resulta de las palabras con las que los personajes públicos se masturban en público. Ningún asesino, en semejante condición, les toma en serio.
Muéstrame no importa qué y te diré quién fuiste
Sobrevivir en condiciones extremas sella el único título válido que demuestra la licenciatura en la vida. Sobrevivir en determinados lugares, naufragios, guerras, accidentes o turbulencias inverosímiles te convierte en alguien por encima de los demás. Supone que has regresado del país de las sombras y que, en cierta manera, la suerte, frágil e inconstante compañera, ha contribuido en la imposición de ese tiempo extra que se te ha concedido. Esto te supone peinar el pelo plateado y frío que concede el tiempo, cubrirse con una piel reseca que sigue siendo la tuya y calzarse una mirada un tanto cansada, pero viva. Significa saber demasiado y nada, asquearse y llenarse de pena por los semejantes, tan ofendidos y pretendidos por el poder o la fuerza, beber de los cálices y no embriagarse, sumarse y restarse a sí mismo frente a la adversidad que, como la tentación, vive en el piso de arriba.
He sobrevivido en lugares complicados y asfixiantes pero no por su aislamiento o las adversas condiciones climatológicas, sino todo lo contrario. Lo que ocasionaba esa atmósfera irrespirable era precisamente la abundancia de seres humanos clasificados, estructurados y correlacionados en diversos órdenes visibles e invisibles, en un clima y bajo una temperatura adecuada. La manera de actuar en tales laberintos se escapa a la conciencia y al paso de una estancia breve y amistosa. Allí nada era lo que parecía. Bajo una capa de aparente limpieza y servicio, donde se ofrecían ventajas y derechos por racimos o en bolsas reciclables, todo era sucio o respondía a voluntades esquivas. Salirse del orden donde uno había sido asignado significaba acercarse peligrosamente a una puerta oscura y sin cerradura por donde poder mirar las formas de un viejo tiovivo decadente. Los límites se dibujaban muy finos y los accidentes que hacían de referencias para la orientación se movían en procelosos e irregulares movimientos. Todo el mundo estaba amenazado y todo el mundo se burlaba de ello.
Revoloteo como es debido
Ahora he sabido que Don Pantunflo Zapatilla, el padre de Zipi y Zape, frisaba los 40. Esta edad se mantiene fija a pesar del tiempo, cuestión que tiene algo de siniestro cuando observo las viñetas que le dieron vida.
Ya no soy Zipi o Zape y los niños de ahora tampoco lo son porque para ellos esos gemelos son polvo en el desván, recuerdos de podredumbre, algo así como un cartón enmarcado en dorado, bajo cuyo cristal se encuentra un liquen y tres hojas secas y lanceoladas de un sauce. Ese es el recuerdo que Hilary, uno de los personajes que aparecen en la novela “Austerlitz” de Sebald, guarda de sus antepasados. El sauce estaba en Santa Elena y el liquen había sido desprendido de la pesada placa de granito que hay sobre la tumba del mariscal Ney. Personaje lleno de misterio y que según cuentan, tras su fusilamiento en los jardines de Luxemburgo (Paris), llegó a Carolina del Sur (Estados Unidos).
Me he alejado no sólo psíquica sino físicamente de Zipi y Zape. Su evolución, desde 1948, no ha sido la mía que se ha escorado hacia el catedrático en filatelia, numismática y colombofilia, con sus botines, patillotas y pantalones del color de su chaqué.
El secreto de este viaje, para el que ni estaba preparado ni sentía la más mínima atracción, contiene el sentido de la vida. Mis pasos han alcanzado a los del doctor Pildorín, Don Ángel o Don Minervo pero sin responder a su ritmo ni al sentido que dan a sus palabras. Estoy pero no estoy. Tampoco soy ellos porque no soy capaz de dejar de mirar el cartel pegado a la pared donde se lee: ¡Éxito! El fakir Ali-Ka-Ido.




