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Astillas. Jirones. Cavilando. Mudo.
“Con gracia de diligencia se volvió hacia el espejo dorado Gilt y Cantrell. Con gracia sacó del barrilete de cristal una medida de dorado whisky. Del faldón de su chaqueta sacó el señor Dedales bolsa y pipa. Diligencia ella sirvió. Él sopló por el tubo dos roncas notas de pífano.”
“Ulises” (2-11) James Joyce
Incluso en verano todo puede cambiar en un instante, basta una chispa o el repiqueteo de la castañuela que da ritmo al corazón. Los planes, giros y regates con los que el destino quiebra la más fatua ignorancia, de repente, te colocan la proa bajo una ola o justo en dirección contraria, dirigida hacia una senda oscura y poco transitada, al menos para el que hacia allí se encamina ahora. En esto siempre hay especialistas de olfato desarrollado que actúan como si ya hubiesen soñado lo que va a suceder y se apuran por abandonar el barco justo antes de la tormenta, dejando entre los labios el sabor del cocktail con sabor a champán y despedida. Aún así no hace falta recordar que nadie puede escapar a su destino.
Últimamente me estoy reencontrando con viejos conocidos que presentan caras de eso precisamente, de conocidos y corderos a fuego lento, tueste adquirido, evidentemente, no por ser la estación que es y sí en cambio por las vueltas que da la vida, horno o parrilla sobre la que caminamos. Luego, tras el intercambio de palabras que me penetran a modo de contraseña se les dibuja un rostro mucho más antiguo aún, como si hubiesen sido rescatados de una trampa mortal por una pareja de bomberos o, mejor aún, como si hubiesen sabido que la trampa mortal en realidad es la vida y que ahora, el reverso se presenta sin posibilidad de rescate alguno.
Esta semana surgió llena de espuma marina una amiga, válgame el término cogido por un extremo para no quemarme por la fuerza y sentido de la palabra. Allá la veía, a medio metro ahora, en su apuesta perdida en la memoria pero situada aún sobre un pequeño pedestal lleno de polvo y telarañas. En la placa colocada bajo sus pies leo una biografía muy particular. Nuestro encuentro, antaño, abrigaba esperanzas en lo que más tarde he sabido era una línea de salida. Ella comenzaba a llenar su pequeña mochila con sacrificio y preparación, cosida con los hilos del esmero, dentro palpitaba una voluntad de hierro sobre unos andamios que, curiosamente, le valieron para iniciar la vida sentimental para la que no mostró ni la mitad de empeño que su proyecto laboral. Esto es fantástico porque como se dice, la vida es eso que te pasa mientras estás haciendo otras cosas, pero hay que reconocer que el mismo éxito hubiese tenido sin dejarse buena parte de la piel en aquella construcción con la que tan sólo intentaba comenzar a vivir de una manera un poco más plena al menos y, por tanto, autónoma.
Ahora, en cuestión de días, el pequeño dolor de un familiar anuncia un final sin remisión ni tratamiento. Así se lo dijeron con el único engaño para la víctima de un plazo más o menos extenso, cuestión de años cuando en realidad no va a comer ningún otro turrón que el de una morfina rellena de almendras y dolores mastodónticos.

Tumba de Stevenson, en Samoa
Y, evidentemente, la vida sigue.
En el periódico del pasado jueves la noticia era que una cigüeña había sido rescatada de un patio interior y en el del viernes, en cambio, decían “una cigüeña provoca un incendio de maleza en las inmediaciones del monte el Viejo”. Tal vez fuese la misma que, finalmente, en su electrocución al chocar contra una torreta de alta tensión se esfumo de una manera un poco más aparatosa y tan espectacular como requieren los tiempos en que vivimos. De aquel patio o trampa salvó su vida gracias a fuerzas ajenas para llegar pronto a lo que había de ser su destino. Este ejemplo se multiplica cada día en cada uno de nosotros y en algunos particularmente, como el caso de ese guardia civil asesinado en Mallorca y que según recogen los periódicos vivió en coma hasta no hace muchos meses debido a un accidente de tráfico.
Y, evidentemente, la vida sigue.
No sé si los libros y apuntes de mi “amiga” habrán servido para extender una frontera de arena con su pareja o al contrario, la fundió en una comprensión que sólo en ocasiones ofrecen las razones y dislates que ahí encontramos. No sé si en el fondo habrá sido mejor o peor el resultado, da igual porque la vida de cada uno es la que es.
Resulta que, recientemente, con los hijos ya medio criados según me ha dicho el profesor Tragacanto, esa molécula con birrete que saltó del tebeo a mi realidad, ella había empezado a trabajar tibia pero alegremente en una mala administración. Antes de este pequeño contrato se bautizó en empresas de poca monta, cobrando de aprendiz y recibiendo calabazas perpetuas en sus cestas navideñas. Aquellos tiempos y éstos venidos a mi memoria por su presencia fantasmal me recuerdan esa línea de salida compartida en un tiempo de creencias por atravesar.
“Del salón llegó una llamada, lenta en morir. Era un diapasón que tenía el afinador que había olvidado que ahora tocaba él. Una llamada otra vez. Que él ahora tenía en vilo que ahora palpitaba. ¿Oyes? Latía, pura, más puramente, suave y más suavemente, sus cuernos zumbando. Llamada más lenta en morir.”
“Ulises” (2-11) James Joyce

Jean-Louis-Ernest Meissonier
Veranos
“Con que J.J. mete baza haciendo su papelito sobre que cada cual ve las cosas a su modo y que no hay que cerrar los ojos y la táctica de Nelson de poner el ojo ciego en el catalejo y redactar una acusación contra un país entero y Bloom intentando apoyar la moderación y joderación y sus colonias y su civilización.”
“Ulises” James Joyce
Se cerraron los acordes en arpegio del preludio
El verano también suele resultar algo agitado, al menos en mi cabeza. Se despiertan posibilidades, coartadas y vicisitudes que sólo transcurren ahí dentro. Me estoy dando cuenta que es muy fácil encender un fuego dentro de mi memoria, en terrenos acotados por una cortina de humo, ya arrasados en definitiva, pero que, curiosamente, vuelven a prender como si el fuego acabase de ser extinguido recientemente.
Son, digamos que, cicatrices dejadas en lugares sensibles, ceniza, huellas y restos que fueron dejando algunas personas más o menos queridas. No diré que íntimas pero sí al menos cercanas y con las que debiera prevalecer no sólo un pacto de no agresión sino una elegancia y generosidad propias de una tribu mínimamente solidaria porque, entre otras razones, se encuentra al borde de la extinción.

Libreria "El Ateneo Grand Splendid", en Buenos Aires
Chapuzón. -¡Cuántas veces no he tomado una sopa más fría que el agua de esta playa! Alice Munro 
Para despejarme ya no puedo visitar esas pequeñas bibliotecas construidas en madera y situadas por los diferentes barrios de la ciudad. En realidad el objetivo de estos pequeños centros, casitas de una sola habitación que sustituyeron el chocolate por la belleza de los libros, era potenciar la lectura entre los niños. Pero las cifras mandan y la escasez de visitantes obligan al cierre. ¿Quiere esto decir algo?
Sin embargo se ha abierto una librería, tal vez a modo de suicidio o para albergar unas esperanzas un tanto extraviadas. Aunque aún no la haya visitado varios exploradores me han enviado una información no muy halagüeña. El lugar viene a ser como una sección de libros en un centro comercial. Sin otro criterio que el de cualquier negocio, lo mismo podrían vender pintalabios, zapatos que, como es el caso, libros. Prefiero no extenderme y seguir dejando a los cuarenta principales sonando entre sus pasillos.
Basten para explicarme unas líneas del relato “La virgen albanesa”, de Alice Munro:
Había pintado las paredes de la librería de amarillo claro. El amarillo representa la curiosidad intelectual, o alguien debió de decírmelo. Abrí la tienda en marzo de 1964. En Victoria, en la Columbia Británica.
Yo me sentaba a mi mesa, con los libros detrás. Los representantes de las editoriales me habían aconsejado que adquiriese libros sobre perros y caballos, barcos y jardinería, pájaros y flores: según ellos, era lo que todo el mundo compraría en Victoria. Yo hice caso omiso de su consejo y traje novelas y poesía y libros sobre el sufismo y la relatividad y la escritura lineal B. Y cuando llegaron, los coloqué de tal forma que las ciencias políticas se proyectaran sobre la filosofía y la filosofía sobre la religión sin grandes rupturas, de modo que los poetas compatibles pudieran reposar juntos, siguiendo cierto orden en las estanterías –a mi juicio- que reflejara el deambular natural de la mente, a cuya superficie pueden asomar continuamente tesoros nuevos y olvidados. Me había tomado todas aquellas molestias ¿y qué? Pues esperé, con la sensación de quien se ha vestido espectacularmente para una fiesta, incluso quizá desempeñando las joyas de la familia, para encontrarse con una reunión de vecinos que juegan a las cartas. Nada más que un rollo de carne picada y puré de patatas en la cocina, con un vaso de vino rosado.
Muchas veces la librería se quedaba vacía durante un par de horas, y cuando entraba alguien era para preguntar por un libro que recordaba de la biblioteca del colegio o que se había dejado olvidado en un hotel hacía veinte años. Por lo general no se acordaban del título, pero me contaban de qué iba. Sí, trata sobre una niña que se va a Australia con su padre a trabajar en unas minas de oro que han heredado. O sobre una mujer que dio a luz ella sola en Alaska. O sobre la competición entre uno de los antiguos veleros y el primer barco a vapor, en la década de los cuarenta del siglo pasado.
Ah, bueno. No, sólo quería preguntar, por si acaso.
Se marchaban sin siquiera echar un vistazo a las maravillas que había a su alrededor.
Algunas personas se quedaban sorprendidas, agradecidas, decía: qué bien que tenemos esta librería en la ciudad. Ramoneaban por la tienda media hora, una hora, y al final se gastaban setenta y cinco centavos.
Lleva tiempo…
… Pero no me sentía abatida. Había hecho un cambio drástico en mi vida, y a pesar de los remordimientos que experimentaba a diario, me sentía orgullosa. Como si al fin hubiera salido al mundo, con una piel distinta. Sentada a la mesa, prolongaba una taza de café o de sopa una hora, aferrándola con las manos mientras mantenía algo de calor. Leía, pero sin ningún objetivo concreto. Frases sueltas de los libros que siempre había querido leer. A veces, esas frases me resultaban tan satisfactorias, o tan esquivas o maravillosas, que abandonaba el resto de las palabras y me entregaba a un estado de ánimo especial. Despierta y somnolienta, aislada de la gente pero al mismo tiempo consciente de la ciudad en sí misma, que se me antojaba un lugar extraño…

Libreria "Lello" en Oporto

Libreria "Shakespeare & Co", en París
Bronce con altivez
Se suceden las tardes y pasan como las aguas del río. Las conversaciones también, no digamos los pensamientos, nefandos muchos, inútiles la mayor parte, siento decirlo ahora, mientras abarco con la mirada caravanas enteras de eso mismo, pensamientos que bailan con las vocales entrelazadas al ritmo de un baile cosaco y cansino para ser verano.
Tras aclimatarme a la diplomacia que tanto cansa dentro de un círculo, familia o vicio devenido en costumbre, intento abandonar a su suerte las palabras que sólo yo he leído entre líneas. Siempre hay quien dice digo cuando en realidad está diciendo Diego, pero claro, estas conclusiones las sacó de mi chistera y para el público parece que llego tarde, mal y nunca a lomos de mi borrico con el que intentaré ganar algún año esa carrera de pollinos que se celebra en Triollo, Palencia, Spain, cada primer sábado de agosto.
A eso me dedicaré cuando sea mayor, a montar burros y burras, siguiendo la sana intención de ganar nada, una costumbre que con algo de suerte en las alforjas me ha permitido galopar sino lejos, al menos relativamente seguro.
“Creen en el bastón, azotador todopoderoso, creador del infierno en la tierra, y en Jack Marino, su ilegítimo hijo, que fue concebido por obra de un espíritu de espanto, y nació de la marina horrible, sufrió en pompa los palos, fue castigado, abierto y desollado, aulló como los demonios del infierno, y al tercer día se levantó de la litera, llegó al puerto y está sentado en sus posaderas hasta nueva orden, que vendrá a pringar ni vivo ni muerto.”
“Ulises” (2-12) James Joyce

"Elias" William Blake
De entre las nimiedades que me ha dado el día y, por lo que sea, se dejan caer a esta hora de la tarde como si fueran cangrejos en el retel. Tontos cangrejos eso sí, pescados con el mejor de los cebos, pez no paz, hígado también, ¿qué diríais, mis buenos señores, de un pastel de pichones cebados, unas tajadas de venado, un lomo de ternera, una cerceta con tocino ahumado, una cabeza de jabalí con pistachos, un cuenco de cándidas natillas, un vaso de aguardiente de nísperos y una botella de vino añejo del Rhin? ¿Por dónde me iba? dejado ya el retel, el cebo y cuando la tarde ha dado paso a la noche. Por algo sin importancia que me pescó mientras tomaba café en ese lugar a dónde siempre me pierdo. Casi sólo, frente a una biografía de Darwin (su padre, médico respetado, se llamaba Robert y debo decirlo, entre el Charles y el Darwin rigurosamente habría que colocar el correspondiente Robert para el hijo también) descubrí un artículo en el periódico llamativo, pero no por el título, que también lo era al decir “Yonquis del rito”. Poco más o menos, la autora desmenuzaba esta cuestión a raíz de una boa constrictor en la que sin bailar mucho intuyo, acabó inspirándose para hacer un repaso personal y aderezado con nombres y una cultura ciertamente interesante. Pero como digo, lo que me llamó la atención no era ni el título ni el contenido que finalmente acabé leyendo con cierto agrado, olvidándome de esa costumbre adquirida ante el follaje y la paja que llena el papel de cualquier periódico, máxime cuando es local. Tras el título llamativo y la firma del mismo, Bea Gómez González, alguien había escrito a bolígrafo, Vea o Beatriz, tonta. Curiosa práctica ésta que he conocido toda la vida, la de aquel que añade, tacha o apuntilla las palabras ya escritas por otro, como si así pudiera corregir algún defecto, gusto o recobrase en su pluma el sentido de una nostálgica censura. Además tenía corregido un leísmo casi al final de la primera columna. Como digo, este entretenimiento tan ajeno a cualquier costumbre medio normal por otro lado, siempre me ha acompañado e incluso guiado como es éste el caso, invitándome a leer exclusivamente aquello que así señalan y, como es el caso, ganándome para la causa perdida de un nuevo y ocasional lector. “Cuando he aquí que en torno a ellos se hizo una gran claridad y contemplaron cómo el carruaje en que iba Él ascendía a los cielos. Y le contemplaron en el carruaje, revestido con la gloria de la luz, cubierto de un manto como hecho de sol, hermoso como la luna, y tan aterrador que por temor no osaban mirarle. Y he aquí que salió una voz de los cielos que llamaba: ¡Elías! ¡Elías! Y Él respondió con un gran grito: ¡Abba! ¡Adonai! Y le vieron, a Él, a Él en persona, Ben Bloom Elías, entre nubes de ángeles, ascender hacia la gloria de la claridad, con un ángulo de cuarenta y cinco grdos, por encima de Donohoe, en la calle Little Green, como disparado de una paletada. “Ulises” (2-12) James Joyce
Ir de nuevo al jardín cerrado
Cambio, he cambiado y cambiaré sin dejar de ser ese minifundista con el alma vendida a mi pasado.
“Miró allá hacia el mar distante. Era como los cuadros que hacía aquel hombre en la acera con todas las tizas de colores y daba lástima también dejarlos ahí a que se borraran todos, el atardecer y las nubes saliendo y el faro Baily en el Howth y oír la música así y el perfume de ese incienso que quemaban en la iglesia como una especie de brisa.” ("Ulises" J. Joyce)
Salgo de la jaula y un pájaro enorme, ex jugador de baloncesto en un equipo ya desaparecido, me ofrece una mano de gigante para proyectarme toda su capacidad con un balón de cuero si lo tuviera en su poder ¡virguerías con el índice sosteniendo la bola del mundo que no cesa de girar! Eso me imagino pero en realidad me está hablando y sé que pudo ser un peligroso pistolero zurdo con lo que decido liberarme de tal grillete y negar con la cabeza aquello que me intenta colocar. Calcetines nuevos y unos ojos vidriosos salidos bajo una catarata permanente que destila tal vez vino, en el mejor de los casos, puede que en el fondo lástima y odio oculto a primera vista.
¡Y sin embargo, sin embargo! ¡Esa expresión tensa en su rostro! Hay en ella un dolor devorador que no cesa. Lleva el alma en los ojos y daría un mundo por estar en la intimidad de su acostumbrado cuartito, donde, dejando paso a las lágrimas, podría desahogarse llorando y dar suelta a sus sentimientos reprimidos. Aunque no demasiado porque ella sabía llorar de una manera muy bonita delante del espejo! ("Ulises" J. Joyce)

"Ulysses and the Sirens", John William Waterhouse, 1891 Luego he visitado unos arrabales fantasiosos. Tras las malezas, verjas y puertas me asaltaron ejércitos de jubilados con el mismo ímpetu que viejos nomos un tanto cansados pero dispuestos siempre a ayudar. El camino para llegar es muy poco transitado y los que hasta allá se atreven, o son conocidos o llegan perdidos y relucen coronas de laurel, un tanto secas y comidas por los ratones. Allí viven estrafalarios, agitadores reconvertidos en espantapájaros, forajidos que lucen sus anillos junto a declaraciones oficiales donde constan como desaparecidos a efectos recaudatorios, hortelanos todos a fin de cuentas, jubilados en un reino donde Arturo sigue siendo el único y auténtico soberano. No hice sino llegar a la gruta número tres cuando a la señal convenida fui asaltado por su dueño y señor, un hombre panzudo y calvo que me transmite, a pesar de su solicitud y simpatía, una honda mirada lejana, algo triste, como si algún hijo eterno no acabara de convencerle en sus formas y maneras o temiera por el futuro de esa Nausicaa que encontró a Ulises tirado en la playa tras el naufragio. Con gran celeridad y sin prolegómenos me confirmó la veracidad y autenticidad de unas cuestiones con las que llevaba un tiempo nada preocupado. Seré sincero, no se trataba del códice Daza, uno de los dos o tres códices autógrafos en poesía escrito, de puño y letra, por Lope de Vega, lleno de anotaciones y correcciones, sino del “Malleus Maleficarum”, Martillo de las Brujas, uno de los tratados que sobre la persecución brujeril escribieron en el siglo XV los monjes dominicos Heinrich Kramer y Jacob Sprenger. Mi juramento sobre confidencialidad, ética y estética no me permite decir nada más. En un visto y no visto fui acomodado y agasajado frente a una enorme jarra de cerveza con limón, nada más vulgar y refrescante para disimular aquel encuentro bajo las aspas de un helicóptero policial que, de repente, comenzó a agitar las hojas de los árboles bajo cuyas sombras respirábamos tranquilos. 
Ráscame la planta del pie
Donde estoy es un hormiguero o, mejor aún, el lugar de paso por donde hormigas hacendosas, cigarras, espermatozoides afligidos y otros menesteres se dejan caer como que no quiere la cosa. Y así, en este pozo que es también pensión y fonda, cruce de caminos y castillo de fantasmas, me resguardo del sol que más calienta pero no, nunca no, del aliento de otros marineros, compañeros de generación. Yo, tu, él, nosotros, vosotros y ellos no supimos y ellas tampoco, ellas que alcanzaron la igualdad de sexos porque la mujer incompetente ya ha llegado al poder (cito a François Giraud). Nadie, ni idea por tanto pero ciertamente en los Mares del Sur, mucho antes que Stevenson fuese rebautizado y conocido como Tusitala, el narrador de historias, también Henry James le dijo sus cosas “Eres la Cleopatra varón o la Pompadour bucanero del piélago, la libertina errante del Pacífico". Sí, decía que nadie, ni ellos ni ellas sabían o conocían que tanto los nativos de las islas Salomón como los propios oficiales de la marina patria se consideraban caníbales mutuamente. Los españoles, muy suyos, mostraban al enemigo colgado y troceado en cuartos y mitades, la cabeza clavada en un palo para frotar el fondo de la olla, arrebañar que se dice, no dejar ni la estaca propiamente, a fuego lento la vida, ñam, ñam. Así seguimos identificándonos los unos a los otros, sin posibilidad de cambio o confesión que desahogue aquello que nos quema dentro. Tal vez un día cambie la suerte y encontremos a alguien, una luz que resulte cartujo en su cartuja pero aún así, con su silencio nos entienda o eso creamos antes de los laudes y maitines. En “el carnaval de las bestias”, Paul Naschy es la estrella. Descuartizamientos. Al final, no de la película, el remolcador malayo TB Masindra, secuestrado por unos piratas somalíes el 16 de Diciembre de 2008, ha sido liberado. Más de siete meses fueron suficientes para dar a luz el rescate soñado, quedándose a tres meses del record y cuando todo parecía correr a su babor, ohhhhhh. No sé, tal vez fue otra avioneta la que dejó caer la bolsa con el botín regateado. Mi vida también es un secuestro, pero más bien voluntario frente a lo que no quiero ser. El botín lo guardo dentro y no viste código de barras.

John William Waterhouse "Lady of Shalott"
“El señor Bloom, con mano cuidadosa, volvió a poner en su sitio la camisa mojada. Ah Señor, esa diablilla cojeante. Empieza a notarse frío y pegajoso. Consecuencia nada agradable. Sin embargo de algún modo hay que quitárselo de encima. A ellas no les importa. Halagadas quizá. A casita a su panecito con leche y a rezar las oraciones de la noche con los niñitos. Bueno, sí que son unas. Verla como es lo estropea todo. Tiene que tener toda la puesta en escena, el colorete, la ropa, la posición, la música. El nombre también. Amours de actrices. Nell Gwynn, Mrs Bracegirdle, Maud Branscombe. Se levanta el telón. Fulgor plateado de luna. Aparece una doncella de seno pensativo. Ven amorcito mío y dame un beso. Todavía noto. La fuerza que le da a un hombre. Ese es el secreto del asunto. Menos mal que me descargué ahí atrás saliendo de lo de Dignam. Era la sidra. De otro modo no habría podido. Le da a uno ganas de cantar después. Lacaus esant taratará. ¿Y si hubiera hablado con ella? ¿De qué? Mal plan sin embargo si uno no sabe cómo acabar la conversación. Les haces una pregunta y ellas te hacen otra. Buena idea si uno no sabe qué hacer. Ganar tiempo: pero entonces se mete uno en un lío. Estupendo claro si uno dice: buenas tardes, y se ve que ella está en plan: buenas tardes. Ah pero la tarde oscura en la Vía Apia cuando casi le hablé a la señora Clinch pensando que era. ¡Uf! La chica de la calle Meath aquella noche. Todas las porquerías que le hice decir todas equivocadas claro. El cubo lo llamaba. Es tan difícil encontrar una que. ¡Ahó! Si uno no contesta cuando ellas se ofrecen debe ser horrible para ellas hasta que se curten. Y me besó la mano cuando le di los dos chelines extra. Loros. Aprieta el botón y el pájaro chilla. Lástima que me llamó señor. Ah, su boca en la oscuridad! ¡Y tú, un hombre casado, con una chica soltera! Eso es lo que disfrutan. Quitarle el hombre a otra mujer. O incluso oírlo decir. Es diferente conmigo. Me alegra quitarme de encima a la mujer de otro tío. Comer de las sobras de su plato. El tío de hoy en el Burton volviendo a escupir cartílagos masticados con las encías. Todavía llevo en la cartera el preservativo. Causa de la mitad del lío…” “Ulises” (2-13) James Joyce

John Singer Sargent
Entre sábanas de espuma
Cansancio pero relativo. No sólo físico. Se trata de un fluido que se descorre en la atmósfera de todo aquel que vive pisando el asfalto, lúgubre y pegajoso por ser la época que es. La vista también, el oído y el olfato. Los sentidos.
¿Por qué no lo he olido hasta ahora? Ha tardado su tiempo en llegar como ella, lenta pero segura. Supongo que es todos esos millones de granitos pequeños traídos acá por el viento. Sí, eso es. Porque esas islas de las especias, los cingaleses de esta mañana, las huelen a leguas. Le dicen a uno lo que es. Es como un velo fino o una telaraña por toda la piel, fina como cómo se llama hilos de la Virgen y siempre lo van soltando fuera en hilos, fina como lo que más, colores del arco iris sin saberlo. Se pega a todo lo que se quita. El pie de la media. Zapato caliente. Faja. Bragas: una patadita, al quitárselas. Adiós hasta la próxima. También a la gata le gusta olerle el camisón en la cama. Conoce su olor entre mil. También el agua del baño. Me recuerda las fresas con nata. No sé dónde es realmente. Ahí o en los sobacos o debajo del cuello. Porque se saca de todos los agujeros y rincones. El perfume de jacinto hecho de aceite o éter o no sé qué. La rata almizclada. Bolsa debajo de la cola un grano lanza olor para años. Los perros unos a otros por detrás. Buenas tardes. Buenas. ¿Cómo huele usted? Hum. Hum. Muy bien, gracias. Los animals se guían pore so. Sí, ahora, mirarlo desde ese punto de vista. Somos iguales. Algunas mujeres por ejemplo te mantienen a distancia cuando están con el período. Acércate. Entonces te sueltan una pste que se masca. ¿Como qué? Arenques en conserva echados a perder o. ¡Puf! Se prohíbe pisar la hierba.
Quizá ellas no notan un olor a hombre. Pero ¿qué? Guantes cigarrosos que tenía Long John en la mesa el otro. ¿Aliento? Lo que uno come y bebe lo da. No. Olor de hombre, quiero decir. Debe estar relacionado con eso porque los curas que se supone que son son diferentes. Las mujeres zumban alrededor como moscas en torno a la melaza. Separadas del altar por una baranda se echan a ello a toda costa. El árbol del cura prohibido. Oh padre ¿desea? Permítame ser la primera en. Eso se difunde por todo el cuerpo, lo permea. Fuente de vida y es enormemente curioso el olor. Salsa de apio. Con permiso…”

John Everett Millais "Ofelia"
Las cadenas son molestas y las formas de llevarlas variadas en la viña del Señor, no diré que múltiples y alegres. El engranaje de las esferas requiere educación y simpatía, o sea, diplomacia y ese prestigio que se gana con el conocimiento y las buenas maneras. No obstante, de un grano se puede hacer una montaña y por ello, lo mejor, es nadar y guardar la ropa. Me explico sin explicarme. Reconozco que en multitud de ocasiones me han dado ganas de caricaturizar a un nada Plácido Domingo y lanzar todo el fuego acumulado durante el día ante el más débil, correo, mensajero o peón de tablero en primera fila del frente. Esto, en cualquier empresa, ejército o corte, a no muy largo plazo sería desastroso, puesto que de poco, entonces se llegaría a alcanzar nada o ser el último en enterarse, subir al tren o desayunarse simplemente que es lo mismo dicho antes de coger ese tren herméticamente cerrado hasta la próxima parada. La afición por perder los estribos o atajar con antipatía cualquier pregunta, lo que vendría a poner en el disparador igualmente, es muy común y soy de los que piensan que incluso el más idiota, al que has abofeteado o ninguneado mirándole de soslayo, puede hacerte un reloj o columpiarse sobre tu cabeza el tiempo suficiente para que la pierdas, mareado y perdido en un mar de dudas. Para disipar esa tensión, con la que a veces nos alimentan justa o injustamente, lo mejor es no razonar y dejarse envolver por una nube de paciencia triste pero pasajera. Es difícil obrar con diplomacia cuando parece que muy pocos la tienen con nosotros. Es complicado nadar en el mismo charco. “El señor Bloom metió la nariz. Hum. En la. Hum. Abertura del chaleco. Almendras o. No. A limones, es. Ah, no, es el jabón.” Todas las cursivas del “Ulises” James Joyce
los dioses y los ángeles, y los arcángeles, los tronos, las abominaciones....
Me he ausentado. El señorito no está ¿desea algo? Decir que si quiere dejar un recado no está muy bien oído tratándose de una llamada a la empresa o administración. Willy De Ville no está y no estará. Días antes de su fallecimiento se leía en su web: “Está bien. No tiene dolores y pasa el tiempo en casa con películas, música, tocando la guitarra y leyendo”. Y esto a uno particularmente le parecía nada o más bien poco al no aclarar ni qué películas, música o lecturas valían su tiempo que a la postre fue el último, al menos para él.
Y en mi ausencia he visitado otros lugares donde la gente vive como puede o le dejan, buscando entre las grietas, recogiendo la basura o intentando vender sus manualidades forradas con papel de regalo, purpurina o mentiras que no dejan de ser las capas con que todos envolvemos buena parte de la vida. Y esto que digo lo podría completar con el discreto encanto de unas toallitas impolutas por sólo veinte céntimos incluido el sudor y la pátina de derrota imposible de arreglar en esta vida. Así lo he visto y así se lo contamos, lo que no quita para saludar, tras la función, a un actor que hizo de malo y respirar el humo de su cigarro, envoltorio perfecto de un tiempo compartido que no fue el último.
Guillermo Pérez Villalta "Asunto mitológico al atardecer"
La sensación de contemplar una manada a lo lejos puede resultar un espejismo, otro más en el mundo que nos rodea. Con los prismáticos es más fácil ver el trote, dirección, polvareda y forma que hace el rebaño por las praderas de los días. Pero aquello, como digo, no es sino la sensación con la que nos dibujamos mentalmente mientras que, a lo sumo, caminamos hacia el mismo destino por caminos paralelos que de vez en cuando se cruzan. Así las familias, amistades y orquestas que consiguen una suma de conciertos para el verano como aquel que hace la vendimia o se traslada al campo en el mismo furgón que transporta a la cuadrilla, cola de ratón, pedo de león. Lentamente el agua erosiona la roca, esto es bien sabido y entonces me digo qué no van a erosionar las lágrimas que llevamos dentro, las diferencias con las que pretendemos pegar nuestras figuras en un sólo puzzle cuando en realidad son piezas extraíbles, como los dientes, de diversos y variados montajes con los años imposibles de identificar. Y entonces ¿qué nos queda? A veces voy y compro una revista antigua para leer viejas entrevistas a personajes ya olvidados. Gil de Biedma decía por el año 1987 que ya sencillamente se preparaba a bien morir y mientras se explicaba bebía y respondía a las preguntas que le hacían sobre algunas de sus composiciones, sus gérmenes, inicios e identificaciones. Por ejemplo, en “Himno a la juventud” nos cuenta el motivo de su inspiración y la diversión que supuso su creación. Así no más, entre consumiciones e imagino, gestos perdidos. Bueno, dejamos la composición de la llamada generación (definido tal concepto como barril de todo tipo de gente, en palabras de Villamediana) del 50 para los expertos y , el grupo Colliure, donde en realidad los amigos eran cuatro simplemente, Carlos Barral, Ángel González, Gabriel Ferrater y el propio Gil de Biedma. Dejamos el polvo, el trote y el camino de cada uno en su cuerpo respectivo, en sus huesos y en el alma con el que a veces tropiezan nuestras sombras, beodas unas veces, serenas sólo en apariencia. Himno a la juventud Heu quantum per se candida forma valet! Propercio, II, XXIX, 30. A qué vienes ahora, juventud, encanto descarado de la vida? Qué te trae a la playa? Estábamos tranquilos los mayores y tú vienes a herirnos, reviviendo los más temibles sueños imposibles, tú vienes para hurgarnos las imaginaciones… Jaime Gil de Biedma Guillermo Pérez Villalta "Melancolía"
Porque sueño y recuerdo tienen fuerza para obligar la vida
Viento. Beldar cuando lo hace. Hoy, mañana, carpe diem y componer mentalmente, sin necesidad de escribir el verso perfecto, aquel que dice lo que el silencio explica.
Del Ulises:
“Pues tocante a Cree-en-Mí decían que no era nada sino imaginación y que no podían concebirlo ni en pensamiento, pues, primero, Dos-en-las-Matas, a donde ella les atraía, era la más placentera gruta y allí había cuatro almohadas que tenían cuatro rótulos con estas palabras estampadas en ellos, Acaballo y Patasarriba y Metelengua y Mejillaconmejilla, y, segundo, porque esa mala peste, Omnisífilis, y los monstruos no se llegaban a ellos, pues Preservativo les había dado un robusto escudo de tripa de buey, y, en tercer lugar, porque no podían recibir daño ninguno tampoco de Progenie, que era aquel maligno demonio, por virtud de ese mismo escudo, que se llamaba Mataniño. Así estaban todos en su ciega fantasía, el señor Casuista y el señor Delicado Dixon, el Joven Fanfarrón y el señor Cauto Calmador. En lo cual, oh desdichada compañía, os engañáis todos, pues esa era la voz del Dios que estaba en una ira tan grave como para acabar por levantar el brazo y dispersar sus almas por sus abusos y las dispersiones hechas por ellos contrariamente a Su palabra, que nos engendrar enérgicamente aconseja.”
Y parece que hace un mes lo menos cuando me aparté del sendero para ojear otros libros, personas dentro y fuera, suspiros y algún que otro tocho entre las manos de los paseantes sudorosos que esperaban en la cola del autobús. Sigo viendo pobres, almas en pena y alegría, trucos para sacarme un euro y pañuelos de papel llenos de mocos. Pero sé que tengo para comer mañana, pasado y quizá hasta el final de mis días sin necesidad de sufrimientos mayúsculos o espinazos partidos por un látigo indómito y fatal. Pero a la vuelta de la esquina acechan los colmillos de un vampiro que me espía los sueños igual que si estuvieran ante Canaán y ellos no fueran sino dos de los doce espías enviados por Moisés en lo que ha venido a ser una primera referencia escrita a esa profesión aventurera aunque ambigua y desasosegante.
- Versos por favor, ponme algunos más, pagaré o mejor, déjalo en la cuenta que, juntos todos, compondrán un poema mayor y peleón:
Imagínate ahora que tú y yo
Muy tarde ya en la noche
Hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector –mon semblable, -mon frère !
Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo hacia otros cuerpos
a ser posible jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir –aunque se nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años!
Para saber de amor, para aprenderle,
Haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.
Lo que pasa es que el poema “Pandémica y celeste” es largo y prefiero cortarlo aquí para que el personaje siga viviendo tranquilamente en el papel más adecuado, las páginas con las que Gil de Biedma compuso “Moralidades”. Son versos para embriagarse y sin necesidad de repetirse como lo hace el borracho un año sí y otro también, construyendo su propio edificio pues sabed los hombres todos, dijo, que las ruinas del tiempo edifican las mansiones de la eternidad. ¿Qué quiere decir esto? El viento del deseo asola al espino pero después en el lugar del matorral nace una rosa sobre la cruz del tiempo (Ulises – 13 “Los bueyes del sol)”.

Chema Cobo "Diógenes Blackout"
Él muestra sus brazos tatuados. Son demasiados dibujos para adentrarme en explicaciones, vicisitudes o simbología comprimida en tan poca piel. Sus músculos muestran el croquis de un área con una cueva desde donde se prepara, esto lo digo yo, una cacería, aunque para mí no deja de ser el plano de un tesoro falsificado por un módico precio. Justo el que ahora necesita para sacar a su familia adelante. Él, en realidad, muestra dinero y eso es lo que pide para ayudar a su hijo, justificándose por ser marca de juventud ese despilfarro, porcelana ya no tan brillante, evidente y clamorosa como la queja contra el gobierno que no le quiere ayudar. Chema Cobo "Hot Chocolat"
y vivir como un noble arruinado
Estructuras piramidales, fin de vacaciones para unos y música para otros. O sermones que saben a música celestial do re mi fa sol mucho sol. Prioridades para pasar el día antes de que el día se ofrezca a dar un repaso en la vida particular de cada uno. Lluvia de estrellas, olas refrescantes y la sensación de estar sentado en una terraza frente al desierto más o menos bello. “Sí, Piadoso le había hablado de esa tierra y Casto le había señalado el camino pero la cuestión era que por el camino cayó con una cierta puta de exterior placentero a los ojos cuyo nombre, dijo, es Pájaro-en-Mano y ella le atrajo por mala senda apartándole de la verdadera ruta con las lisonjas que le decía, como. Ea, hombre lindo, vuélvete acá y yo te mostraré un hermoso sitio, y ella se dio a él tan lisonjeramente que le tuvo consigo en su gruta que se llama Dos-en-las-Matas, o, por algunos doctos, Concupiscencia Carnal.”

Carlos Alcolea "Desnudo bajando una escalera II"
Mi estado, en general, es aceptable y por ello, el misterio invasor con rayos ultrasónicos invisibles se expande dentro de mi propio universo. He ojeado un artículo que Vila Matas escribió el pasado 8 de Agosto en el Babelia. Su título, “La brecha de Petersburgo” contiene todos los elogios hacia una obra, “Petersburgo”, de Andrei Biely, un tesoro ya viejo y repetido para el propio autor catalán aunque sea desde ya un libro más a cargar en las alforjas. Un libro que muy bien pudiera continuar al Ulises en el que me persigo, unas veces con gusto, otras con disgusto. Parece ser que en ambas obras las palabras abren sus propios caminos e intentan llevarnos de la mano hacia lo que somos y ocultamos, olvidamos o presentamos como procesos de la mente siempre viva y palpitante bajo el cráneo duro. En esas me hallo, dando tumbos entre la realidad y la ficción siempre juntas porque cuantos más prismas, más sólidas las muletas, frágiles sin embargo ante la inmensidad. Imposible dejar de pensar. Tras la ducha L´eau D´sissey.

Carlos Alcolea "Contemplando la puesta de sol"
y le ofrecí un cigarrillo
“Por lo cual distribuyó al grupo un juego de tarjetas de cartulina que había hecho imprimir aquel día por el señor Quinnell con una inscripción compuesta en bella cursiva: Señor Malachi Mulligan, Fertilizador e Incubador, Isla Lambay. Su proyecto, como pasó a exponer, era retirarse del círculo de vanos placeres tales como los que forman la principal ocupación de Sir Pisaverde Papagayo y Sir Alfeñique Quidnunc de esta ciudad y dedicarse a la más noble tarea para que ha sido constituido nuestro organismo corporal.”
“Ulises” (2-14) James Joyce
La vida consiste en probar los efectos que producen en nuestro organismo diversas sustancias, algunas fecundadas por experiencias placenteras y dolorosas, sueños, pesadillas, amalgamas varias u otras demoledoras vicisitudes que nos dejan tal como somos, máscara sobre máscara sin saber quienes somos o emulando a Descartes con aquello de sólo sé que no sé nada. Tanto como nada no debería decir ahora que la isla Lambai vive en mi cabeza llena de pájaros y naufragios en la costa este de Irlanda. Un conocimiento más, puede que inútil para un marinero de tierra adentro, otro arbolillo en el bosque que no deja ver precisamente eso, el bosque.
Más peligroso que experimentar con fármacos prohibidos resulta comprobar cómo cambia lo que nos rodea, la fauna y flora, cada persona puesta ante mi sombra como tronco de empalizada en un corral donde no identifico familia o animal, perplejo con el siempre nuevo para mí origen de las especies. Porque allí, tras las bocas y lenguas, también galopan y saltan opiniones y situaciones que me inflaman las venas, como si bajo la piel actuase un ejército de mosquitos anárquicos y derrotados que siguen el curso de la sangre hasta lanzarse en paracaídas o en bomba sobre el vacío antes de tirar de la cadena. Pero he descubierto que esta manera de actuar el organismo, respuesta inflamatoria, no es sino su respuesta defensiva cuando se ve amenazado.

Carlos Franco "Tauromaquia"
Veo presos torpes que, al igual que esos mosquitos tarados recorriendo un río de sangre o agua, comienzan a arrastrar sus cadenas, aquellas que no vieron en su día porque pensaron que todo era jauja y no jaula. Veo cómo interpelan ante su espejo y ven espejismos, tratados de cosmografías escritos en Basilea en vez de sudokus imposibles para unas cabezas tan humanas. Yo estoy aquí y ellos están allá. Les oigo, en sus despertares de cada mañana les oigo, bajo el ruido del grifo en el baño, y sé que no dudarían en arrancarse la piel si bajo ella pudieran encontrar un nuevo mapamundi que señalase otra ruta distinta a la tomada, lejos de las tormentas y tempestades con que se despiertan un día sí y otro también. Hoy vestida de corsario en los bares se te ve con seis amantes por banda -Isabel, niña Isabel-, sobre un taburete erguida, radiante, despeinada por un viento sólo tuyo, presidiendo la farra… Jaime Gil de Biedma, Moralidades “A una dama muy joven, separada”
Más despacio, sin brisa
“Pero así como antes del relámpago las acumuladas nubes tempestuosas, cargadas de rebosante exceso de humedad, túrgidamente distendidas en hinchadas masas, abarcan tierra y cielo en un solo vasto dormitar, suspenso sobre campo reseco y agostada vegetación de matojos y verdura, hasta que en un instante un destello hiende su centro y con el retumbo del trueno el temporal vierte su torrente, así y no de otro modo fue la transformación, violenta e instantánea, al ser pronunciada la Palabra.”
O lo que es lo mismo, abrir la puerta y, al ofrecer el oro, incienso y mirra sobre una alfombra roja al visitante, encontrarme frente a una lengua de serpiente que, como es lógico, nada escucha y todo escupe. Con bastante frecuencia me penetran las palabras arrojadas por extraños que aún mantienen fuerzas, las justas, para vaticinarme un futuro como el suyo, nariz y ceño de piedra, arrugas varias, vinagre, leche cortada, pata de palo, sucia, pegada a gayumbos que de qué no hablarían tamañas prendas colgadas en la misma cuerda junto a fajas, refajos y bragas dadas de sí como un siglo de historia o el espantoso corazón que guardan arrugado en forma de pañuelo.
O lo que es lo mismo hacer de cabeza de turco, griego, rumano, árabe en general o chino en particular. Todo vale con tal de ofrecerme en sacrificio sin preguntar, porque las injusticias son tales que nadie tiene la culpa, sólo el dolor, las trampas y los tratos que nos hacemos a nosotros para amanecer, tal vez nublados, soleados, en cualquier caso mareados porque el sueño nos ha arrastrado a la misma orilla del ayer. Eso parece pero no es así. La vida es una demora, una lista de espera en la que somos registrados, nombre, apellidos, padre, madre en el mejor los casos y la resolución, siempre pendiente, de un destino concreto, tal vez azaroso o caprichoso ¿por qué no hice o dije o fui o por qué el ser o no ser? “… y los repugnantes espectáculos ofrecidos por nuestras calles, los feos carteles de publicidad, los ministros religiosos de todas las denominaciones, los soldados y marineros mutilados, los cocheros exhibiendo su escorbuto, la suspendidas carcasas de animales muertos, los solteros paranoicos y las dueñas sin fecundar; esos, dijo, son responsables de todas y cada una de las menguas en el calibre de la raza.”

Fantin Latour
La sensación convertida en certeza de que es imposible atravesar un día sin una mala cara, reparo o espectáculo lamentable convierte la apuesta en un valor seguro. Y si no fuera así lo pinto en la pared, escribo: Adán se perdió por Eva y tú te perderás por Adán”. Entonces invento, figuro, pergeño o sitúo algún mal tras aquel que me quiere vender un ramo de lágrimas por uno de violetas, tanto tengo que por tener presento al mundo un cáncer, tumor, metástasis toda mía, posesión que cambiaría por un caballo o el reino vikingo de York, nada que ver con el suave y rosado jamón que, con queso, hace un sándwich mixto. No sería cómodo pues ya no sería vegetal con lechuga, huevos cocidos, atún y mayonesa aunque siempre tuviera la soledad de una mesa en un restaurante vulgar, rodeado de gente vulgar, en un tiempo vulgar.
Bajo espesura de rumor la ausencia
Apalear garbanzos en las eras, pisarles sin miedo y que los pies sean el trillo que yace colgado en la pared en el mejor de los casos, es un entretenimiento no muy rentable. ¿Pero cuándo hay un entretenimiento que se mueva con esos valores? Hacer jogging, jugar al tenis, apostar en las carreras o restaurar los viejos muebles de la abuela. Tomar una caña con los amigos, hacer punto, ganchillo, colocar sellos y volar junto a ellos hacia extrañas estafetas situadas en islas volcánicas, donde sólo nacen las piedras, de rocosas montañas, con una sola palmera en mitad de la plaza y un obelisco para realizar los sacrificios. Lugares a donde sólo es posible llegar en un viejo avión que aterriza en la pequeña pista imposible mientras los pasajeros debaten, de pie, agarrados a unas cuerdas del techo, sobre el valor en alza de los cocos y las conchas de sus madres.
Seguir con el discurso pisando las vainas, arrastrando las ramas de esas fabáceas de la especie cicer arietinum, con la cabeza a pájaros porque también hay otras maneras, tumbarse en la arena, vuelta y vuelta, leer, jugar con el ordenador, consolas, ver películas, oír un poco de música. Esto último también podría hacerse mientras la mula da vueltas, la burra, la hormiga y la cigarra, la fábula podría ser misma pero ahora no estoy explicando ninguna lección porque en la tienda, si no hay colas, se pueden comprar por un módico precio los garbanzos traídos de Chile.
Todo esto no es sino una parte más del ciclo, estación, rueda, mandala donde se arrancan las plantas que fueron sembradas y regadas, cuidadas poco más o menos como si fueran rosas en el jardín, coca colas en la nevera pendientes del whisky, ron, ginebra, tomates, lechugas, alubias, ajos y cebollas, alientos, sudores, pensamientos vanos, vaho, eructos. El proceso es largo, toda una vida, un embarazo llevado a término con el resultado de ocho kilos sin cesárea, madre tierra qué parto tuviste con esta matrona sin sueldo, ni protocolos, derechos, deberes, sensibilidades ni caprichos. Y he separado el grano de la paja aventando con el bieldo las legumbres, las palabras que decían la intriga es el aire mismo que alientan sus narices. Pero había más y la señora Bellingham acusaba: posteriormente me envió una flor de edelweiss cogida en las cumbres, según dijo, en mi honor. La hice examinar por un experto en botánica y obtuve la información de que era una flor de la planta de la patata doméstica sustraída de un invernadero de la granja modelo.

Lisette Model
Tras la cena, bajo las estrellas y a falto de banjo, guitarra, dulzaina o acordeón me he sentado en una silla roída por los ratones y las historias. He escuchado a la noche, visto su luna afilada, cornuda, las estrellas, el aullido de un morlaco bravío suelto en el campo y dispuesto para una actuar en la ópera con zorros, caracoles, gatos y liebres. Buen momento para seleccionar, sin dilucidar ni esperar juicios sumarísimos, compromisos ni palabras zafias de cretinos, familiares o vecinos. Así, en esa postura, frente a la oscuridad y a la luz de una vela, he escogido lo bueno de entre lo malo, he dejado a un lado piedrecillas que son del camino, hierbas para el viento y todo lo negro que no quiere el fardel sin necesidad de consultar a ninguna conciencia. Libertino demoníaco desde sus más tempranos años, este hediondo chivo de Mendes dio precoces señales de depravación infantil, que recordaban las ciudades de la llanura, con una anciana disoluta. Este vil hipócrita, endurecido en la infamia, es el toro blanco mencionado en el Apocalipsis. Adorador de la Mujer Escarlata… No y no y mil veces no. Mi cabeza anotaba otras cuestiones más interesantes, poder o no poder, ser o no ser, un tren, el vagón de mercancías también oscuro y un caballero inglés, dandy con corbata negra y bombín ídem descansando sobre la paja, rumbo a lo desconocido. Se trata de un cambio de personaje, el vaquero con su silla de montar es quien debería estar ahí. Así la vida, no más. Un cambio de papel, el actor representando otro personaje en el escenario equivocado al que llegó gracias a su mala orientación y también, por qué no, a una profesión que llevaba dentro y al esfuerzo con que la naturaleza le obligó a sobrevivir.

Lisette Model
Y si pudiera sacar fotos no lo haría. No quiero ser esa familia que sonríe a las niñas jijí, jajá, mira el gatito, la zorra o las uvas y yo te miro a través de la pantalla, foto va y foto viene. Todo en imágenes para una posteridad que no dura. Horrible sensación de no saber vivir ni apreciar ningún momento sin esa necesidad por retener imágenes sin alma, animales de cuatro patas, plantas, ritmo, sangre, corazón, la vista y el oído. Fotos, fotos que puedan decir mira lo que hacíamos, ahí estaba yo o tu o él, en un futuro prescindiendo del presente, de los que te rodean. Una fotografía por segundo es el ritmo adecuado para no relacionarse, jugar a ser autista, reportero gráfico inaguantable, eh, eh, te he hecho una pregunta, me gusta hablar del presente, eh, eh, eh, sí, un momento, espera no te muevas, que se paralice el mundo en una instantánea fabulosa u hongo atómico ¿no lo entiendes? Lisette Model
Y la noche llega hasta los ojos
STEPHEN: (Nervioso, amistoso, conteniéndose) Comprendo su punto de vista, aunque yo mismo no tenga rey por el momento. Vivimos en la época de los específicos. Una discusión aquí es difícil. Pero el punto es éste. Usted muere por su patria, supongo. (Pone el brazo en la manga del Soldado Carr) No es que yo se lo desee. Pero yo digo: Que mi patria muera por mí. Hasta ahora lo ha hecho así. Yo no quiero que muera. Maldita sea la muerte. ¡Viva la vida!
"Ulises" J. Joyce
Un tío, el más alegre, dilapidador de buena parte del sudor, exhibe sus credenciales y alivia las penas con pequeñas y pasajeras palabras. Enseguida proyecta copas, almuerzos y una biografía perfectamente comprensible. Él, hijo del destino, ha podido conciliar su vida disipada con la intimidad familiar. Roles antiguos y perezosos para provocar cualquier revolución, rituales amamantados sin saber cómo ni por qué en las mismas barras y calles oscuras, en procesión todas las sombras, pasacalles siempre vivos.
-Yo me lo he bebido todo para llegar a este final donde el cuerpo, pese a mí, aún se mantiene en pie. Y digo que pude empezar comprando una gasolinera, dos, arreglar la casa como si fuera un palacio, construir un acueducto privado de gas y agua.
Y seguirá guardando en su diario los pétalos de margarita deshojados, los caminos bifurcados y el carácter que le llevó a ser quien es.
Le hacen el caso justo, como si su canción sonara en un inglés macarrónico o siguiera insistiendo en aquello de que Bob Dylan sí estuvo en Woodstock, una pregunta de examen, cepo para zorrillos tontos y despistados. Aunque Bob Dylan no fuera al festival tal vez hasta allí llegaran mis berridos con sus tres meses de canción más vendida dentro del cuarto pero… la prensa lo ha dicho, Dylan fue detenido el pasado jueves por el simple hecho de pasear y esto es algo que ya había advertido Bradbury en su relato “El peatón”

City of Long Branch
Una voz metálica llamó:
¾Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
¾¡Arriba las manos!
¾Pero... ¾dijo Mead.
¾¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
¾¿Su nombre? ¾dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
¾Leonard Mead ¾dijo.
¾¡Más alto!
¾¡Leonard Mead!
¾¿Ocupación o profesión?
¾Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
¾Sin profesión ¾dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
¾Sí, puede ser así ¾dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
¾Sin profesión ¾dijo la voz de fonógrafo, siseando¾. ¿Qué estaba haciendo afuera?
¾Caminando ¾dijo Leonard Mead.
¾¡Caminando!
¾Sólo caminando ¾dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
¾¿Caminando, sólo caminando, caminando?
¾Sí, señor.
¾¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
¾Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
¾¡Su dirección!
¾Calle Saint James, once, sur.
…
« El peatón » Ray Bradbury

Rodchenko
Al parecer se encontraba en las inmediaciones de la casa donde Bruce Springsteen compuso el “Born to run” (1975), en Long Branch, Nueva Jersey. Este pasear constituye un turismo practicado por el bardo entre horas y conciertos puesto que también se le ha visto olfatear la casa de John Lennon y Neil Young. Una manera como otra cualquiera de interesarse por otras catedrales que son en este mundo.
Un tío blanco con alma negra sigue hablando, pétalos de margarita, born to run, peatón, caminar, sencillamente caminar.

y la expresión herida de tus labios
Conozco a uno que dijo a la hija, cuando sea tu cumpleaños vamos a comer por ahí. Este lugar, bar o restaurante queda un tanto difuso, dependiendo de la cordura, filosofía o sencillamente de la altura con que la mierda ronde el cuello. A veces todo esto anda un poco mezclado y lo que la lógica pudiera dictar, poco o nada tiene que ver con lo que se ha de hacer. La vida es una, el momento también y las circunstancias explican por sí solas las probabilidades y casuísticas de una posible última cena en familia. El hecho de sentir así la existencia, como una única y breve, pero nada libre (¡taxi, taxi, taxi!), nos lleva a actuar como niños, pidiendo todo ahora, sufriendo por el caramelo siempre, hambrientos, sedientos, sin admitir nuestro minúsculo poder e insignificancia cósmica. He visto a un cocodrilo morder la punta de un ancla igual que yo masco este tabaco. S sacó de la boca la pulposa mascada y, poniéndosela entre los dientes, mordió ferozmente. Porque sabemos que esto dura eso mismo a la puerta de un colegio y entonces, posponer la comida para el siguiente cumpleaños nos haría ser completamente humildes, esperando que la fatalidad cambie al menos el color en la ruleta para dejar de ser negro, sólo y negro, par, impar.

Richard Rogers
Hay personas que están realmente mal y sus ojos, limpios de raciocinio, hablan a las claras, en una traducción simultánea de lo que dice por la boca. Basta escuchar sus palabras construidas sobre una materia y ciencia poco adherente y firme, para confirmar que no existe en ellos sino un espacio de obsesiones, imprecisiones y, sin embargo, aparentes certezas marcadas con hora y fecha en un pasado trivial y sin importancia.
Y casi siempre, salvo casos extremos, hay quien pretende llevar una conversación, discusión o un simple diálogo con esas personas trayendo a la fuente, por ello, el mismo tipo de cántaro, piedra de la locura o sombra de mal agüero que a todos nos espanta.

Richard Rogers (T4, aeropuerto de Madrid)
Verbos irregulares que es preciso aprender
Bueno –contestó el marinero, ablandándose hasta cierto punto bajo la mágica influencia de que –diamante corta diamante-, podría ser hace cosa de diez años.
“Ulises” James Joyce
Soñar con una más o menos armoniosa conjunción de los astros o, en su defecto, una pequeña red formada por nudos, unos más gruesos, prietos y bellos que otros. Soñar con que la orquesta ejecutará sin demasiadas tensiones la partitura, dejando claro el instrumento, su tiempo y objetivo.
Palpar el cuerpo lleno de células y desde lo alto observar el desfile de un ejército, mediada ya la guerra, incontables las batallas, salvajes, desalentadoras. Morder la harina fermentada sin importar cómo las gotas del sudor salpimentan cada bocado, morder el polvo y saber que sólo existe el individuo dentro del grupo, solitario, harto, condescendiente. Ambos. Estar y no estar. Pensar y mirar las estrellas separadas de nombre desconocido aunque no así la forma de su constelación ¿de carro? ¿que nos ayuda a localizar el polo norte allá arriba?

"Ferdowsi [figure on the far left] encounters the Court poets of Gbazna" (ca. 1532)
Photo Credit: Jacket Art From A Painting By Aqa Mirak Photo
Menos mal que duermo cual tronco o lirón y esto no quita lo valiente. Aún así parece que la cabeza necesitaría un tratamiento con oxígeno, dejando aparte las legañas en formol para que quedara algún recuerdo de mi sueño reparador. Es fácil lanzar el puñetazo en la mesa y zanjar la cuestión de que se trate. Esta metáfora la emplean periodistas deportivos cuando un campeón gana e impone su respeto en la clasificación de manera que la distancia con el segundo queda patente por no decir imposible de salvar para lo que queda de temporada. Puñetazos hay, como se deduce, innumerables. A ti lo que te pasa es que… y lo que pasa es que estás quemado… por lo que sea. Esta sentencia judicial que resulta de auscultar el pulso y la palabra del interlocutor en la taberna aclara el sentido de las trascendencias que estaban resultando encima de la mesa. Y también muestra el atajo cómodo y “clarividente” que acoge nuestro seno para la lucha dialéctica puesto que raro es aquel que no está quemado por algún que otro motivo en su vida. Y esas cenizas, rescoldos o llamaradas aún al vivo que se ven en los cuerpos ajenos parece que pueden explicar esos puntos de vista, religiosos, políticos o humanos que contradicen o, al menos intentan, caminar entre las grietas o cicatrices normales del discurso. Ese puñetazo concluye la razón, doctrina, filosofía o lectura, fuente de la idea y del rival, independientemente de la lectura, por ejemplo, más o menos misántropa o divertida con la que últimamente se haya nutrido el espíritu. Esa fórmula tajante clava el cuchillo en la mesa y firma la inutilidad de la palabra, con su pequeña dosis de verdad y mentira. Persian miniatures -probably Aqa Mirak-
En mundos amueblados
¿Y si el secreto de la cordura se pudiera retener o atraer al menos, con una simple y bonita gorra en la cabeza? También protege del sol, eso es importante. Caminemos, uno dos, uno dos, uno dos.
Organizar una fila india, en los tiempos que corren, supone un sacrificio que se opone a cualquier atisbo de una mal llamada democracia. Siempre habrá alguien que cuestione la distancia a guardar entre los caminantes que forman ese ejército afilado, la forma, el orden, la hora o cualquier otra cuestión con la que puedan presentar un punto de vista atractivo, sugerente y particular sobre la forma y manera de iniciar el camino. No digo pensar o meditar sino decir bien alto y a las claras, sin necesidad de testar o preguntar, de manera que se ayude a la propia reflexión en voz alta. Se trata de que nos oigan, bien con una frase extraída del suplemento, bien con una ocurrencia que parezca inteligente y que a la postre pudiera resultar, para cualquier entendido, una pequeña tesela situada en el apodyterium o vestuario de los baños. Una pieza alejada del hipocastum y por tanto, fría y poco habitable. Uno dos, uno dos…

Mosaico de la Villa romana "La Olmeda"
Desembocado
Qué estómagos tan pequeños para bocas tan grandes alrededor del mundo. Nos hacemos con barro, años y recorridos opuestos en la posada del ruido que somos. Vecinos, un jueves fue fiesta, fin de año sin quererlo, con perdón. La luz calló y se hizo el cielo con sus estrellas. Principio y fin. Nadie pide más.

Peter Fischli and David Weiss
Se olvida el sudor tantas noches
El que alguien lo pase mejor que otro en un encuentro de multitudes parece algo natural. No sólo depende del estado de ánimo, cohete o yunque que nos eleva a la cima o arrastra al fondo de su garganta, pagoda, ermita sobre piedra o vacío decorado con frases inteligentes pero perdidas, nada más.
Repetir encuentros, además, produce malestar general, agotamiento de los unos con los otros y, sobre todo, alteración de sueño y costumbres. Aún así prefiero mirarlo como una vieja y nueva postal tan viva como nunca más lo podrá estar ya. Cada rostro me trae una tribu, una raza, etnia o grupo tan distante como cercano. Un arca de Noe para los impares fundamentalmente, organismos estériles y nada estilizados, paréntesis entre lo que no somos, somos, seremos, carne, huesos, agua y unas gotas de alcohol. Una gran cazuela de guisantes con calamares gigantes pescados en esas zonas profundas a las que, ya he dicho, bajamos con relativa frecuencia. Un plato digno de reyes nacidos lo menos en Tasmania, grato para estómagos agradecidos que suspiran hummmm, como la trucha al trucho. Tortillas que huelen a pastillas y callejones sin salida, cangrejos pescados en un Támesis oculto, sin tomate ni cebolla, guacamole, jamón de pato, salmorejo y viandas para soportar un asedio, aquel al que nos sometemos como bárbaros que somos y vestimos. Espárragos que son sables, alguien lo dijo, taquitos de queso, corruptio per se corruptio per accidens.

Veronese "Las bodas de Caná"
“… Está muy bien presumir de superioridad mutua pero ¿y qué de la igualdad mutua? Aborrezco la violencia y la intolerancia en cualquier forma o manera. Nunca consigue nada ni impide nada. Una revolución tiene que establecerse a plazos. Es un absurdo patente que salta a los ojos odiar a otros porque viven a la vuelta de la esquina o porque hablan otra lengua vernácula…” “Ulises” James Joyce Tifnit
Pero también la vida nos sujeta porque precisamente no es como la esperábamos
Una peste dejó al equipo diezmado a la mañana siguiente. Los alimentos son el centro de la sospecha. Así podría empezar el relato. En el hotel no hubo baños suficientes para los miembros del equipo que, sin probar bocado quedaron extenuados con un quehacer propio de cobardes y enfermos. ¡Abajo el imperio romano! No obstante apenas me enteré de lo sucedido pues mi cuerpo semeja el de un campeonísimo ironman. Esa noche, la de la cena, me soñé en plena forma, realizando unas flexiones previas a la carrera de Hawai, lugar donde transcurre el más famoso triatlón del mundo. Empecé a sudar pensando en los kilómetros que nadar, 3,8 seguí llorando con los 180 que hacer en bicicleta y terminé por vomitar ante la maratón que cierra tamaño espectáculo sólo apto para campeonísimos.
Y mientras esto soñaba recordé a la Farra, joven pero antigua profesora así llamada, supongo que por derivaciones hacia la fiesta y el canto. Sus atuendos explicaban lo que ella ocultaba, unos pantalones atigrados, a juego con el color de la blusa y las lianas donde parecía se columpiaban los ojos lánguidos y enormes. Guardaba cierto parecido con Tina Turner si mal no recuerdo o al menos con ese tipo se me figura ahora, en la distancia ¿Dónde está la Farra que llega tarde? Y si era llamada accidentalmente por el director en mitad de la clase todos sabíamos lo que pasaba, el motivo y la repentina necesidad provocada por la libido y el contoneo de la profesora. Los cronómetros se ponían en marcha y de esta manera calculábamos los tiempos que le duraban unos y otros, aquellos que vivían aferrados a su sillón y algún plebeyo hipnotizado que la servía de esclavo, siempre degradado decíamos, en cueros tras el cierre del instituto, jadeando con la lengua larguísima haciéndole de corbata, por el pasillo como un fantasma agitado el bedel.

Jardín de Hatfield
Cuando desperté yo era el dinosaurio, pesado, último desecho, postrero y maloliente. Los síntomas no fueron sino los de otras veces y cada paseo me resultó como un hermoso castigo donde las palabras caían sobre mi cabeza como una lluvia de vinagre. Sin embargo estaba en mi trinchera, ajeno completamente a los efectos del envenenamiento que sólo se confirmó cuando el grupo, pensando más en el peso de los años y sus efectos tras un mínimo exceso, que en el aterrizaje repentino de un brote de gripe A, intercambió opiniones sin salir de sus respectivas habitaciones, gracias a los adelantos de la técnica, o sea, mediante un mensaje desolador que informaba del estado general en que se encontraban. Eran perfectos espectadores de una derrota, animosos seguidores de su ídolo caído en la final gracias a un último apunte de mala suerte, nervios o erróneo planteamiento de la partida. La foto que se me imaginaba hubiese recorrido el mundo, posando unos de pie y otros apoyando la rodilla derecha en el suelo, firmes pese a todo, haciendo equipo uniformado, con los ojos y los cuerpos en un estado de excepción, lastimosos pero no menos reales porque los equipos, los individuos, los jugadores, también tienen ese aspecto en algún momento del campeonato. Un cromo verdadero.
¿De modo semejante?
Las trayectorias de sus micciones, primero sucesivas, luego simultáneas, fueron desemejantes: la de Bloom más larga, menos impetuosa en la incompleta forma de la bifurcada letra penúltima del alfabeto, él que en su último año en la escuela media (1880) había sido capaz de alcanzar el punto de mayor altura contra toda la fuerza aliada de la institución, 210 estudiantes: la de Stephen más alta, más sibilante, él que en las horas finales del día anterior había aumentado por consumo diurético una insistente presión vesical.
“Ulises” James Joyce

Para nosotros el dolor es tierno
Todavía quedan días para que el verano concluya. Postreros y resultones huelen a despedida, ellos y las flores que perfuman el atardecer. Las pequeñas agitaciones de las que nos servimos para alterar las costumbres tocan a su fin, pétalos que se cierran y flores carnívoras que han acumulado grasas para aguantar la travesía. Los veraneantes, flores exóticas de este mundo, exiliados e inmigrantes dispersos no terminan de asentar sus reales posaderas en ningún reino mitológico, por lo que regresan al lugar donde han aceptado su lucha contra molinos, dragones o moscas que saben latín, Corpus Meum.
Ellos anuncian el principio y el final. El orden y desorden, alfa y omega, son el aceite que engrasa la maquinaria de la rutina, descorchan el afecto, los recuerdos y anuncian, una vez más, las fiestas en la ciudad con su despedida.
Pero para estos días de festividades que amenazan la tranquilidad y nos visten de nocturnidad acogemos a otro tipo de turistas, visitantes y antiguos ciudadanos de esta Roma desesperada, tantas veces lacia y seca. La ciudad se llenará con espectáculos y, entonces, seremos nosotros, los que solemos pisar a diario estos adoquines, quienes optemos por la desaparición y las huellas recién dejadas por aquellos, a espaldas de la multitud, sus sonrisas, los niños y algunos carteristas lentos pero seguros alrededor de la misma fiesta beoda, vulgar y trepidante.

Tina Modotti
Las islas abolidas entreabren sus confines
El placer de introducir las manos en un fardel de legumbres y mover los dedos dentro, imaginando sustancias, mundos antiguos donde en los estómagos, cuando caía un pequeño canto por equivocación, resonaba el gran vacío sobre el que nos movemos todos.

Tina Modotti
Poderoso abrazo en que romperme
Comida, puede que morcilla, tripas, un buen solomillo, alguna ave suelta por el corral. Esas y otras cuestiones caben dentro del mismo recipiente, el de la conversación que dice más vale pájaro en mano. Recordar a un amigo que sobrevive y brindar sin otra necesidad que la de elevar el vaso hasta la boca mientras el otro explica. Al poco llega más gente también con necesidad de calle.
Seguir y antes del cuarto vino contemplar a la familia frente al mostrador porque esas cosas no dejan de producir dolor. La familia no son los amigos, que también son algo en este mundo, aunque con el tiempo uno decida, tras echarse unos tragos de kas naranja, olvidarse de todos y compartir la dicha de estar vivo gracias a una misa diaria, con la mente puesta en el infinito y su ser creador, todopoderoso.
Continuar brindando, introito ad altare Dei, hasta que las palabras bullan sin necesidad de un pensamiento demasiado elaborado. Es cierto, aunque no fue sino en casa donde me leyeron expresamente la pregunta sacada del cardo borriquero ¿equivale la pobreza léxica a la indigencia conceptual? Me gusta el vino con la palabra o la palabra con el vino. No entiendo al uno sin el otro aunque sí viceversa, debo decirlo, con familia o sin familia a cuestas, nuevamente, porque cada loco con su tema. Algo oí de un tronco desgajado de su raíz universal y la sensación de una soledad dolorosa que no cesa de gemir a voces sin comprender el sentido de las decisiones tomadas. Mientras tanto y como si se tratara de un milagro alguien mostró la fotografía de una tortuga, del tamaño de un retel, entre las manos. Cuando regresaron a casa y tras el correspondiente ¿qué tal fue? mostraron al reptil, o mejor dicho, su caparazón que dejó atónito al niño por un misterio tan encogido. Desde ese día, abra cadabra, quedóse maravillado por la pesca y su llamada bajo el sedal de la advertencia, ojo peligro caída libre al río, especialmente en época de cangrejos. Las cuestiones a tratar se abrieron en ramales, tantas como horas y palabras, desolladas, relajadas en función del eco interior. Al trote apareció un lomo de caballo y montado en él gratos recuerdos, futuros concilios, comidas pendientes de un alfiler, sujetas a la voluntad del abrazo conjunto. Algo que me sabe a verdad.
Júdica, Deus, et discerne causam meam de gente non sancta: ab homine inicuo, et doloso erue me. (Júzgame oh Dios y defiende mi causa contra la gente malvada: del hombre perverso y engañador líbrame)

"Brigada criminal" Fernando F. Iquino
De la vida me acuerdo, pero ¿dónde está?
Si me dejara arrastrar por el balanceo de la noche, tal vez, aprendería a bailar. Creo que soporto tanto el calor como el frío igual que hago con los pesares, campanazos tronando arrebato pero en silencio para los demás.
Ellos, hacen colas, posan para la prensa en las taquillas de la plaza de toros sólo por ver al torero. Pero el torero está detrás y no viste otro traje de luces que la camisa poblada de lámparas y lamparones. También un collarín enorme que me produce vértigo y la sensación de que jugar al billar puede traer consecuencias nefastas.
Mientras esto ocurría he visto a cientos de vagabundos pasar la noche en los rellanos de las escaleras situados en los últimos pisos. Allá arriba son menos molestos y pueden incluso pasar desapercibidos salvo para algún desertor extraviado e hipnotizado durante unos segundos, suficientes para amasar el gargajo pegajoso y de fácil absorción.
Esta mañana me hubiera gustado juntarles a todos, aficionados y míseros en la misma fila de reconocimiento para que un niño elegido al azar inventase un presente y futuro para cada uno de ellos. También le preguntaría si por un casual, con sólo mirarles los ojos, algunos de ellos podrían intercambiarse su futuro más inmediato y así, un aficionado pasase a dormir en la calle y el pobre, tras empujar en la cola, disfrutara de la música, el toro y el espectáculo.
Estas cuestiones más o menos inútiles y nada prácticas pueden aparecer en una sala de espera de un hospital y así, apropiármelas de cabo a rabo sin tener en cuenta el pasaje del malestar o enfermedad del que aguarda su turno. Aunque comprendo que es un buen remedio acudir al médico con la resaca dentro de las bolsas de los ojos, agarrado a la parquedad de palabras como si fueran barandillas o también banderillas que poner al toro de la conversación planteada, un sí no estoy fatal y un ole en el fondo del protocolo. Es la única manera de que la plaza bulla y se dé cuenta de la situación.

José Benlliure y Gil
“… Luego volver corriendo a la cama estoy segura de que el tipo de enfrente estaba todo el tiempo mirando con la luz apagada en verano y yo en cueros dando brincos por ahí yo me enamoraba de mí misma luego me desnudaba ante el lavabo me daba con la esponja y la crema sólo cuando llegaba al asunto de la bacinilla también apagaba la luz así entonces éramos 2 adiós a mi sueño por esta noche en todo caso espero que no vaya a enredarse con esos estudiantes de medicina que le extravíen imaginando que es joven otra vez para venir a las 4 de la mañana que debían ser si no eran más sin embargo él tuvo las buenas maneras de no despertarme cómo encuentran de qué charlar toda la noche derrochando dinero y emborrachándose cada vez más no podrían beber agua luego sale dándome sus órdenes de huevos y té y caballa ahumada y tostadas calientes con mantequilla supongo que le tendremos ahí sentado en la cama como el rey del país metiendo y sacando la cucharilla al revés en el huevo de donde habrá aprendido eso y me gusta oírle subir a tropezones por la escalera por la mañana con las tazas traqueteando en la bandeja y luego jugar con la gata se te restriega encima por su gusto no sé si tendrá pulgas es tan mala como una mujer siempre lamiendo y chupando pero me fastidian sus zarpas no sé si ven algo que nosotros no vemos con la mirada fija así cuando se sienta en lo alto de las escaleras tanto tiempo y escucha mientras yo espero siempre qué ladrona… “Ulises” James Joyce José Benlliure y Gil%20-%20Tocando%20La%20Guitarra.jpg)
La luz usada deja polvo de mariposa entre los dedos
El mismo día que un pajarito se posa en mi hombro para divagar sobre cuestiones etéreas e inmortales concluyo el Ulises con el monólogo de Molly Bloom, en duermevela. Cualquier frase podría valer, no por nada o por todo, total para añadir más leña al fuego… y era año bisiesto como ahora sí ahora hace 16 años Dios mío después de ese beso largo casi perdí el aliento sí dijo que yo era una flor de la montaña sí eso somos todas flores un cuerpo de mujer sí ésa fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí eso fue lo que me gustó porque vi que entendía o sentía lo que es una mujer y yo sabía que siempre haría de él lo que quisiera y le di todo el gusto que pude animándole hasta que me lo pidió para decir sí y al principio yo no quise contestar sólo miré a los lejos al mar y al cielo estaba pensando en tantas cosas que él no sabía

Campesino asesinado de un balazo - Fuente: Policiaco veraz
http://policiacoveraz.wordpress.com/
Una mujer atada a su rutina como un perro a la longaniza del dicho, hace tiempo que no ganchillo, sentada en la misma silla, en la misma mesa, en el mismo lugar. El humo de su cigarrillo actúa de cortinilla, burka seductor y estimulante, película que la pintaría interesante si éstos, cigarro, ceniza y humo fueran realmente suyos y no del ausente personaje que pasa las hojas del periódico como si fueran días de trabajo, cansinos, innobles. Alguien se ha fijado en ella, el negativo de aquel que pasa las hojas tan cerca y, por tanto, los días mandan, el traje y las plumas de pavo real que al desplegarse muestran posibles o incluso un futuro no apto para menores o mayores poco duchos en la materia. Ella, en realidad siempre ha esperado algo más, un nudo poderoso que la sostenga sin ahogarla y la acompañe en una pose dirigida a cierta frivolidad con la que compartir los desechos de sus inquietudes. No sé si me explico. Su amante tampoco lo hace y, aunque espera inútilmente, sólo ante él deberá rendir las cuentas del juego recién iniciado por el nuevo visitante ya que a la postre se llevará el gato al agua. El nuevo, sin traje no sería él, sin la flota de transatlánticos ni esa dificultad añadida que, de momento, hace del nudo una causa, bandera y emblema por el que luchar ésta vez sí, ante el mundo que se pone patas arriba para relinchar como caballo desbocado, inquieto y furioso por alterar el orden, o sea el pasto y el vicio de unos hijos mal acostumbrados y ubicados en el centro de un universo. Ahora, no sólo los vástagos sino el resto de sufridos vividores se llevan la mano al pecho para condenar a Copérnico y al misterio de las esferas celestes mostradas en su teoría heliocéntrica porque el mundo, repito con el ajo que guardo entre los dientes, estaba bien como estaba. Tom Williams, jugador de los Harlequins de Londres, en el partido de cuartos de final Heniken Cup (Copa de Europa). Caso bloodgate o escándalo de la sangre. En el último minuto del partido Tom simuló que estaba sangrando para que el árbitro autorizase la sustitución. Unas fotografías sacadas por un aficionado han mostrado cómo Tom sacaba una cápsula con sangre de la media y se teñía el rostro de rojo. El árbitro autorizó el cambio y salió al terreno el especialista del equipo en lanzamiento de drop goal (penalti). Unas fotografías sacadas por un aficionado descubrieron el pastel. 
P.D. Desde mi jaula debo pinchar una canción para ambientar la historia que mi cabeza, espejo cóncavo o convexo, deforma y devuelve como lo que tampoco es. Ahora, sólo se me ocurre el yepa yepa de Silverio, el hombre de las cavernas nasales. Desde mi jaula-cabina, también soy DJ.
Y las estupendas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas esas callejuelas raras y casas rosas y azules y amarillas y las rosaledas y el jazmín y los geranios y los cactus y Gibraltar de niña donde yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como las chicas andaluzas o me pongo una roja sí y cómo me besó al pie de la muralla mora y yo pensé bueno igual da él que otro y luego le pedí con los ojos que lo volviera a pedir sí y entonces me pidió si quería yo decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con los brazos sí y ole atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero. Si.
“Ulises” James Joyce
El dudoso cansancio, precipita la solución del sueño
Tres eran tres:
Sentirse cercano a la brisa. Con la necesidad de una pesadumbre que llevar a alguna parte, algo así como cuarto y mitad pegado a la chepa. Es inevitable no dejarse arrastrar por las sombras, esas que silban mientras respiran y muestran con la uña negra lo que se ha construido alrededor. Tú, espejo al que miran con las cuencas medio vacías porque no reconoces lo que pasa alrededor, tú, hálito vivo y minúsculo que todavía palpita mientras duerme entre las manos de lo desconocido.
Admitir que la soledad no requiere otra compañía que el amor e inventarse uno a la medida que al menos sea ligero de lunes a viernes, puede ser una solución.

Philip-Lorca diCorcia
Algo más allá un jefe de postín, nacido en las bases y llegado a la cima gracias a sus bigotes y ladinos comentarios explica la incongruencia que existe entre lo exigido y lo propuesto. Muestra su preocupación porque al hacer un cálculo rápido, con esa disposición, el tiempo extra laboral saldría a mil euros por tarde. Ha asumido tanto su papel que su postura resulta la más ridículo frente a lo que todo el mundo asume como una gran mentira y vergüenza. Todos menos él que alienta el equilibrio, como si éste fuera justo y posible. Firme en sus convicciones, trabajador, candil, faro y luz de la comisión.

Philip-Lorca diCorcia
Se molesta a los vecinos porque el humo de la barbacoa sabe a cigarrillo, a pose de nudista que aspira aire libre y anuncia el placer sencillo de una sardina en la boca. Los vecinos no son los que eran, ahora tan anónimos e indignados; ni la casa, mucho menos la ciudad o el mundo que un día retuvo dentro como un viejo nido a donde ella aún es lo que fue, parte o todo. Átomo balanceado en la orilla, que se niega a dejarse arrastrar mar adentro por la marea del océano. No desea confundirse, llevar más agua al mar porque su sitio, sin estar ni saber, es como si se percibiera cercano y posible de apresar. Ella, en sus noches de insomnio, pide un trago en la posada, aún sin destruir, del almirante Benbow, mientras sus ojos contemplan en el humo ese plano del tesoro que tan bien supo dibujar y guardar dentro del cofre Billy Bones. Philip-Lorca diCorcia
lágrima transparente igual que un símbolo
Rápido, las alarmas han detectado un fallo de seguridad. El medicamento para la vista le dejará infértil, pero podremos salvar tanto el nervio óptico como la retina. Debemos congelar su semen antes de iniciar la operación. Esto, evidentemente, puede salpicar a unos y otros, abstenerse recatados y beatos que viven a espaldas de la lujuria. No hay caseta de feria en donde no se hable de la cuestión, ésa y el precio de la entrada para ver a José Tomás. El ambiente entre capeas y verónicas deja restos de perfume que saben a migas de pan y sexo en sábana ajena. Los diestros levantan su vaso y los zurdos ruegan porque San Rompetechos les conserve el humor. No obstante hay quien mueve su barca, mano suelta y libre que flirtea entre bolsos, bolsillos y carteras. Son los que intentan hacer su agosto ajenos a conversaciones sediciosas, tapas de buen llevar y sonrisas que ocultan más crisis de las que ya por sí encarna un cuerpo humano. Prometeo no anda lejos, Tántalo preside la mesa y tantos otros, ladrones, dioses y amos de su casa que hicieron historia robándose la vida, primer y último bien que exponemos a la intemperie en cada segundo.

Philip Lorca
Pesan las pestañas
Habla el capellán. Hermanos:
El pelotón, tras la última batalla, se disuelve por los caminos. El verano no ha sido muy distinto al de otras veces. Tal vez podría decir que se ha tratado de uno más en el océano de las estaciones, ésas con las que cargamos a cuestas los que sobrevivimos. ¡Alabado sea el Señor! Los acercamientos y situaciones van dejando una pequeña capa de lo mismo, agotamiento y diferencias medianamente salvadas entre lágrimas y sonrisas, todas ellas fruto de algún momento en las comidas y encuentros mantenidos. No sólo eso, puesto que las experiencias, tan monótonas e inofensivas también refuerzan y estrechan lazos aunque no lo pareciera. Así, hemos ido coleccionando gestos, palabras y actos que pasamos a colocar en las diferentes vitrinas de nuestra colección de éxitos y fracasos, las que guardan algunas frases o pensamientos expuestos ante nuestras narices y que, por alguna razón, nos penetraron a fuego rápido, garabatos y caricaturas repetidas de las mismas batallitas contadas una y otra vez hasta la extenuación. Allí se exponen lo mejor y lo peor, aquello que nos cansa por tratarse del mismo tratamiento que se demuestra sin solución a la vista de los años. Allí hayamos máscaras ajenas y lo que es peor, propias y de extraña constitución ¡Alabado sea el Señor!

Georges Hugnet
La sombra de las ramas ya es incierta
Entro en la tienda sin paredes, llena de objetos polvorientos, trastos y papeles roídos más o menos por el tiempo que es el mejor de los ratones, dentellada a dentellada un año tras otro hasta que, como se dice tras el vulnerant omnes, la última mata, ultima necat. Me agacho como si estuviera ante un charco para verme algo de luz sin necesidad de más cartuchos dinamiteros que me hagan saltar por los aires, así, envuelto en una capa de oscuridad, con ojos metálicos y prótesis hacia las que me dirijo viento en popa a toda vela. Mariposas, crisálidas y letras que parece están a punto de caer para siempre jamás por mucho cuidado que ponga al pasar la hoja, una, luego otra hasta posar las yemas sobre una manera didáctica de aprender a ayudar al salto sacrificio de la misa, recortable con el que me sitúo, de una manera imaginada, besando las manos y el bonete del sacerdote. Soy una garza que picotea y bebe del agua porque también dije que no bebería de ese charco, sin embargo también soy un oso hormiguero que aspira esas letras antes de su completa desaparición sobre la nada. Sin necesidad de mover un pie o parpadear para azotar el aire al que castigo con una presencia desafiante, surgen nuevos ejemplares que no son sino bandejas llenas de oro, incienso y mirra ante el viejo embajador venido a menos o de algún otro lugar sin importancia. Está bien que se abran hojas hasta entonces ocultas, libros y revistas porque la gitana del puesto se acuerda de mi conducta travestida en síndrome de Diógenes, al fin y al cabo, un comportamiento del que se obtiene cierta pecunia, único objeto de su negocio.

Antes de alcanzar estos restos sin ninguna importancia y saber, por ejemplo, que Lis era como una flor suave y delicada que hubiera nacido en un desierto donde… no existía el amor, había tomado un café lo suficientemente lejos como para no pensar en certezas ni caminos de investigación apenas explorados por los mismos de siempre, eruditos que se repiten como el allium sativum, o sea, ajo con su fama de remedio y fórmula para realzar incluso un apetito sexual con la estima por los suelos. Allí, entre aquellos sorbos retomados tras un cierto tiempo de abstinencia, quise comprobar el resultado de una mala prensa. Más bien debería decir ver algunos santos que se dice, olvidándome de palabras, críticas o comentarios de unas fiestas que bullen y mueven en ríos a vecinos, emigrantes retornados, gigantes y cabezudos. Para ello tuve que interrumpir, así lo pensé al menos, la tranquilidad de un ciudadano con rostro de barniz cetrino y tacto frío, de piedra despeñada, tal vez con ínfulas de alicatador sobrado en experiencia, calle y cayo, a fin de cuentas pudiera ser que naciera en un nido donde nunca quiso hacerlo, por ser el equivocado, o sea, alguien más pensando lo mismo tantas veces para nada. Puedo añadir al hilo del atado con que llevaba su coleta, los años, todos dentro de su mirada y tan largos como una caravana en a rebosar de especias, algunas más amargas que otras. De continuar diría que, conocedor de castigos y equilibrios, su perfil explica la ausencia de queso con que dársela a no ser con uno mejor del habitual o un menú sacado de aquel “Practicón” del siglo XIX, también llamado, tratado completo de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras: Huevos fritos en buñuelos Riñones salteados al jerez Langostinos con salsa mayonesa Judías verdes a la mayordoma Roast-beef a la inglesa Lejos de molestar mostró su agrado ante mi acercamiento, tantos días en la otra orilla donde sólo las hojas del periódico van y vienen con soltura, manoseadas, puede que llenas de mensajes subliminares, ajenos a cualquier comprensión medio normal, tal como muchas de las noticias que en ese medio se cuentan. Él ya sabía lo que iba a buscar o quizá quiso jugar con la ruleta de mi aspecto, señalándome una historia de pintores ocurrida en la ciudad. Tres jóvenes, hechos un cristo, reivindicaron su derecho a estar en el lugar donde, durante unos pocos días, se vive el arte en la calle. Un pequeño parque muy propio para el paseo y la disertación en familia. Nada sabía al respecto aunque mostré cierto interés dentro del bocadillo donde encajé mis palabras, como si la conversación se pudiera ver en una viñeta de corte universal y cosmopolita. Dejada la compra y la conversación vinieron a mí nuevos encuentros con viejos conocidos, uno de ellos alejado en cuerpo y alma algo así, por lo que dijo, como siete años. Hicimos un rápido repaso a nuestras vidas, como cuando indican en el examen no excederse del folio, por una o dos caras, máscara arriba o abajo y todo ello bajo la música de Led Zeppelín que emanaba desde alguna megafonía un tanto ronca. A las palabras y la música pronto empezaron a sumarse los sonidos de una ordenada y ruidosa formación de autos antiguos, entretenida atracción para las familias, ciertos conocidos y otros quiméricos visitantes. Nada más lejos de la realidad que ese encuentro, yo sin familia, él con la suya, debajo la niña de cinco años, arriba la madre que sonrió a la señal estipulada y como tal fue respondida.

Luego encontré nueva compañía y, como dos perros solitarios, bebimos de los mismos charcos, intercambiando pequeños saberes que algún día desaparecerán con nosotros por no importarle a nadie más. Por allí vimos algunos rostros, uno de los cuales había servido como modelo para cierta ilustradora infantil de apellido Villamuza, brindamos por la imagen que damos y soñamos, paseamos sin prisa, entrando y saliendo de vidas ficticias, tanto como de las nuestras.

Circo de Pekín

Andrés Ibáñez



